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sábado, 27 de setembro de 2014

"Los pájaros del parque"

    Realmente, estoy empezando a cansarme de andar con tanta ropa, encendiendo la calefacción y durmiendo enterrada en mil frazadas... Y la primavera, nada de afirmarse... Continuamos con cielos encapotados y los días fríos y ventosos. Sol, de vez en cuando, tímido e breve, como con miedo. Pero los árboles ya están llenos de botones y diminutas hojas verde claro, entonces me animo, porque sé que, a pesar de las apariencias, la primavera ya se está instalando. Es sólo tener paciencia...
    Y mientras espero, aquí va la de la semana:


    Es increíble: paso del suelo pavimentado del paseo al sendero de arenilla del parque al final de mi recorrido y es como si entrara a otro mundo. Parece que el rugido constante y siempre creciente de la ciudad fuera instantáneamente engullido por el pasto, los bancos y los árboles que se yerguen sobre mi cabeza y balancean su frondoso follaje al compás del viento. Es casi como adentrarse en un templo donde no son los ángeles los que cantan, sino los pájaros. Zorzales, tordos, chincoles, gorriones, palomas, todos en una harmoniosa sinfonía que de alguna forma consigue imponerse sobre el concierto feroz y desafinado del tránsito a su alrededor, que los rodea como un ejército a punto de atacar su fortaleza... Pero ellos cantan sin miedo, sin resentimiento, como siempre lo han hecho. Sus trinos, escondidos entre el follaje, ecoan sobre nosotros y nuestra prisa y ambición, como queriendo recordarnos que todavía están aquí, que tenemos oídos para escucharlos y corazón para conmovernos con sus melodías. No es que quieran que nos detengamos, no, ellos nos acompañan mientras pasamos bajo los árboles. Ya saben que estamos apurados, aproblemados, irritados, preocupados. Cantan para todos, y quien quiera escuchar, que escuche. Quien quiera recordar sueños con sus voces, evocar amores, revivir capítulos felices de inocencia y optimismo, que recuerde. Quien quiera alzar la vista para buscarlos y esbozar una sonrisa que la alce...
    Los pájaros del parque cantan, a pesar de todo, del ruido y el smog, de la prisa, del descuido y la violencia. Ellos cantan y nos alegran un momento. ¿No podríamos nosotros hacer lo mismo?...

sábado, 26 de junho de 2010

Diversidad

Esta semana voy a postear la crónica que -finalmente!- salió en el diario, a pesar de no tener certeza de si ya la puse aquí. Pero anduve revisando mis archivos y no la encontré, a no ser que la haya publicado con otro título. En todo caso, como soy tan terriblemente apegada a mis rutinas y rituales, la voy a postear, como lo hago con todas las que van apareciendo en el diario, y tengo que aprovechar para hacerlo ahora en la mañana porque en la tarde marqué una aula especial (dónde tengo la cabeza? Asi voy a acabar no teniendo ni un día de descanso!) con ese grupo de alumnos de Assaí que vino la semana pasada para ver nuestro ensayo del musical. Salieron tan entusiasmados que pensé que sería una buena iniciativa darles este regalito, para animarlos e inspirarlos en el montaje que están haciendo en su ciudad. Fué un grupo simpático, disciplinado y bien participativo y espero que les guste la aula y que quieran continuar el trabajo. Me encanta el desafio de trabajar con grupos nuevos y no me importa sacrificar mi día descanso para darles la oportunidad de participar de nuestro estilo de trabajo e intercambiar experiencias con ellos porque, con certeza, no serán solamente ellos quienes van a aprender con nosotros, sino que nosotros también vamos a aprender con ellos, y mucho, y eso es lo que me fascina... A final de cuentas, días de descanso siempre hay, ya la oportunidad de encontrar personas nuevas e interesantes que pueden agregar algo positivo a nuestro trabajo o a nuestra vida no aparece todos los días. Eso, sin contar que las tres horas de aula de hoy me van a valer entradas más tardes la semana que viene en la Fundación, entonces, tiempo para relajar no vá a faltarme. Lo que importa es no desperdiciar ninguna oportunidad, porque éstas no tienen bis.


Permanezco por largos momentos observando el follaje de los árboles frente a mi ventana. El viento pasa por cada rama, por cada hoja y cada flor y cada una de ellas reacciona de manera diferente a su toque. Lo que véo es el follaje meciendose armoniosa y rítmicamente, pero si observo con más atención, consigo percibir el movimiento individual de cada hoja que, mismo siendo diferente, no quiebra la fluidez del movimiento total. La individualidad del movimiento se debe a que cada elemento está en una posición distinta con respecto a la corriente de aire, entonces, mismo que el viento séa uno solo, cada hoja o flor que es tocada por él, se moverá de una forma totalmente peculiar... Entonces pienso en nosotros, seres humanos, y en cómo podemos tener mil sensaciones, impresiones o visiones diferentes sobre un mismo acontecimiento o persona, por el hecho de encontrarnos en diferentes estados de espíritu, por tener diferentes historias, edades, culturas, sexos, intenciones y expectativas. Relfexiono nuevamente sobre cómo el todo es formado por muchos y me doy cuenta de que la diversidad es la generadora de la belleza que nos rodea, pues cada movimiento individual forma parte del movimiento de la vida, que siempre busca el equilibrio, la evolución, la expansión. Cuanto mayor, más diverso y rico, con más posibilidades. Cada uno posée su propia expresión, sin embargo, todas ellas nos llevan al crecimiento, a la transformación, al conocimiento, a compartir.
Me parece un milagro encantador y asombroso cada una de esas hojitas ejecutando su danza individual para crear la imagen del follaje de un árbol en movimiento!... La materia no está hecha de un solo componente, sino de muchos,y la participación de todos ellos es lo que le dá existencia y consistencia, personalidad a esta materia. Me pregunto si con nuestro espíritu es así también. De cuántos "elementos" podería ser hecho? De todo aquello que no es tangible, que no perece, que está anclado en lo divino, en lo perfecto? Cuál es la diversidad que nos dá la personalidad, los sueños, los pensamientos?... Créo que parte del misterio de la vida está en el espíritu y en la diversidad de fuerzas humanas y divinas que lo sostienen.

sexta-feira, 15 de janeiro de 2010

Dos gorriones.

Todavía en suspenso porque mi hermana no dá señales de vida terrestre y por eso no puedo insistirle para que me coloque los benditos contadores de visitas en el blog nuevo, acá estoy de nuevo, todavía de vacaciones y con dos semanas más de brindis por cuenta de mi banco de horas (Putz, estoy imaginandome la cantidad de cuentas que habría pagado si hubiera recibido por esas horas extras!) Entonces, y como a pesar de todo estoy de un humor estupendo por no tener que retornar tan luego a la Fundación para no hacer nada, voy a postear otras dos crónicas, una de las cuales fué enviada al diario, y la otra totalmente inédita. Bueno, si no nos morimos ahogados en este Enero tan lluvioso, créo que la semana que viene voy a publicar otra historia, esta vez en dos o más capítulos, porque es más larga que "El monstruo". Estoy con un montón de ideas para nuevas histórias de ficción, sin embargo, la continuación de este trabajo en el nuevo blog va a depender exclusivamente de la respuesta de los lectores, entonces, y como estoy con muchas ganas de continuar publicando mis cuentos y hasta las novelas (tengo dos!) ojalá que sean aprobados para que así pueda sacarle provecho, divertirme y entretener a las personas con esta nueva vena de mi don.
Y aquí va la primera crónica de esta semana, pero no se vayan acostumbrando tan rápidamente porque, desgraciadamente, créo que sólo estoy tan productiva por causa de las vacaciones, que son una bendición para cualquier inspiración!

Dos gorriones volando juntos como dos flechas pardas en el cielo límpido del atardecer: uno de ellos se detiene sobre el tejado de la casa vecina, haciendo una pirueta circense, y se queda ahí, dando saltitos y observando atento a su alrededor. El otro continúa su vuelo, recto y certero, y desaparece atrás de las ramas de los árboles allí cerca. Aquel que paró se mueve ágilmente entre las tejas anaranjadas, pareciendo un juguete de cuerda, y pesca algunos insectos aquí y allí, expurga los piojillos, se despereza e permanece allí, aprovechando los últimos rayos de sol con aire de completa beatitud. Sacude las plumas, suelta su pequeña voz vibrante, parece contemplar atentamente el paisaje... El otro se desvaneció como una seta por detrás de los tejados y entre el follaje obscuro e movedizo de los árboles. A este, mis ojos no lo buscan. Permanecen posados en el gorrión que se quedó, pues él habla conmigo, está cerca, forma parte de mi cuadro, tiene su papel y lo desempeña con modesta alegría. Esta ave, en ese instante, hace parte de mi experiencia y por eso es tan valiosa... Mas, y ese otro que no véo? Será que está siendo parte de la experiencia de otra persona, elemento de otro cuadro, personaje de otra historia?... Entonces, pienso en lo que es el libre arbítrio y dónde puede llevarnos. Pienso en la diversidad, en el destino, en el momento presente, en las filosofías de vida que guian a tantas personas y son capaces de mover montañas o destruír civilizaciones. Pienso en las misiones que cada uno de nosotros vino a cumplir, en la sabiduría que necesitamos absorver para que ellas tengan éxito; en la compasión, la perseverancia, el valor y la serenidad indispensables para que los mensajes séan pasados adelante y así exista un legado para los que vendrán después de nosotros. Pienso en los planes de Dios y en nuestra obediencia para con ellos -si es que tenemos alguna- en nuestra comprensión de lo que somos y de lo que podemos realizar. Pienso en la fé que deberíamos cultivar, en los milagros que podríamos hacer a través de ella... Este gorrión no es, por ventura, un pequeño milagro, una obra perfecta del Padre, una criatura que sólo vino hasta aquí para traerme su mensaje, para hacerme reflexionar y llegar a conclusiones importantes? Qué es lo que, en esta vida, no posée un objetivo, no tiene algún sentido, no es un peldaño -por menor que parezca- para nuestro crecimiento e nuestro diálogo con Dios y su creación? Pues la existencia não consiste en esto: en nuestro diálogo con el Creador, en sus respuestas, en nuestra unión e interacción constantes?...
En todo hay un mensaje, mismo que la mayoría de las veces nosotros no nos demos cuenta, y en toda la vida a nuestro alrededor están las opciones para encontrar la felicidad, la paz, la transformación, la verdad y la luz que necesitamos para ser felices y hacer nuestra parte en la historia de la humanidad.

domingo, 20 de dezembro de 2009

Mañana, tarde y noche

Finalmente de vacaciones (ahora sí que pueden hacer carita de envidia!) y créo que voy a poder empezar a cuidar un poco más de mí misma, que lo estoy necesitando de veras. Para esto pretendo volver a mis caminadas matinales, a la dieta cierta y a la producción literaria, que anda bastante perjudicada con tanto disgusto, tanto trabajo y tanta enfermedad. No voy a esperar el dia de año nuevo para hacer mis promesas, voy a empezar a cumplirlas a partir de ahora mismo!... A final de cuentas, fin de año no es solamente para evaluaciones, cobranzas, arrepentimientos o críticas, sino también -y principalmente, pienso yo- para nuevos comienzos, reciclaje, para una renovación física y espiritual, para una limpieza y la renovación de la fé y del optimismo. Y si puedo comenzar ahora, por qué esperar hasta el día 31?... Mi año nuevo ya está coriendo!...

Es tan diferente sentarse aqui afuera al atardecer para escribir!... Es increíble cómo el escenario cambia desde la mañana hasta esta hora! Al final del día viene la penumbra, rápida y bella, dramática, y en seguida la obscuridad, poblada de sombras, misterios e insectos que sueñan en besar la luz de los postes y los garages y, cual Romeos desengañados, acaban muriendo en el instante en que lo consiguen. En la noche, la ciudad se llena de luces artificiales, de una expectativa sin respuestas, de aquella languidez que llama a la cena, a la ducha, a la novela, a la cama... Los sonidos y los movimientos son otros. Los pájaros, veloces y vibrantes en la mañana, desaparecen, confundiendose con el follaje obscuro y silencioso de los árboles; la frescura es diferente, cansado y denso, impregnado de perfumes y sudor; el paisaje se muestra menos nítido, algo morbosa, sin definiciones... Este no es, definitivamente, el mejor período para que yo produzca cualquier cosa, mismo si, raramente, existen algunas buenas excepciones. Soy una persona totalmente diurna, Me encanta el amanecer, la mañana, el sol, los pájaros y su algarabía, la energía del nuevo día y su frescura -mismo en nuestro verano recalcitrante- la expectativa, los desafíos que nos esperan, esa incomparable sensación de renacimiento constante, de posibilidades creativas, de estar despierta y viva... Ya el atardecer me lleva al reposo, a una cierta letargia, a un qué de inquietud, de evaluación -casi siempre positiva, gracias a Dios- de término. Es un apagarse, desvanecerse, un diluirse en el sueño que empieza a rondar nuestros gestos, palabras y pensamientos, nuestras miradas e intenciones. Es esa flojera deliciosa y llena de remilgos que no quiere saber de nada más. Luego después de almuerzo empiezo a ser tomada por esta sensación de que todo vá parando -pues mi mente ya está llena de imágenes, voces, personajes, acontecimientos, revelaciones y conclusiones, lo que significa que es hora de parar y meditar- adormeciendo, de que el período de actividad fué concluído una vez que la última cucharada de comida cayó en el estómago. Duermo mi antológica siesta y después voy al trabajo, donde soy obligada a producir, a moverme, conversar, tomar decisiones y enfrentar grupos de alumnos inquietos y ruidosos, ansiosos para aprender. Pero estoy convencida de que si me quedara en la casa y tratara de crear alguna cosa, mi cerebro simplemente se negaría a funcionar. necesitaría hacer un esfuerzo enorme para programar mi cuerpo y mi mente para que se acostumbraran a producir en las tardes... En realidad, estoy siempre intentándolo, pero hasta ahora no tuve éxito en mi empresa...
Me gusta la noche para desvestirme de todo y prepararme para el nuevo y constante mañana, para sus desafíos y descubrimientos, sus encuentros y lecciones; para el diario renacer y rehacer. La luz se vá, las imágenes se zambullen en la obscuridad inmóvil del cielo, la definición se desvanece, los contornos se vuelven dudosos... En el aire, olor a cena, duchas abiertas, coches volviendo para casa, música y voces de noticiero, de novela... El mundo se recoje, entra en el silencio de su cansancio y, finalmente, adormece. Todo termina, de nuevo... para recomenzar mañana, y mañana, y mañana de nuevo. Mañana para siempre, ya séa que estemos todavía aqui o no.

sexta-feira, 2 de outubro de 2009

El árbol chueco

Bueno, creo que finalmente estamos volviendo a la normalidad, a pesar de algunas caídas esporádicas y altamente irritantes de la internet, pero si consideramos la catástrofe que asoló a la región la semana pasada (todavía hay camiones recogiendo pedazos de tronco, tejas y ladrillos en las calles!) creo que podemos disculparla y ejercitar un poco nuestra paciencia y nuestra buena voluntad. Mis horarios en el trabajo fueron, una vez más (y espero que séa la última) modificados y ahora mi tiempo está mejor distribuído, empecé a trabajar con los bailarines de la fundación y a ensayar para los espectáculos de fin de año, cosa que me encanta hacer. Montar, ensayar y presentar hace que valgan la pena todos los disgustos que uno pasa el año entero con alumnos insoportables, salas de aula apocalípticas, directores a los que no les importa nada, injusticias, persecuciones morales, renuncios, exigencias y cobranzas absurdas... Pero cuando uno ve en el escenario a esa chiquillada toda presentando casi exactamente el espectáculo que uno idealizó -perdonando las pequeñas fallas de la inexperiencia, del nerviosismo o la simple y total falta de talento para la cosa- y escucha el aplauso fuerte, feliz y sincero del público (y a veces uno que otro elogio de los jefes) parece que el fracaso, la frustración, los resentimientos, el cansancio y la glicemia escalando montañas hasta el cielo no existen más y que todo el proceso que lo llevó a uno hasta ese instante de felicidad y gratitud era necesario para el crecimiento de todos... Siempre reflexiono acerca de cómo somos ciegos, porfiados y tenemos berrinches cuando estamos pasando por alguna situación difícil, pues no conseguimos percibir su significado y nos dedicamos a maldecir y a resistir, a lamentarnos y a morirnos de ganas de desistir para, al final, darnos cuenta de que las cosas no eran nada de lo que pensábamos y que toda la experiencia sólo nos enriqueció, nos volvió más sábios y compasivos, pacientes, dóciles y, sobre todo, humildes. En el último instante descubrimos a las personas y los acontecimientos con nuevos ojos y sentimientos, y ahí no nos queda sino agradecer y prepararnos para la próxima aventura, ahora más maduros y conscientes... A final de cuentas, es así que se aprende y se vive, no es verdad?.
Y antes de que piensen que ESTA es la crónica, aquí va la de verdad.

La primera vez que la ví no pasaba de una varita raquítica y desnuda, con unas cuatro hojas minúsculas de un verde pálido, casi transparentes, en la punta de su única rama. Indefensa de dar pena y ya levemente chueca, parecía buscar apoyo y protección en las barras blancas de la reja de metal que la rodeaba para defenderla del viento, de los perros y de los vándalos que, en esta ciudad, suelen divertirse quebrando las mudas de árboles o plantas que la municipalidad o los dueños de las casas plantan para sombrear y adornar calles y plazas. De lejos casi no era posible distinguirla, tan fina y descolorida era, y si no fuera porque el propietario estaba regándola el día en que pasé, con certeza ni habría notado su presencia, pues la reja de protección la escondía casi por completo. A la primera ojeada, me recordó a una princesa prisionera en una torre esperando a su príncipe libertador, agitando sus hojitas flacuchentas para llamarle la atención... Al verla así "enjaulada", pensé sobre lo que somos obligados a hacer si queremos preservar un poco del verde que la naturaleza tan generosamente nos ofrece, a despecho de nuestra inconsciencia y nuestras agresiones.
Las semanas pasaron y la muda progresaba un poco más a cada día. Nuevas hojas surgieron, esta vez más fuertes, de un verde promisorio y gruesas nervaduras, formando pequeños montoncitos en las puntas de las ramas que, por su vez, también crecían y aparecían con progesivo entusiasmo y robusteza.
-Ah, qué bueno!...- me decía a mí misma cada vez que pasaba delante de ella -Menos mal que esta aquí escapó de los chiquillos y de los perros! Vá a ser un árbol lindo que nos vá a salvar del sol asesino del verano con su sombra.
Sin embargo, poco a poco, empecé a notar que, a pesar de la reja, la muda estaba enchuecandose, casi imperceptiblemente, como si no quisiera que nadie se diera cuenta, en dirección a la casa en la vereda. Pasados algunos días el dueño, con certeza percibiendo lo mismo que yo, colocó un pedazo de bambú alto y fuerte, muy recto, a su lado, amarrándolo en el tronco en varios lugares con tiras de género para no lastimarlo, esperando que esto resolviese el problema... "Bueno", pensé al ver la armazón, "Por lo menos no usó alambre. Eso acabaría degollando el tronco."
Aquella tarde me quedé observando de lejos esta "operación rescate", con una sonrisa de solidaridad y simpatía por el hombre corpulento y calvo que sudaba a mares bajo el sol calcinante mientras cortaba y amarraba las tiras alrededor del tronco y del bambú. Realmente le importaba aquella muda!... Y era casi cómico, pues el arbolito prácticamemnte desaparecía entre la armazón de metal, la vara de bambú y los pedazos de género, pero el hombre parecía no estar en absoluto dispuesto a tener un árbol chueco frente a su casa. A final de cuentas, se dice que solamente a los poetas, a los pintores y a personas morbosas y depresivas -y a buena parte de la población japonesa- les gustan los árboles retorcidos que parecen luchar contra la propia naturaleza para seguir inclinaciones inexplicables que resultan en formas nuevas y exóticas, desconcertantes y, a veces, inconvenientes... Y como fuí comprobando a lo largo de los meses, ésta parecía ser una de ellas. Vuelta y media, el arbolito insistía en soltar unas ramas de formas excéntricas y nada armoniosas que escapaban por los agujeros de la reja y terminaban enroscandose en algún transeúnte desprevenido. Entonces, el dueño venía con más género o las tijeras podadoras y domeñaba esta manifestación de rebeldía de su protegido. Sin embargo, algunas semanas más tarde, allí estaba otra rama retorcida asomándose desafiante a través de la reja, casi llevando el bambú junto con ella.
Se estableció entonces un tipo de guerra silenciosa y obstinada entre el árbol y el propietario: así que el primero comenzaba a querer huír de la verticalidad que el segundo estaba tratando de imponerle, era inmediatamente admonestado y corregido con un bambú más grande o tiras más gruesas y, a veces, hasta con el serrucho. Yo pasaba todos los días delante de este silencioso y encarnizado campo de batalla y no conseguía evitar preguntarme quién saldría vencedor, y la primera respuesta que me venía a la cabeza era ese viejo dictado: "Árbol que nace chueco no se endereza jamás"... Ciertamente, el árbol conseguiría burlar al hombre con su interminable creatividad y capacidad de regeneración y, al final, él tendría que conformarse con la visión de un árbol chueco exhibiendose con insolencia frente a su casa... Y siempre me alejaba de allí con una sonrisa en los labios.
Los meses transcurrieron y yo cambié mi recorrido, pues en la avenida había más sombra, y dejé de acompañar la guerra entre el hombre y el árbol. Sin embargo, cuando el verano acabó, volví a mi antiguo camino y, cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con la mudita, ahora un árbol alto y esbelto, de follaje obscuro y vigoroso, irguiéndose recto y majestuoso un par de metros por encima del borde la reja de protección. La vara de bambú todavía estaba ahí, junto a él, amarrada con las tiras de género, como un apoyo, una certeza y un alerta en caso de que cualquier idea de rebeldía pudiera por ventura insinuarse en la imaginación del árbol. Me quedé pasmada. El hombre había vencido, entonces, contradiciendo el viejo dictado!.
Justo en ese momento, el propietario surgió de la casa y vino a abrir el portón para salir con el auto, me vió parada allí contemplando su obra de arte y, todo orgulloso, se aproximó, sonriente.
-Pero cómo creció esta mudita!.- exclamé -Y está pareciendo una regla de tan derecha! Cómo lo consiguió?- le pregunté, genuinamente curiosa -Porque ví cómo era porfiada...
-Fué difícil, pero al final conseguí enderezarla. Gasté metros y metros de género y muchas varas de bambú, pero no la dejé crecer chueca.- me respondió el hombre, alargando una mano para acariciar las ramas finas y fuertes de su árbol.
-Pero por qué no lo dejó crecer solo?..- indagué entonces, queriendo saber la razón de su porfía, que a primera vista podía pasar por un gesto de represión, una pura demostración de poder y manipulación del proceso natural de las cosas.
El hombre cogió una hoja entre los dedos y la acarició, mirando hacia la copa que se erguía allá encima, balanceando suavemente al viento del atardecer.
-Ah, m'hija...- dijo, soltando un suspiro -Se yo lo hubiera dejado crecer de cualquier manera e invadir la vereda con las ramas, con certeza la municipalidad habría aparecido para cortarlo, no importa cuánto me gustara o quisiera tenerlo frente a mi casa. Si un árbol está estorbando o dañando la vereda o poniendo en peligro a las personas, ellos vienen y la derriban sin pestañear y ni siquiera ponen otra en su lugar.
Lo contemplé, admirada, y una sensación cálida me invadió, como si me encontrase delante de un verdadero héroe.
-Pero le tiene tanto cariño así a este árbol?...
-Es que me traje la muda de mi hacienda, allá en el sur, y es de un tipo que me encanta, porque dá unas flores perfumadas y una sombra bien fresca... No iba a dejar que lo cortaran porque estaba chueco si podía hacer algo al respecto!...- me respondió el hombre, riendo -Imagínese, uno tiene que pelear por lo que es correcto y tiene que esforzarse para proteger lo que ama!.- agregó, con aire convencido.
-Es verdad, ví que usted usó todos los medios posibles para mantenerlo derecho.- dije, ahora mirando al árbol con una sensación diferente, como si el susurro de su follaje estuviera confirmando las palabras del hombre.
-Y resultó!.- exclamó éste, orgulloso -Yo no iba a largar mi árbol, que me costó tanto traer de tan lejos, para que creciera solo, de cualquier manera, corriendo el riesgo de tener que ser cortado!... Usted ya vió? Está dando las primeras flores!.- agregó, empinándose y separando las hojas de una rama cercana. Pequeños brotes de color lila y amarillo aparecieron, y un tenue perfume dulce penetró por mis narices -No es lindo?...- inquirió él, respirando hondo -Usted vá a ver el próximo año, esto vá a ser un cuadro!.
Sintiéndome tomada por una avalancha de sensaciones y pensamientos, concordé con él y le aseguré que todo su esfuerzo había valido la pena, pues seguramente aquel árbol sería un regalo para los ojos y el olfato. En seguida, me despedí y fuí caminando lentamente calle arriba, mientras escuchaba el rugido del motor del auto del hombre saliendo del garage... Me acordé de la primera imagen que tuve del árbol, aquella muda raquítica y desnuda, con algunas hojas pálidas y asustadas temblando en la punta de su única rama. Entonces, me detuve nuevamente y viré la cabeza para ver su imagen actual: un árbol recto y orgulloso, frondoso, susurrante, que seguramente se volvería abrigo de pájaros y refresco de hombres, que había sobrevivido incólume a la reja y al bambú, a las tiras de género, a los vándalos y a los perros... Y cuando el viejo dictado vino de nuevo a mi mente, pensé: "Este hombre, con su amor y su dedicación, desafió y quebró la tradición. Ahora puedo afirmar -porque fuí testigo- que ni todo árbol que nace chueco, no se endereza jamás."... Sonreí y retomé mi camino, y de repente se me ocurrió que si pudiésemos usar el mismo amor y la misma perseverancia, la misma lealtad, rectitud y paciencia que este hombre demostró con su árbol cuando se trata de personas, sobre todo de aquellas que parecen no tener remedio, que están chuecas o sueltan ramas sin propósito, hasta peligrosas, que insisten en desafiar a las reglas, a los objetivos, a la bondad y a la propia vida retorciéndose en busca de ilusiones que solo las decepcionan y las lastiman, no tendríamos tantos perdedores en nuestra historia. Si tuviésemos la misma creatividad y comprensión, el mismo cariño y confianza de aquel hombre, si las considerásemos como seres preciosos que merecen ser enderezados y guiados para que no sean derribados, podados, mutilados, arrancados y dejados de lado, cuánta tristeza y fracaso serían borrados de nuestra vida! Cuántas lágrimas y angustias serían ahorradas!... El hombre no había sido aquiescente con los caprichos del árbol, sabiendo lo que ellos podrían acarrearle, y había hecho de todo para mentenerlo recto, salvandole así la vida, pero en ningún momento había olvidado cuánto lo amaba y cuánto deseaba verlo crecer y fructificar... No podemos convenir con los errores, claro, pero tenemos que entenderlos -hasta porque nadie erra intencionalmente- perdonarlos y abrir nuevas puertas, mostrar otros caminos y soluciones para quien parece no tener salida. Pues este árbol y este hombre me enseñaron que un ser humano "chueco" no es un caso perdido y que no podemos abandonarlo a su suerte... Varas de bambú y tiras de género no faltarán para darle una nueva oportunidad.