Y eso es lo que pasa cuando uno se muda de departamento: todo queda patas para arriba y las rutinas se van al diablo... Infelizmente, todavía no nos cambiamos a nuestro departamento definitivo, pero decidimos salir del condominio donde estábamos porque ya no aguantábamos más a los vecinos. Era un tal de fiestas escandalosas todos los fines de semana -y a veces en medio de ella también- peleas, gritos, perros ladrando y niñitos con rabietas homéricas, tipos siendo presos por vender ropa robadas, sesiones de sexo en stereo y prostitutas siendo empujadas de los balcones, más la mala educación y sinvergüenzura de algunos conserjes, que simplemente nos hartamos y pedimos para que nos cambiaran de edificio. Gracias a Dios el hotel tenía algunos departamentos en el condominio vecino y para allá nos fuimos con camas y petacas... Es algo menor -si esto puede ser- que el otro, pero está en el primer piso y las ventanas dan para un patio de piedras bastante singular. Por la mañana el sol entra a raudales y calienta las habitaciones deliciosamente, el televisor es de mejor calidad, tenemos el gimnasio y la lavandería en el mismo corredor y el baño es un poco más grande, con un armario espectacular... En fin, que ahora dormimos como troncos, no tenemos vista a ningún balcón de vecino y los conserjes son bien educados y, hasta el momento, totalmente decentes. El silencio aquí es delicioso y hasta tenemos un pequeño espacio con un escritorio y unas repisas donde podemos poner el computador y digitar sin quedarnos curcunchas.
Y con todo esto, como pueden imaginarse, la semana pasada fue medio difícil escribir, pero como ya está todo en sus lugares -aunque un poquitín más apretado- y yo estoy sola en el departamento (del cual estoy totalmente enamorada) entonces aquí va la crónica de la semana.
Paso cada mañana por varias calles, frente a edificios, doblo esquinas, camino junto a canteros y negocios de todo tipo, estacionamientos y kioscos y siempre me sorprende percibir cómo cada uno de los que se mueven en estos lugares parecen haberlos hecho suyos. Se ven cómodos, relajados, dueños de la situación. Cada cual conoce su territorio, dónde empieza y hasta dónde va, y estos límites casi pueden tocarse de tan claros. Parecen conocer a todos los que pasan, cada piedra, cada árbol, cada pared y puerta. Son suyos y los cuidan, los protegen, no admiten invasiones... Es lo que conquistaron, lo que conocen y dominan, donde encuentran felicidad y prosperidad.
Todos queremos cosas conocidas, queremos estar con personas y en lugares donde nos sintamos cómodos, protegidos y tranquilos, por eso tenemos la costumbre - en parte por auto preservación- de crearnos territorios donde nos movemos con absoluta desenvoltura y seguridad. Son calles, cuartos, edificios, parques, tiendas, espacios donde somos como los dueños, desde los cuales podemos ver mejor a nuestro alrededor, aclarar nuestras ideas, planear nuestro futuro y llevar a cabo nuestras rutinas y sueños, donde podemos reponer nuestras energías e inspirarnos. A nadie le gustan mucho las sorpresas ni tener que abandonar su zona de confort para enfrentar desafíos inesperados. Parece que echamos raíces en ciertos espacios y los volvemos nuestros, les imprimimos nuestro carisma, los pintamos con nuestros matices y los ordenamos a nuestra conveniencia, para que sirvan a nuestros propósitos y a nuestras posibilidades. Un pequeño y completo universo que tiene perfecto sentido dentro del universo infinito que no comprendemos ni imaginamos y en el que somos menos que un grano de arena. Pero es esta creación la que nos hace sentirnos únicos y seguros, importantes, pues en ella somos alguien, jugamos un papel insustituible que de alguna manera afecta y puede cambiar el universo de los demás. Conseguimos de alguna forma, mismo siendo seres individuales, crear y mantener estos mundos separados para que funcionen como una sola cosa que nos haga crecer, avanzar, madurar y realizarnos en todos los sentidos.
La unicidad del ser humano y sus ambientes -que son tan peculiares cuanto él mismo- es lo que torna esta vida tan fascinante, tan llena de sorpresas y diversidad. Entramos y salimos constantemente de nuestro hábitat para actuar en el de otros, pero siempre llevamos algo nuestro, dejamos nuestra marca, así como otros dejan su huella en el nuestro, y es este intercambio, esta herencia, que unos dejamos en el mundo de los otros lo que puede ocasionar los grandes cambios que harán nuestra existencia mejor, más valiosa, sabia y compasiva.
sábado, 18 de maio de 2013
sábado, 4 de maio de 2013
"La primera vez"
¿Hay algo más animador y reconfortante que la salida del sol en medio de las nubes?... Pues así están los días últimamente. A pesar del frio -¡vivan las estufas!- y de los cielos nublados en la mañana temprano, a pesar de esa lluvia que cayó con fuerza durante toda la noche, en algún momento el sol se asoma, nos calienta el cuerpo y el corazón y nos descubre la maravilla que es la cordillera en su primera nevada... ¡Dan ganas de salir corriendo a encontrarse con ella y hacer una guerra de bolas de nieve!... Siempre digo que cada estación tiene sus encantos, pero parece que aquí ellos son mayores, aunque soy sospechosa para hablar de esto, porque estoy demasiado enamorada de mi país y estoy convencida de que nunca se me va a pasar... Bueno, esa es la idea.
Y entre tanta pasión y el calorcito acogedor de la estufa que seca un poco el aire pero evita que estemos tiritando miserablemente, aquí va la de la semana.
Estaba aquí sentada en el computador pasando en limpio los textos de mi diario para el computador, aprovechando la tranquilidad de esta tarde nublada, cuando llegué a una parte en que hablo de los pobres que cuentan las monedas para el ómnibus mientras aguardan en el paradero, y de repente, me vino a la mente la primera vez que vi este gesto en otra persona: era un hombre delgado y bajo, ya no tan joven, que esperaba la micro en un paradero por el cual yo pasaba. Vestía un ternito de color incierto, brillante por el uso, pero muy atildado a pesar del cuello y los puños de la camisa raídos, prolijamente remendados. Yo iba paseando, creo que volviendo a casa después de las clases, entonces tuve tiempo de observarlo detenidamente. No sé por qué me llamó la atención, pero mis ojos cayeron sobre él en el exacto instante en que se metía la mano al bolsillo de la chaqueta para sacar un puñado de monedas. Las dejó en su mano abierta, una mano morena y de piel gruesa, sufrida, y con la otra empezó a revolver el montón buscando sencillo para pagar la micro. Contaba cuidadosamente, con atención y diligencia, con la minuciosidad de quien no puede desperdiciar ni siquiera las moneditas que nadie quiere. Se inclinaba atentamente sobre su mano, frunciendo un poco el entrecejo, y modulaba con los labios finos la cuenta para completar lo que necesitaba.
Yo simplemente paré, movida por un sentimiento que no conseguía comprender, pero que me calaba profundo como muy pocas cosas lo habían hecho en mi vida a esa edad, unos doce o trece años. Tuve una percepción tan brutal y conmovedoramente clara de la historia de aquel hombre, todo escrito en su postura, en su ropa, en su rostro, su cabello cuidadosamente peinado con gomina, en los zurcidos tan esmeradamente trabajados, en el empeño de verse decente, honesto, trabajador, humilde pero digno, entero, consciente de su pequeñez pero no amilanado por ella... Su imagen y sus gestos me golpearon allá en el fondo, en un lugar que todavía no conocía, donde se despertaba por primera vez la percepción, la comprensión, la reflexión y una de las primeras lecciones conscientes que recibí a través de este don... Curiosamente, y a pesar de haber sido una experiencia tan fuerte y marcadora, ella nunca fue traducida a palabras, no se me ocurrió en ese momento, ni después, sentarme y escribir sobre ella, mismo si jamás la olvidé, y hoy me doy cuenta de que aquella fue la primera vez en que el don de la percepción y la interpretación e identificación con los otros se manifestó, sólo que en esa época yo estaba convencida de que mi vena literaria estaba dirigida a los cuentos y novelas, no a las crónicas (dicho sea de paso, ni siquiera tenía idea de lo que era una crónica) Entonces, mismo habiendo sido tan profundamente tocada por ella, la dejé ahí, sólo como un recuerdo muy especial, hasta hoy, en que percibí su importancia. Este recuerdo es un marco, fue la puerta que se abrió, el encuentro más importante, mi punto de partida como la escritora que soy ahora. Cuando intentaba explicarles a los demás esta escena y cómo me conmovió, nadie conseguía entenderme, hasta porque yo misma no era capaz de describir mis sentimientos en toda su profundidad y significado, ya que no conseguía comprenderlos por completo. ¿Por qué ese hombre? ¿Por qué ese día? ¿Por qué contando moneditas? ¿Qué significado tuvo esta acción y toda la postura y el aspecto de este hombre humilde, que fue capaz de mostrarme, mismo inconscientemente en aquella época, el camino que debía seguir cuando me tornara adulta? Porque ahora veo claramente que fue ese su cometido, ya que la experiencia contiene todos los factores que hoy componen mi estilo de escritura, la dinámica, el proceso de observación, dramatización, reflexión y conclusión que uso para desarrollar y traducir a palabras los acontecimientos que atestiguo en mi vida diaria.
Se me llenan los ojos de lágrimas delante de la breve imagen de este humilde desconocido, de pié en el paradero de la micro, inclinado sobre su mano, donde tintineaban las monedas.... ¿Quién era? ¿Para dónde iba? ¿Cuál era su historia? ¿Me esperaba sin saber? ¿Durante cuánto tiempo este encuentro fue planeado?... Con certeza él nunca supo lo que su aparición significó para mí, siguió su camino y vivió su vida, pero esto reafirma mi creencia de que tenemos que estar siempre atentos, abiertos y dispuestos delante de la vida porque ella siempre nos prepara este tipo de sorpresas y si no estamos podemos perderla y robarle un pedazo importante a nuestra cuota de experiencias de vida, a nuestro crecimiento. Así mismo, nosotros podemos ser motivo de alguna revelación o transformación para alguien más, una inspiración o una oportunidad, por lo tanto, tampoco debemos descuidarnos de nosotros mismos con respecto a los otros.
Que cada encuentro sea, entonces, un pequeño milagro de percepción, comunicación y reflexión, no importa cuán simple parezca, porque ahora, más que nunca, me doy cuenta de cómo todo es valioso... Cada encuentro vale oro, no importa dónde ni con quién. Cada encuentro. Todos los encuentros.
Y entre tanta pasión y el calorcito acogedor de la estufa que seca un poco el aire pero evita que estemos tiritando miserablemente, aquí va la de la semana.
Estaba aquí sentada en el computador pasando en limpio los textos de mi diario para el computador, aprovechando la tranquilidad de esta tarde nublada, cuando llegué a una parte en que hablo de los pobres que cuentan las monedas para el ómnibus mientras aguardan en el paradero, y de repente, me vino a la mente la primera vez que vi este gesto en otra persona: era un hombre delgado y bajo, ya no tan joven, que esperaba la micro en un paradero por el cual yo pasaba. Vestía un ternito de color incierto, brillante por el uso, pero muy atildado a pesar del cuello y los puños de la camisa raídos, prolijamente remendados. Yo iba paseando, creo que volviendo a casa después de las clases, entonces tuve tiempo de observarlo detenidamente. No sé por qué me llamó la atención, pero mis ojos cayeron sobre él en el exacto instante en que se metía la mano al bolsillo de la chaqueta para sacar un puñado de monedas. Las dejó en su mano abierta, una mano morena y de piel gruesa, sufrida, y con la otra empezó a revolver el montón buscando sencillo para pagar la micro. Contaba cuidadosamente, con atención y diligencia, con la minuciosidad de quien no puede desperdiciar ni siquiera las moneditas que nadie quiere. Se inclinaba atentamente sobre su mano, frunciendo un poco el entrecejo, y modulaba con los labios finos la cuenta para completar lo que necesitaba.
Yo simplemente paré, movida por un sentimiento que no conseguía comprender, pero que me calaba profundo como muy pocas cosas lo habían hecho en mi vida a esa edad, unos doce o trece años. Tuve una percepción tan brutal y conmovedoramente clara de la historia de aquel hombre, todo escrito en su postura, en su ropa, en su rostro, su cabello cuidadosamente peinado con gomina, en los zurcidos tan esmeradamente trabajados, en el empeño de verse decente, honesto, trabajador, humilde pero digno, entero, consciente de su pequeñez pero no amilanado por ella... Su imagen y sus gestos me golpearon allá en el fondo, en un lugar que todavía no conocía, donde se despertaba por primera vez la percepción, la comprensión, la reflexión y una de las primeras lecciones conscientes que recibí a través de este don... Curiosamente, y a pesar de haber sido una experiencia tan fuerte y marcadora, ella nunca fue traducida a palabras, no se me ocurrió en ese momento, ni después, sentarme y escribir sobre ella, mismo si jamás la olvidé, y hoy me doy cuenta de que aquella fue la primera vez en que el don de la percepción y la interpretación e identificación con los otros se manifestó, sólo que en esa época yo estaba convencida de que mi vena literaria estaba dirigida a los cuentos y novelas, no a las crónicas (dicho sea de paso, ni siquiera tenía idea de lo que era una crónica) Entonces, mismo habiendo sido tan profundamente tocada por ella, la dejé ahí, sólo como un recuerdo muy especial, hasta hoy, en que percibí su importancia. Este recuerdo es un marco, fue la puerta que se abrió, el encuentro más importante, mi punto de partida como la escritora que soy ahora. Cuando intentaba explicarles a los demás esta escena y cómo me conmovió, nadie conseguía entenderme, hasta porque yo misma no era capaz de describir mis sentimientos en toda su profundidad y significado, ya que no conseguía comprenderlos por completo. ¿Por qué ese hombre? ¿Por qué ese día? ¿Por qué contando moneditas? ¿Qué significado tuvo esta acción y toda la postura y el aspecto de este hombre humilde, que fue capaz de mostrarme, mismo inconscientemente en aquella época, el camino que debía seguir cuando me tornara adulta? Porque ahora veo claramente que fue ese su cometido, ya que la experiencia contiene todos los factores que hoy componen mi estilo de escritura, la dinámica, el proceso de observación, dramatización, reflexión y conclusión que uso para desarrollar y traducir a palabras los acontecimientos que atestiguo en mi vida diaria.
Se me llenan los ojos de lágrimas delante de la breve imagen de este humilde desconocido, de pié en el paradero de la micro, inclinado sobre su mano, donde tintineaban las monedas.... ¿Quién era? ¿Para dónde iba? ¿Cuál era su historia? ¿Me esperaba sin saber? ¿Durante cuánto tiempo este encuentro fue planeado?... Con certeza él nunca supo lo que su aparición significó para mí, siguió su camino y vivió su vida, pero esto reafirma mi creencia de que tenemos que estar siempre atentos, abiertos y dispuestos delante de la vida porque ella siempre nos prepara este tipo de sorpresas y si no estamos podemos perderla y robarle un pedazo importante a nuestra cuota de experiencias de vida, a nuestro crecimiento. Así mismo, nosotros podemos ser motivo de alguna revelación o transformación para alguien más, una inspiración o una oportunidad, por lo tanto, tampoco debemos descuidarnos de nosotros mismos con respecto a los otros.
Que cada encuentro sea, entonces, un pequeño milagro de percepción, comunicación y reflexión, no importa cuán simple parezca, porque ahora, más que nunca, me doy cuenta de cómo todo es valioso... Cada encuentro vale oro, no importa dónde ni con quién. Cada encuentro. Todos los encuentros.
sábado, 27 de abril de 2013
"Un lugarcito"
Sí, ya sé, la crónica de la semana pasada quedó bien rara, ¿no es verdad?... Es que estaba aprendiendo a cortar, copiar, pegar y todo eso para evitarme el trabajo de estar transcribiendo del diario cada vez que posteo una crónica. El problema fue que, al copiarlo en el blog, la cosa se comió todo el prólogo que ya había escrito y la letra salió del mismo tamaño que está en mi diario, que es enorme (como ven, soy bien cegatona) lo que hizo que el texto quedara kilométrico y muy, muy extraño... En todo caso, creo que voy a continuar con mi sistema -más complicado y arriesgado, pero más estético también- porque si quisiera copiar directo del diario tendría que empezar a escribir en este tamaño de letra allí y, sinceramente, no quiero tener dolor de cabeza porque no veo bien la letra... Como pueden notar, a veces me encanta complicarme la vida... Pero escribir dos veces el texto me ayuda a corregirlo, mejorarlo y quitarle o agregarle algunas cosas... Bueno, es bien sabido que los artistas nunca están satisfechos por completo con sus obras y continuarían retocándolas hasta su último aliento si no fuera por los agentes que se las quitan y las publican o las exponen... Entonces, como también tengo esta manía, supongo que puedo considerarme entre esta lista de neuróticos perfeccionistas...
Y aprovechando que no tengo las manos muy heladas porque ya encendí la estufa, aquí va la de esta semana:
Todos tenemos aquel espacio, aquel rinconcito, ese sofá, esa puntita del jardín donde da el sol o sopla una brisa refrescante y perfumada, donde nos sentimos como dentro de un lugar sagrado, una especie de templo personal en el cual conseguimos pensar con absoluta claridad y honestidad, resolver nuestros problemas, planear el futuro y prepararnos para las batallas, poner en orden las ideas y las cuentas, analizar situaciones, entrar en contacto con algo íntimo y divino y sentirnos consolados y seguros, inspirados para continuar enfrentando los desafíos de nuestra vida. Es un espacio indispensable, un tiempo irreemplazable, solamente nuestro, como ese escondrijo que teníamos cuando éramos niños... Y cuando lo encontramos inmediatamente podemos reconocerlo porque, de alguna forma misteriosa e irresistible, nos invita a acercarnos, a entrar a él, a sentirlo, a hacer amistad... Y si aceptamos la invitación, poco a poco nos vamos a dar cuenta de que este lugarcito empieza a parecerse a nosotros, pues casi sin querer lo vamos adornando, lo vamos volviendo acogedor, bonito, cómodo, vamos poniendo en él no sólo elementos externos, estéticos, sino todos los secretos de nuestro corazón...
Yo ya creé aquí en nuestro departamento un rinconcito donde puedo sentarme a escribir y meditar, junto a la frutera perfumada y con vista a los maceteros de la ventana. Todavía no es el lugar perfecto, pero funciona bastante bien. De cualquier forma, ya planeé comprar mi escritorio, la silla topline, el computador fijo, la impresora, el porta lápices, el florerito, los cuadros y todas esas cositas que harán mi estudio personal ser eficiente y acogedor. Yo necesito espacios fijos, seguros y ordenados, pues es en ellos que consigo crear el clima para producir, la atmósfera para meditar y llegar a conclusiones importantes. Pasamos a conocer el paisaje de la ventana, los colores, sonidos y olores de cada hora del día, y no sentimos serenos y confortables con ello. Yo dependo de este ambiente familiar y controlado para poder escribir, así como para muchas otras cosas, y estoy convencida de que los demás también necesitan esta armonía para poder producir y tener paz... El caos sólo nos traba, nos dispersa, nos irrita. Pero el equilibrio y la certeza de estos lugarcitos sagrados y personales puede ser el mejor inicio de cualquier aventura.
Y aprovechando que no tengo las manos muy heladas porque ya encendí la estufa, aquí va la de esta semana:
Todos tenemos aquel espacio, aquel rinconcito, ese sofá, esa puntita del jardín donde da el sol o sopla una brisa refrescante y perfumada, donde nos sentimos como dentro de un lugar sagrado, una especie de templo personal en el cual conseguimos pensar con absoluta claridad y honestidad, resolver nuestros problemas, planear el futuro y prepararnos para las batallas, poner en orden las ideas y las cuentas, analizar situaciones, entrar en contacto con algo íntimo y divino y sentirnos consolados y seguros, inspirados para continuar enfrentando los desafíos de nuestra vida. Es un espacio indispensable, un tiempo irreemplazable, solamente nuestro, como ese escondrijo que teníamos cuando éramos niños... Y cuando lo encontramos inmediatamente podemos reconocerlo porque, de alguna forma misteriosa e irresistible, nos invita a acercarnos, a entrar a él, a sentirlo, a hacer amistad... Y si aceptamos la invitación, poco a poco nos vamos a dar cuenta de que este lugarcito empieza a parecerse a nosotros, pues casi sin querer lo vamos adornando, lo vamos volviendo acogedor, bonito, cómodo, vamos poniendo en él no sólo elementos externos, estéticos, sino todos los secretos de nuestro corazón...
Yo ya creé aquí en nuestro departamento un rinconcito donde puedo sentarme a escribir y meditar, junto a la frutera perfumada y con vista a los maceteros de la ventana. Todavía no es el lugar perfecto, pero funciona bastante bien. De cualquier forma, ya planeé comprar mi escritorio, la silla topline, el computador fijo, la impresora, el porta lápices, el florerito, los cuadros y todas esas cositas que harán mi estudio personal ser eficiente y acogedor. Yo necesito espacios fijos, seguros y ordenados, pues es en ellos que consigo crear el clima para producir, la atmósfera para meditar y llegar a conclusiones importantes. Pasamos a conocer el paisaje de la ventana, los colores, sonidos y olores de cada hora del día, y no sentimos serenos y confortables con ello. Yo dependo de este ambiente familiar y controlado para poder escribir, así como para muchas otras cosas, y estoy convencida de que los demás también necesitan esta armonía para poder producir y tener paz... El caos sólo nos traba, nos dispersa, nos irrita. Pero el equilibrio y la certeza de estos lugarcitos sagrados y personales puede ser el mejor inicio de cualquier aventura.
Marcadores:
escritorio,
estético,
indispensable,
lugar,
tiempo
quarta-feira, 17 de abril de 2013
"Una oportunidad de triunfar"
Me encanta levantarme temprano y salir a la
calle para respirar el aire frio de la mañana y encontrar a esa multitud
apresurada que se dirige a sus trabajos… Expresiones de las más diversas, mil
atuendos, diferentes velocidades y pensamientos pasando por sus cabezas. En
todo lugar se respira esfuerzo, determinación, creatividad, persistencia. Todos
se preparan para la batalla diaria, para cumplir sus metas y abonar otro día
para el salario de fin de mes… Mientras camino con paso firme por el paseo
Bulnes, esquivando ciclistas y trabajadores, estudiantes y turistas con sus
cámaras y acentos divertidos, veo cómo la ciudad despierta, las personas van
llegando a las tiendas, oficinas, restaurantes, a sus esquinas y bancos con sus
bolsas, periódicos, teléfonos, maletines, carritos, mangueras y escobillones, y
van tomando sus lugares, empezando a formar parte del inmenso rompecabezas que
es la rutina en este pequeño pedazo de la ciudad. Y veo que en cada rincón
existe ese impulso, esa fuerza, esa creatividad que busca la sobrevivencia, el
servicio, la oportunidad de encontrar un lugar en el quehacer de la metrópolis.
Pero para eso, hay que distinguirse, hay que ser ingenioso, tener una receta
mejor, un local más atractivo, una sonrisa más brillante y acogedora, las
palabras simpáticas, la atención más rápida y eficiente. Y lo que más me
emociona de este desafío diario es que parece que todos tienen la sensación de
que existe una oportunidad de triunfar, de construir un futuro, de crecer y ser
felices, entonces trabajan sin descanso para conseguirlo, venciendo todas las
adversidades y desafíos, con un optimismo y una perseverancia a toda prueba… Y
esto acaba resultando tremendamente contagioso, se siente con perfecta claridad
al pasar delante de cualquier diminuta cafetería llena de gente comprando su
desayuno, de las mesitas del restaurante que son estratégicamente distribuidas
debajo de los inmensos plátanos orientales, de las tiendas y quioscos, de los
vendedores ambulantes que acomodan sus mesitas o manteles en el pasto o la
vereda y arreglan cuidadosamente sus mercaderías para atraer a los clientes…
Todo bulle, se mueve, respira ese anhelo de conquistar, de superarse. No
encuentro personas soñolientas en mi caminata, sino gente animada, despierta,
lista para enfrentar otro día, y no sé por qué esta energía me deja feliz,
orgullosa y con ganas de participar, de contribuir… El clima me envuelve
mientras recorro el paseo, llena mis pulmones de un aire vigoroso y optimista,
me invita a observar, a reflexionar e integrarme, pues parece que a mí también
me espera algo grandioso, una sorpresa positiva a la vuelta de la esquina,
algún encuentro importante –si bien todos lo son, en realidad- algún detalle
que va a contribuir para que mi vida sea mejor y más feliz.
Este es el efecto que mis compatriotas me producen, es la fuerza que
tiene este país.
Marcadores:
acogedora,
brillante,
contagioso,
perseverancia
sábado, 6 de abril de 2013
"Ejemplos"
Definitivamente, este ha sido un día delicioso. El clima se está poniendo frío, pero los cielos continúan deslumbrantes y el perfume, el sonido y los colores de este país me abrazan a cada paso... Definitivamente, no hay cómo sentirse infeliz aquí. No digo que no se tengan problemas, pero hay algo indefinible y poderoso que mantiene el ánimo y la esperanza como rocas contra el viento y la marea. Pueden quedar cicatrices, pero ellas siguen allí... Fuera eso, la cosa de la entrevista para el diario de Brasil -via e-mail- para una materia sobre los escritores que han colaborado en la sección de crónicas me dejó más feliz, si cabe. ¡Imagínense, yo envío mis textos desde 2007 y tengo el record de crónicas publicadas! Me siento muy honrada de que todavía me consideren, a pesar de estar viviendo aquí ahora. Bueno, desde que empecé y tuve mi primera crónica publicada (que fue mismo la primera que envié) nunca más dejé de escribir. Convertí esto en una deliciosa y motivadora rutina semanal, y he sido ampliamente recompensada, gracias a Dios, porque me encanta llegar a la gente, tocarla, conmoverla, inspirarla, ayudarla de alguna forma a percibir la belleza de la vida, el milagro que se esconde en las aparentes banalidades de cada día. No pretendo ganar el Pulitzer. Me conformo con ayudar un poquito a la felicidad de los demás, porque yo me siento tan feliz que pienso que puedo compartirlo con todos los que quieran.
Así como los malos ejemplos se evitan, se olvidan y se barren de nuestras vidas, los buenos, al contrario, perduran, se esparcen, se repiten, se transmiten y nos hacen crecer y mejorar como seres humanos. Buenos y malos ejemplos son legados y nos toca a nosotros el deber o la maldición de perpetuarlos.
A mi padre le encantaba la música clásica. Mi madre siempre tenía un elogio sincero a flor de labios. A mi tío le encantaba una buena conversación. Mi abuelo adoraba la historia y se pasaba horas contándonos episodios emocionantes y describiendo a sus protagonistas. Mi madrina era fanática del teatro y vivía confeccionándonos mil disfraces, construía ciudades con cajitas de fósforo y nos dibujaba historietas en cuadernos viejos. Mi abuela materna amaba enseñar, amaba el campo. La tía Virginia era una estupenda anfitriona y decoradora, que hacía sus propios helados de café con leche, a la moda antigua, para ofrecerle a sus convidados y era capaz de colocar una única rosa en un jarrón de cristal e iluminar toda la habitación. Mi profesora de inglés de la secundaria estaba siempre impecablemente vestida, con elegancia y discreción. Mi profesor de castellano era un luchador, un idealista a quien realmente le importaban sus alumnos. Si no fuera él, yo no estaría escribiendo hoy... La empleada que trabajaba en nuestra casa que era el retrato de la buena voluntad, la disposición y la paciencia, del esfuerzo y la modestia. Mi colega, profesora de música, que me mostró que, a pesar de nuestros defectos y problemas, somos capaces de apoyar y ayudar a los demás... Y así, tantos que pasaron, pasan y, con certeza, continuarán pasando por nuestra vida, dejarán su marca en ella y siempre las recordaremos y pasaremos adelante sus ejemplos porque éstos no solamente nos hicieron bien a nosotros sino que son para el bien de todos y al final formarán parte de la historia no solamente de uno, sino de la humanidad
Buenos ejemplos son semejantes a semillas sembradas en buena tierra: florecen y se esparcen, dando flores y frutos eternamente. Vamos a tratar de repetir todo lo bueno que vimos o que nos sucedió y vamos a tratar de crear nuevos buenos ejemplos para dejar un legado concreto, positivo, para cumplir nuestro propósito en esta vida. ¿Y quién sabe si, después que nos hayamos ido alguien en algún lugar, en una rueda de conversación, no dice: "Y fué por causa de su ejemplo que decidí ser enfermera" O :"Ella me enseñó a ser siempre positiva, creativa, a seguir mi inspiración, porque era eso lo que ella hacía."
Revisemos nuestra vida y con certeza descubriremos que poseemos ejemplos fantásticos en ellas. Sin embargo, tenemos que ser lo suficientemente humildes y gratos para reconocerlos y aceptarlos, para darles su crédito y repetirlos, para que así formen parte de nuestra historia y la de los otros a nuestro alrededor. Si no lo hacemos así, todos estos buenos ejemplos se perderán y le habremos robado una parte de su propósito a la herencia de aquel que nos lo dio.
Así como los malos ejemplos se evitan, se olvidan y se barren de nuestras vidas, los buenos, al contrario, perduran, se esparcen, se repiten, se transmiten y nos hacen crecer y mejorar como seres humanos. Buenos y malos ejemplos son legados y nos toca a nosotros el deber o la maldición de perpetuarlos.
A mi padre le encantaba la música clásica. Mi madre siempre tenía un elogio sincero a flor de labios. A mi tío le encantaba una buena conversación. Mi abuelo adoraba la historia y se pasaba horas contándonos episodios emocionantes y describiendo a sus protagonistas. Mi madrina era fanática del teatro y vivía confeccionándonos mil disfraces, construía ciudades con cajitas de fósforo y nos dibujaba historietas en cuadernos viejos. Mi abuela materna amaba enseñar, amaba el campo. La tía Virginia era una estupenda anfitriona y decoradora, que hacía sus propios helados de café con leche, a la moda antigua, para ofrecerle a sus convidados y era capaz de colocar una única rosa en un jarrón de cristal e iluminar toda la habitación. Mi profesora de inglés de la secundaria estaba siempre impecablemente vestida, con elegancia y discreción. Mi profesor de castellano era un luchador, un idealista a quien realmente le importaban sus alumnos. Si no fuera él, yo no estaría escribiendo hoy... La empleada que trabajaba en nuestra casa que era el retrato de la buena voluntad, la disposición y la paciencia, del esfuerzo y la modestia. Mi colega, profesora de música, que me mostró que, a pesar de nuestros defectos y problemas, somos capaces de apoyar y ayudar a los demás... Y así, tantos que pasaron, pasan y, con certeza, continuarán pasando por nuestra vida, dejarán su marca en ella y siempre las recordaremos y pasaremos adelante sus ejemplos porque éstos no solamente nos hicieron bien a nosotros sino que son para el bien de todos y al final formarán parte de la historia no solamente de uno, sino de la humanidad
Buenos ejemplos son semejantes a semillas sembradas en buena tierra: florecen y se esparcen, dando flores y frutos eternamente. Vamos a tratar de repetir todo lo bueno que vimos o que nos sucedió y vamos a tratar de crear nuevos buenos ejemplos para dejar un legado concreto, positivo, para cumplir nuestro propósito en esta vida. ¿Y quién sabe si, después que nos hayamos ido alguien en algún lugar, en una rueda de conversación, no dice: "Y fué por causa de su ejemplo que decidí ser enfermera" O :"Ella me enseñó a ser siempre positiva, creativa, a seguir mi inspiración, porque era eso lo que ella hacía."
Revisemos nuestra vida y con certeza descubriremos que poseemos ejemplos fantásticos en ellas. Sin embargo, tenemos que ser lo suficientemente humildes y gratos para reconocerlos y aceptarlos, para darles su crédito y repetirlos, para que así formen parte de nuestra historia y la de los otros a nuestro alrededor. Si no lo hacemos así, todos estos buenos ejemplos se perderán y le habremos robado una parte de su propósito a la herencia de aquel que nos lo dio.
sábado, 30 de março de 2013
"Aprender a pescar"
Bueno, no se puede negar que viajar tiene dos lados: el de la emoción y la expectativa, y el de la ansiedad y el desorden. Son pasajes, dólares, maletas, bolsas, ropas y zapatos, documentos, tantas llamadas y reservas que parece que van a enloquecernos antes mismo de subir al transvip que nos llevará al aeropuerto... Eso, fuera la noche que se pasa sin dormir porque el vuelo que se podía pagar sale a las 7 de la mañana y hay que estar a las 5 en el aeropuerto, mismo habiendo hecho el check- in por internet... Pero claro que todo esto desaparece en el momento en que se llega al aeropuerto internacional y uno se mezcla con toda esa gente con cara de viajero cosmopolita, lleno de maletas finas y tenidas a la moda (ninguna muy a propósito para viajar, pero, en fin...) y siente ese olor a cafecito y a pan con jamón y queso derretido flotando en el aire. La sofisticada y siempre calmada voz femenina que anuncia los embarques, las salidas y arribos de los aviones, nos envuelve y nos guía a través de aquellas distancias inconmensurables, entre un portón y otro, empujando nuestro carrito cargado de maletas y bolsas, pasaporte y pasaje en la mano, ojos bien abiertos, atravesando valientemente ese océano de gente de todos los colores, tamaños e idiomas rumbo a nuestra fila de embarque. ¡Y qué decir cuando finalmente entramos por la manga que nos coloca en la puerta del avión!... ¡Y cuando éste finalmente se eleva del suelo! ¡Qué emoción, cuántas mariposas en el estómago! ¡La aventura comienza!...
Sin embargo, a despecho de todo esto, que nos hace sentirnos casi como astronautas yendo a otro planeta, y de todo lo bien que podamos pasarlo turisteando, comprando, conociendo gente y lugares nuevos, lo mejor de todo, lo que nada supera todavía, es el regreso a casa. Porque si bien salir es siempre una aventura llena de posibilidades y encuentros, volver a la patria, a la casa de uno, es la mejor parte de cualquier viaje.
Dice Dios, disfrazado de garzon en una fuente de soda, a una mujer que se encuentra en serios problemas matrimoniales:
-¿Pero cómo cree usted que Dios atiende sus plegarias? ¿Usted piensa que si le pide paciencia El se la va a dar inmediatamente, como si le apretara algún botón?... ¿O será que, en vez de eso, le va a proporcionar ocasiones en las cuales usted deba practicar la paciencia para así aprender a cultivarla? Si usted le pide coraje ¿piensa que lo va a obtener en un tronar de dedos o, en vez de eso, Dios le va a enviar ocasiones en que tenga que practicarlo?... ¡Usted también tiene que poner su parte para que los milagros acontezcan!." ("El todopoderoso").
Las personas -yo entre ellas- tienen la tendencia a creer que ser atendidas en sus oraciones significa un cambio radical e instantáneo, algo completamente sobrenatural en lo cual no tenemos participación alguna, pero en realidad, esta forma de pensar y esperar sólo vale en casos extremos, ya que, según me estoy dando cuenta cada vez más, Dios no es del tipo que te da el pescado. No, con El la cosa es aprender a pescar, no recibir el pez gratis, sin hacer ningún esfuerzo. Nosotros tenemos que lanzar la red... Lo que me parece más que correcto, ya que es solamente de esta manera que aprendemos y crecemos, nos volvemos mejores y más compasivos, pues quien lucha para obtener algo siempre será mucho más comprensivo y tolerante con los otros que aquel que recibió todo sin esfuerzo alguno. Dios siempre nos oye y siempre nos atiende, pero nosotros debemos estar atentos a sus respuestas, a las señales, a las personas y situaciones que nos coloca delante cuando nos encontramos en medio de algún problema, ya que la respuesta, la solución, puede aparecer bien delante de nuestras narices y podemos dejarla escapar porque estamos esperando algo sobrenatural, fácil, inmediato. Tenemos que entender y aceptar que nosotros tenemos que cooperar para que cualquier milagro suceda. No basta sólo pedir, porque ni siempre Dios realiza sus obras sin nuestra ayuda -en realidad, casi nunca. Nosotros estamos siempre involucrados- sino que las efectúa a través de nuestra percepción, de nuestra docilidad y confianza, de nuestro poder de decisión y aceptación. Somos nosotros, en verdad, quienes, con nuestra voluntad, ponemos en movimiento la energía divina, pero no sólo porque pedimos, sino porque podemos -y debemos- actuar junto con ella. Al final, Jesús dijo: "Si tienes fe del tamaño de un grano de mostaza, le dirás a ese monte: "Ve y arrójate al mar", y el monte te obedecerá.
Sin embargo, a despecho de todo esto, que nos hace sentirnos casi como astronautas yendo a otro planeta, y de todo lo bien que podamos pasarlo turisteando, comprando, conociendo gente y lugares nuevos, lo mejor de todo, lo que nada supera todavía, es el regreso a casa. Porque si bien salir es siempre una aventura llena de posibilidades y encuentros, volver a la patria, a la casa de uno, es la mejor parte de cualquier viaje.
Dice Dios, disfrazado de garzon en una fuente de soda, a una mujer que se encuentra en serios problemas matrimoniales:
-¿Pero cómo cree usted que Dios atiende sus plegarias? ¿Usted piensa que si le pide paciencia El se la va a dar inmediatamente, como si le apretara algún botón?... ¿O será que, en vez de eso, le va a proporcionar ocasiones en las cuales usted deba practicar la paciencia para así aprender a cultivarla? Si usted le pide coraje ¿piensa que lo va a obtener en un tronar de dedos o, en vez de eso, Dios le va a enviar ocasiones en que tenga que practicarlo?... ¡Usted también tiene que poner su parte para que los milagros acontezcan!." ("El todopoderoso").
Las personas -yo entre ellas- tienen la tendencia a creer que ser atendidas en sus oraciones significa un cambio radical e instantáneo, algo completamente sobrenatural en lo cual no tenemos participación alguna, pero en realidad, esta forma de pensar y esperar sólo vale en casos extremos, ya que, según me estoy dando cuenta cada vez más, Dios no es del tipo que te da el pescado. No, con El la cosa es aprender a pescar, no recibir el pez gratis, sin hacer ningún esfuerzo. Nosotros tenemos que lanzar la red... Lo que me parece más que correcto, ya que es solamente de esta manera que aprendemos y crecemos, nos volvemos mejores y más compasivos, pues quien lucha para obtener algo siempre será mucho más comprensivo y tolerante con los otros que aquel que recibió todo sin esfuerzo alguno. Dios siempre nos oye y siempre nos atiende, pero nosotros debemos estar atentos a sus respuestas, a las señales, a las personas y situaciones que nos coloca delante cuando nos encontramos en medio de algún problema, ya que la respuesta, la solución, puede aparecer bien delante de nuestras narices y podemos dejarla escapar porque estamos esperando algo sobrenatural, fácil, inmediato. Tenemos que entender y aceptar que nosotros tenemos que cooperar para que cualquier milagro suceda. No basta sólo pedir, porque ni siempre Dios realiza sus obras sin nuestra ayuda -en realidad, casi nunca. Nosotros estamos siempre involucrados- sino que las efectúa a través de nuestra percepción, de nuestra docilidad y confianza, de nuestro poder de decisión y aceptación. Somos nosotros, en verdad, quienes, con nuestra voluntad, ponemos en movimiento la energía divina, pero no sólo porque pedimos, sino porque podemos -y debemos- actuar junto con ella. Al final, Jesús dijo: "Si tienes fe del tamaño de un grano de mostaza, le dirás a ese monte: "Ve y arrójate al mar", y el monte te obedecerá.
Marcadores:
aeropuerto,
casa,
maletas,
pescado,
red,
sobrenatural
sábado, 23 de fevereiro de 2013
"Nuestra metrópolis"
Después de algunos pequeños percances estomacales -debidos a la falta de paciencia para sanar del primero para poder comer las cosas ricas que cocina la mamá del pololo de mi hija- y de haber acabado de borrar todo lo que escribí (se los digo, me estoy poniendo vieja y decrépita, y por eso ahora voy a tener que escribirlo todo de nuevo) aquí estoy, trabajando de nuevo, jurándome a mí misma hacer la dieta de recuperación hasta el final, porque sería muy triste que todo el sacrificio y la baba que me tuve que tragar para resistir a los dulces y platos deliciosos con que los restaurantes nos asaltan desprevenidamente cuando vamos por la calle, inocentes palomitas, a hacer alguna diligencia que no tiene nada que ver con comida, fuera en vano. ¡No pretendo pasarme otros cuatro días en el baño o dormitando en el sofá!... También me conseguí, finalmente, una masajista decente que viene hoy en la tarde para ver si me desenchueca de una vez por todas, porque si no voy a terminar transformándome en un dragón con dos cabezas y voy a salir por ahí soltando llamaradas. Voy a tener que gastar un poco más de lo que pensaba, pero creo que va a valer la pena. Estoy con miedo de mirar para el lado y quedarme así para siempre. ¡Imagínenselo, tener que poner el computador a un lado del escritorio para poder trabajar!...
Y mientras el hada de las manos y pociones mágicas no aparece, voy posteando el texto de hoy.
¿Cómo una ciudad puede transformarse tanto?... Durante la semana es aquella locura: miles de personas e interminables marejadas de vehículos en un río salvaje y atronador que nada detiene. Luces, tiendas llenas, veredas desbordantes, restaurantes de garzones agobiados y comensales en fila de espera, pasos peatonales atochados, empujones, prisa, encontrones, gritos... Pero cuando llega el fin de semana...
Lo primero que llama la atención cuando se sale a la calle es el silencio, esa especie de calma gigantesca que se cierne sobre la ciudad y envuelve los edificios vacíos, cayendo pesadamente sobre las avenidas casi desiertas. Da para ver a lo lejos, no hay una pared de vehículos obstruyendo la vista. Se oye el rumor del follaje y de las fuentes y el canto de los chincoles y zorzales. El viento pasa, libre, y trae perfume de flores, no de humo de motores o cigarro. Las voces se escuchan separadas, claras, no como el zumbido amenazador de un panal monstruoso que nos aturde. Niños, perros, abuelos, padres y madres, tordos, palomas, pololos en los parques y paseos... En el fin de semana y los feriados la ciudad se limpia, respira, se regenera. Necesita este descanso para poder soportar los próximos cinco días de locura, y sus habitantes le hacen este regalo, la dejan disfrutar del silencio, del aire, del espacio, de la lentitud del ocio. Y ella lo aprovecha, reinventándose para el Lunes en la mañana. Afirma sus cimientos, refuerza el asfalto, airea los túneles, limpia los árboles, clarea el trino de los pájaros.
Y contemplando esta ciudad maravillosa, que siempre tiene algo que ofrecernos, me digo a mí misma que nosotros deberíamos ser como ella y darnos un fin de semana, un feriado, para que así pudiéramos rehacernos, parar y respirar, recobrar la consciencia, la compasión, la honestidad, el equilibrio, el ánimo, el coraje. Tener un feriado para levantarnos, para despertar lo mejor en nosotros y tener así, como esta ciudad, algo que ofrecerle a los demás.
El fin de semana no acaba con la vida de la ciudad, no detiene su vigor, no debilita su lucha ni atrasa su progreso. Al contrario, sábados, domingos y feriados le dan un nuevo aliento, la afirman, la preparan para enfrentar su rutina de urgencia, ambición y competencia, eficiencia, crudeza y violencia; rutina de esfuerzo, de crecimiento, de victorias, encuentros y esperanzas. Así nosotros, si nos detenemos cada cierto tiempo, seremos capaces de ver hasta el fin de la calle, pues no habrá ningún congestionamiento de ideas o sentimientos, no nos sentiremos agobiados por la urgencia, no nos dejaremos llevar por la multitud, no seremos atropellados por ambiciones o rencores desgobernados.
Hay que detenerse, hay que mirar hacia la metrópolis que tenemos dentro de nosotros mismos y darle sus fines de semana y sus feriados.
Y mientras el hada de las manos y pociones mágicas no aparece, voy posteando el texto de hoy.
¿Cómo una ciudad puede transformarse tanto?... Durante la semana es aquella locura: miles de personas e interminables marejadas de vehículos en un río salvaje y atronador que nada detiene. Luces, tiendas llenas, veredas desbordantes, restaurantes de garzones agobiados y comensales en fila de espera, pasos peatonales atochados, empujones, prisa, encontrones, gritos... Pero cuando llega el fin de semana...
Lo primero que llama la atención cuando se sale a la calle es el silencio, esa especie de calma gigantesca que se cierne sobre la ciudad y envuelve los edificios vacíos, cayendo pesadamente sobre las avenidas casi desiertas. Da para ver a lo lejos, no hay una pared de vehículos obstruyendo la vista. Se oye el rumor del follaje y de las fuentes y el canto de los chincoles y zorzales. El viento pasa, libre, y trae perfume de flores, no de humo de motores o cigarro. Las voces se escuchan separadas, claras, no como el zumbido amenazador de un panal monstruoso que nos aturde. Niños, perros, abuelos, padres y madres, tordos, palomas, pololos en los parques y paseos... En el fin de semana y los feriados la ciudad se limpia, respira, se regenera. Necesita este descanso para poder soportar los próximos cinco días de locura, y sus habitantes le hacen este regalo, la dejan disfrutar del silencio, del aire, del espacio, de la lentitud del ocio. Y ella lo aprovecha, reinventándose para el Lunes en la mañana. Afirma sus cimientos, refuerza el asfalto, airea los túneles, limpia los árboles, clarea el trino de los pájaros.
Y contemplando esta ciudad maravillosa, que siempre tiene algo que ofrecernos, me digo a mí misma que nosotros deberíamos ser como ella y darnos un fin de semana, un feriado, para que así pudiéramos rehacernos, parar y respirar, recobrar la consciencia, la compasión, la honestidad, el equilibrio, el ánimo, el coraje. Tener un feriado para levantarnos, para despertar lo mejor en nosotros y tener así, como esta ciudad, algo que ofrecerle a los demás.
El fin de semana no acaba con la vida de la ciudad, no detiene su vigor, no debilita su lucha ni atrasa su progreso. Al contrario, sábados, domingos y feriados le dan un nuevo aliento, la afirman, la preparan para enfrentar su rutina de urgencia, ambición y competencia, eficiencia, crudeza y violencia; rutina de esfuerzo, de crecimiento, de victorias, encuentros y esperanzas. Así nosotros, si nos detenemos cada cierto tiempo, seremos capaces de ver hasta el fin de la calle, pues no habrá ningún congestionamiento de ideas o sentimientos, no nos sentiremos agobiados por la urgencia, no nos dejaremos llevar por la multitud, no seremos atropellados por ambiciones o rencores desgobernados.
Hay que detenerse, hay que mirar hacia la metrópolis que tenemos dentro de nosotros mismos y darle sus fines de semana y sus feriados.
Marcadores:
cimiento,
ciudad,
congestión,
feriado,
metrópolis
Assinar:
Postagens (Atom)