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sábado, 13 de julho de 2013

"Pescado podrido"

    Estoy redescubriendo el placer, la satisfacción y la felicidad de poder escribir a cualquier hora y en cualquier lugar, y les aseguro que es algo que no tiene precio... ¿Y cómo estoy consiguiendo esto? Pues simplemente volviendo a los viejos y leales cuaderno y lapicera, que se pueden llevar a todas partes, para no perder ninguna inspiración. Me cansé de tener esa montaña de anotaciones para desarrollar en el computador -lo que sólo puede ser hecho en casa- que después de un tiempo van perdiendo el significado y al final terminan tiradas en la basura. Creo que inspiración es algo que no podemos despreciar o dejar para más tarde. No, es un regalo que precisa ser inmediatamente aprovechado, porque no volverá... Y así, como mi hija estaba constantemente usando el laptop en busca de empleo y otras cosas, y cuando lo desocupaba yo ya estaba demasiado cansada, aburrida o simplemente el momento de escribir había pasado (porque él pasa, así como cuando se tiene tanta hambre que se pierden las ganas de comer) generalmente me quedaba totalmente frustrada mirando el montón de anotaciones que había hecho para trabajar en ellas. Ahí, la semana pasada estaba dándole una ordenada a nuestro pequeño ciber espacio y me encontré con el cuaderno que estaba usando cuando llegamos y aún no teníamos computador. Y de repente me pregunté: ¿Por qué no volver a usarlo? ¿Por qué todo tiene que ser en el computador? ¿Por qué no retomar este hábito que podría dejarme al día con las anotaciones?... Y cuando terminé de arreglar (cosa que me tomó tan sólo algunos minutos porque el lugar es realmente minúsculo) pesqué el cuaderno, busqué una lapicera de gel y me fui a acomodar encima de mi cama, como antiguamente, junté la puerta para que la televisión no me distrajera y... ¡voilá! En cinco minutos estaba a mil por hora, en vivo y en directo, escribiendo todo lo que me venía a la cabeza... Y desde entonces ando con mi cuadernito y mi lapicera para arriba y para abajo, con menos dolor en los ojos y siempre al día con mis inspiraciones.
    ¿Quién dijo que las cosas antiguas no tienen más valor?
    Pero como no puedo postear las crónicas en mi cuaderno, tengo que sentarme aquí hoy para hacerlo, a pesar de las ganas que tengo de ir a pasearme al Bulnes o a la plaza de Armas porque el día está ma-ra-vi-llo-so... Y llevando mi cuaderno y mi lapicera, claro... 
    Y aún nada de comentarios, ¿hey?... ¡Vamos, no sean tímidos!...
 
 
    Encuentro increíble que, así como existen personas que parecen verdaderos ángeles e iluminan cualquier lugar donde entran, haciendo que todos se sientan bien cerca suyo, también existan personas completamente negativas, de aquellas que parecen obscurecer y tornar denso el ambiente y que después de una visita dejan a todos cansados, medio enfermos, con el espíritu agobiado. No sé cuál sería la denominación correcta para ellas (algunos afirman que son una especie de "vampiros psíquicos") y no sé cómo lo hacen para provocar este tipo de reacción; tampoco puedo asegurar que tengan plena consciencia de lo que ocurre por causa de su comportamiento, pero me he topado con algunas y, realmente, el contacto con ellas es sumamente poco saludable. Es gente que sólo habla de desgracias -principalmente de las propias- que no encuentra cualidades en nadie, que no tiene ningún recuerdo agradable, que usa siempre un lenguaje despreciativo y dice tres palabras y siete garabatos. Parece vivir presa en una dimensión negra y depresiva de la cual no consigue escapar por más que todos le muestren salidas. Son personas que se acostumbraron al stress, a la negatividad, a la angustia, a la depresión que las mantiene paralizadas y reclamando constantemente de su suerte. Toda su conversación gira alrededor de temas negativos o situaciones desesperadoras de las cuales casi siempre ellas son las protagonistas y víctimas. Lloran y piden consejo, se lamentan y contagian a todos con su desánimo, pero al mismo tiempo no aceptan ayuda, pues tienen siempre a flor de labios una justificativa que imposibilita llevar a cabo cualquier solución que se le ofrezca. Están siempre con miedo, trabadas, estresadas, agotadas, presas de sufrimientos inenarrables -que insisten en relatar con lujo de detalles- y hacen de todo para ser siempre el centro de las atenciones, ni que para eso tengan que provocar malestar en todos los presentes.
    Y cuando consiguen cambiar un poco de tema y salir de sus tormentos personales, no sé por qué, se dedican a hablar mal de los otros y cuando tratan de acercarse a alguien tienen una forma misteriosa y certera de invadir y arrancar al exterior todos los sentimientos negativos, tristes o conflictivos que a estas personas les gustaría olvidar o, por lo menos, guardar para sí mismas...
    Otra de las características que estos "vampiros" poseen es la de ser muy agresivos y dominantes. También les encanta ponerle leña a la hoguera para después sentarse a contemplar lo que sucede. Parece que les divierte causar el caos para, en seguida, observar a sus víctimas luchando para escapar de él. Son controladores sutiles, que nos engañan de mil maneras geniales, y cuando las personas se cansan y terminan por alejarlas de sí o entonces encararlas para reprocharles su comportamiento tan negativo, éstas reaccionan sintiéndose mortalmente ofendidas, se dicen "decepcionadas" de los demás, incomprendidas y más víctimas todavía de un mundo que no quiere darles un lugar... Pero, francamente, ¿quién va a querer convivir con una persona así? Bastan todas las situaciones desagradables que somos obligados a tolerar cada día; ¡no vamos a escoger de mutuo propio más disgustos! Nadie está dispuesto a escuchar solamente quejas, palabrotas y desgracias ajenas ni a soportar indefinidamente una actitud de porfía y obsesión de alguien que sólo parece desear sufrir y no acepta consejos, rechazando cualquier solución, disfrutando morbosamente llamar la atención con su negatividad.... Y yo me pregunto: ¿será que no se dan cuenta de lo que hacen? ¿O es esa misma su intención, al darse cuenta de que no consiguen encajarse siendo como son? ¿No quieren realmente cambiar, ser felices, tener un alivio, disfrutar las cosas? ¿Cómo se combate a una persona que está cavando hacia a bajo y, de alguna forma enfermiza, trata de llevarte con ella? ¿Está tan acostumbrada a la desgracia, al rencor, a la depresión, a la falta de opciones que prefiere vivir así a intentar algo nuevo, mejor, aunque "desconocido"?... Y reflexiono, espantada: ¿Las personas pueden habituarse tanto así al sufrimiento?...
    Pena que pocas veces ellos admiten que necesitan ayuda profesional y que le hacen mal a los otros - están convencidas de que no tienen nada que ver con eso y que los demás son neuróticos, intolerantes o idiotas, y no vacilan en expresarlo, ocasionando más malestar todavía- que podrían y tienen derecho a una vida mejor, a la felicidad, a relaciones saludables, que tienen otras opciones, un futuro, una salida. Están atrapadas en esta especie de laberinto morboso, dándose vueltas y vueltas en el mismo lugar, viciadas en un dolor que, al parecer, es lo único que las hace sentirse vivas e importantes. Es lo que conocen, lo que aprendieron a apreciar y a manejar. Descubrieron que, a través de esto, son capaces de mantener algún tipo de control en sus vidas -sobre todo sobre los demás- y de mantener a todos constantemente a su alrededor, pendientes de sus necesidades nunca satisfechas, manipulando su buena voluntad, gastando su tiempo y su energía inútilmente y sin ninguna retribución... Pero como sabiamente decía mi papá: "el pescado se pone podrido al tercer día", lo que significa que la gente no tarda en cansarse de todo este juego y acaban por abandonar a esta persona porque, ¡caramba!, todos quieren ser felices, encontrar paz y equilibrio, tener éxito, amar, ser amados, progresar, relacionarse, producir, ser saludables y, desgraciadamente, estos "pescados podridos" no promueven ni buscan nada de esto. Muy al contrario...
    ¿Será que usted tiene a alguien así cerca?

sábado, 30 de março de 2013

"Aprender a pescar"

    Bueno, no se puede negar que viajar tiene dos lados: el de la emoción y la expectativa, y el de la ansiedad y el desorden. Son pasajes, dólares, maletas, bolsas, ropas y zapatos, documentos, tantas llamadas y reservas que parece que van a enloquecernos antes mismo de subir al transvip que nos llevará al aeropuerto... Eso, fuera la noche que se pasa sin dormir porque el vuelo que se podía pagar sale a las 7 de la mañana y hay que estar a las 5 en el aeropuerto, mismo habiendo hecho el check- in por internet... Pero claro que todo esto desaparece en el momento en que se llega al aeropuerto internacional y uno se mezcla con toda esa gente con cara de viajero cosmopolita, lleno de maletas finas y tenidas a la moda (ninguna muy a propósito para viajar, pero, en fin...) y siente ese olor a cafecito y a pan con jamón y queso derretido flotando en el aire. La sofisticada y siempre calmada voz femenina que anuncia los embarques, las salidas y arribos de los aviones, nos envuelve y nos guía a través de aquellas distancias inconmensurables, entre un portón y otro, empujando nuestro carrito cargado de maletas y bolsas, pasaporte y pasaje en la mano, ojos bien abiertos, atravesando valientemente ese océano de gente de todos los colores, tamaños  e idiomas rumbo a nuestra fila de embarque. ¡Y qué decir cuando finalmente entramos por la manga que nos coloca en la puerta del avión!... ¡Y cuando éste finalmente se eleva del suelo! ¡Qué emoción, cuántas mariposas en el estómago! ¡La aventura comienza!...
     Sin embargo, a despecho de todo esto, que nos hace sentirnos casi como astronautas yendo a otro planeta, y de todo lo bien que podamos pasarlo turisteando, comprando, conociendo gente y lugares nuevos, lo mejor de todo, lo que nada supera todavía, es el regreso a casa. Porque si bien salir es siempre una aventura llena de posibilidades y encuentros, volver a la patria, a la casa de uno, es la mejor parte de cualquier viaje.



    Dice Dios, disfrazado de garzon en una fuente de soda, a una mujer que se encuentra en serios problemas matrimoniales:
    -¿Pero cómo cree usted que Dios atiende sus plegarias? ¿Usted piensa que si le pide paciencia El se la va a dar inmediatamente, como si le apretara algún botón?... ¿O será que, en vez de eso, le va a proporcionar ocasiones en las cuales usted deba practicar la paciencia para así aprender a cultivarla? Si usted le pide coraje ¿piensa que lo va a obtener  en un tronar de dedos o, en vez de eso, Dios le va a enviar ocasiones en que tenga que practicarlo?... ¡Usted también tiene que poner su parte para que los milagros acontezcan!." ("El todopoderoso").
    Las personas -yo entre ellas- tienen la tendencia a creer que ser atendidas en sus oraciones significa un cambio radical e instantáneo, algo completamente sobrenatural en lo cual no tenemos participación alguna, pero en realidad, esta forma de pensar y esperar sólo vale en casos extremos, ya que, según me estoy dando cuenta cada vez más, Dios no es del tipo que te da el pescado. No, con El la cosa es aprender a pescar, no recibir el pez gratis, sin hacer ningún esfuerzo. Nosotros tenemos que lanzar la red... Lo que me parece más que correcto, ya que es solamente de esta manera que aprendemos y crecemos, nos volvemos mejores y más compasivos, pues quien lucha para obtener algo siempre será mucho más comprensivo y tolerante con los otros que aquel que recibió todo sin esfuerzo alguno. Dios siempre nos oye y siempre nos atiende, pero nosotros debemos estar atentos a sus respuestas, a las señales, a las personas y situaciones que nos coloca delante cuando nos encontramos en medio de algún problema, ya que la respuesta, la solución, puede aparecer bien delante de nuestras narices y podemos dejarla escapar porque estamos esperando algo sobrenatural, fácil, inmediato. Tenemos que entender y aceptar que nosotros tenemos que cooperar para que cualquier milagro suceda. No basta sólo pedir, porque ni siempre Dios realiza sus obras sin nuestra ayuda -en realidad, casi nunca. Nosotros estamos siempre involucrados- sino que las efectúa a través de nuestra percepción, de nuestra docilidad y confianza, de nuestro poder de decisión y aceptación. Somos nosotros, en verdad, quienes, con nuestra voluntad, ponemos en movimiento la energía divina, pero no sólo porque pedimos, sino porque podemos -y debemos- actuar junto con ella. Al final, Jesús dijo: "Si tienes fe del tamaño de un grano de mostaza, le dirás a ese monte: "Ve y arrójate al mar", y el monte te obedecerá.