Bueno, no se puede negar que viajar tiene dos lados: el de la emoción y la expectativa, y el de la ansiedad y el desorden. Son pasajes, dólares, maletas, bolsas, ropas y zapatos, documentos, tantas llamadas y reservas que parece que van a enloquecernos antes mismo de subir al transvip que nos llevará al aeropuerto... Eso, fuera la noche que se pasa sin dormir porque el vuelo que se podía pagar sale a las 7 de la mañana y hay que estar a las 5 en el aeropuerto, mismo habiendo hecho el check- in por internet... Pero claro que todo esto desaparece en el momento en que se llega al aeropuerto internacional y uno se mezcla con toda esa gente con cara de viajero cosmopolita, lleno de maletas finas y tenidas a la moda (ninguna muy a propósito para viajar, pero, en fin...) y siente ese olor a cafecito y a pan con jamón y queso derretido flotando en el aire. La sofisticada y siempre calmada voz femenina que anuncia los embarques, las salidas y arribos de los aviones, nos envuelve y nos guía a través de aquellas distancias inconmensurables, entre un portón y otro, empujando nuestro carrito cargado de maletas y bolsas, pasaporte y pasaje en la mano, ojos bien abiertos, atravesando valientemente ese océano de gente de todos los colores, tamaños e idiomas rumbo a nuestra fila de embarque. ¡Y qué decir cuando finalmente entramos por la manga que nos coloca en la puerta del avión!... ¡Y cuando éste finalmente se eleva del suelo! ¡Qué emoción, cuántas mariposas en el estómago! ¡La aventura comienza!...
Sin embargo, a despecho de todo esto, que nos hace sentirnos casi como astronautas yendo a otro planeta, y de todo lo bien que podamos pasarlo turisteando, comprando, conociendo gente y lugares nuevos, lo mejor de todo, lo que nada supera todavía, es el regreso a casa. Porque si bien salir es siempre una aventura llena de posibilidades y encuentros, volver a la patria, a la casa de uno, es la mejor parte de cualquier viaje.
Dice Dios, disfrazado de garzon en una fuente de soda, a una mujer que se encuentra en serios problemas matrimoniales:
-¿Pero cómo cree usted que Dios atiende sus plegarias? ¿Usted piensa que si le pide paciencia El se la va a dar inmediatamente, como si le apretara algún botón?... ¿O será que, en vez de eso, le va a proporcionar ocasiones en las cuales usted deba practicar la paciencia para así aprender a cultivarla? Si usted le pide coraje ¿piensa que lo va a obtener en un tronar de dedos o, en vez de eso, Dios le va a enviar ocasiones en que tenga que practicarlo?... ¡Usted también tiene que poner su parte para que los milagros acontezcan!." ("El todopoderoso").
Las personas -yo entre ellas- tienen la tendencia a creer que ser atendidas en sus oraciones significa un cambio radical e instantáneo, algo completamente sobrenatural en lo cual no tenemos participación alguna, pero en realidad, esta forma de pensar y esperar sólo vale en casos extremos, ya que, según me estoy dando cuenta cada vez más, Dios no es del tipo que te da el pescado. No, con El la cosa es aprender a pescar, no recibir el pez gratis, sin hacer ningún esfuerzo. Nosotros tenemos que lanzar la red... Lo que me parece más que correcto, ya que es solamente de esta manera que aprendemos y crecemos, nos volvemos mejores y más compasivos, pues quien lucha para obtener algo siempre será mucho más comprensivo y tolerante con los otros que aquel que recibió todo sin esfuerzo alguno. Dios siempre nos oye y siempre nos atiende, pero nosotros debemos estar atentos a sus respuestas, a las señales, a las personas y situaciones que nos coloca delante cuando nos encontramos en medio de algún problema, ya que la respuesta, la solución, puede aparecer bien delante de nuestras narices y podemos dejarla escapar porque estamos esperando algo sobrenatural, fácil, inmediato. Tenemos que entender y aceptar que nosotros tenemos que cooperar para que cualquier milagro suceda. No basta sólo pedir, porque ni siempre Dios realiza sus obras sin nuestra ayuda -en realidad, casi nunca. Nosotros estamos siempre involucrados- sino que las efectúa a través de nuestra percepción, de nuestra docilidad y confianza, de nuestro poder de decisión y aceptación. Somos nosotros, en verdad, quienes, con nuestra voluntad, ponemos en movimiento la energía divina, pero no sólo porque pedimos, sino porque podemos -y debemos- actuar junto con ella. Al final, Jesús dijo: "Si tienes fe del tamaño de un grano de mostaza, le dirás a ese monte: "Ve y arrójate al mar", y el monte te obedecerá.
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sábado, 30 de março de 2013
sábado, 21 de janeiro de 2012
"El misterio de las palabras"
Nada muy emocionante a no ser las tempestades que todos estos últimos días desaguan encima de nosotros y nos dan un poco de alívio en medio de este calor infernal. No sé cómo no adelgazamos de tanto sudar!... Dos gloriosas semanas más de vacaciones y entoncers volveré a la fundación, pero como ya les dije antes, lo haré con un espíritu totalmente diferente y sin compromiso, entonces no soy presa de esa angustia existencial que acomete a todos los funcionarios cuando tienen que regresar al trabajo y encarar a un jefe de parar los pelos, un trabajo estresante o colegas descontentos y de caras amurradas. No, todo esto pasa lejos de mí, gracias a Dios, y si todo nos sale como esperamos y en el plazo que nos pusimos, más cambios radicales vendrán. Prepárense!.
Y sin más rollos, aquí vá la de esta semana. También estoy contenta porque finalmente -después de casi seis meses de ayuno!-me publicaron una crónica en el diario. No sé si la editora es otra, o la que estaba decidió darme una tregua, pero lo que importa es que allí estaba el texto, lindo y claro, enterito en la página central... Ah, la vida es realmente buena, y basta tan poco para aprovecharla y ser feliz!...
Es divertido lo que sucede cuando uno se sienta aquí a digitar. Normalmente se viene con alguna idea, una inspiración cruda, básica, algo más o menos definido que tenemos la intención de desarrollar. Sin embargo, no es raro ocurrir una espécie de magia o, mejor, una rebelión en nuestro espíritu, y acabamos escribiendo algo completamente inesperado. Pero supongo que ahí está la gracia de la cosa... La inspiración es algo voluble y caprichoso, con un qué de tiranía encantadora e irresistible, que puede llevarnos a través de territorios sorprendentes cuando menos lo esperamos o deseamos. Delante de sus encantos y misterios no somos capaces de resistir y vamos atrás de ella, sin al menos saber cuál será el final de nuestra aventura. Y de nuevo afirmo que, justamente, ésta es la gracia de la cosa... Sin embargo, puedo asegurarles que cada una de estos viajes vale la pena y siempre nos quedamos con ese gustito de "quiero más".
Para mí, esta musa funciona como algo externo a mí, a mi voluntad o mis idéas, pues a pesar de que a veces venga a escribir con algún tema perfectamente definido en la cabeza -sobre todo cuando se trata de las piezas que me encomiendan en el trabajo- ella consigue sorprenderme y desviarme del estilo y la historia comunes , transfromando aquello que era para ser redactado por obligación en un placer y un episodio de realización íntima y verdadera. Yo siempre me sorprendí con este fenómeno de "despersonalización" que sufro todas las veces que escribo, pues la sensación clarísima es de que "alguien", y no yo misma en sana conciencia, es quien está creando el texto. Sé que todo viene de algún lugar profundo y misterioso dentro de mí -y estoy convencida de que todos tenemos un lugar así- que es mío, y al mismo tiempo, me parece que no soy yo, mismo reconociendo el estilo, los temas, los personajes, el abordaje de los tópicos como una opción mía. Es como si el raciocinio, la conclusión, la lección, viniesen de algo superior, con un objetivo absolutamente definido que vá mucho más allá de un simple talento, de fama, reconocimiento o una mera diversión... Existe algo en mi impulso de escribir que es más fuerte que cualquier otra cosa en mi vida, algo que me lleva no sólo a conocerme mejor, sino que tambien a descubrir cosas sobre la existencia que, ciertamente, no conseguiría de otra forma. Es como si este fuera al canal, el medio, la manifestación "customizada" escogida por lo divino para enseñarme, para guiarme y colocarme en la historia de la humanidad para que así pueda cumplir mi parte en ella.
No importa cuán cansada, choreada, atareada o urgida esté, basta encender el computador, sentarme aquí y empezar a digitar, ni que séa a costo de un enorme esfuerzo inicial, para que aquella magia acontezca y las palabras empiecen a fluir como un río caudaloso, pero sereno y transparente. Y es siempre así, a pesar de que yo todavía dudo sobre el milagro y estoy siempre resistiendo, mismo cuando tengo tiempo y tranquilidad para escribir. Esta es -o debería ser- una rutina sagrada, inquebrantable, mi lección de cada día, mi alimento, mi paz, mi realización, mi principal objetivo espiritual, pues cada texto (inclusive esos en los que sólo reclamo o me cobro por ser tan floja e infiel) es como una clase particular con algún gran maestro que viene hasta mí solamente para enseñarme. Entonces, perder esta "visita" diaria es casi un pecado, porque no se repetirá y yo habré dejado escapar la lección de este día por pereza, desánimo, futilidades o preocupaciones para las cuales a lo mejor habría encontrado solución si hubiera, por lo menos, tratado de escribir lo que mi corazón estaba pidiendome, mismo sin tener muy claro lo que era al principio. Las palabras siempre, siempre se vuelven comprensibles y entregan su mensaje, ni que séa en la última frase del texto.
Por lo menos, esto es lo que me sucede a mí y si ellas ni siempre me traen una lección, por lo menos me sirven como un desahogo que alivia mi corazón cuando está demasiado lleno y afligido y clarea algunas situaciones y actitudes, ayudandome a ser paciente y optimista, a pesar de las apariencias, y a tomar decisiones prácticas y equilibradas respecto a algunos problemas diários -de esos que nos dan más dolores de cabeza de lo que merecen- mejorando así mi calidad de vida física y espiritual.
Entonces, qué es escribir?... Es un don, una compulsión, un milagro, un regalo, un misterio? Es la presencia de Dios en mi existencia? Es mi canal particular con la vida natural y sobrenatural? Es mi destino, mi misión en esta vida? Será mi legado, mismo modesto?... A veces me gustaría saber estas respuestas, otras veces prefeiero continuar ignorándolas, porque así, el misterio de las palabras en mi vida continúa empujandome en la búsqueda de ellas, manteniendome en constante y progresiva actividad a camino de la perfección. Pues es para esto que cada uno recibió sus dones.
Y sin más rollos, aquí vá la de esta semana. También estoy contenta porque finalmente -después de casi seis meses de ayuno!-me publicaron una crónica en el diario. No sé si la editora es otra, o la que estaba decidió darme una tregua, pero lo que importa es que allí estaba el texto, lindo y claro, enterito en la página central... Ah, la vida es realmente buena, y basta tan poco para aprovecharla y ser feliz!...
Es divertido lo que sucede cuando uno se sienta aquí a digitar. Normalmente se viene con alguna idea, una inspiración cruda, básica, algo más o menos definido que tenemos la intención de desarrollar. Sin embargo, no es raro ocurrir una espécie de magia o, mejor, una rebelión en nuestro espíritu, y acabamos escribiendo algo completamente inesperado. Pero supongo que ahí está la gracia de la cosa... La inspiración es algo voluble y caprichoso, con un qué de tiranía encantadora e irresistible, que puede llevarnos a través de territorios sorprendentes cuando menos lo esperamos o deseamos. Delante de sus encantos y misterios no somos capaces de resistir y vamos atrás de ella, sin al menos saber cuál será el final de nuestra aventura. Y de nuevo afirmo que, justamente, ésta es la gracia de la cosa... Sin embargo, puedo asegurarles que cada una de estos viajes vale la pena y siempre nos quedamos con ese gustito de "quiero más".
Para mí, esta musa funciona como algo externo a mí, a mi voluntad o mis idéas, pues a pesar de que a veces venga a escribir con algún tema perfectamente definido en la cabeza -sobre todo cuando se trata de las piezas que me encomiendan en el trabajo- ella consigue sorprenderme y desviarme del estilo y la historia comunes , transfromando aquello que era para ser redactado por obligación en un placer y un episodio de realización íntima y verdadera. Yo siempre me sorprendí con este fenómeno de "despersonalización" que sufro todas las veces que escribo, pues la sensación clarísima es de que "alguien", y no yo misma en sana conciencia, es quien está creando el texto. Sé que todo viene de algún lugar profundo y misterioso dentro de mí -y estoy convencida de que todos tenemos un lugar así- que es mío, y al mismo tiempo, me parece que no soy yo, mismo reconociendo el estilo, los temas, los personajes, el abordaje de los tópicos como una opción mía. Es como si el raciocinio, la conclusión, la lección, viniesen de algo superior, con un objetivo absolutamente definido que vá mucho más allá de un simple talento, de fama, reconocimiento o una mera diversión... Existe algo en mi impulso de escribir que es más fuerte que cualquier otra cosa en mi vida, algo que me lleva no sólo a conocerme mejor, sino que tambien a descubrir cosas sobre la existencia que, ciertamente, no conseguiría de otra forma. Es como si este fuera al canal, el medio, la manifestación "customizada" escogida por lo divino para enseñarme, para guiarme y colocarme en la historia de la humanidad para que así pueda cumplir mi parte en ella.
No importa cuán cansada, choreada, atareada o urgida esté, basta encender el computador, sentarme aquí y empezar a digitar, ni que séa a costo de un enorme esfuerzo inicial, para que aquella magia acontezca y las palabras empiecen a fluir como un río caudaloso, pero sereno y transparente. Y es siempre así, a pesar de que yo todavía dudo sobre el milagro y estoy siempre resistiendo, mismo cuando tengo tiempo y tranquilidad para escribir. Esta es -o debería ser- una rutina sagrada, inquebrantable, mi lección de cada día, mi alimento, mi paz, mi realización, mi principal objetivo espiritual, pues cada texto (inclusive esos en los que sólo reclamo o me cobro por ser tan floja e infiel) es como una clase particular con algún gran maestro que viene hasta mí solamente para enseñarme. Entonces, perder esta "visita" diaria es casi un pecado, porque no se repetirá y yo habré dejado escapar la lección de este día por pereza, desánimo, futilidades o preocupaciones para las cuales a lo mejor habría encontrado solución si hubiera, por lo menos, tratado de escribir lo que mi corazón estaba pidiendome, mismo sin tener muy claro lo que era al principio. Las palabras siempre, siempre se vuelven comprensibles y entregan su mensaje, ni que séa en la última frase del texto.
Por lo menos, esto es lo que me sucede a mí y si ellas ni siempre me traen una lección, por lo menos me sirven como un desahogo que alivia mi corazón cuando está demasiado lleno y afligido y clarea algunas situaciones y actitudes, ayudandome a ser paciente y optimista, a pesar de las apariencias, y a tomar decisiones prácticas y equilibradas respecto a algunos problemas diários -de esos que nos dan más dolores de cabeza de lo que merecen- mejorando así mi calidad de vida física y espiritual.
Entonces, qué es escribir?... Es un don, una compulsión, un milagro, un regalo, un misterio? Es la presencia de Dios en mi existencia? Es mi canal particular con la vida natural y sobrenatural? Es mi destino, mi misión en esta vida? Será mi legado, mismo modesto?... A veces me gustaría saber estas respuestas, otras veces prefeiero continuar ignorándolas, porque así, el misterio de las palabras en mi vida continúa empujandome en la búsqueda de ellas, manteniendome en constante y progresiva actividad a camino de la perfección. Pues es para esto que cada uno recibió sus dones.
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segunda-feira, 12 de julho de 2010
Nada importa
Justo cuando estaba empezando a pensar que mi empleada habia sido abducida por algún ovni, secuestrada por traficantes, o entonces que había tenido una pelotera homérica con mi marido, de la cual yo no estaba enterada o, simplemente, había sido atropellada por un ómnibus cuando estaba yendo a la reunión de padres en el colegio de sus hijos, y ya empezaba aquella carrera insana atrás de una nueva diarista (que, gracias a Dios, conseguí para hoy) ella me aparece esta mañana, fresca y rozagante cual una lechuda americana en el cesto de la féria, para comunicarme que su desaparición se había debido a que había recibido una propuesta de trabajo de una escuela, lo que incluía algunas pruebas, que le fueron dadas justo en aquellos días en que yo trataba enloquecidamente de comunicarme con ella a través del celular que, claro, no pudo atender porque estaba respondiendo cuestionarios... Entonces, fuera haber pasado la semana entera tejiendo las teorías más absurdas respecto a su ausencia y corriendo atrás de toda mujer con cara de diarista que me aparecía, contemplando con horrorizada fascinación la montaña de ropa para planchar, que crecía sin parar encima de las dos sillas de la terraza, lavando kilos y más kilos de loza, barriendo y estornudando, y haciendo levantamiento de pesos con las bolsas de basura, no me sobró mucho tiempo para sentarme aquí, pescar la inspiración y digitar alguna cosa... Pero como hoy ya estoy con una nueva diarista -a quien voy a tener que explicarle toooooodo de nuevo! Esa es la parte que detesto de cambiar de empleada- ya tengo más tiempo y sosiego para tratar de escribir la crónica de la semana (de la anterior, mejor dicho) y con certeza trabajar en la traducción de ese cuento que les prometí... Ufff! Menos mal que las cosas están volviendo al normal. Detesto cuando todo se desestructura y uno no consigue mantener una rutina saludable y productiva. Porque lavar ollas y hacer camas no es precisamente una rutina muy creativa, no es verdad?...
Entonces, vamos a lo que interesa, finalmente!... Tengo la obscura sensación de que ya publiqué esto en alguna parte, pero... Es que eso de enviar las crónicas para el diario también a veces me confunde, y como empecé con los trabajos primero en el diario, cuando se podían mandar textos mucho más largos, de repente no tengo certeza de dónde publiqué algunas crónicas... Pero, en fin, disfrútenla!
La pregunta ahora es: con qué debo preocuparme? Cuáles cosas son importantes en esta vida a punto de transformarme en su esclava? Qué es lo que tengo que sacrificar para, por lo menos, vislumbrar a la felicidad?... Y la respuesta es, invariablemente: nada. Nada es importante porque todo es pasajero, porque la vida solamente acontece aquí, ahora, porque lo que verdaderamente importa ya está conmigo. Nada debe preocuparme, sino ocuparme, volverme productiva y realizada, participante de la vida de los hombres y de su evolución, que es la mía propia. Nada es lo suficientemente poderoso como para que me haga su esclava, a nada debo fidelidad fuera a la verdad de lo que soy y lo que deséo. El actuar delante de cada acontecimiento tiene que ser consecuencia de un actuar constante a través del cual el acontecimiento transcurre. Quiero dicer, el acontecimiento es sólo un instante de encuentro entre mi comportamiento y la historia. Hay algo mayor que los momentos por los cuales pasamos, que son efímeros. Existe la vida que debe ser vivida, y estos momentos son las piezas que la forman, cada uno trayendo su enseñanza, su crecimiento, sus preguntas y respuestas, que dejan su marca, pero que no permanecen, pues tienen que cederle el lugar a los próximos que vendrán. Son importantes, pero no podemos quedarnos presos a ellos. Tenemos que guardar las conclusiones, eso sí, porque son ellas las que construirán nuestro camino. También existe la vida que transcurre más allá de las ocupaciones y aspiraciones "mundanas", la vida del espíritu, de la fé, de lo sobrenatural que nos rodéa y se comunica con nosotros todo el tiempo a través de la creación y que puede transformar completamente lo que somos. No es que debamos olvidarnos de que tenemos una existencia en este planeta, con todo lo que esto implica, pero no podemos atenernos solamente a ella en su banalidad aparente, pues es a través de ésta que tenemos nuestras experiencias de aprendizaje. En realidad, sin el vaivén a veces desacompasado de estas águas no podríamos experimentar la mansedumbre y el despojamiento de la entrega a la turbulenvcia con la certeza de que no nos hundiremos. Esto debe ser más que un acto de pura fé, debe ser una conciencia, una certeza. Tal vez el grande dogma de la vida séa aceptar y vivenciar esta certeza inexplicable (hasta ahora). La vida y el tiempo son el escenario donde las lecciones acontecen, donde aprendemos a creér, a perseguir, a luchar, a osar y desafiar, sin embargo, después de cada victoria o derrota, es necesario dar el próximo paso y no quedarse preso ni a la felicidad ni al dolor del resultado anterior... Decir "nada importa" en este contexto es, entonces, una verdad tan absoluta cuanto aterrorizante. Sin embargo, cada acontecimiento tiene su momento preciso, su emoción, sus consecuencias, lecciones y conclusiones, una cada vez. Después, se vá. Y también es así con las personas que cruzan nuestro camino, algunas sólo pasan por nuestro lado, otras permanecen durante algún tiempo, otras nos acompañan hasta el fin. Todos tenemos un papel en la vida de los otros, pues existe una ligación que se sobrepone a las relaciones sociales o sentimentales y que nos hace parte de una única manifestación: el amor universal. Somos de todos, no somos de nadie. Tenemos que tener con las personas el mismo desprendimiento que tenemos con los acontecimientos y los objetos, porque todos tienen que proseguir después de haber cumplido su misión con nosotros. Amamos y dejamos ir, viviendo intensa y honestamente los sentimientos, hasta que ellos completan su ciclo. Entonces termina, pero de esto restará algo mayor que el recuerdo: la fusión impersonal, un amor y una ligación libre que nada podrá destruir.
La frase "nada importa" es extremadamente compleja, tanto cuanto verdadera, porque implica una concepción osada y bien poco común de libertad, pero la conciencia de esto me trae una enorme tranquilidad para encarar y pasar por cualquier experiencia. No es que no me vaya a importar nada más, que no voy a sufrir o ser inmensamente feliz, no voy a tener dudas o no me voy a irritar ni decepcionar. Al contrario, créo que no seré salvaguardada de nada que esté en mi camino o haga parte de mi humana condición, pero, al menos, estaré siempre apoyada en los cimientos de la conciencia de este hecho, que es superior a todos los otros: "todo en la vida pasa".
Voy a vivir la vida humana con todos sus tropiezos y trampas, con sus injusticias, decepciones y derrotas, pero sin dejar que ellas me apabullen, porque sé que ella está dentro de esta otra vida, la sobrenatural, eterna y perfecta.
Entonces, vamos a lo que interesa, finalmente!... Tengo la obscura sensación de que ya publiqué esto en alguna parte, pero... Es que eso de enviar las crónicas para el diario también a veces me confunde, y como empecé con los trabajos primero en el diario, cuando se podían mandar textos mucho más largos, de repente no tengo certeza de dónde publiqué algunas crónicas... Pero, en fin, disfrútenla!
La pregunta ahora es: con qué debo preocuparme? Cuáles cosas son importantes en esta vida a punto de transformarme en su esclava? Qué es lo que tengo que sacrificar para, por lo menos, vislumbrar a la felicidad?... Y la respuesta es, invariablemente: nada. Nada es importante porque todo es pasajero, porque la vida solamente acontece aquí, ahora, porque lo que verdaderamente importa ya está conmigo. Nada debe preocuparme, sino ocuparme, volverme productiva y realizada, participante de la vida de los hombres y de su evolución, que es la mía propia. Nada es lo suficientemente poderoso como para que me haga su esclava, a nada debo fidelidad fuera a la verdad de lo que soy y lo que deséo. El actuar delante de cada acontecimiento tiene que ser consecuencia de un actuar constante a través del cual el acontecimiento transcurre. Quiero dicer, el acontecimiento es sólo un instante de encuentro entre mi comportamiento y la historia. Hay algo mayor que los momentos por los cuales pasamos, que son efímeros. Existe la vida que debe ser vivida, y estos momentos son las piezas que la forman, cada uno trayendo su enseñanza, su crecimiento, sus preguntas y respuestas, que dejan su marca, pero que no permanecen, pues tienen que cederle el lugar a los próximos que vendrán. Son importantes, pero no podemos quedarnos presos a ellos. Tenemos que guardar las conclusiones, eso sí, porque son ellas las que construirán nuestro camino. También existe la vida que transcurre más allá de las ocupaciones y aspiraciones "mundanas", la vida del espíritu, de la fé, de lo sobrenatural que nos rodéa y se comunica con nosotros todo el tiempo a través de la creación y que puede transformar completamente lo que somos. No es que debamos olvidarnos de que tenemos una existencia en este planeta, con todo lo que esto implica, pero no podemos atenernos solamente a ella en su banalidad aparente, pues es a través de ésta que tenemos nuestras experiencias de aprendizaje. En realidad, sin el vaivén a veces desacompasado de estas águas no podríamos experimentar la mansedumbre y el despojamiento de la entrega a la turbulenvcia con la certeza de que no nos hundiremos. Esto debe ser más que un acto de pura fé, debe ser una conciencia, una certeza. Tal vez el grande dogma de la vida séa aceptar y vivenciar esta certeza inexplicable (hasta ahora). La vida y el tiempo son el escenario donde las lecciones acontecen, donde aprendemos a creér, a perseguir, a luchar, a osar y desafiar, sin embargo, después de cada victoria o derrota, es necesario dar el próximo paso y no quedarse preso ni a la felicidad ni al dolor del resultado anterior... Decir "nada importa" en este contexto es, entonces, una verdad tan absoluta cuanto aterrorizante. Sin embargo, cada acontecimiento tiene su momento preciso, su emoción, sus consecuencias, lecciones y conclusiones, una cada vez. Después, se vá. Y también es así con las personas que cruzan nuestro camino, algunas sólo pasan por nuestro lado, otras permanecen durante algún tiempo, otras nos acompañan hasta el fin. Todos tenemos un papel en la vida de los otros, pues existe una ligación que se sobrepone a las relaciones sociales o sentimentales y que nos hace parte de una única manifestación: el amor universal. Somos de todos, no somos de nadie. Tenemos que tener con las personas el mismo desprendimiento que tenemos con los acontecimientos y los objetos, porque todos tienen que proseguir después de haber cumplido su misión con nosotros. Amamos y dejamos ir, viviendo intensa y honestamente los sentimientos, hasta que ellos completan su ciclo. Entonces termina, pero de esto restará algo mayor que el recuerdo: la fusión impersonal, un amor y una ligación libre que nada podrá destruir.
La frase "nada importa" es extremadamente compleja, tanto cuanto verdadera, porque implica una concepción osada y bien poco común de libertad, pero la conciencia de esto me trae una enorme tranquilidad para encarar y pasar por cualquier experiencia. No es que no me vaya a importar nada más, que no voy a sufrir o ser inmensamente feliz, no voy a tener dudas o no me voy a irritar ni decepcionar. Al contrario, créo que no seré salvaguardada de nada que esté en mi camino o haga parte de mi humana condición, pero, al menos, estaré siempre apoyada en los cimientos de la conciencia de este hecho, que es superior a todos los otros: "todo en la vida pasa".
Voy a vivir la vida humana con todos sus tropiezos y trampas, con sus injusticias, decepciones y derrotas, pero sin dejar que ellas me apabullen, porque sé que ella está dentro de esta otra vida, la sobrenatural, eterna y perfecta.
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