Definitivamente, este ha sido un día delicioso. El clima se está poniendo frío, pero los cielos continúan deslumbrantes y el perfume, el sonido y los colores de este país me abrazan a cada paso... Definitivamente, no hay cómo sentirse infeliz aquí. No digo que no se tengan problemas, pero hay algo indefinible y poderoso que mantiene el ánimo y la esperanza como rocas contra el viento y la marea. Pueden quedar cicatrices, pero ellas siguen allí... Fuera eso, la cosa de la entrevista para el diario de Brasil -via e-mail- para una materia sobre los escritores que han colaborado en la sección de crónicas me dejó más feliz, si cabe. ¡Imagínense, yo envío mis textos desde 2007 y tengo el record de crónicas publicadas! Me siento muy honrada de que todavía me consideren, a pesar de estar viviendo aquí ahora. Bueno, desde que empecé y tuve mi primera crónica publicada (que fue mismo la primera que envié) nunca más dejé de escribir. Convertí esto en una deliciosa y motivadora rutina semanal, y he sido ampliamente recompensada, gracias a Dios, porque me encanta llegar a la gente, tocarla, conmoverla, inspirarla, ayudarla de alguna forma a percibir la belleza de la vida, el milagro que se esconde en las aparentes banalidades de cada día. No pretendo ganar el Pulitzer. Me conformo con ayudar un poquito a la felicidad de los demás, porque yo me siento tan feliz que pienso que puedo compartirlo con todos los que quieran.
Así como los malos ejemplos se evitan, se olvidan y se barren de nuestras vidas, los buenos, al contrario, perduran, se esparcen, se repiten, se transmiten y nos hacen crecer y mejorar como seres humanos. Buenos y malos ejemplos son legados y nos toca a nosotros el deber o la maldición de perpetuarlos.
A mi padre le encantaba la música clásica. Mi madre siempre tenía un elogio sincero a flor de labios. A mi tío le encantaba una buena conversación. Mi abuelo adoraba la historia y se pasaba horas contándonos episodios emocionantes y describiendo a sus protagonistas. Mi madrina era fanática del teatro y vivía confeccionándonos mil disfraces, construía ciudades con cajitas de fósforo y nos dibujaba historietas en cuadernos viejos. Mi abuela materna amaba enseñar, amaba el campo. La tía Virginia era una estupenda anfitriona y decoradora, que hacía sus propios helados de café con leche, a la moda antigua, para ofrecerle a sus convidados y era capaz de colocar una única rosa en un jarrón de cristal e iluminar toda la habitación. Mi profesora de inglés de la secundaria estaba siempre impecablemente vestida, con elegancia y discreción. Mi profesor de castellano era un luchador, un idealista a quien realmente le importaban sus alumnos. Si no fuera él, yo no estaría escribiendo hoy... La empleada que trabajaba en nuestra casa que era el retrato de la buena voluntad, la disposición y la paciencia, del esfuerzo y la modestia. Mi colega, profesora de música, que me mostró que, a pesar de nuestros defectos y problemas, somos capaces de apoyar y ayudar a los demás... Y así, tantos que pasaron, pasan y, con certeza, continuarán pasando por nuestra vida, dejarán su marca en ella y siempre las recordaremos y pasaremos adelante sus ejemplos porque éstos no solamente nos hicieron bien a nosotros sino que son para el bien de todos y al final formarán parte de la historia no solamente de uno, sino de la humanidad
Buenos ejemplos son semejantes a semillas sembradas en buena tierra: florecen y se esparcen, dando flores y frutos eternamente. Vamos a tratar de repetir todo lo bueno que vimos o que nos sucedió y vamos a tratar de crear nuevos buenos ejemplos para dejar un legado concreto, positivo, para cumplir nuestro propósito en esta vida. ¿Y quién sabe si, después que nos hayamos ido alguien en algún lugar, en una rueda de conversación, no dice: "Y fué por causa de su ejemplo que decidí ser enfermera" O :"Ella me enseñó a ser siempre positiva, creativa, a seguir mi inspiración, porque era eso lo que ella hacía."
Revisemos nuestra vida y con certeza descubriremos que poseemos ejemplos fantásticos en ellas. Sin embargo, tenemos que ser lo suficientemente humildes y gratos para reconocerlos y aceptarlos, para darles su crédito y repetirlos, para que así formen parte de nuestra historia y la de los otros a nuestro alrededor. Si no lo hacemos así, todos estos buenos ejemplos se perderán y le habremos robado una parte de su propósito a la herencia de aquel que nos lo dio.
sábado, 6 de abril de 2013
sábado, 30 de março de 2013
"Aprender a pescar"
Bueno, no se puede negar que viajar tiene dos lados: el de la emoción y la expectativa, y el de la ansiedad y el desorden. Son pasajes, dólares, maletas, bolsas, ropas y zapatos, documentos, tantas llamadas y reservas que parece que van a enloquecernos antes mismo de subir al transvip que nos llevará al aeropuerto... Eso, fuera la noche que se pasa sin dormir porque el vuelo que se podía pagar sale a las 7 de la mañana y hay que estar a las 5 en el aeropuerto, mismo habiendo hecho el check- in por internet... Pero claro que todo esto desaparece en el momento en que se llega al aeropuerto internacional y uno se mezcla con toda esa gente con cara de viajero cosmopolita, lleno de maletas finas y tenidas a la moda (ninguna muy a propósito para viajar, pero, en fin...) y siente ese olor a cafecito y a pan con jamón y queso derretido flotando en el aire. La sofisticada y siempre calmada voz femenina que anuncia los embarques, las salidas y arribos de los aviones, nos envuelve y nos guía a través de aquellas distancias inconmensurables, entre un portón y otro, empujando nuestro carrito cargado de maletas y bolsas, pasaporte y pasaje en la mano, ojos bien abiertos, atravesando valientemente ese océano de gente de todos los colores, tamaños e idiomas rumbo a nuestra fila de embarque. ¡Y qué decir cuando finalmente entramos por la manga que nos coloca en la puerta del avión!... ¡Y cuando éste finalmente se eleva del suelo! ¡Qué emoción, cuántas mariposas en el estómago! ¡La aventura comienza!...
Sin embargo, a despecho de todo esto, que nos hace sentirnos casi como astronautas yendo a otro planeta, y de todo lo bien que podamos pasarlo turisteando, comprando, conociendo gente y lugares nuevos, lo mejor de todo, lo que nada supera todavía, es el regreso a casa. Porque si bien salir es siempre una aventura llena de posibilidades y encuentros, volver a la patria, a la casa de uno, es la mejor parte de cualquier viaje.
Dice Dios, disfrazado de garzon en una fuente de soda, a una mujer que se encuentra en serios problemas matrimoniales:
-¿Pero cómo cree usted que Dios atiende sus plegarias? ¿Usted piensa que si le pide paciencia El se la va a dar inmediatamente, como si le apretara algún botón?... ¿O será que, en vez de eso, le va a proporcionar ocasiones en las cuales usted deba practicar la paciencia para así aprender a cultivarla? Si usted le pide coraje ¿piensa que lo va a obtener en un tronar de dedos o, en vez de eso, Dios le va a enviar ocasiones en que tenga que practicarlo?... ¡Usted también tiene que poner su parte para que los milagros acontezcan!." ("El todopoderoso").
Las personas -yo entre ellas- tienen la tendencia a creer que ser atendidas en sus oraciones significa un cambio radical e instantáneo, algo completamente sobrenatural en lo cual no tenemos participación alguna, pero en realidad, esta forma de pensar y esperar sólo vale en casos extremos, ya que, según me estoy dando cuenta cada vez más, Dios no es del tipo que te da el pescado. No, con El la cosa es aprender a pescar, no recibir el pez gratis, sin hacer ningún esfuerzo. Nosotros tenemos que lanzar la red... Lo que me parece más que correcto, ya que es solamente de esta manera que aprendemos y crecemos, nos volvemos mejores y más compasivos, pues quien lucha para obtener algo siempre será mucho más comprensivo y tolerante con los otros que aquel que recibió todo sin esfuerzo alguno. Dios siempre nos oye y siempre nos atiende, pero nosotros debemos estar atentos a sus respuestas, a las señales, a las personas y situaciones que nos coloca delante cuando nos encontramos en medio de algún problema, ya que la respuesta, la solución, puede aparecer bien delante de nuestras narices y podemos dejarla escapar porque estamos esperando algo sobrenatural, fácil, inmediato. Tenemos que entender y aceptar que nosotros tenemos que cooperar para que cualquier milagro suceda. No basta sólo pedir, porque ni siempre Dios realiza sus obras sin nuestra ayuda -en realidad, casi nunca. Nosotros estamos siempre involucrados- sino que las efectúa a través de nuestra percepción, de nuestra docilidad y confianza, de nuestro poder de decisión y aceptación. Somos nosotros, en verdad, quienes, con nuestra voluntad, ponemos en movimiento la energía divina, pero no sólo porque pedimos, sino porque podemos -y debemos- actuar junto con ella. Al final, Jesús dijo: "Si tienes fe del tamaño de un grano de mostaza, le dirás a ese monte: "Ve y arrójate al mar", y el monte te obedecerá.
Sin embargo, a despecho de todo esto, que nos hace sentirnos casi como astronautas yendo a otro planeta, y de todo lo bien que podamos pasarlo turisteando, comprando, conociendo gente y lugares nuevos, lo mejor de todo, lo que nada supera todavía, es el regreso a casa. Porque si bien salir es siempre una aventura llena de posibilidades y encuentros, volver a la patria, a la casa de uno, es la mejor parte de cualquier viaje.
Dice Dios, disfrazado de garzon en una fuente de soda, a una mujer que se encuentra en serios problemas matrimoniales:
-¿Pero cómo cree usted que Dios atiende sus plegarias? ¿Usted piensa que si le pide paciencia El se la va a dar inmediatamente, como si le apretara algún botón?... ¿O será que, en vez de eso, le va a proporcionar ocasiones en las cuales usted deba practicar la paciencia para así aprender a cultivarla? Si usted le pide coraje ¿piensa que lo va a obtener en un tronar de dedos o, en vez de eso, Dios le va a enviar ocasiones en que tenga que practicarlo?... ¡Usted también tiene que poner su parte para que los milagros acontezcan!." ("El todopoderoso").
Las personas -yo entre ellas- tienen la tendencia a creer que ser atendidas en sus oraciones significa un cambio radical e instantáneo, algo completamente sobrenatural en lo cual no tenemos participación alguna, pero en realidad, esta forma de pensar y esperar sólo vale en casos extremos, ya que, según me estoy dando cuenta cada vez más, Dios no es del tipo que te da el pescado. No, con El la cosa es aprender a pescar, no recibir el pez gratis, sin hacer ningún esfuerzo. Nosotros tenemos que lanzar la red... Lo que me parece más que correcto, ya que es solamente de esta manera que aprendemos y crecemos, nos volvemos mejores y más compasivos, pues quien lucha para obtener algo siempre será mucho más comprensivo y tolerante con los otros que aquel que recibió todo sin esfuerzo alguno. Dios siempre nos oye y siempre nos atiende, pero nosotros debemos estar atentos a sus respuestas, a las señales, a las personas y situaciones que nos coloca delante cuando nos encontramos en medio de algún problema, ya que la respuesta, la solución, puede aparecer bien delante de nuestras narices y podemos dejarla escapar porque estamos esperando algo sobrenatural, fácil, inmediato. Tenemos que entender y aceptar que nosotros tenemos que cooperar para que cualquier milagro suceda. No basta sólo pedir, porque ni siempre Dios realiza sus obras sin nuestra ayuda -en realidad, casi nunca. Nosotros estamos siempre involucrados- sino que las efectúa a través de nuestra percepción, de nuestra docilidad y confianza, de nuestro poder de decisión y aceptación. Somos nosotros, en verdad, quienes, con nuestra voluntad, ponemos en movimiento la energía divina, pero no sólo porque pedimos, sino porque podemos -y debemos- actuar junto con ella. Al final, Jesús dijo: "Si tienes fe del tamaño de un grano de mostaza, le dirás a ese monte: "Ve y arrójate al mar", y el monte te obedecerá.
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sábado, 23 de fevereiro de 2013
"Nuestra metrópolis"
Después de algunos pequeños percances estomacales -debidos a la falta de paciencia para sanar del primero para poder comer las cosas ricas que cocina la mamá del pololo de mi hija- y de haber acabado de borrar todo lo que escribí (se los digo, me estoy poniendo vieja y decrépita, y por eso ahora voy a tener que escribirlo todo de nuevo) aquí estoy, trabajando de nuevo, jurándome a mí misma hacer la dieta de recuperación hasta el final, porque sería muy triste que todo el sacrificio y la baba que me tuve que tragar para resistir a los dulces y platos deliciosos con que los restaurantes nos asaltan desprevenidamente cuando vamos por la calle, inocentes palomitas, a hacer alguna diligencia que no tiene nada que ver con comida, fuera en vano. ¡No pretendo pasarme otros cuatro días en el baño o dormitando en el sofá!... También me conseguí, finalmente, una masajista decente que viene hoy en la tarde para ver si me desenchueca de una vez por todas, porque si no voy a terminar transformándome en un dragón con dos cabezas y voy a salir por ahí soltando llamaradas. Voy a tener que gastar un poco más de lo que pensaba, pero creo que va a valer la pena. Estoy con miedo de mirar para el lado y quedarme así para siempre. ¡Imagínenselo, tener que poner el computador a un lado del escritorio para poder trabajar!...
Y mientras el hada de las manos y pociones mágicas no aparece, voy posteando el texto de hoy.
¿Cómo una ciudad puede transformarse tanto?... Durante la semana es aquella locura: miles de personas e interminables marejadas de vehículos en un río salvaje y atronador que nada detiene. Luces, tiendas llenas, veredas desbordantes, restaurantes de garzones agobiados y comensales en fila de espera, pasos peatonales atochados, empujones, prisa, encontrones, gritos... Pero cuando llega el fin de semana...
Lo primero que llama la atención cuando se sale a la calle es el silencio, esa especie de calma gigantesca que se cierne sobre la ciudad y envuelve los edificios vacíos, cayendo pesadamente sobre las avenidas casi desiertas. Da para ver a lo lejos, no hay una pared de vehículos obstruyendo la vista. Se oye el rumor del follaje y de las fuentes y el canto de los chincoles y zorzales. El viento pasa, libre, y trae perfume de flores, no de humo de motores o cigarro. Las voces se escuchan separadas, claras, no como el zumbido amenazador de un panal monstruoso que nos aturde. Niños, perros, abuelos, padres y madres, tordos, palomas, pololos en los parques y paseos... En el fin de semana y los feriados la ciudad se limpia, respira, se regenera. Necesita este descanso para poder soportar los próximos cinco días de locura, y sus habitantes le hacen este regalo, la dejan disfrutar del silencio, del aire, del espacio, de la lentitud del ocio. Y ella lo aprovecha, reinventándose para el Lunes en la mañana. Afirma sus cimientos, refuerza el asfalto, airea los túneles, limpia los árboles, clarea el trino de los pájaros.
Y contemplando esta ciudad maravillosa, que siempre tiene algo que ofrecernos, me digo a mí misma que nosotros deberíamos ser como ella y darnos un fin de semana, un feriado, para que así pudiéramos rehacernos, parar y respirar, recobrar la consciencia, la compasión, la honestidad, el equilibrio, el ánimo, el coraje. Tener un feriado para levantarnos, para despertar lo mejor en nosotros y tener así, como esta ciudad, algo que ofrecerle a los demás.
El fin de semana no acaba con la vida de la ciudad, no detiene su vigor, no debilita su lucha ni atrasa su progreso. Al contrario, sábados, domingos y feriados le dan un nuevo aliento, la afirman, la preparan para enfrentar su rutina de urgencia, ambición y competencia, eficiencia, crudeza y violencia; rutina de esfuerzo, de crecimiento, de victorias, encuentros y esperanzas. Así nosotros, si nos detenemos cada cierto tiempo, seremos capaces de ver hasta el fin de la calle, pues no habrá ningún congestionamiento de ideas o sentimientos, no nos sentiremos agobiados por la urgencia, no nos dejaremos llevar por la multitud, no seremos atropellados por ambiciones o rencores desgobernados.
Hay que detenerse, hay que mirar hacia la metrópolis que tenemos dentro de nosotros mismos y darle sus fines de semana y sus feriados.
Y mientras el hada de las manos y pociones mágicas no aparece, voy posteando el texto de hoy.
¿Cómo una ciudad puede transformarse tanto?... Durante la semana es aquella locura: miles de personas e interminables marejadas de vehículos en un río salvaje y atronador que nada detiene. Luces, tiendas llenas, veredas desbordantes, restaurantes de garzones agobiados y comensales en fila de espera, pasos peatonales atochados, empujones, prisa, encontrones, gritos... Pero cuando llega el fin de semana...
Lo primero que llama la atención cuando se sale a la calle es el silencio, esa especie de calma gigantesca que se cierne sobre la ciudad y envuelve los edificios vacíos, cayendo pesadamente sobre las avenidas casi desiertas. Da para ver a lo lejos, no hay una pared de vehículos obstruyendo la vista. Se oye el rumor del follaje y de las fuentes y el canto de los chincoles y zorzales. El viento pasa, libre, y trae perfume de flores, no de humo de motores o cigarro. Las voces se escuchan separadas, claras, no como el zumbido amenazador de un panal monstruoso que nos aturde. Niños, perros, abuelos, padres y madres, tordos, palomas, pololos en los parques y paseos... En el fin de semana y los feriados la ciudad se limpia, respira, se regenera. Necesita este descanso para poder soportar los próximos cinco días de locura, y sus habitantes le hacen este regalo, la dejan disfrutar del silencio, del aire, del espacio, de la lentitud del ocio. Y ella lo aprovecha, reinventándose para el Lunes en la mañana. Afirma sus cimientos, refuerza el asfalto, airea los túneles, limpia los árboles, clarea el trino de los pájaros.
Y contemplando esta ciudad maravillosa, que siempre tiene algo que ofrecernos, me digo a mí misma que nosotros deberíamos ser como ella y darnos un fin de semana, un feriado, para que así pudiéramos rehacernos, parar y respirar, recobrar la consciencia, la compasión, la honestidad, el equilibrio, el ánimo, el coraje. Tener un feriado para levantarnos, para despertar lo mejor en nosotros y tener así, como esta ciudad, algo que ofrecerle a los demás.
El fin de semana no acaba con la vida de la ciudad, no detiene su vigor, no debilita su lucha ni atrasa su progreso. Al contrario, sábados, domingos y feriados le dan un nuevo aliento, la afirman, la preparan para enfrentar su rutina de urgencia, ambición y competencia, eficiencia, crudeza y violencia; rutina de esfuerzo, de crecimiento, de victorias, encuentros y esperanzas. Así nosotros, si nos detenemos cada cierto tiempo, seremos capaces de ver hasta el fin de la calle, pues no habrá ningún congestionamiento de ideas o sentimientos, no nos sentiremos agobiados por la urgencia, no nos dejaremos llevar por la multitud, no seremos atropellados por ambiciones o rencores desgobernados.
Hay que detenerse, hay que mirar hacia la metrópolis que tenemos dentro de nosotros mismos y darle sus fines de semana y sus feriados.
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quarta-feira, 13 de fevereiro de 2013
"Verdad"
Todavía esperando novedades para aplacar este stress de la venta de las propiedades y la compra de nuestro departamentito, pero totalmente dispuesta a mantenerme animada y alegre -porque ¿de qué sirve estar deprimida y malhumorada? Eso no ayuda en ninguna situación, por más seria que sea- aquí estoy, inspirada para escribir, dibujar, pintar y hacer mis contemplaciones por ahí. Este país y su gente no paran de sorprenderme y encantarme, de darme la bienvenida y de ofrecerme oportunidades de todo tipo... Lo único que me está faltando para ser completamente feliz -fuera el departamento- es conseguirme una masajista que me cure esta contractura que no me dá sosiego ya hace unas dos semanas. Me recomendaron una, pero cuando fuí, digamos que no contribuyó mucho para darme algún tipo de mejoría... Demasiado incienso, demasiada conversa sobre energía, movimientos medio inciertos, himanes y maquinitas eléctricas que me dejaron medio quebrada, fuera una camilla que casi acabó de enchuecarme... Buenas intenciones, no muy cara, pero no pasó nada, entonces me estoy consiguiendo otra que viene a la casa y es kinesióloga, entonces creo que entiende bastante de la cosa... Ojalá que me enderece, porque ya estoy chata con tanto dolor y tanta crujidera. ¡Mi espalda y mi cuello andan haciendo unos solos rítmicos de chasquidos y crujidos que no se imaginan!...
Y mientras mi salvadora no aparece, voy posteando la crónica de la semana, sentada en la silla bien derecha. Y va a ser medio cortita porque no aguanto mucho tiempo digitando... ¡Parece que tengo un palo de escoba en la espalda!
"La verdad no es tuya ni mía, sino de todos", dice san Pablo en una de sus cartas, refiriendose a que nadie es el dueño de la verdad, sino que ésta existe para pertenecerle a todos. No tiene un solo cuerpo o manifestación, mas está dividida en infinitas partes (tantas cuantas sean necesarias) que cada cual puede aplicar a si; sin embargo, si juntamos todos estos fragmentos, veremos que calzan perfectamente, formando un único concepto. Yo soy dueña de mi parte y otro es dueño de la suya, que puede ser aparentemente muy distinta, pero esto no significa que debemos tratar de imponer la nuestra a los demás. Cada uno sabe por qué escogió la suya y cómo la usa para progresar, aprender y ser feliz. Existe todo un contexto que tenemos que entender antes de juzgar o condenar la verdad de los otros, teniendo en mente que todas las verdades sinceras nos llevarán al mismo lugar, mismo que nuestras prácticas sean completamente diferentes. Una verdad comprometida con el miedo, la ignorancia, el radicalismo, la intolerancia y el preconcepto es, en realidad, una mentira. La verdad debe ser libre y espontánea, debe buscar el bien, la compasión, la felicidad, la unión y la lealtad; no puede oprimir, castigar, manipular, segregar, sino llevar al deseo de unión y perfección, de paz y equilibrio, a la humanización y el crecimiento de todos. Esta es la verdad para todos, no importa su nombre, su color o su forma. Si va dirigida al bien, entonces será universal.
Y mientras mi salvadora no aparece, voy posteando la crónica de la semana, sentada en la silla bien derecha. Y va a ser medio cortita porque no aguanto mucho tiempo digitando... ¡Parece que tengo un palo de escoba en la espalda!
"La verdad no es tuya ni mía, sino de todos", dice san Pablo en una de sus cartas, refiriendose a que nadie es el dueño de la verdad, sino que ésta existe para pertenecerle a todos. No tiene un solo cuerpo o manifestación, mas está dividida en infinitas partes (tantas cuantas sean necesarias) que cada cual puede aplicar a si; sin embargo, si juntamos todos estos fragmentos, veremos que calzan perfectamente, formando un único concepto. Yo soy dueña de mi parte y otro es dueño de la suya, que puede ser aparentemente muy distinta, pero esto no significa que debemos tratar de imponer la nuestra a los demás. Cada uno sabe por qué escogió la suya y cómo la usa para progresar, aprender y ser feliz. Existe todo un contexto que tenemos que entender antes de juzgar o condenar la verdad de los otros, teniendo en mente que todas las verdades sinceras nos llevarán al mismo lugar, mismo que nuestras prácticas sean completamente diferentes. Una verdad comprometida con el miedo, la ignorancia, el radicalismo, la intolerancia y el preconcepto es, en realidad, una mentira. La verdad debe ser libre y espontánea, debe buscar el bien, la compasión, la felicidad, la unión y la lealtad; no puede oprimir, castigar, manipular, segregar, sino llevar al deseo de unión y perfección, de paz y equilibrio, a la humanización y el crecimiento de todos. Esta es la verdad para todos, no importa su nombre, su color o su forma. Si va dirigida al bien, entonces será universal.
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terça-feira, 5 de fevereiro de 2013
"Hacer la diferencia"
Creo que tan sólo una vidita modesta y casi anónima le permite a uno tener experiencias sensacionales y encuentros muy especiales. Como uno no es notorio ni lo andan persiguiendo con cámaras y libretas de autógrafos, como no tiene que rendirle cuentas al público ni nadie se mete en nuestra vida, uno puede andar tranquilamente por ahí, mezclándose con todos, entrando y saliendo, conversando y compartiendo con todo el mundo, adquiriendo sabiduría de la fuente más rica y verdadera: la gente a nuestro alrededor, los acontecimientos banales, los encuentros fortuitos. Por eso aprecio tanto mi anonimato, la falta de brillo, la ausencia de liderazgo. No digo que nunca más vaya a montar y dirigir una pieza de teatro, tratar de dar a conocer mis textos o componer una música que puede volverse un éxito, así como continuar dibujando y pintando e intentar que mis trabajos sean conocidos, pero esto es algo tranquilo para mí porque, de cierta forma, en estas disciplinas uno se mantiene medio que en la sombra, entonces, a pesar de poder llegar a mucha gente y hacer alguna diferencia en sus vidas, uno está escondido, les deja la libertad de imaginarnos, de interpretarnos y hacer o no que nuestra contribución forme parte de sus vidas. Esto me produce una sensación de inmensa libertad y tranquilidad, de independencia y honestidad con mi trabajo y pienso que es así que uno tiene que hacer las cosas... ¡Pero no crean que fui siempre tan "noble"!, ya hubo épocas en que lo único que me interesaba era aparecer, recibir elogios y aplausos... Bueno, sólo envejeciendo para darse cuenta de que eso pocas veces es una compensación que vale la pena por la donación de nuestros talentos...
Y después de tan profunda meditación espontánea -y que, con certeza va para mi diario- aquí va la de la semana.
Es increíble cómo no nos damos cuenta -o nos negamos a admitirlo porque sería asumir mucha responsabilidad- de que podemos, efectivamente, hacer la diferencia en la vida de alguien. Pero no me refiero a ser padres, madres, hermanos, esposos o hijos, en cuyas vidas, claro, podemos hacer una enorme diferencia. No, me refiero a la vida de desconocidos: la dueña de la tienda de abarrotes, la chica del gimnasio, el señor en la fila del banco y aquel otro que pasea con sus perros por el parque, la empleada de la tienda de departamentos... Extraños con quienes cruzamos todos los días, a veces una única vez, a veces más, y en cuyas vidas tenemos la oportunidad de hacer alguna diferencia, ni que sea por algunos momentos, con algunas palabras, un gesto, una mirada, un toque tal vez... Porque hacer la diferencia no es efectuar un milagro, no es transformar la existencia de alguien de un momento a otro, no tiene que ser un acto admirable o radical. No, porque normalmente lleva varias "diferencias" para que la vida de alguien sufra la primera y casi imperceptible mudanza. El ser humano es lento, desconfiado, bien pesimista, entonces necesita una montaña de acontecimientos o encuentros que hagan esta diferencia para que empiece a darse cuenta y a aceptar que puede cambiar, que debe cambiar, que las cosas pueden ser diferentes, mejores. Así, si en un momento -en la sala de espera del médico o en la feria- se encuentra con alguien que gratuitamente le ofrece una "diferencia" puede empezar a operarse este cambio positivo en él. Una sonrisa, una ayuda, un comentario, una gentileza, unos oídos atentos al desahogo, tal vez sólo algunos minutos de atención sincera, la compañía desinteresada por una cuadra o dos, el asiento en el metro, un elogio verdadero... ¡Cuántos pequeños gestos que pueden hacer la diferencia y salvar el día de alguien! ¡Tal vez salvarle hasta la vida!... ¿Por qué no aprovechar las oportunidades que se nos ofrecen, entonces? ¿Por qué ignorar el instinto del bien que yace en nosotros? Todos lo tenemos, pero raramente le permitimos actuar. Lo reprendemos, lo amordazamos cada vez que trata de manifestarse. Parece que le tenemos miedo, o nos avergüenza, estamos convencidos de que nos vuelve ingenuos, débiles, pechoños, nos expone a algún tipo de riesgo... Cuando en verdad nos torna más humanos, más cercanos, más fuertes porque, efectivamente, tenemos el poder de hacer la diferencia -mismo pequeña- en la vida de los otros. Y si ésta se suma a todas las otras que los demás pueden brindar, tal vez salven y transformen el destino de mucha gente que está pensando que no tiene salida y desistió de la felicidad.
Y después de tan profunda meditación espontánea -y que, con certeza va para mi diario- aquí va la de la semana.
Es increíble cómo no nos damos cuenta -o nos negamos a admitirlo porque sería asumir mucha responsabilidad- de que podemos, efectivamente, hacer la diferencia en la vida de alguien. Pero no me refiero a ser padres, madres, hermanos, esposos o hijos, en cuyas vidas, claro, podemos hacer una enorme diferencia. No, me refiero a la vida de desconocidos: la dueña de la tienda de abarrotes, la chica del gimnasio, el señor en la fila del banco y aquel otro que pasea con sus perros por el parque, la empleada de la tienda de departamentos... Extraños con quienes cruzamos todos los días, a veces una única vez, a veces más, y en cuyas vidas tenemos la oportunidad de hacer alguna diferencia, ni que sea por algunos momentos, con algunas palabras, un gesto, una mirada, un toque tal vez... Porque hacer la diferencia no es efectuar un milagro, no es transformar la existencia de alguien de un momento a otro, no tiene que ser un acto admirable o radical. No, porque normalmente lleva varias "diferencias" para que la vida de alguien sufra la primera y casi imperceptible mudanza. El ser humano es lento, desconfiado, bien pesimista, entonces necesita una montaña de acontecimientos o encuentros que hagan esta diferencia para que empiece a darse cuenta y a aceptar que puede cambiar, que debe cambiar, que las cosas pueden ser diferentes, mejores. Así, si en un momento -en la sala de espera del médico o en la feria- se encuentra con alguien que gratuitamente le ofrece una "diferencia" puede empezar a operarse este cambio positivo en él. Una sonrisa, una ayuda, un comentario, una gentileza, unos oídos atentos al desahogo, tal vez sólo algunos minutos de atención sincera, la compañía desinteresada por una cuadra o dos, el asiento en el metro, un elogio verdadero... ¡Cuántos pequeños gestos que pueden hacer la diferencia y salvar el día de alguien! ¡Tal vez salvarle hasta la vida!... ¿Por qué no aprovechar las oportunidades que se nos ofrecen, entonces? ¿Por qué ignorar el instinto del bien que yace en nosotros? Todos lo tenemos, pero raramente le permitimos actuar. Lo reprendemos, lo amordazamos cada vez que trata de manifestarse. Parece que le tenemos miedo, o nos avergüenza, estamos convencidos de que nos vuelve ingenuos, débiles, pechoños, nos expone a algún tipo de riesgo... Cuando en verdad nos torna más humanos, más cercanos, más fuertes porque, efectivamente, tenemos el poder de hacer la diferencia -mismo pequeña- en la vida de los otros. Y si ésta se suma a todas las otras que los demás pueden brindar, tal vez salven y transformen el destino de mucha gente que está pensando que no tiene salida y desistió de la felicidad.
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terça-feira, 29 de janeiro de 2013
"¿Y tú?"
Bueno, ahora más o menos recuperada de una tremenda contractura en el cuello -que casi me dejó paralítica durante dos días- ocasionada por hablar en el celular sujetándolo entre la oreja y el hombro (¿han visto cosa más idiota? Me lo merezco) y mi histórico encuentro con el maestro de Butoh Ko Murobushi, aquí estoy, sentadita en la cama, con un enorme cojín en la espalda y otro en la falda haciendo las veces de mesa, lista para la crónica de esta semana... ¡Deberían escuchar cómo cruje toda mi espalda y mi columna cuando me estiro!... Anoche me tuve que tomar un relajante muscular, cosa que detesto porque amanezco totalmente podrida y me lo duermo todo, pero la cosa estaba tan fea que tuve que hacerlo... Esto, claro, no me impedirá postear mi crónica, ni pintar o desarrollar algunas inspiraciones, pero deberé ser cautelosa y tomarme unos descansos, salir para caminar, elongarme y todas esas cosas... Negocio de gente más vieja, ¿saben?... Pero hay que conformarse, adaptarse y seguir adelante con alegría y constancia. No podemos dejarnos abatir por estos pequeños inconvenientes, ¿no es verdad?.
Entonces, aquí va la de esta semana, en el dia cierto, finalmente.
Admiro profunda y reverentemente a esa gente que escoge servir, ayudar, facilitar la vida de los demás de cualquier forma. Y una cosa curiosa y común de estas personas es que buena parte de ellas no son ricas ni poderosas, no tienen contactos ni viven en lugares elegantes, sino que son humildes, con sus propias y a veces grandes necesidades, pero que consiguen postergarlas en pro de los que se encuentran en peor situación que ellas. Esto no es un capricho momentáneo, un arrebato religioso ni algún tipo de negociación con Dios, sino una verdadera vocación, de esas que a nada le temen, que en todo creen y esperan. Son éstas personas transparentes, siempre animadas y sonrientes, sin miedo al trabajo, al compromiso, a la entrega y al sacrificio que su tarea pueda imponerles. Normalmente hacen gala de una candidez y simpatía arrolladoras, de una rectitud y dedicación casi santas... Son éstas personas que, con sus anónimo esfuerzo y dedicación, hacen acontecer muchos milagros. Le dan de comer a los hambrientos, le enseñan a leer a los analfabetos, le dan dignidad a los viejos, consuelo a los enfermos, amparo a los olvidados, oportunidades a los marginalizados, luz a los descarriados. Les devuelven la esperanza a los fracasados, escuchan a las víctimas y les ofrecen soluciones, visten a los desnudos... Todo esto con la fuerza que anima su corazón, dejandose llamar e inspirar sin restricciones por esta vocación, por estas ganas de servir que son más fuertes que cualquier otra opción. Y lo mejor es que lo hacen todo con modestia y alegría, con verdadera pasión y misericordia. Cada día es como si fuera el primer día, cada persona como si fuera la única, cada gesto posee la misma emoción y calor del primero. Su fuerza nunca decae, su brillo no disminuye, nada los desvia de su objetivo. Su propósito es servir, no promoverse, aparecer o recibir algo a cambio. No, estos ya tienen su recompensa asegurada.
Y lo que más me conmueve es justamente ese anonimato, esa modestia y esa simplicidad con que actúan, porque no pretenden abrazar o convertir al mundo entero. Les basta su cuadra, su barrio, la escuela, la parroquia, el lugar donde trabajan. ¿Y por qué esto es suficiente para ellos? ¿Por qué esta aparente falta de ambición? Pues porque saben que los buenos ejemplos se propagan y tienen fé en que otros entrarán en su cruzada de servicio y que éste llegará a más y más personas. Prefieren hacer poco y bien hecho, para que la obra se multiplique a través de otros en muchos lugares, a tratar de alcanzar un mundo que es demasiado grande para sus fuerzas. Sí, son bondadosos, pero no tontos.
Camino por la calle, cruzo con cientos de personas y siempre me pregunto, al verlas: "¿De dónde viene? ¿Quién es? ¿Cuál es su historia, su opcion de vida? ¿Será que estaría dispuesto a servir si alguien se lo pidiera, si viera el ejemplo?"... Entonces paso frente a una vitrina y veo mi propio reflejo en el vidrio. Me detengo durante algunos segundos y de repente me pregunto, mirandome a los ojos: "¿Y tú? ¿Estás dispuesta a servir?"...
Entonces, aquí va la de esta semana, en el dia cierto, finalmente.
Admiro profunda y reverentemente a esa gente que escoge servir, ayudar, facilitar la vida de los demás de cualquier forma. Y una cosa curiosa y común de estas personas es que buena parte de ellas no son ricas ni poderosas, no tienen contactos ni viven en lugares elegantes, sino que son humildes, con sus propias y a veces grandes necesidades, pero que consiguen postergarlas en pro de los que se encuentran en peor situación que ellas. Esto no es un capricho momentáneo, un arrebato religioso ni algún tipo de negociación con Dios, sino una verdadera vocación, de esas que a nada le temen, que en todo creen y esperan. Son éstas personas transparentes, siempre animadas y sonrientes, sin miedo al trabajo, al compromiso, a la entrega y al sacrificio que su tarea pueda imponerles. Normalmente hacen gala de una candidez y simpatía arrolladoras, de una rectitud y dedicación casi santas... Son éstas personas que, con sus anónimo esfuerzo y dedicación, hacen acontecer muchos milagros. Le dan de comer a los hambrientos, le enseñan a leer a los analfabetos, le dan dignidad a los viejos, consuelo a los enfermos, amparo a los olvidados, oportunidades a los marginalizados, luz a los descarriados. Les devuelven la esperanza a los fracasados, escuchan a las víctimas y les ofrecen soluciones, visten a los desnudos... Todo esto con la fuerza que anima su corazón, dejandose llamar e inspirar sin restricciones por esta vocación, por estas ganas de servir que son más fuertes que cualquier otra opción. Y lo mejor es que lo hacen todo con modestia y alegría, con verdadera pasión y misericordia. Cada día es como si fuera el primer día, cada persona como si fuera la única, cada gesto posee la misma emoción y calor del primero. Su fuerza nunca decae, su brillo no disminuye, nada los desvia de su objetivo. Su propósito es servir, no promoverse, aparecer o recibir algo a cambio. No, estos ya tienen su recompensa asegurada.
Y lo que más me conmueve es justamente ese anonimato, esa modestia y esa simplicidad con que actúan, porque no pretenden abrazar o convertir al mundo entero. Les basta su cuadra, su barrio, la escuela, la parroquia, el lugar donde trabajan. ¿Y por qué esto es suficiente para ellos? ¿Por qué esta aparente falta de ambición? Pues porque saben que los buenos ejemplos se propagan y tienen fé en que otros entrarán en su cruzada de servicio y que éste llegará a más y más personas. Prefieren hacer poco y bien hecho, para que la obra se multiplique a través de otros en muchos lugares, a tratar de alcanzar un mundo que es demasiado grande para sus fuerzas. Sí, son bondadosos, pero no tontos.
Camino por la calle, cruzo con cientos de personas y siempre me pregunto, al verlas: "¿De dónde viene? ¿Quién es? ¿Cuál es su historia, su opcion de vida? ¿Será que estaría dispuesto a servir si alguien se lo pidiera, si viera el ejemplo?"... Entonces paso frente a una vitrina y veo mi propio reflejo en el vidrio. Me detengo durante algunos segundos y de repente me pregunto, mirandome a los ojos: "¿Y tú? ¿Estás dispuesta a servir?"...
segunda-feira, 21 de janeiro de 2013
"Editar"
Bueno, tengo la disculpa perfecta para no haber escrito durante todo este tiempo: estaba poniendo mis apuntes -esto quiere decir mi diario, de donde vienen estos textos- al día para así poder empezar a trabajar en los nuevos y sentirme tranquila y con material para mis crónicas. Porque la lata de dejar pasar el tiempo es que a uno se le termina por olvidar por qué hizo tal apunte, cuál era la lección o la conclusión para el texto, cosa que me dá una rabia tremenda porque lo considero un desperdicio y una ingratitud de mi parte para con las inspiraciones que recibo cada día. A final de cuentas, no estoy taaaan ocupada así como para no tener media horita para sentarme aquí a digitar, ¿no es verdad?. Y como soy tan neurótica e llena de métodos para mis cosas, no conseguía ponerme a trabajar en los apuntes nuevos sin haber terminado todos los del año pasado, entonces, como ven, tenía que dedicarle un tiempo serio a este asunto... Pero ya está todo solucionado y ahora las cosas están en sus debidos lugares. Todas estas inspiraciones son demasiado importantes como para dejar que se acumulen y acaben perdiendose. ¡No puedo ser tan dejada!...
Y después de este "mea culpa", aqui va la de esta semana, que tiene que ver con las crónicas que estoy enviando al diario en Brasil (¡volví a hacerlo y estoy súper feliz porque las están recibiendo y leyendo y le están gustando a la nueva editora!) porque me dijeron que están demasiado largas -perdí la costumbre de escribir corto- y que necesito editarlas para que puedan ser publicadas... Bueno, siempre es positivo aprender a abreviar las cosas... Sólo que no es el caso de este texto... Hace apenas una semana que empecé a entrenar la edición de lo que escribo, comenzando con el concurso "Santiago en 100 palabras", que me hizo sudar frío de tan cortos que tenían que ser los cuentos. ¡Imagínenselo, para mí cien palabras son apenas un entremés!.. Pero lo conseguí, entonces estoy optimista respecto a mi capacidad de editar las p´roximas crónicas que mande al diario... Sólo que no es el caso en este texto...
A veces me asusta y me preocupa el percibir cuántas porquerías pensamos que necesitamos para vivir felices y sentirnos satisfechos. Basta que nos establezcamos en cualquier lugar para que empecemos a juntar una lista interminable de cosas que normalmente nos mantienen endeudados, preocupados y eternamente insatisfechos, porque parece que mientras más tenemos, más necesitamos; parece que siempre nos está faltando algo más, mismo si hasta ese instante nunca nos había hecho falta. Tengo le impresión de que sufrimos -fuera el bombardéo mediático- de una especie de carencia territorial, o de status de posesiones, que necesitamos establecer con todo tipo de objetos. Es como un hambre de identidad, de inmediatismo, de aprovechar todo lo material que la vida puede ofrecernos antes de morirnos (y no llevarnos ninguna de estas cosas a la tumba) Entonces compramos, juntamos, exhibimos, nos andamos tropezando en equipos, carros, electrodomésticos, ropas, zapatos y muebles que, a veces, ni necesitamos. Pero están ahí y todos pueden verlos, eso es lo que importa.
Pero, ¿y si un día tuviéramos que abandonar nuestra casa, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país, y fuéramos obligados a escoger qué llevar y qué dejar? ¿Y si nos dieran una cantidad determinada, una tabla de jerarquías materiales y sentimentales y no pudiéramos llevar nada más que eso? ¿Podríamos escoger? ¿Seríamos capaces de desprendernos? ¿Sabríamos distinguir qué es lo que es realmente importante?... ¿Y sabemos lo que es realmente importante en nuestra vida?
Bueno, cuando mi hija y yo decidimos abandonar Brasil para regresar a Chile, pasamos por esta experiencia. No podíamos empacar la casa entera y enviarla para acá. No había espacio, no había dinero, no era razonable. Y ahí tuvimos que empezar a seleccionar, y luego a seleccionar de nuevo, y de nuevo, y una vez más, consultando a nuestro corazón y nuestra cuenta bancaria. ¡Hasta de nuestras perritas amadas tuvimos que deshacernos! (y crean que esto fué lo más difícil de todo. ¡Casi nos morimos!)... Pero, milagrosamente, la lista fué reduciendose, reduciendose, hasta que nuestra vida cupo en once cajas de cartón reforzado de 1,80m por 80cm. Y fué con ese equipaje, más el de las maletas, que llegamos a Santiago. Lo que quedó atrás podía ser nuevamente conquistado, adquirido, fabricado. Sin embargo, con el pasar del tiempo nos fuimos dando cuenta de que, en verdad, una buena parte de todo aquello no nos era necesario. Podíamos vivir perfectamente sin ello, era lastre, frescura, exageración, inseguridad, ostentación.
Así, al escoger ahora nuestro futuro hogar, decidimos que lo queríamos simple, claro, minimalista casi. Un lugar sencillo, limpio, sin excesos, porque preferimos gastar nuestro dinero en museos, teatros, libros, películas y viajes para conocer todos los lugares maravillosos que este país tiene, junto con su gente, en buena comida y música, un buen plan de salud (sobre todo para mí) y una vida sana y sencilla en vez de gastarlo en una pila de objetos en los cuales vamos a andar topándonos más tarde y que nos van a robar espacio y tranquilidad. Nosotros tenemos que ser los dueños de lo que poseémos y no al contrario.
Créo que una de las cosas más importantes y preciosas que aprendí después de esta experiencia es que en la vida debemos aprender a distinguir lo que es realmente importante. Debemos editar, simplificar, humanizar, para que volvamos la existencia fácil y leve, sencilla y pacífica. Tenemos que desapegarnos, resistir a los apelos de la publicidad, mirarnos recta y sinceramente y preguntarnos si realmente necesitamos esto o aquello, por más tentador que parezca. Tenemos que alejarnos un poco de lo material y acercarnos más a lo humano, a lo vivo, a lo escencial. Todo lo demás se quiebra, se echa a perder, se pone viejo y feo, se gasta, pasa de moda... Claro que tampoco se trata de irse a vivir a una caverna como un hermitaño, sin ninguna comodidad. Las cosas fueron creadas para ayudarnos y facilitarnos la existencia, pero eso no quiere decir que van a tomar cuenta de nuestra vida, de nuestra tranquilidad y nuestro dinero.
Con certeza, esas once cajas me enseñaron a distinguir lo que era verdaderamente importante de lo fútil, lo inútil, lo substituible, lo pasajero en mi vida. Y esto es algo que jamás voy a olvidar.
Y después de este "mea culpa", aqui va la de esta semana, que tiene que ver con las crónicas que estoy enviando al diario en Brasil (¡volví a hacerlo y estoy súper feliz porque las están recibiendo y leyendo y le están gustando a la nueva editora!) porque me dijeron que están demasiado largas -perdí la costumbre de escribir corto- y que necesito editarlas para que puedan ser publicadas... Bueno, siempre es positivo aprender a abreviar las cosas... Sólo que no es el caso de este texto... Hace apenas una semana que empecé a entrenar la edición de lo que escribo, comenzando con el concurso "Santiago en 100 palabras", que me hizo sudar frío de tan cortos que tenían que ser los cuentos. ¡Imagínenselo, para mí cien palabras son apenas un entremés!.. Pero lo conseguí, entonces estoy optimista respecto a mi capacidad de editar las p´roximas crónicas que mande al diario... Sólo que no es el caso en este texto...
A veces me asusta y me preocupa el percibir cuántas porquerías pensamos que necesitamos para vivir felices y sentirnos satisfechos. Basta que nos establezcamos en cualquier lugar para que empecemos a juntar una lista interminable de cosas que normalmente nos mantienen endeudados, preocupados y eternamente insatisfechos, porque parece que mientras más tenemos, más necesitamos; parece que siempre nos está faltando algo más, mismo si hasta ese instante nunca nos había hecho falta. Tengo le impresión de que sufrimos -fuera el bombardéo mediático- de una especie de carencia territorial, o de status de posesiones, que necesitamos establecer con todo tipo de objetos. Es como un hambre de identidad, de inmediatismo, de aprovechar todo lo material que la vida puede ofrecernos antes de morirnos (y no llevarnos ninguna de estas cosas a la tumba) Entonces compramos, juntamos, exhibimos, nos andamos tropezando en equipos, carros, electrodomésticos, ropas, zapatos y muebles que, a veces, ni necesitamos. Pero están ahí y todos pueden verlos, eso es lo que importa.
Pero, ¿y si un día tuviéramos que abandonar nuestra casa, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país, y fuéramos obligados a escoger qué llevar y qué dejar? ¿Y si nos dieran una cantidad determinada, una tabla de jerarquías materiales y sentimentales y no pudiéramos llevar nada más que eso? ¿Podríamos escoger? ¿Seríamos capaces de desprendernos? ¿Sabríamos distinguir qué es lo que es realmente importante?... ¿Y sabemos lo que es realmente importante en nuestra vida?
Bueno, cuando mi hija y yo decidimos abandonar Brasil para regresar a Chile, pasamos por esta experiencia. No podíamos empacar la casa entera y enviarla para acá. No había espacio, no había dinero, no era razonable. Y ahí tuvimos que empezar a seleccionar, y luego a seleccionar de nuevo, y de nuevo, y una vez más, consultando a nuestro corazón y nuestra cuenta bancaria. ¡Hasta de nuestras perritas amadas tuvimos que deshacernos! (y crean que esto fué lo más difícil de todo. ¡Casi nos morimos!)... Pero, milagrosamente, la lista fué reduciendose, reduciendose, hasta que nuestra vida cupo en once cajas de cartón reforzado de 1,80m por 80cm. Y fué con ese equipaje, más el de las maletas, que llegamos a Santiago. Lo que quedó atrás podía ser nuevamente conquistado, adquirido, fabricado. Sin embargo, con el pasar del tiempo nos fuimos dando cuenta de que, en verdad, una buena parte de todo aquello no nos era necesario. Podíamos vivir perfectamente sin ello, era lastre, frescura, exageración, inseguridad, ostentación.
Así, al escoger ahora nuestro futuro hogar, decidimos que lo queríamos simple, claro, minimalista casi. Un lugar sencillo, limpio, sin excesos, porque preferimos gastar nuestro dinero en museos, teatros, libros, películas y viajes para conocer todos los lugares maravillosos que este país tiene, junto con su gente, en buena comida y música, un buen plan de salud (sobre todo para mí) y una vida sana y sencilla en vez de gastarlo en una pila de objetos en los cuales vamos a andar topándonos más tarde y que nos van a robar espacio y tranquilidad. Nosotros tenemos que ser los dueños de lo que poseémos y no al contrario.
Créo que una de las cosas más importantes y preciosas que aprendí después de esta experiencia es que en la vida debemos aprender a distinguir lo que es realmente importante. Debemos editar, simplificar, humanizar, para que volvamos la existencia fácil y leve, sencilla y pacífica. Tenemos que desapegarnos, resistir a los apelos de la publicidad, mirarnos recta y sinceramente y preguntarnos si realmente necesitamos esto o aquello, por más tentador que parezca. Tenemos que alejarnos un poco de lo material y acercarnos más a lo humano, a lo vivo, a lo escencial. Todo lo demás se quiebra, se echa a perder, se pone viejo y feo, se gasta, pasa de moda... Claro que tampoco se trata de irse a vivir a una caverna como un hermitaño, sin ninguna comodidad. Las cosas fueron creadas para ayudarnos y facilitarnos la existencia, pero eso no quiere decir que van a tomar cuenta de nuestra vida, de nuestra tranquilidad y nuestro dinero.
Con certeza, esas once cajas me enseñaron a distinguir lo que era verdaderamente importante de lo fútil, lo inútil, lo substituible, lo pasajero en mi vida. Y esto es algo que jamás voy a olvidar.
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