Mostrando postagens com marcador oportunidad. Mostrar todas as postagens
Mostrando postagens com marcador oportunidad. Mostrar todas as postagens

domingo, 30 de novembro de 2014

"Desapego"

    Cuento los días que faltan para que mi hijo llegue. Ya arreglé su pieza unas cien veces, ordené los armarios, dispuse los muebles, coloqué flores y adornos, los cambié de lugar, escogí los cuadros... Y volví a arreglarlo de nuevo. Parece que nunca estoy satisfecha, pero supongo que esto es pura ansiedad, porque quiero que él se sienta en casa, acogido, confortable e tranquilo. En realidad, fue por él que nos compramos este departamento con tres cuartos, porque quiero que tenga su lugar en mi hogar, mismo que él viva en Brasil la mayor parte del tiempo... Además, le sirve a mi hermana cuando se venga a quedar a dormir, entonces tengo dos por el precio de uno... Definitivamente, esta va a ser una feliz navidad  y un comienzo de año genial con él por aquí. Uno nunca deja de ser madre, ¿no es verdad? Y esperamos que ellos nunca dejen de ser hijos.
    Y de ojo en el calendario, aquí va la de la semana.


    Cada día me convenzo más -y tengo pruebas de esto- de que cuando uno se desapega las cosas empiezan a moverse, a funcionar, pues parece que es justamente ese nuestro apego lo que las paraliza. Puede ser físico, emocional o simplemente material, mas esto de alguna forma tranca la energía de los acontecimientos, del cumplimiento de nuestros objetivos. Pedimos, pero a veces lo hacemos con tintes de tanta obsesión e imposición, que acabamos frenando el flujo natural y positivo de las cosas, de aquello que realizaría lo que pedimos. No es que uno tiene que dejar de querer o no querer nada, pero este querer debe ser tranquilo y confiado, pues a veces -en verdad, la mayoría de ellas- pretendemos que lo que deseamos suceda en nuestro tiempo y del modo que queremos, sin pensar que existen otros tiempos y modos más sabios, menos egoístas, que nos traerán muchos más beneficios que si todo ocurriera como nosotros lo queremos. Y a veces también queremos errado y en nuestra porfía y apego no nos damos cuenta. No tenemos -o perdemos en esos momentos- la noción de las prioridades, del proceso lógico que debe acontecer para que todo se de en armonía con los demás acontecimientos de nuestra vida y de la de otros que puedan estar involucrados... Así, sólo nos damos cuenta de que el camino era otro cuando las cosas no resultan. Tenemos la libertad de pedir, de escoger, de equivocarnos, de porfiar y rebelarnos contra lo que hallamos aparentemente injusto o arbitrario, pero también tenemos la oportunidad de darnos cuenta de que deberíamos haber hecho otra cosa o tenido una actitud diferente.
    Por eso -y aunque es tremendamente difícil- pienso que practicar el desapego en todas las ocasiones puede ser una salida para mantener a raya la ansiedad, las falsas o exageradas expectativas, las decepciones que hacen tambalear la fe.Hay que desapegarse, mantener la calma, la claridad y la confianza. Hay que darse cuenta más allá de nosotros mismos y del tropiezo presente. Hay que limpiar la mente y el corazón para entender lo que debemos pedir y cuándo hacerlo. Y lo que debemos pedir tiene que ser positivo, sólo entonces podemos aguardar confiados el resultado de nuestra petición, sabiendo que Dios quiere nuestro bien y nuestra felicidad, lo que nos da la consciencia de que cumplirá todas nuestras expectativas y mucho más.
   La porfía y el apego nunca nos llevarán a nada.

sexta-feira, 7 de dezembro de 2012

"Oportunidades"

    Hoy estoy sola en nuestro departamento porque mi hija se fué por el fin de semana a La Serena con su novio, entonces aproveché para salir a hacer las últimas compras de navidad, darme un pequeño baño de belleza, incluyendo manicure, poner la música que adoro y sentarme aquí para  escribir. Entre hoy y mañana quiero poner al día mis escritos, que han estado bien abandonados por culpa de nuestro pequeño maratón de compras de navidad antes de que, simplemente, no se pueda más entrar en las tiendas... Bueno, no es que el resto del tiempo la cantidad de gente disminuya, pero por lo menos los vendedores no están totalmente fuera de sí ni los productos desaparecen antes de que uno decida comprarlos. Fué así que perdí un precioso juego de bolas plateadas para el árbol de pascua... ¡Me dí vuelta para ver unas lucecitas en otro estante y cuando volví, mis bolas habían desaparecido! Entonces decidí agarrar y cargar todo lo que me fuera gustando, porque si no iba a perder el resto de las cosas también. ¡Pobre vendedor, cuando me vió con aquel montón de bolas, luces, angelitos, nacimientos, estrellas y guirnaldas pensó que había hecho la venta del año! Debían ver la cara del pobre cuando sólo puse menos de la mitad de la mercadería en el mesón de la caja... Bueno, es la ley de la selva, tenía que proteger lo que me había gustado para después poder escoger con calma. Pero tengo certeza de que el vendedor sacará una buena comisión de todas maneras, porque esa tienda vive absolutamente llena, entonces no me siento tan culpable por no haberme llevado todo. Además, nuestro departamento es tan pequeño que si le ponemos algo más nosotras vamos a tener que salir. Criamos nuestro "rincón navideño" en la mesita de arrimo con velas, un pequeño árbol -que ya viene con las lucecitas incluidas- y unas hojas brillantes que mezclamos con las flores naturales del florero. La lámpara tuvo que irse encima de uno de los pisos de la cocina, pero quedó bonita. También colgamos un adorno con palomas plateadas y una campanilla del riel de la cortina, y cuando hace viento, escuchamos su sonido suave y alegre... Claro que no podemos cerrar la cortina, pero no nos importa porque nos encanta la luz que entra por la ventana.
    Bueno, y dejando de lado tanto detalle sobre nuestra decoración navideña, es mejor que postée la crónica de hoy antes de la cena, porque es bien larga. En todo caso, espero que la disfruten. Dense un descanso entre las compras y el trabajo y léanla.


    Estoy segura de que ya me conocen. Casi todas las tardes aparezco en la fuente de la iglesia  con mi bolsa de pan añejo y me instalo allí, frente a la enorme puerta, a la sombra del água que refresca el aire. Si miro a mi alrededor no véo muchas de ellas, pero presiento que están por ahí, al acecho, haciendo cuenta que no están interesadas, pero sé que basta arrojar el primer puñado de migajas para que se lancen al aire en graciosos revolotéos y vengan a aterrizar a mis piés, emergiendo no se sabe de dónde, arrullando y abriendo las alas, inflando el pecho y posando de dueñas del pedazo... Y casi de inmediato, como una especie de efecto colateral, aterrizan los gorriones, tampoco sé de dónde, y se meten osadamente entre el enjambre que se agita para agarrar su parte del banquete. Las palomas les lanzan una ojeada de soslayo, algo incrédulas con su insolencia, y después de algunas cortas amenazas y persecusiones, parecen cansarse de su saltitante rapidez y los dejan robar su parte, ya que es mínima. Tal vez se den cuenta de que, con su tamaño, habrá lo suficiente para todos.
    Poco a poco, algunas palomas más osadas vienen rodeando, rodeando, van y vuelven, me observan furtivamente, de medio lado, y se van acercando con cautela, listas para huir a la menor señal de peligro, hasta que, más confiadas, terminan paseando entre mis zapatos para comerse las migajas que caen allí. Estas no se asustan con el ruido o el revolotéo de la bolsa de plástico en que traigo el pan, ni con los autos que salen del hotel, los niños que pasan y gritan entusiasmados e, impajaritablemente corren atrás de ellas, tentados al ver tanto pájaro junto. Inclusive desprecian olímpicamente a los turistas que aparecen para sacarles una foto y a los operarios que están arreglando la calzada... Sé que los buenos frailes las espantan a escobazos para que no ensucien los tejados, los portones y las esculturas, y ellas hacen como que se van, se esconden en los árboles y cornizas cercanas y siempre acaban volviendo, sobre todo si hay alguien como yo, que las tienta con sabrosas migajas de allullas, marraquetas y pan de molde...  Estoy convencida de que los franciscanos, a pesar de todo su cariño por los animales, deben odiarme.
    Sin embargo, y a despecho de toda la propaganda adversa que reciben (infecciones, piojillos, suciedad, plumas) las palomas, así como casi todas las criaturas que nos rodean y comparten con nosotros este planeta, tienen algunas lecciones que enseñarnos, si les prestamos un poco de atención.
    Yo ya había notado que existe una enorme cantidad de palomas mutiladas por causa de los cables de alta tensión, los aires acondicionados y las antenas -fuera los idiotas que se dedican a acertarlas con todo tipo de cosas- A muchas de ellas les falta una pata, o los dedos, o las tienen quebradas y atrofiadas, inclusive he visto zorzales y tordos que sufrieron el mismo injusto destino, pero esto no parece afectar su intimidad con los seres humanos y continúan acercandose a él y a sus restos de comida... Así, una tarde vino a aterrizar junto a la fuente una paloma café, de ojillos brillantes y unas divertidas plumas blancas erizadas en la nuca. Primero no entendí por qué, al llegar al suelo, lo hizo tan desgarbadamente, medio de lado, medio de punta, casi metiendo el pico en el cemento. Incluso algunas de las otras palomas se llevaron un susto ante aquel destartalado aterrizaje. El ave pareció quedar medio aturdida y permaneció algunos instantes echada en el suelo, mirando para acá y para allá, como para localizarse. Simpatizando inmediatamente con ella, le lancé un puñado de migas para tentarla, pero no se adelantó para pescarlas y las otras se abalanzaron ávidamente para robárselas... Desconcertada, esperé su próximo movimiento. Entonces, tomando aliento, se incorporó dificultosamente. Ahí lo ví: no tenía patas. Contuve una exclamación, horrorizada. La paloma avanzó un poco, tambaleandose sobre sus muñones, hacia el puñado de migas que yo había acabado de arrojar, pero las otras habían llegado antes y no había sobrado nada. Repetí la acción un par de veces más y sucedió lo mismo. La paloma inválida no tendría ninguna chance, nunca. La pobre miraba ansiosamente mi mano llena de pan y acompañaba su movimiento al lanzar las migajas, pero su discapacidad le impedía llegar a tiempo y pelear por algunas de ellas.
    Entonces, pensando que tal vez su limitación la hiciera diferente de las demás en algún otro sentido que no fuera una desventaja, se me ocurrió encuclillarme lentamente y extenderle la mano abierta llena de pan, muy despacio... Las otras palomas se revolucionaron inmediatamente, desconcertadas con mi movimiento, e iniciaron unas carreras y revolotéos desordenados, como si no supieran cómo reaccionar ante mi osadía. Pero yo sabía que ninguna de ellas tendría el valor de acercarse y comer en mi mano.
    Totalmente abstraida del mundo fuí aproximandome a la paloma inválida que, absolutamente inmóvil, me contemplaba fijamente, como preguntandose cuáles  serían mis intenciones. Sin embargo, no parecía estar con ganas de huir. Mi mano ya estaba a apenas algunos centímetros de ella cuando sus ojillos se desviaron de mí para posarse en las migajas blancas y esponjosas delante de ella. Pareció considerar el asunto muy seriamente por algunos instantes... Yo esperaba, anhelante, hecha una estatua... Hasta que por fin, hice un último y muy, muy suave movimiento y coloqué la mano bien debajo de su pico. La paloma me dió una última mirada, como si estuviera preguntandome: "¿De verdad puedo pescar esas migas? ¿No me vas a hacer nada?"... Y estoy convencida de que, delante de mi silencio y completa inmobilidad, decidió aceptar la oportunidad, que podría ser un riesgo mortal, dada  su deformidad... Pestañeó una vez más y, finalmente, estiró el cuello y comenzó a comer, todavía un poco nerviosa.
    Mientras tanto, las otras continuaban e completo alborozo, corriendo para acá y para allá, haciendo amagos de acercarse, aleteando y arrullando amenazadoramente, pero al final de cuentas, no tuvieron coraje y quien acabó dándose el banquete fué la paloma tullida pues, aprovechando sabia y arriesgadamente la oportunidad que se le ofrecía, ganó más que las otras que, a pesar del hambre y de las fanfarronadas, no se atrevieron a  acercarse, mismo viendo que nada de malo le sucedía a la otra.
    Y contemplando a esta paloma café con su tupete blanco erizado en la nuca y sus tristes muñones retorcidos, me pregunté cuántas veces nosotros, humanos, a despecho de nuestras limitaciones, tenemos el coraje, la sabiduría y la fé para aceptar y abrazar las oportunidades que nos ofrecen o aparecen delante de nosotros, y cuántas las dejamos pasar por ignorancia, porfía, preconcepto o miedo, por no creér en nosotros mismos ni en los demás... Pero tenemos que recordar que las oportunidades son únicas, singulares en su momento, que nos traen algo que necesitamos en esa hora exacta y que, si no las aprovechamos, no volverán a presentarse. Por lo menos no de la misma forma ni con los mismos resultados.

sexta-feira, 30 de novembro de 2012

"Escuchar el silencio"

    La primavera está reacia, un día muestra la cara y nos encanta, nos saca la ropa gruesa, parece que liberta algo dentro de nosotros, y al otro esconde ese precioso sol con nubes y ráfagas de viento helado... Nadie está entendiendo nada! Yo sé que nuestra primavera es como cabra chica, antojadiza, voluble, caprichosa, le encanta atormentarnos con sus cambios de humor y el suspenso por la llegada definitiva del calor, pero hace tanto tiempo que no la vivo que no me enojo con ella y prefiero tenerle un poco de paciencia, porque cuando definitivamente se instala uno ve que toda la espera y la indecisión valieron la pena... Así que me despierto toda mañana y miro altiro hacia la ventana para ver si hay nubes en el cielo, pero mismo que al principio hayan algunas flotando por ahí, me quedo con la esperanza de que más tarde abra y podamos disfrutar del calor del sol y del color con que pinta este escenario espléndido. Hoy amaneció bien nublado, después abrió y ahora se nubló de nuevo. Espero que el viento del atardecer se lleve estas nubes y que mañana haga un día de aquellos de cortar el aliento... Hasta porque voy a visitar a mi hermana en el Cajón del Maipo y no quería que el día estuviera feo. El paisaje allá arriba es simplemente deslumbrante y pretendo sacar algunas fotos para postear en mi facebook.
    Y con esta esperanza y los acordes medio desafinados de mi vecino en su saxofón tratando de interpretar Noche de Paz, aquí va la crónica de la semana.


    Bocinas, motores, campanas, sirenas, teléfonos, televisores, radios, perros, niños, grúas, chincoles, bocinas... Cierro los ojos y escucho todo esto -y mucho más- a mi alrededor, a veces harmonioso, a veces desafinado y estridente... Son las innumerables voces de la ciudad, su gama casi infinita de expresiones, los sonidos de su existencia, que a veces pueden confundirnos o asustarnos, irritarnos, desconcertarnos, y otras pueden alegrarnos, guiarnos e identificarnos, porque nos reconocemos en ellos. Altos y bajos, cercanos o distantes, nuevos o antiguos, esta identidad auditiva nos acompaña todo del tiempo... ¿Pero qué dicen los cascos de los caballos, los ladridos de los perros, las llamadas de los vendedores ambulantes, las campanas de la iglesia? ¿Qué es lo que nos murmuran el zumbido del metro o el arrullo de las palomas? Cada sonido tiene su significado, su apelo en nuestra alma, y nos provoca algún tipo de reacción, pues a veces este barullo externo encuentra eco dentro de nosotros, juntándose al universo acústico que bulle en nuestra mente y nuestro corazón.
    Recuerdo cuando llevaba a mis alumnos al parque, al zaguán del teatro, a la plaza o a alguna otra área de la fundación y les pedía que danzaran o expresaran de alguna forma corporal los sonidos que escuchaban: el viento, los regadores soltando agua, los motores, los gorriones, las voces de los otros alumnos, los instrumentos resonando en las otras salas de clases, la sierra del carpintero que construía los escenarios... Todo era posible de ser transformado en algún tipo de movimiento, pues había una conexión, una reacción, alguna emoción envuelta. Performances preciosas y conmovedoras resultaban de estas experiencias.
    Sin embargo, aquello era sólo el comienzo, porque después los llevaba de vuelta a la sala de clases y, cerrando puertas y ventanas, los exponía, ahora, al silencio total para que trataran de hacer la misma experiencia con el movimiento. ¡Dura prueba para ellos! ¡Abandonarse dócilmente a esta especie de "nada", a este tabú opresivo que es el silencio, a este vacío de muerte al que siempre es asociado!... La mayoría sufría angustias tremendas, se sentían abandonados, en peligro, perdidos, aterrados, y apenas conseguían hacer uno que otro movimiento... Con todo, después de algún tiempo, yo acababa con su suplicio y les pedía que trataran de escuchar los sonidos que sus propios cuerpos emitían: respiración, corazón, el roce de la ropa, el aire desplazándose, pies moviéndose en el suelo, pequeños sonidos involuntarios... Esto ya les resultaba más fácil y hasta eran capaces de darme una buena devolución al final del aula. Y para terminar, uno de mis ejercicios favoritos: producir los propios sonidos y crear una coreografía. Entonces eran chasquidos, suspiros, murmullos, palabras sueltas, exclamaciones, palmas, frases ininteligibles, músicas inéditas... Los acentos más íntimos y peculiares que un ser humano puede producir llenaban la sala silenciosa, y los cuerpos ejecutaban movimientos que semejaban rituales, oraciones, revelaciones. Algunos lloraban, otros sonreían, extasiados, unos pocos se quedaban inmóviles, como que iluminados. Esta era la experiencia completa, tras la cual ellos percibían que nuestro cuerpo posee un lenguaje único y peculiar, que normalmente no tiene mucho que ver con lo que el cerebro le ordena emitir. Esto les enseñaba a parar y prestar más atención a lo que este cuerpo tenía que decir, y que a veces podía ser mucho más coherente y sabio que la lógica académica que nos habían enseñado.
    Y hoy, rodeada por todo el bullicio fascinante y mareador de esta gran ciudad,  me pregunto si todavía conseguimos hacer silencio, escuchar el silencio (porque el silencio no es sólo la ausencia de ruido, sino más bien una actitud interior) danzarlo, vivenciarlo en toda su riqueza. Me pregunto si tenemos el coraje de callar y oír lo que nuestro cuerpo y nuestra alma tienen que decirnos. ¿Será que tenemos miedo de nuestros propios y más verdaderos sonidos? ¿Qué es lo que podrían revelarnos? ¿Serían un espejo de nuestra verdad, un reflejo de nuestra esencia? ¿Será que Dios se encuentra allí? ¿Y la divinidad tiene un sonido?...
    Lo primero que se escucha cuando la vida comienza es el latido del corazón, rápido, feroz, lleno de urgencia por ponernos en el mundo, y ese compás nos acompaña hasta nuestro último aliento, diciéndonos en todo instante que estamos vivos, conscientes, activos, que podemos escoger, actuar, decidir, crear, recibir, amar y ser amados... Y cuando ese sonido se apaga, la existencia también termina, porque ambos están indisolublemente ligados ¿Entonces por qué no aprovechamos para escucharlo en cuando tenemos la oportunidad?

segunda-feira, 19 de março de 2012

"Si el arrepentimiento matase..."

Bueno, fueron tres semanas de silencio, yo sé, pero les aseguro que valieron la pena. Hoy día retomo el blog como una mujer divorciada, aliviada,  llena de planes y en paz. Fueron meses de dudas, de paciencia, de ansiedad, gastos, correrías, llamadas telefónicas, reuniones y situaciones bien poco agradables, sin embargo todo corrió de forma razonablemente tranquila y justa, y ninguna de las catástrofes que yo preveía acontecierion, porque mi ex-marido se portó de forma muy leal y considerada (bueno, en ese sentido no puedo reclamar de él: siempre fué justo y honesto en los asunto de la ley) sobre todo llevando en cuenta el tremendo choque que debe haberse llevado cuando me senté frente a él en esa tarde de domingo y le pedí el divorcio... Créo que nunca se le pasó por la cabeza que yo sería capaz de tomar una decisión de esas y, todavía más, sostenerla hasta el fin. Pero todo el mundo puede sorprendernos de vez en cuando, no es verdad? Hasta yo misma estoy espantada con mi valor y mi determinación!... Pero ahora todo eso es una página virada y de aquí en adelante la cosa es ser feliz, trazar nuevos caminos y metas, entrar en otros procesos, vivir en paz y equilibrio (sobre todo con mi diabetes, que espero que después de esta odiséa -y lo que nos falta todavía- vuelva a tener medidas decentes) junto con mi hija, en nuevos paisajes. Nos espera una larga jornada, pero estamos dispuestas y animadas, optimistas y llenas de proyectos, contentas y con esta sensación delciosa de libertad llenando nuestro espíritu y dándole alas a nuestro corazón. Realmente, el peso de una relación desgastada, llena de resentimientos y malos entendidos, tensa y distante puede volverse insoportable y robarnos toda la energía. Separarse no es fácil, eso es verdad, pero yo prefiero enfrentar este desafío a continuar agonizando al lado de alguien con el que no tengo nada más en común. No niego que es bien asustador verse sola así, de repente, dependiendo solamente de uno misma, pero cuando se tiene el apoyo de otros (como el que tengo de mi hija) las cosas son bastante más fáciles, todo se nos antoja posible, pues se tiene una energía extra que nos apoya y nos empuja para que corramos atrás de nuestro sueño. Y con certeza será esto lo que sucederá!


    "Si el arrepentimiento matase", reza el dicho, y es la más pura verdad. Cuántas veces nos pillamos tomados por el remordimiento, la indignación o el resentimiento porque no tomamos una actitud justa, honesta, caritativa; porque no enfrentamos una situación, una persona, porque nos quedamos callados y quietos, porque preferimos preservar nuestra tranquilidad y nuestra conveniencia en vez de levantarnos y hacer algo para ayudar o aclarar, para poyar, consolar o dar valor, para defender nuestro punto de vista... En cuántas ocasiones hemos sido testigos o víctimas de injusticias, crueldades o desencuentros porque alguien prefirió ignorar la compasión, la justicia, el coraje que podría haberle dado un descenlace feliz a alguna historia! El cine y los libros están llenos de estos ejemplos, pero en la vida real ellos tienen resultados mucho más desastrosos y traumatizantes para sus protagonistas, pues su desgracia no acaba cuando viramos la última página o se encienden las luces del teatro, cuando guardamos silencio y nos tapamos los oídos, cuando cerramos los ojos y desviamos nuestros pasos para no cruzarnos con aquel a quien decidimos abandonar. Será que no se nos ocurre que, así como hoy le negamos una actitud salvadora a alguien, otros podrán hacer lo mismo con nosotros? Una acción siempre provoca una reacción, mismo que no la esperemos ni la deseémos, y una actitud no tomada puede significar no solamente la perdición de otro, sino la de nosotros mismos, de esa chispa de justicia y bondad, de santidad que traemos con nosotros y que está siempre lista para actuar. Si insistimos en negarle en cada ocasión la oportunidad de manifestarse y hacer su trabajo -y no sólo por los otros, sino también por nosotros mismos- vamos a terminar por sofocarla hasta que nada de ella brille en  nosotros.
    Actitudes son capítulos dentro de los capítulos de la historia; son sus cimientos, generadores de cambios, de milagros, de crecimiento, de envolvimiento y compasión con la humanidad. Tomarlas o no depende de nosotros y de nuestra conciencia, así como las consecuencias que deberemos enfrentar dependiendo de la opción que hagamos.

domingo, 12 de fevereiro de 2012

"Ataques de felicidad"

    Bueno, tengo que admitir que el regreso al trabajo no fué tan traumatizante así, principalmente porque, como no me voy a quedar por mucho tiempo, no seré incluída en ninguno de los proyectos de la Fundación, lo que me salva de reuniones interminables y discusiones donde siempre el que gana es mi jefe, plazos, fechas, cobranzas desmedidas y todo ese tipo de burocracia y correría que implica entrar en estos proyectos. De lo único que creé que no voy a conseguir escaparme vá a ser del maldito carnaval -una fiesta brasilera que nunca conseguí entender- que es esa semana en la cual todos empiezan a enloquecer y a querer hacer desfiles, montar bloques de payasos, bailarinas, picaflores y cosas por el estilo para salir haciendo escándalo por las calles, a coser disfraces esdrújulos, comprar cajas de cerveza y serpentina, pasajes para Rio de Janeiro o Salvador, a planear matinés en la plaza para ese bando de niñitos enloquecidos que lo único que quieren es hincharle las pelotas a todo el mundo, y así por delante... Y, claro, la Fundación no vá a escapar de esta tradición, entonces ya estamos preparándonos para un fin de semana infernal (el próximo) entre desfiles, barracas, foliones, bandas ensordecedoras tocando hasta la madrugada, borrachos queriendo pelear con cualquiera y un montón de gente con ganas de irse a la casa (estos somos nosotos, los funcionarios de la fundación) Pero es la tradición y tenemos que respetarla y entrar en el juego, por más que nos cargue, no es verdad?
    Bueno, y antes de que se imponga la locura  en esta ciudad, aquí vá la crónica de esta semana, posteada el domingo y no el lunes, porque no sé qué será de mi vida la semana que viene.  Están a punto de suceder cosas importantes, vitales para el comienzo de mi nueva vida, cosa que espero hace tanto tiempo que ni me había dado cuenta. Está  todo en las manos de Dios y tengo certeza de que, como siempre, El no me abandonará. Estará conmigo y con todos los envueltos a cada momento, cuidando para que todo salga de la mejor forma para todos en este capítulo tan importante de nuestras vidas... Y no se preocupen, que ustedes van a saberlo todo brevemente, ok?.

    Pueden ocurrir en los momentos más inesperados, casi siempre banales, cuando estoy totalmente desprevenida (y parece que mientras más desprevenida mejor!) y duran apenas algunos segundos, pero me dejan una sensación tan buena, mi alma y mi corazón se llenan de tal alegría, leveza y gratitud, de un optimismo tan brillante que parecen limpiar por completo todo lo que pueda haber de malo dentro de mí. De hecho, cuando se desvanecen parece que me vuelvo capaz de ver el mundo, a las personas y las situaciones -inclusive las más problemáticas- con nuevos ojos, frescos y claros. Parece que una ráfaga de aire perfumado y poderoso barriese todas mis angustias, todas mis ansiedades y pesimismos y yo me quedara libre, desnuda e iluminada delante de mi propia existencia, tomada por la más absoluta gratitud. De repente, cuando esta  sensación de invade, consigo percibir la simplicidad y la maravilla de la vida, los detalles preciosos, los milagros que me rodean, la suerte que tengo, los éxitos que alcancé, el futuro feliz que puedo constuir si me mantengo en este estado de espíritu positivo y confiante, sin complicaciones innecesarias; me doy cuenta y agradezco por mis talentos, por las experiencias por las cuales pasé y estoy pasando, por reconocer claramente las lecciones que cada una de ellas contiene y me siento feliz por conseguir  absorver la mayoría de ellas -mismo que a veces demore un poco-por aprovecharlas y pasarlas adelante a través de mis textos o de las aulas que ministro. Estos son instantes de claridad y seguridad absolutas, de una certeza sobrenatutral sobre las verdades que deben guiar mi vida, de una felicidad tan intensa, profunda y real, gratuita, que sólo puedo creér que vienen de Dios, o de mi ángel de la guardia, o entonces del propio corazón de la creación que en ese segundo escoge conectarse conmigo y revelarme sus secretos... Sé que parece bien ingenuo, pero piensen un poco: Por qué no? No somos por acaso parte de una misma manifestación? No poseémos unos las cualidades físicas y espirituales de los otros? No existe un lenguaje que hace posible nuestra comunicación e interacción?... Por qué, entonces, sería algo tan improbable?...
    Estos son lo que yo llamo de mis "ataques de felicidad", pero créo que no debo ser la única que los sufre, pues todos tenemos la oportunidad de abrirnos, de entregarnos, de optar sentirlos y disfrutarlos para después guardar en nuestros corazones y mentes esa sensación magnífica de dicha y claridad, de optimismo, de gratitud plena, que nos servirán de soporte y consuelo cuando vengan días difíciles. Basta alejarse por algunos momentos de nuestros problemas, dudas y recelos y permitir que el viento nos acaricie, el sol nos caliente, los pájaros canten para nosotros, el água sacie nuestra sed, el cielo se abra o la lluvia nos arrulle a la hora de dormir... La felicidad está aquí, a nuestro lado, rodeándonos, hablándonos constantemente, en la simplicidad de nuestra rutina diaria, de nuestros quehaceres cotidianos, en los encuentros que tenemos, en los actos, miradas y palabras positivas que distribuimos o recibimos a lo largo de cada jornada. Todas estas buenas acciones, de las cuales tenemos tan poca conciencia, son recompensadas, pero tenemos que prestar atención para no perderlas, porque casi siempre están escondidas en aquellos detalles que solemos dejar pasar, pensando que sólo podremos encontrar nuestra cuota de alegría en la grandiosidad, en el exceso, en la notoriedad, en las grandes empresas y éxitos. Algunos tienen realmente esta misión y es así que se realizan, pero, y nosotros, simples mortales que llevamos nuestra vidita modesta y anónima? Será que no tenemos esta oportunidad?... Pues yo estoy convencida de que nosotros, más que aquellos que tienen tanta responsabilidad y sufren tantos ataques justamente por ser demasiado conocidos, tenemos muchas más oportunidades de encontrar y disfrutar la felicidad, de ser asaltados por ella a cualquier hora, en cualquier lugar, por los motivos más simples... La felicidad es semejante a un cimiento que sostiene nuestro vivir todo el tiempo, basta que, de vez en cuando, la dejemos aflorar y tomar cuenta para que podamos renovarnos, reciclarnos y aprender a ver el mundo con más compasión, paciencia, optimismo y confianza. Porque esto es lo que el mundo necesita.


 

quarta-feira, 1 de fevereiro de 2012

"El nos ama"

Por lo que estoy percibiendo, las cosas caminan hacia un final feliz con calma, lógica y claridad, como tienen que suceder los grandes cambios, entonces estoy sumamente tranquila y confiada, más segura cada día que pasa, más cerca de la felicidad y la paz. No digo que todo vá a ser un mar de rosas, pero créo que todo vá a valer la pena si consigo vivir mi vida a mi manera, con mis reglas, opciones e iniciativas, por lo menos en esta segunda mitad. Las tormentas pasaron, así como las vanidades, las futilidades y esos delírios que agotan nuestra energía y creatividad para no llegar a ninguna parte fuera una enorme decepción o resentimiento... Esta es una de las cosas positivas de hacerse más vieja, y si uno es inteligente y presta atención en las señales y las oportunidades, uno empieza a darse cuenta de qué es lo que realmente importa y a correr atrás de ello para vivenciarlo. Es entonces que la existencia se vuelve rica, feliz y productiva, completa. Ahora sé lo que deséo, estoy dispuesta y preparada para luchar por ello y, lo mejor de todo, tengo certeza de que lo conseguiré. Todas las señales, los encuentros y los acontecimientos me lo dicen. Y ciertamente no importa cuánto demore -si bien espero que podamos hacer todo dentro del plazo que nos pusimos- esto no vá acambiar. Las decisiones ya están tomadas, los planos trazados, entonces -y gracias a Dios- no hay cómo ni por qué volver atrás.
     Ya sé que estoy bien misteriosa con este asunto de mi futuro y que ustedes ya deben estar empezando a impacientarse, pero créo que, si las cosas continúan a este ritmo, brevemente podré contárselos todo... Paciencia!
    Y mientras esto no sucede, aquí vá la crónica de la semana que, irónicamente, es enoooorme!

    Desparramada en el sillón, de shorts e camiseta, dominada completamemnte por la flojera, incapaz de raciocinar como un ser humano, con ganas de la más absoluta alienanción de los sentidos, y sin nada para ver en la televisión... Hace más de diez minutos que los canales pasan sin parar frente a mí y no consigo decidir cuál programa es menos malo para ver. La mayoría son repetidos (típico de las vacaciones!) o entonces películas dobladas de quinta categoría con las cuales ni siquiera se puede esbozar una sonrisa de lo malas que son, con esos efectos especiales de computador viejo... Paso una y otra vez los números del control remoto, para atrás y para adelante, y nada... Hasta toparme con una escena en la cual un coro nada convencional se prepara para hacer una presentación. No reconozco a ningún actor (lo que es una pésima señal, digase de paso) a no ser al que interpreta al director que, más encima no es uno de mis preferidos, pues excepto por un par de filmes medianamente simpáticos y superficiales, se ha dedicado a hacer porquerías de mal gusto. Pero como están a punto de presentarse, decido parar ahí y ver qué es lo que pasa; de repente tienen algo que mostrar. A lo que todo indica, es una de aquellas historias en las cualess ocurre alguna gran transformación por causa de música o danza y el protagonista -que al principio se mostró un canalla calculista y ambicioso- acaba rindiendose al encanto peculiar de la pequeña ciudad y sus habitantes, sobre todo al de aquellos que integran el coro. Hay viejos, jóvenes, presidiarios, negros, blancos, todos formando parte de la ecuménica grey de un pastor idealista y divertido que perpsigue al protagonista hasta convencerlo de dirigir el coro y participar de un concurso que, si ganan, hará posible que puedan invertir el dinero del premio para mejorar la iglesia -que, claro, ayuda a todo el mundo- y mantener el coro...
    "Bueno", pienso "Ya ví esta historia unas cien veces y sé perfectamente cuál es el final, pero vamos, de repente el número musical vale la pena"... Me acomodo en el sillón, arreglo los cojines y me preparo para disfrutar, hasta porque descubro que entre los integrantes del elenco está una cantora que hoy es muy famosa y canta divinamente, entonces, no puede ser tan malo así... Los presentadores anuncian el coro: "Fighting Temptation" (Resistiendo la Tentación) y las luces se encienden, pero ellos, envueltos en una discusión sobre usar un uniforme o no, no aparecen. Instantes de desconcierto y suspenso... Finalmente, el director les manda entrar así como están y ellos aparecen, tímidos y torpes, y van tomando sus lugares. El público, frío, ni los aplaude... Y entonces, la música empieza, con un solo masculino, y yo pienso: "Estos tipos son realmente cantores profesionales!"... Mientras la música transcurre, con un arreglo de erizar el cabello y voces estupendas y llenas de sentimiento; en la tela de la televisión aparece también la leyenda de los versos y yo, que al principio solamente quería escuchar una buena música, empiezo a prestar atención de verdad, pues parecen dirigidos especielmente a mí. (Cuántas veces ya no me ocurrió la misma cosa con escenas o diálogos en películas, canciones, fotografías o textos en libros y revistas? Dios no pierde una oportunidad!) La letra dice: "Yo no soy suficienitemente bueno, pero mismo así El me ama. Yo no soy una estrella brillante ni hago grandes cosas, vivio errando y todos se ríen de mí, pero mismo así, El me ama. Yo no valgo nada, y mismo así, Dios me ama"... En un instante, antes de que terminen el estribillo, se me llenan los ojos de lágrimas y siento el corazón latiendo con fuerza atrás de las costillas, lleno de emoción... "Ah!", pienso, respirando hondo "Por qué a Dios le gusta hacerme estos regalitos encantadores justo cuando estoy con el ánimo por el suelo?" Y en seguida respondo a mi propia pregunta: "Claro, porque El es mi padre! Qué padre no haría todo para alegrar  a su hijo cuando está triste y desanimado?"... Y llego a la conclusión -otra vez, pero siempre como si fuera la primera vez- de que El realmente está velando por mí todo el tiempo, colocando respuestas, pistas, personas y todo tipo de situaciones que hacen que yo lo escuche y aprenda, sepa como actuar y crezca para así cuplir más cabalmente mi papel en esta vida. Sin embargo, también estoy conciente de que si no estoy ligada y atenta, todos sus recados pasarán en blanco, por eso, y a pesar de que a veces estoy tomada por la angustia, el resentimiento o los problemas del trabajo o la familia, siempre trato de mantener una parte de mi mente y de mi espíritu abiertos, atentos a todo lo que sucede a mi alrededor, porque sé que allí mismo pueden estar las respuestas que estoy necesitando. Mis sentimientos personales no pueden estorbar esta comunicación, sino estaré perdida!...
    Como dije antes, cuántos de estos epísodios ya me sucedieron? Cuántas situaciones, personas y visiones fueron puestos en mi camino para enseñarme o responder mis dudas, para inspirarme y volverme una persona mejor?... Créo que perdí la cuenta (eso sin incluir aquellos que dejé pasar) pero puedo  afirmar que en todos eses episodios estaba contenida una lección vital para mi madurez y que traté de aprovecharla al máximo. Lo que  encuentro interesante de este "método" que Dios escogió para comunicarse, es que lo usa como si fuera una especie de juego, de desafio constante, pues para no perder los mensajes es necesario que yo esté siempre ligada y atenta, y que descubra la lección, la pista, la respuesta yo sola. Parece que a Dios no le gustan los "platos hechos" cuando se trata de enseñar -y créo que esto debe pasarle a todo el mundo- o de responder, y prefiere dejar en nuestra mano el trabajo de traducir y llevar a cabo sus mensajes, sin preocuparse  si de repente interpretamos las cosas equivocadamente y terminamos enrollandonos todos... Créo que es aqui que se aplica perfectamente la letra de la música de la película, porque mismo que erremos, que no  brillemos y seamos juzgados y condenandos por ser falibles, Dios continúa dándonos una oportunidad para acertar. Mismo que no consigamos entender o actuar de forma correcta, El continúa a nuestro lado, hablándonos, mostrandose de todas las maneras posibles para que creamos en su amor y en su presencia constante. Créo que para  cada uno de nosotros escogió una forma toda especial y personalizada de comunicarse, algo que tiene que ver con nuestra personalidad, nuestro trabajo, nuestros sueños, un estilo que respeta el nivel espiritual, cultural y afectivo en que  nos encontramos, para que así podamos comprender lo que nos dice y actuar de acuerdo... Nada de violencia o imposición, nada de enigmas o tabús. Dios está aquí, en este escenario, en aquella persona, en estas palabras, en un encuentro, una despedida. Basta creér en esto y mantenerse alerta y abierto, bien dispuesto, porque nuestra fé y nuestra disposición para los milagros es todo lo que El necesita para entrar en nuestra vida y transformarla por completo.

terça-feira, 7 de setembro de 2010

Dos ciclistas

Bueno, conseguí un tiempito para sentarme aqui a escribir hoy en la mañana porque es feriado, entonces no vamos a trabajar. Pero esto no significa que no vamos a ensayar, eso está totalmente fuera de cuestión. A final de cuentas el estreno es este viernes!... Entonces, mismo con la empleada en São Paulo en el casamiento del hermano -se supone que vendría hoy, pero tengo certeza de que no consiguió pasaje, a pesar de que yo le aconsejé a comprar el de vuelta antes de salir- la casa para limpiar y el almuerzo para preparar, todavía me sobran un par de horas y quiero aprovecharlas para cumplir con este deber sagrado: postear la crónica en el blog. La semana pasada no lo conseguí porque tuvimos que resolver un montón de problemas -de esos chicos pero antipáticos- sobre el espectáculo, ver las ropas y darle un sermón a los contra-reglas que más conversan y pierden la hora de mover los escenários o jalar las cuerdas de lo que ayudan. Pobres, es que no están acostumbrados a ese tipo de rutina llena de marcaciones, músicas y otras sutilezas por el estilo, entonces estamos tratando de ser pacientes con ellos. A final de cuentas, su trabajo siempre se redujo a cortar, aserruchar, pintar, clavar, raspar y trasladar cajas y fierros, nunca tuvieron que lidiar con aparecer en el escenario para agradecer, vestir figurines, quedarse callados en las bambalinas y ese tipo de cosa. Pero como estamos en la semana del estreno, las cosas están poniendose medio tensas, porque no puede haber ni un tipo de error en la presentación, lo que significa que se espera de todos nosotros nada menos que la perfección. Las expectativas son gigantescas, así como las perspectivas, entonces tenemos que ser exigentes y no aceptar disculpas para faltas de disciplina... Bueno, como a mí me encantan los desafíos, no me incomoda para nada y estoy segura de que a mis alumnos tampoco. Sé que van a dar lo mejor de sí y que el resultado será magnífico, lo que puede traernos a todos cosas muy positivas en el futuro.
Bueno, y sin más demoras, aquí vá la crónica de la semana:



Apresurada, fuí a atravesar la calle, con la cabeza llena de problemas que resolver, llamadas que hacer, reuniones a las cuales comparecer, listas, relatorios, fechas y horarios, y casi fuí atropellada por un muchacho en una bicicleta azul. Frenó abruptamente, haciendo chirriar los neumáticos y, mirandome con una expresión en la que se mezclaban la reprobación y el descaro, exclamó en un tono insolente, alto lo bastante como para que los transeúntes que pasaban pudieran escuchar:
-Hey, tía, mire por donde anda! La calle no es suya, sabía?.
Yo me quedé paralizada durante algunos segundos, mirándolo como un ratón preso en una trampa, sintiendome impotente delante de su agresiva superioridad, que él exageraba frente a los otros, que contemplaban la escena con curiosidad y un destello de conmiseración. Yo tenía la sensación de que ninguno de ellos arriesgaría el cuello para defenderme o siquiera darle una mirada severa al muchacho que, sabiéndolo, se sentía el rey del mundo, el propio Al Capone de bermudas, condoritos y tatuaje de calavera en la pantorrilla. Su cara era tan tosca, su expresión tan amenazante y su tono tan imponente y descarado, que todos preferían ignorar el incidente a intervenir y llamarle la atención porque, en realidad, debería haber parado, pues yo estaba en la faja de peatones. Pero su talante era igual a tantos otros, que aparecían en el noticiero después de un tirotéo, un asalto, un secuestro, un acierto de cuentas entre cuadrillas, que nadie tuvo el coraje de acercarse para apoyarme. Ni yo misma osé abrir la boca para reclamar o cobrar un poco de educación, pues me sentí impotente y sola ante su baladronada y sus ademanes intimidantes... No tenía más que quince o dieciseis años, cuerpo esbelto y musculoso, forrado de tatuajes y cicatrices, rostro de facciones angulosas, boca gruesa, una ceja raspada en un dibujo, piercing en la lengua, el lábio y el párpado. Vestía bermuda, condorito y camiseta descolorida, unas mechas de cabello castaño apareciendo debajo de su gorra, los ojos obscuros y fríos, con el brillo feroz de quien es obligado a defender todos los días su territorio con una única mirada. La bicicleta que montaba era demasiado pequeña para él, mal conseguía sentarse en el sillín, y el azul cromado estaba casi cubierto por adhesivos y flecos de plástico. A cada movimiento suyo podía escuchar el barullo irritante de las cuentas subiendo y bajando por el aro de las ruedas... Amedrentada, desvié los ojos de él y traté de retomar mi camino, pero él puso la bicicleta delante de mí, riendo burlonamente, y agregó en un tono ronco y agresivo:
-Disculpe, madame, pero estoy medio atrasado, con permiso.- y subiendo de un salto en los pedales, salió a toda velocidade por la calle, riendose a carcajadas.
Yo me quedé para ahí, igual a un perro que llevó una patada, mirando su silueta que disminuía velozmente, el corazón desbocado, la boca seca, temblando de rabia y miedo, pero sin conseguir reaccionar, sintiendome idiota, ultrajada, abandonada... Pero qué estaba sucediendo con esta juventud? Todos ellos se habían vuelto locos? Habían apagado de sus vidas las buenas maneras, las palabras inteligiblels, la compasión? Nadie les había enseñado respeto, consideración? No sabían lo que era una sonrisa?... Tragandome la revuelta y el miedo, dí un paso hacia la otra vereda, cuando divisé, viniendo del otro extremo de la calle, otro ciclista, y paré instantáneamente. El se aproximó, pedaleando a toda velocidad. Era asustadoramente parecido con el anterior: bermuda jeans, camiseta, zapatillas, cabeza raspada en un dibujo tribal, piercing en la ceja, guantes de cuero negro... Eu estremecí y empecé a retroceder... Sin embargo, para mi sorpresa, cuando llegó más cerca, el muchacho disminuyó la velocidad, mirandome con una chispa de simpatía y la sombra de una sonrisa distendiendo su faz morena, y acabó parando como a medio metro de mí. Hizo un gesto con la mano para que yo pasara y, mientras yo obedecía, totalmente desconcertada por semejante cortesía, él dió una mirada hacia la iglesia que se erguia al fondo y, cerrando los ojos, se persignó con profundo respeto. Hasta me pareció que habia murmurado una rápida plegaria y, viendo que ya me encontraba al otro lado, me sonrió fugazmente, montó en su bicicleta nuevamente y se alejó atrás del otro ciclista, zigzagueando entre los buses y los coches.
Me quedé observandolo durante alguns minutos, tomada por un alud de sentimientos que chocaban entre sí. Porque hacía mucho tiempo que no llevaba una sorpresa así... Pues quién diría? El muchacho de cabeza raspada y piercing en la ceja, tatuaje de sirena en el brazo y pulsera de metal con clavos, se persignó respetuosamente, murmuró una oración mínima pero profunda, como un chico bien educado, anticuado, ingenuo, crédulo, hasta devoto, quién sabe -de aquellos que ya no existen más, por lo menos no con ese aspecto de rebelde- y aún tuvo la caballerosidad de cederme el paso a la hora del rush haciendo ese gracioso gesto con su brazo fino y nervudo... Mientras retomaba mi camino, pensé, admirada: "Cómo pueden dos personas tan parecidas, que talvez viven por la misma ideología, desenvuelven los mismos comportamientos y lenguajes, actuar de maneras tan diferentes?"... Me pregunté qué habría sido lo que provocó esa diferencia en sus actitudes. En qué punto del camino y por cuál capricho del destino escogieron, uno asumir su lado obcuro y peligroso, y el otro continuar cultivando la bondad y la fé? Eran tan parecidos que podrían pasar por hermanos, con certeza provenían de poblaciones de la periferia, pobres y abandonadas, asoladas por cuadrillas y violencia, y no se hacían ilusiones respecto a sus futuros; y a pesar de esto, uno de ellos había conseguido, de alguna forma, mantener los valores, la fé, em comportamiento cierto para poder convivir en paz con el resto del mundo. La esperanza y unas gotas de inocencia y optimismo todavía brillaban en su mirada, se adivinaban en sus gestos. Ya en el otro muchacho pude observar un abismo, un túnel sin salida, una puente que había sido quemada; algo sin vuelta, sin futuro. Ni en sí mismo ele creia, a pesar de su pose y sus baladronadas, que daban la impresión de que era el dueño del mundo y podía hacer lo que quisiese en él y con las personas que vivían allí.
Llegué a mi trabajo todavía pensativa, preocupada, y me senté en mi oficina en silencio, meditando, reevaluando aquella máxima que dice que lo que vale es la primera impresión. pues aquel incidente la había derribado nuevamente. Porque no era la primera vez que comprobaba esto y, percibir que podemos, a veces, ser fácilmente engañados por una cara fea, una ropa zurrada o un lenguaje deficiente, siempre reencendía mi esperanza de que todavía tenemos salvación, de que podíamos creér los unos en los otros sin importar lo que pareciésemos a primera vista... Pena que estemos tan ligados a la imagen, al status, al poder -y este error crece cada día más- y nos séa tan difícil ver el verdadero ser humano que está delante de nosotros. No estoy excenta de este pecado y lo cometo una infinidad de veces, pero hay días en que, como en aquella mañana, la verdad surge de repente frente a mí como para recordarme de no juzgar ni condenar sin conocer, para convidarme a dar una oportunidad. No que esto va a hacer desaparecer la maldad o a las personas negativas, mas por lo menos, nuestras conciencias quedarán tranquilas si le concedemos, ni que séa por algunos minutos, otra oportunidad a aquel que Dios coloca en nuestro camino.