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domingo, 2 de agosto de 2015

"Fachadas"

    Aprovechando este día lluvioso al lado de la estufa, voy a sentarme a escribir porque ya tengo algunos otros cuentos en la cabeza. Hoy habrán otros tres para que ustedes también se sienten al lado de la estufa a leer, con una tacita de té y unas tostadas. ¡Vayan a pazaldunate-historias.blogspot.com y pásenlo bien!
    Y por ahora, aquí va la crónica de la semana, un poco más larga que lo habitual. Debe ser el frío y la lluvia que me inspiran...


    Y al final, era pura fachada... Pero cuando yo pasaba, dos o tres cuadras más abajo, y  miraba, e veía realmente impresionante con sus dos torres coloniales y su campanario coronado por la bella cruz de metal trabajado. Debía ser una cosa linda por dentro, llena de reliquias, conservada como patrimonio histórico de la ciudad, con baldosas, pilares, altares y estatuas originales. Al vez hasta tuviera un púlpito de esos de madera labrada y el techo pintado a mano con imágenes de santos y ángeles... Todas las veces que pasaba por la esquina y distinguía sus torres al fondo, gallardas  e imponentes entre los edificios modernos y el tráfico ensordecedor, me decía que planearía una visita especial, con tiempo suficiente para disfrutar cada rincón y hasta sacar algunas fotos para postear en mi face y mostrarle a mis amigos las bellezas bien conservadas de Santiago.
    Demoré, pero finalmente me organicé, hice la siesta más corta y fui a conocer la iglesia de Santa Ana. ¡Debía ser importante, ya que hasta una estación del metro habían construido, con salida a la puerta del atrio de la iglesia!... Cuando llegué, me encontré con una simpática y florida plazoleta junto al patio de la parroquia, cercado por una reja verde. Viéndola así, más de cerca, parecía bastante maltratada, con la pintura descascarada y las paredes enmohecidas. La puerta por la que entré estaba opaca y arañada, un poco chueca. Tal vez estaba medio descuidada porque era una puerta lateral, pensé, mientras adentraba, finalmente, en aquel baúl de tesoros.
    ¡Pero qué decepción me llevé!... Por dentro daba la impresión de que uno había entrado al lugar equivocado... No había nada: ni santos, ni altares, ni pinturas o candelabros, no había púlpito, obras de arte en el techo, columnas labradas, baldosas originales... Apenas bancos de madera burda, altares vacíos, quebrados, parches de yeso blanco en las paredes, cables eléctricos cruzando la nave entras, unas luces hechizas que le daban un aire tétrico al recinto. No había un altar mayor con una cruz o alguna imagen sagrada, apenas un mesón tosco cubierto con un paño blanco ordinario, sin bordados, sin flores, y al fondo una pared de madera beige que no llegaba al techo -donde estaba pegado un afiche sobre las misiones y las vacaciones. Atrás, aparecía una red negra cubriendo el espacio entre la pared de compensado y la bóveda. Más atrás, las siluetas de algunos andamios... Yo estaba desolada, pero al ver los andamios y las armazones de metal, me di cuenta de que estaban arreglando la iglesia, entonces tal vez todo aquel vacío, aquel desorden y precariedad se debiesen a eso. No era el momento de visitarla, de querer encontrar belleza, historia, arte. Tendría que esperar un poco y, a pesar de la decepción, salí de allí pensando que, con certeza, valdría la pena y toda esta fealdad sería olvidada cuando el trabajo estuviera terminado.
    Pero también salí reflexionando sobre otras cosas. ¿No hay a veces personas que se parecen a esta iglesia?... Una fachada imponente, pero con el interior vacío y remendado, lúgubre, sin nada a ofrecer a no ser lo básico. ¡Qué decepción nos llevamos entonces! Damos media vuelta y abandonamos a esa persona sin pensar que -como la iglesia de Santa Ana-  ella podría estar en reforma, podría tener arreglo, podría quedar bella y acogedora. Todo esto si alguien decidiera invertir en esta remodelación. Las personas a veces pasan por procesos que desconocemos y para los cuales no tenemos la paciencia o la compasión para descubrir y participar. Nadie diría -por la fachada- que la parroquia estaba con tantos problemas. Sólo entrando para darse cuenta y, en vez de retirarse, permanecer para ayudar, como aquellos feligreses que participaban de la misa ese domingo en que yo fui.
    Sí, hay que entrar, hay que asustarse, conmoverse, decepcionarse, pero luego hay que respirar hondo y disponerse a ayudar, pues sólo así la construcción no se derrumbará.

domingo, 20 de julho de 2014

"¡Por Dios, cómo el tiempo vuela!"

    Parece que definitivamente nuestro "Veranillo de san Juan" se terminó. Después de una semana de sol esplendoroso y temperaturas primaverales, hoy amaneció frío y con una niebla espesa que no sé de dónde vino, porque ayer estaba completamente despejado. ¡No da para ver ni el San Cristóbal y mal se distinguen los edificios de la vereda del frente!... Sólo espero que más tarde esto se disipe, porque si no es capaz que me pierda cuando salga a pasear con mis perritas... Es muy raro mirar por la ventana y no ver nada fuera una cortina blanca. Parece que uno está soñando. Es la misma sensación que tenía cuando era chica e iba al colegio en un día así. Para llegar al liceo tenía que atravesar un sitio vacío rodeada por esta niebla, y siempre tenía esa sensación de que nunca iba a conseguirlo, de que iba a ser engullida por aquella nube espesa... Menos mal que, efectivamente, estaba despierta y, al poco de caminar, un poco vacilante, tengo que admitirlo, divisaba los edificios y las rejas del liceo... Pero el susto y la sensación extraña me los pasaba igual.
    Y como hoy ya no tengo que ir al colegio -hasta porque es domingo- puedo sentarme tranquilamente aquí y postear mi crónica de la semana sin preocuparme de ser devorada por esta neblina londrina que toma cuenta de la ciudad.


    Realmente me siento fascinada por esta cuestión del tiempo, de vivir en el presente, de ser como los perros, que disfrutan el aquí y el ahora sin problemas. Porque, si paramos para pensar, eso es todo lo que realmente tenemos. Ni siquiera podemos prever el siguiente minuto de nuestra vida, a no ser que tengamos un don sobrenatural. Toda ella está hecha de un constante presente y nada más. Entonces, se supone que esta consciencia debería preservarnos de toda ansiedad y temor, pero desgraciadamente no es así. No se si se debe a que estamos siempre trazando planes y preparando nuestro futuro -y a veces el de los demás- y la expectativa de que nuestros proyectos tengan éxito nos impide percibir que la única realidad es la que sucede en este momento, entonces nos afligimos por acontecimientos que no existen y vivimos con la cabeza en el mañana, dejando pasar el presente como si no tuviera ningún valor.
    Yo sé que uno necesita tener objetivos y planear las estrategias y caminos para alcanzarlos, pero a veces este trabajo nos consume de tal manera que no nos damos cuenta de que no estamos viviendo el presente, que es la verdadera realidad. Creo que de ahí viene la sorpresa que nos invade cuando un día nos miramos al espejo y exclamamos, asustados: "¡Por Dios, cómo el tiempo vuela!", y nos sentimos perjudicados por su prisa y su falta de consideración... Sin embargo, si hubiéramos vivido nuestro presente al mismo tiempo en que planeábamos el futuro, a lo mejor no nos llevaríamos una sorpresa tan desagradable.
    ¿Pero será que esta combinación es posible? ¿Será que podríamos conseguir el equilibrio entre estos dos estados de consciencia?... Se cree que vivir sólo el hoy puede ser una actitud irresponsable. Pero vivir sólo enfocado en el futuro también lo es. Entonces, ¿qué hacer?... Tal vez planear el mañana y construirlo día a día, sin adelantarse, haciendo que nuestro presente bien vivido sea como un grano de arena -colocado uno de cada vez- en la construcción del edificio de nuestra existencia.
    ¿Será que consigo vivir así?...

sábado, 1 de março de 2014

"Terrazas"

    El verano empieza a despedirse lentamente: mañanas más frías, tardes con viento y nubes, algunas hojas amarilleando en los árboles. Creo que en algunos días voy a tener que agregarle una frazada a mi cama... Pero no estoy disgustada o triste, porque cada estación tiene su encanto. Me encantan las calles forradas de hojas amarillas y rojas y el dramatismo de los árboles desnudos, el té caliente, la estufa prendida, el chamanto en el sofá, las perritas con sus capas de polar, la sopita frente a le tele... Y después todo florece de nuevo y se llena de color y perfume. Es bueno el invierno porque así apreciamos todavía más la llegada de la primavera y del verano. El invierno climático y a veces espiritual nos prepara para el renacer, siempre.
    Y con una tacita de té al lado, aquí va la de esta semana:


    En un edificio de departamentos las terrazas toman el lugar del jardín, mismo si dramáticamente más chicos que éstos, y allí -como en los patios traseros de las casas- se puede descubrir buena parte de la historia de una familia. Bicicletas -bien engrasadas o llenas de polvo y moho- colgadores de ropa revelando las intimidades de sus habitantes, juguetes, cajas, plantas -lozanas y bien cuidadas o mustias y amarillentas en maceteros descascarados- juegos de mesa y sillas de plástico o metal, ceniceros, colgantes de bambú, vidrio o aluminio, enrejados para proteger niños chicos y animales... En algunas se organizan fiestas, en otras se lee, se digita, se habla al celular por horas. Algunas reúnen amigos o niños que se las arreglan para inventar un mundo de fantasía en el cual vivir sus aventuras. Otras poseen pequeñas huertas o primorosos jardines en miniatura. En unas pocas, perros aburridos le ladran a todo y gatos perezosos se estiran al sol o se esconden del calor. Hay algunas jaulas con canarios o conejos (esas son las excéntricas) y en las más tristes se amontonan cajas de cartón, colchones, arreglos florales decrépitos y restos indefinidos de que se llenan de tierra en su abandono... A esas terrazas nadie se asoma porque se transformaron en paliativos para la falta de espacio, entonces no forman realmente parte de la vivienda. Es como un apéndice feo y abarrotado de trastes que todos quieren olvidar.
    Pero otras veces, las terrazas son como la continuación de la sala, entonces los moradores abren las cortinas sin recelo -quien sabe hasta con algo de orgullo- y podemos ver un poco de su vida, sus rutinas, sus tesoros; podemos escuchar sus voces y atisbar sus rostros y cuerpos, sus movimientos, la interacción entre ellos...
    En Brasil, yo solía espiar por las ventanas de las casas cuando pasaba frente a ellas o entonces intentaba divisar alguna parte de sus patios traseros para tratar de adivinar quiénes eran sus habitantes, qué hacían, lo que tenían, lo que vestían, cómo celebraban sus fiestas, o pasaban los fines de semana. Los jardines del frente eran casi siempre bastante descuidados, sin ningún paisagismo; un montón de plantas, pasto y tierra desordenadamente esparcidos y llenos de maleza y piedras pintadas con cal que en algún momento trataron de definir límites pero que fueron vencidas por el descuido. Como casi siempre hacía calor, puertas y ventanas permanecían buena parte del día abiertos de par en par, entonces no era difícil descubrir alguna cosa sobre las personas que vivían allí. Aquí son más discretos, medio desconfiados, tal vez porque están demasiado cerca unos de los otros. Quizás la ciudad es muy grande y hay tanta gente que se sienten invadidos mismo estando dentro de sus casas. Aquí no hay plantaciones de maíz o soya al final de la calle. Hay más avenidas, más edificios, más autos, construcciones que nacen intempestivamente y se van irguiendo, insolentes, tapando la vista del cielo y de la cordillera, ayudadas por esos dragones ruidosos que estiran sus cuellos peligrosamente por encima de sus cabezas... Sí, aquí lo único que les resta son las terrazas, mezquinos rectángulos de aire y espacio en los cuales todavía pueden jugar a tener un jardín y salir a aliviarse del encierro diario.