sábado, 29 de junho de 2013

"Rutina"

    Ayer estaba dándole una mirada a esa parte del blog donde salen las estadísticas de visitas, países, crónicas más leídas y todo eso y me dí cuenta -en realidad lo confirmé- de que ustedes, mis lectores, nunca postean comentarios acerca de las crónicas y me quedé curiosa y un poco frustrada. Porque si no me dicen nada, ¿cómo voy a saber si les está gustando, si debería cambiar alguna cosa como los temas, la frecuencia de posteo o cualquier otro ítem que volvería los textos más interesantes para ustedes? Mi intención al escribir y publicar mis textos no es sólo pasarlo bien, decir lo que pienso o hacerme popular, sino también -y principalmente- llegar a ustedes, contribuir con mis palabras para que algo positivo suceda en sus vidas o para que reflexionen sobre algunas cosas, para que miren a su alrededor y se den cuenta de lo que sucede, para que vean a los demás y, si pueden, hagan algo por ellos. Me gustaría que percibieran todas las pequeñas cosas maravillosas y los personajes únicos que existen  en sus vidas y que esto los ayudara a ser más felices... Bueno, como ven tengo un montón de buenas intenciones al postear estas crónicas, pero hasta ahora no he tenido casi ningún feed back de parte de ustedes, entonces de repente me siento un poco perdida. Sé que ya tengo un cierto estilo y que prefiero unos temas a otros, pero a lo mejor se me está pasando alguna cosa sobre la cual a ustedes de gustaría leer o que tal vez me traería más seguidores, pues mi intención es alcanzar a la mayor cantidad de personas posible, dentro de mi modesto aporte, claro... Entonces, hoy día, en vez de hablar de cómo van las cosas en mi vida, preferí ocupar el espacio para pedirles que, por lo menos de vez en cuando, postéen algún comentario que me dé luces sobre mi desempeño... De repente uno piensa que lo está haciendo el descueve y la está puro cagando, ¿no es cierto?... Entonces, denme una ayudita a ese respecto, ¿ok?... ¡Se los voy a agradecer inmensamente!
    Y ahora sí, la crónica de la semana. ¡Vamos a ver si se animan y ponen algunos comentarios!...


    La pequeña y tradicional feria de libros de la plaza en la esquina de la inmensa iglesia tuvo que salir de allí porque, finalmente, van a remodelar todo el lugar y construir locales apropiados e iguales para los comerciantes, hacer jardines, baños y hasta poner una fuente. Entonces, por el momento, están acomodados en unos contenedores en otra plaza al frente de la suya. Deben ser unos diez o quince, con tres cubículos cada uno, donde ellos guardan sus libros y en cuya frente ponen sus mesas y estanterías bajo unas carpas para exponerlos cada día. Lo malo es que no pasa mucha gente por esa parte de la plaza -fuera que el suelo de arenilla está casi siempre mojado por el riego matutino del pasto- por lo que las ventas no deben estar muy buenas, pero todos se están aguantando porque saben que no será por mucho tiempo y así continúan trabajando con ánimo y firmeza, bien dispuestos  y parlanchines. Yo cruzo con ellos todos los días, cuando están acomodando su mercadería en las mesas y estanterías, armando sus tiendas, y no deja de admirarme cómo son capaces de repetir esto cada día de la semana, y la siguiente y la otra. Creo que, junto con algunos otros con quienes me cruzo a diario, son los reyes de la rutina...
    Ah, la rutina, esa cosa maligna a la que todos le tenemos tanto miedo y de la cual somos capaces de hacer cualquier tontería para escapar... Pero pensándolo bien, sin prejuicios, la rutina no es esa villana que pintan por ahí. Veo eso todos los días, cuando doy mi caminata por el parque: los barredores empiezan toda mañana en una punta y terminan la opuesta, para hacer todo de nuevo al día siguiente. Y cada mañana  empiezan con el mismo ánimo y hacen su servicio muy bien hecho. Y así también los jardineros, los empleados de los restaurantes que cada día ponen y retiran las mesitas y los guardasoles de la vereda, los que transportan sus carritos con naranjas para vender jugo, los que entregan pan, verduras, mercaderías a las tiendas y cafés... Algunos parecen aburridos, malhumorados y cansados, claro, sin embargo una buena parte de ellos se muestra animado y alegre porque con certeza perciben que esa rutina los llevará a algún lugar, les proporciona estabilidad, equilibrio, confianza. Pone orden en sus vidas y les revela pequeños milagros que los ayudan a seguir adelante, les enseña valiosas lecciones, les regala encuentros importantes, agradables... Si lo pensamos bien, un poco de rutina en nuestra existencia es imprescindible, pues es inmersos en ella que existimos: respirar es una rutina, dormir, despertar, comer, caminar, hablar, pensar; pero nos corresponde a nosotros transformarla en algo productivo, creativo, positivo para nosotros mismos y para los  demás. Lo que realizamos cada día puede ser sagrado, precioso, puede transformarse en una revelación sobre nosotros mismos y nuestra relación con los otros. Basta que no lo encaremos como una maldición sino como una oportunidad, única y peculiar a  cada día, de mejorar lo que ayer no conseguimos hacer tan bien, ya que hoy tenemos la chance de repetirlo.
    Existe en el Butoh (danza teatro japonesa) un ejercicio -el kata- que consiste en repetir una pequeña secuencia de movimientos exhaustivamente, con serenidad y precisión, con la máxima perfección, hasta que, en un determinado momento nuestro cuerpo, espontáneamente, crea un nuevo movimiento que se agrega al que iniciamos, y, siguiendo así, terminamos por crear y ejecutar una coreografía completa, mental y físicamente, nacida de la repetición de algunos movimientos simples.
    El otro día vi  en la televisión una propaganda que resume perfectamente el concepto: "Son esas cosas que hacemos todos los días las que hacen que lo extraordinario acontezca".

sexta-feira, 21 de junho de 2013

"La nueva diversión"

    Semana de conflictos y decisiones difíciles, algo de desánimo y menos inspiración.. Es duro cuando tienes demasiadas cosas en la cabeza... ¿Por qué los conflictos de familia tienen que ser tan difíciles?... Tal vez porque estamos demasiado involucrados con todas las partes, entonces el stress, el equilibrio y cualquier decisión se vuelven algo confusos, porque siempre se tiene miedo de errar y de lastimar a alguien mismo sin querer... Pero supongo que no se puede huir eternamente de los enfrentamientos necesarios para conquistar la libertad, la tranquilidad y la felicidad... ¡Coraje, entonces!...
    Y para olvidar un poco todo este embrollo, aquí va la de esta semana.
    "Es increíble cómo nos acostumbramos a vivir en espacios cada vez más pequeños. Fuimos reduciendo salas, terrazas, cuartos, baños y cocinas en pro de una mayor cantidad de personas viviendo en un mismo lugar. Y es curioso porque, en oposición a esto, las calles se hicieron más anchas y se multiplicaron, el número de barrios aumentó, la locomoción, las tiendas y mercados, las villas suburbanas. El espacio para que transitemos es mayor, sin embargo, aquel en el cual vivimos es minúsculo (tal vez porque pasamos más tiempo fuera que dentro de él, lo que lo hace parecer menos importante) estamos topándonos a cada momento, escuchamos la música, las discusiones y los telefonemas de nuestros vecinos. Nos enteramos de sus desacuerdos y de sus fiestas, sentimos el olor de lo que cocinan y escuchamos el tintineo de platos ollas y cubiertos. Estamos tan próximos que sabemos a qué horas despiertan y cuándo llegan a casa, cuáles son sus programas de televisión favoritos, su equipo de fútbol, su tipo de música, si están resfriados, si fueron al baño y tiraron la cadena... Las paredes son como papel, como la cáscara  de un huevo que tiene un par de ventanas y a veces una terraza minúscula que normalmente es usada para colgar ropa o amontonar cajas y plantas secas. ¡Claro!, ¿quién va a querer salir al balcón para disfrutar del aire fresco o del paisaje y en vez de eso encontrarse con el vecino del frente a diez o quince metros regando unos helechos medio secos, fumando o discutiendo al celular? Si se descorre la cortina puede verse todo el interior de la vivienda: sus tesoros, su desorden, sus actividades, al resto de la familia en una incómoda intimidad... No hay más privacidad, definitivamente, y yo creo que es justamente por eso que estamos volviéndonos tan desconfiados y hostiles, que vivimos tratando de alejarnos unos de los otros. Ya existe demasiada cercanía, demasiada invasión en nuestras propias moradas, cualquiera puede espiarnos y saber quiénes somos, lo que hacemos, a qué horas lo hacemos y cómo lo hacemos, lo que tenemos. No hay más jardines con  prados y terrazas con guardasoles, no hay ventanales hacia el cielo, no hay más silencio y tranquilidad de hogar, de reino conquistado. No, no somos más los señores de nuestros castillos, pues éstos fueron demolidos y reemplazados por habitaciones con paredes de vulcanita y puertas de compensado. Nuestros jardines son mezquinas terrazas desde las cuales soñamos volar y debemos ser siempre cuidadosos con lo que hacemos y decimos porque puede haber alguien más  observando o escuchando.
    Entonces, ¿cómo podemos vivir tranquilos y sentirnos cómodos si tenemos a todo instante esta sensación de pequeñez, de aprieto, de estar siendo espiados y juzgados por un montón de desconocidos? ¿Y cómo podemos evitar hacer lo mismo con ellos?... Pues parece que este es el hobby de moda en las grandes ciudades donde las personas se amontonan y se mezclan de esta manera. La televisión no basta con su estupidez. Ahora tenemos la vida de nuestros vecinos para ver y apostar.

sábado, 1 de junho de 2013

"Contagioso"

    Bueno, supongo que también saben lo que pasa cuando uno sale de vacaciones, mismo que sea por cuatro días... Uno hace la maleta y pone adentro el cuaderno de apuntes y la lapicera y el laptop y se sube al auto totalmente convencida de que tendrá un tiempito para sentarse a escribir en alguno de los acogedores rincones del hotel porque, a final de cuentas, Valparaíso es una ciudad llena de encantos y vericuetos inspiradores, entonces... Pero así que llega y bota las maletas encima de la cama y se reúne con el resto del grupo para empezar a discutir sobre las visitas, los restaurantes, los ascensores, playas y lugares que no se puede dejar de visitar, a uno le empiezan a bajar unas dudas tremendas sobre la real posibilidad de llegar a escribir una palabra que sea... Y efectivamente, después de días llenos de visitas, subidas y bajadas de dar vértigo, miles de fotos y recorridos fascinantes por lugares maravillosos -como la casa de Pablo Neruda y sus cinco pisos delirantes- lo único que uno hace cuando llega a cualquiera de los acogedores rincones del hotel es tirarse en el sofá más cercano y quedarse en estado de choque de tan cansada. Y no es que no le vengan ideas a la cabeza, pero se está tan cansada y repleta de información que necesitaría algunos días para procesarla y transformarla en algo literario... No digo que no conseguí tomar algunas notas, pero sentarme a postearlas me pareció un crimen, sobre todo considerando que teníamos tan pocos días para disfrutar de Valpo y sus peculiaridades, históricas y prosaicas... Menos mal que nos volvimos a Santiago justo antes de que se desatara el segundo diluvio universal, entonces aproveché los días de lluvia para poner todo al día y así no sentirme tan culpable por haberlo pasado tan bien, olvidándome de mis deberes literarios.
    Y ya de vuelta a las deliciosas rutinas que hacen de la vida un encanto cuando no te destruyen, aquí va la de la semana:


    Allá viene él, arrastrando su cuerpo gordo y desaliñado como si fuera un fardo insoportable, con sus zurradas sandalias café y las medias de algodón blanco, anteojos empañados de grasa, cabellos aceitosos y en desorden, ojos de total desinterés, la espalda curvada por un peso invisible e insoportable. Camina sin un rumbo muy determinado, llevando a dos poodles blancos amarrados en unas correas que cuelgan como dos huiros secos de sus manos morenas. No habla con nadie -pues a pesar de que pasea casi todos los días por este lugar, parece no haber hecho amistad con las personas que están siempre por aquí- y está todo el tiempo con esa expresión de aburrimiento y total desinterés. Traer a los perros a caminar en la mañana, no muy temprano, parece ser algún tipo de doloroso castigo impuesto por una mujer tirana o unos hijos dominantes, al que él se muestra tristemente dócil y resignado... Francamente, no me lo imagino discutiendo con alguien para defender alguna opinión. No, este tipo parece alguien a quien ya no le importa nada, que pasa los días  echado en una poltrona viendo televisión y sólo se levanta para comer, ir al baño o dormir. Más rezonga que responde cuando le preguntan algo, pero en general su opinión no debe ser muy requerida, entonces se lo pasa en silencio, con la mente vacía, el cuerpo lacio, sin ganas de nada... Sin embargo, lo que realmente me da pena cuando me cruzo con él son esos dos poodles. ¡Los pobres tienen una expresión tan aburrida y andan con tanto desgano! Ni siquiera tiran de la correa para dar unas alegres corriditas atrás de las palomas o cabriolar por el pasto. No, en  vez de eso van por ahí soltando unos suspiros lastimosos, suben apáticamente a los canteros para hacer sus necesidades y en seguida regresan junto a su dueño con pasitos tímidos y apocados, como si tuvieran vergüenza y lástima del humano al que son obligados a acompañar. Pero  en el fondo lo que deben tenerle es un tremendo resentimiento, porque es su comportamiento aburrido el que determina el ritmo del paseo y, aunque estén disgustados, no pueden evitar asemejarse a él. Creo que ya están hasta resignados, entonces van por ahí, de cabezas gachas y colas caídas, orejas mustias, ojos húmedos de secreta ansiedad, andando desganadamente entre el mar de gente que circula por el paseo, imitando con secreto rencor a este dueño aburrido y desengañado de la vida.
    Yo los veo pasar y me admiro al comprobar cómo el ser humano tiene la capacidad asombrosa de contagiar a todo lo que lo rodea con su propio carisma. Cuartos, locales de trabajo, animales, novios, hijos, autos, jardines, todo refleja su estado de espíritu, sus creencias, sus sueños, sus decepciones y frustraciones, su rabia, su felicidad. Si nuestro espíritu está en caos, todo a nuestro alrededor será un desorden total. Si estamos felices nuestra casa se verá iluminada y armoniosa. Si tenemos buen humor nuestras mascotas usarán collares o pañuelos de colores y con estampas divertidas. Si estamos enamorados colocaremos flores en la ventana... Así, nuestro carácter es, efectivamente, contagioso porque, queramos o no, tiñe el mundo en que vivimos y a las personas con quienes nos encontramos, afecta todo y a todos. Mucho  -o quizás todo- puede ser dicho sobre nosotros observando nuestro escenario, por eso hay que trabajar  y esforzarse para estar bien, para que acontecimientos y personas positivas hagan parte de nuestra vida, para cultivar la compasión, la generosidad, la responsabilidad, la gentileza y la buena voluntad, pues así todo lo que se relacione con nosotros será un regalo para el mundo y contribuirá para su ppaz y su felicidad.

sábado, 18 de maio de 2013

"Cosas conocidas"

    Y eso es lo que pasa cuando uno se muda de departamento: todo queda patas para arriba y las rutinas se van al diablo... Infelizmente, todavía no nos cambiamos a nuestro departamento definitivo, pero decidimos salir del condominio donde estábamos porque ya no aguantábamos más a los vecinos. Era un tal de fiestas escandalosas todos los fines de semana -y a veces en medio de ella también- peleas, gritos, perros ladrando y niñitos con rabietas homéricas, tipos siendo presos por vender ropa robadas, sesiones de sexo en stereo y prostitutas siendo empujadas de los balcones, más la mala educación y sinvergüenzura de algunos conserjes, que simplemente nos hartamos y pedimos para que nos cambiaran de edificio. Gracias a Dios el hotel tenía algunos departamentos en el condominio vecino y para allá nos fuimos con camas y petacas... Es algo menor -si  esto puede ser- que el otro, pero está en el primer piso y las ventanas dan para un patio de piedras bastante singular. Por la mañana el sol entra a raudales y calienta las habitaciones deliciosamente, el televisor es de mejor calidad, tenemos el gimnasio y la lavandería en el mismo corredor y el baño es un poco más grande, con un armario espectacular... En fin, que ahora dormimos como troncos, no tenemos vista a ningún balcón de vecino y los conserjes son bien educados y, hasta el momento, totalmente decentes. El silencio aquí es delicioso y hasta tenemos un pequeño espacio con un escritorio y unas repisas donde podemos poner el computador y digitar sin quedarnos curcunchas.
    Y con todo esto, como pueden imaginarse, la semana pasada fue medio difícil escribir, pero como ya está todo en sus lugares -aunque un poquitín más apretado- y yo estoy sola en el departamento (del cual estoy totalmente enamorada) entonces aquí va la crónica de la semana.


        Paso cada mañana por varias calles, frente a edificios, doblo esquinas, camino junto a canteros y negocios de todo tipo, estacionamientos y kioscos y siempre me sorprende percibir cómo cada uno de los que se mueven en estos lugares parecen haberlos hecho suyos. Se ven cómodos, relajados, dueños de la situación. Cada cual conoce su territorio, dónde empieza y hasta dónde va, y estos límites casi pueden tocarse de tan claros. Parecen conocer a todos los que pasan, cada piedra, cada árbol, cada pared y puerta. Son suyos y los cuidan, los protegen, no admiten invasiones... Es lo que conquistaron, lo que conocen y dominan, donde encuentran felicidad y prosperidad.
    Todos queremos cosas conocidas, queremos estar con personas y en lugares donde nos sintamos cómodos, protegidos y tranquilos, por eso tenemos la costumbre - en parte por auto preservación-  de crearnos territorios donde nos movemos con absoluta desenvoltura y seguridad. Son calles, cuartos, edificios, parques, tiendas, espacios donde somos como los dueños, desde los cuales podemos ver mejor a nuestro alrededor, aclarar nuestras ideas, planear nuestro futuro y llevar a cabo nuestras rutinas y sueños, donde podemos reponer nuestras energías e inspirarnos. A nadie le gustan mucho las sorpresas ni tener que abandonar su zona de confort para enfrentar desafíos inesperados. Parece que echamos raíces en ciertos espacios y los volvemos nuestros, les imprimimos nuestro carisma, los pintamos con nuestros matices y los ordenamos a nuestra conveniencia, para que sirvan a nuestros propósitos y a nuestras posibilidades. Un pequeño y completo universo que tiene perfecto sentido dentro del universo infinito que no comprendemos  ni imaginamos y en el que somos menos que un grano de arena. Pero es esta creación la que nos hace sentirnos únicos y seguros, importantes, pues en ella somos alguien, jugamos un papel insustituible que de alguna manera afecta y puede cambiar el universo de los demás. Conseguimos de alguna forma, mismo siendo seres individuales, crear y mantener estos mundos separados para que funcionen como una sola cosa que nos haga crecer, avanzar, madurar y realizarnos en todos los sentidos.
    La unicidad del ser humano y sus ambientes -que son tan peculiares cuanto él mismo- es lo que torna esta vida tan fascinante, tan llena de sorpresas y diversidad. Entramos y salimos constantemente de nuestro hábitat para actuar en el de otros, pero siempre llevamos algo nuestro, dejamos nuestra marca, así como otros dejan su huella en el nuestro, y es este intercambio, esta herencia, que unos dejamos en el mundo de los otros lo que puede ocasionar los grandes cambios que harán nuestra existencia mejor, más valiosa, sabia y compasiva.

sábado, 4 de maio de 2013

"La primera vez"

    ¿Hay algo más animador y reconfortante que la salida del sol en medio de las nubes?... Pues así están los días últimamente. A pesar del frio -¡vivan las estufas!- y de los cielos nublados en la mañana temprano, a pesar de esa lluvia que  cayó con fuerza durante toda la noche, en algún momento el sol se asoma, nos calienta el cuerpo y el corazón y nos descubre la maravilla que es la cordillera en su primera nevada... ¡Dan ganas de salir corriendo a encontrarse con ella y hacer una guerra de bolas de nieve!... Siempre digo que cada estación tiene sus encantos, pero parece que aquí ellos son mayores, aunque soy sospechosa para hablar de esto, porque estoy demasiado enamorada de mi país y estoy convencida de que nunca se me va a pasar... Bueno, esa es la idea.
    Y entre tanta pasión y el calorcito acogedor de la estufa que seca un poco el aire pero evita que estemos tiritando miserablemente, aquí va la de la semana.


    Estaba aquí sentada en el computador pasando en limpio los textos de mi diario para el computador, aprovechando la tranquilidad de esta tarde nublada, cuando llegué a una parte en que hablo de los pobres que cuentan las monedas para el ómnibus mientras aguardan  en el paradero, y de repente, me vino a la mente la primera vez que vi este gesto en otra persona: era un hombre delgado y bajo, ya no tan joven, que esperaba la micro en un paradero por el cual yo pasaba. Vestía un ternito de color incierto, brillante por el uso, pero muy atildado a pesar del cuello y los puños de la camisa raídos, prolijamente remendados. Yo iba paseando, creo que volviendo a casa después de las clases, entonces tuve tiempo de observarlo detenidamente. No sé por qué me llamó la atención, pero mis ojos cayeron sobre él en el exacto instante en que se metía la mano al bolsillo de la chaqueta para sacar un puñado de monedas. Las dejó en su mano abierta, una mano morena y de piel gruesa, sufrida, y con la otra empezó a revolver el montón buscando sencillo para pagar la micro. Contaba cuidadosamente, con atención y diligencia, con la minuciosidad de quien no puede desperdiciar ni siquiera las moneditas que nadie quiere. Se inclinaba atentamente sobre su mano, frunciendo un poco el entrecejo, y modulaba con los labios finos la cuenta para completar lo que necesitaba.
    Yo simplemente paré, movida por un sentimiento que no conseguía comprender, pero que me calaba profundo como muy pocas cosas lo habían hecho en mi vida a esa edad, unos doce o trece años. Tuve una percepción tan brutal y conmovedoramente clara de la historia de aquel hombre, todo escrito en su postura, en su ropa, en su rostro, su cabello cuidadosamente peinado con gomina, en los zurcidos tan esmeradamente trabajados, en el empeño de verse decente, honesto, trabajador, humilde pero digno, entero, consciente de su pequeñez pero no amilanado por ella... Su imagen y sus gestos me golpearon allá en el fondo,  en un lugar que todavía no conocía, donde se despertaba por primera vez la percepción, la comprensión, la reflexión y una de las primeras lecciones conscientes que recibí a través de este don... Curiosamente, y a pesar de haber sido una experiencia tan fuerte y marcadora, ella nunca fue traducida a palabras, no se me ocurrió en ese momento, ni después, sentarme y escribir sobre ella, mismo si jamás la olvidé, y hoy me doy cuenta de que aquella fue la primera vez en que el don de la percepción y la interpretación e identificación con los otros se manifestó, sólo que en esa época yo estaba convencida de que mi vena literaria estaba dirigida a los cuentos y novelas, no a las crónicas (dicho sea de paso, ni siquiera tenía idea de lo que era una crónica) Entonces, mismo habiendo sido tan profundamente tocada por ella, la dejé ahí, sólo como un recuerdo muy especial, hasta hoy, en que percibí su importancia. Este recuerdo es un marco, fue la puerta que se abrió, el encuentro más importante, mi punto de partida como la escritora que soy ahora. Cuando intentaba explicarles a los demás esta escena y cómo me conmovió, nadie conseguía entenderme, hasta porque yo misma no era capaz de describir mis sentimientos en toda su profundidad y significado, ya que no conseguía comprenderlos por completo. ¿Por qué ese hombre? ¿Por qué ese día? ¿Por qué contando moneditas? ¿Qué significado tuvo  esta acción y toda la postura y el aspecto de este hombre humilde, que fue capaz de mostrarme, mismo inconscientemente en aquella época, el camino que debía seguir cuando me tornara adulta? Porque ahora veo claramente que fue ese su cometido, ya que la experiencia contiene todos los factores que hoy componen mi estilo de escritura, la dinámica, el proceso de observación, dramatización, reflexión y conclusión que uso para desarrollar y traducir a palabras los acontecimientos que atestiguo en mi vida diaria.
    Se me llenan los ojos de lágrimas delante de la breve imagen de este humilde desconocido, de pié en el paradero de la micro, inclinado sobre su mano, donde tintineaban las monedas.... ¿Quién era? ¿Para dónde iba? ¿Cuál era su historia? ¿Me esperaba sin saber? ¿Durante cuánto tiempo este encuentro fue planeado?... Con certeza él nunca supo lo que su aparición significó para mí, siguió su camino y vivió su vida, pero esto reafirma mi creencia de que tenemos que estar siempre atentos, abiertos y dispuestos delante de la vida porque ella siempre nos prepara este tipo de sorpresas y si no estamos podemos perderla y robarle un pedazo importante a nuestra cuota de experiencias de vida, a nuestro crecimiento. Así mismo, nosotros podemos ser motivo de alguna revelación o transformación para alguien más, una inspiración o una oportunidad, por lo tanto, tampoco debemos descuidarnos de nosotros mismos con respecto a los otros.
    Que cada encuentro sea, entonces, un pequeño milagro de percepción, comunicación y reflexión, no importa cuán simple parezca, porque ahora, más que nunca, me doy cuenta de cómo todo es valioso... Cada encuentro vale oro, no importa dónde ni con quién. Cada encuentro. Todos los encuentros.

sábado, 27 de abril de 2013

"Un lugarcito"

    Sí, ya sé, la crónica de la semana pasada quedó bien rara, ¿no es verdad?... Es que estaba aprendiendo a cortar, copiar, pegar y todo eso para evitarme el trabajo de estar transcribiendo del diario cada vez que posteo una crónica. El problema fue que, al copiarlo en el blog, la cosa se comió todo el prólogo que ya había escrito y la letra salió del mismo tamaño que está en mi diario, que es enorme (como ven, soy bien cegatona) lo que hizo que el texto quedara kilométrico y muy, muy extraño... En todo caso, creo que voy a continuar con mi sistema -más complicado y arriesgado, pero más estético también- porque si quisiera copiar directo del diario tendría que empezar a escribir en este tamaño de letra allí y, sinceramente, no quiero tener dolor de cabeza porque no veo bien la letra... Como pueden notar, a veces me encanta complicarme la vida... Pero escribir dos veces el texto me ayuda a corregirlo, mejorarlo y quitarle o agregarle algunas cosas... Bueno, es bien sabido que los artistas nunca están satisfechos por completo con sus obras y continuarían retocándolas hasta su último aliento si no fuera por los agentes que se las quitan y las publican o las exponen... Entonces, como también tengo esta manía, supongo que puedo considerarme entre esta lista de neuróticos perfeccionistas...
    Y aprovechando que no tengo las manos muy heladas porque ya encendí la estufa, aquí va la de esta semana:


    Todos tenemos aquel espacio, aquel rinconcito, ese sofá, esa puntita del jardín donde da el sol o sopla una brisa refrescante y perfumada, donde nos sentimos como dentro de un lugar sagrado, una especie de templo personal en el cual conseguimos pensar con absoluta claridad y honestidad, resolver nuestros problemas, planear el futuro y prepararnos para las batallas, poner en orden las ideas y las cuentas, analizar situaciones, entrar en contacto con algo íntimo y divino y sentirnos consolados y seguros, inspirados para continuar enfrentando los desafíos de nuestra vida. Es un espacio indispensable, un tiempo irreemplazable, solamente nuestro, como ese escondrijo que teníamos cuando éramos niños... Y cuando lo  encontramos inmediatamente podemos reconocerlo porque, de alguna forma misteriosa e irresistible, nos invita a acercarnos, a entrar a él, a sentirlo, a hacer amistad... Y si aceptamos la invitación, poco a poco nos vamos a dar cuenta de que este lugarcito empieza a parecerse a nosotros, pues casi sin querer lo vamos adornando, lo vamos volviendo acogedor, bonito, cómodo, vamos poniendo en él no sólo elementos externos, estéticos, sino todos los secretos de nuestro corazón...
    Yo ya creé aquí en nuestro departamento un rinconcito donde puedo sentarme a escribir y meditar, junto a la frutera perfumada y con vista a los maceteros de la ventana. Todavía no es el lugar perfecto, pero funciona bastante bien. De cualquier forma, ya planeé comprar mi escritorio, la silla topline, el computador fijo, la impresora, el porta lápices, el florerito, los cuadros y todas esas cositas que harán mi estudio personal ser eficiente y acogedor. Yo necesito espacios fijos, seguros y ordenados, pues es en ellos que consigo crear el clima para producir,  la atmósfera para meditar y llegar a conclusiones importantes. Pasamos a conocer el paisaje de la ventana, los colores, sonidos y olores de cada hora del día, y no sentimos serenos y confortables con ello. Yo dependo de este ambiente familiar y controlado para poder escribir, así como para muchas otras cosas, y estoy convencida de que los demás también necesitan esta armonía para poder producir y tener paz... El caos sólo nos traba, nos dispersa, nos irrita. Pero el equilibrio y la certeza de estos lugarcitos sagrados y personales puede ser el mejor inicio de cualquier aventura.


    

quarta-feira, 17 de abril de 2013

"Una oportunidad de triunfar"


Me encanta levantarme temprano y salir a la calle para respirar el aire frio de la mañana y encontrar a esa multitud apresurada que se dirige a sus trabajos… Expresiones de las más diversas, mil atuendos, diferentes velocidades y pensamientos pasando por sus cabezas. En todo lugar se respira esfuerzo, determinación, creatividad, persistencia. Todos se preparan para la batalla diaria, para cumplir sus metas y abonar otro día para el salario de fin de mes… Mientras camino con paso firme por el paseo Bulnes, esquivando ciclistas y trabajadores, estudiantes y turistas con sus cámaras y acentos divertidos, veo cómo la ciudad despierta, las personas van llegando a las tiendas, oficinas, restaurantes, a sus esquinas y bancos con sus bolsas, periódicos, teléfonos, maletines, carritos, mangueras y escobillones, y van tomando sus lugares, empezando a formar parte del inmenso rompecabezas que es la rutina en este pequeño pedazo de la ciudad. Y veo que en cada rincón existe ese impulso, esa fuerza, esa creatividad que busca la sobrevivencia, el servicio, la oportunidad de encontrar un lugar en el quehacer de la metrópolis. Pero para eso, hay que distinguirse, hay que ser ingenioso, tener una receta mejor, un local más atractivo, una sonrisa más brillante y acogedora, las palabras simpáticas, la atención más rápida y eficiente. Y lo que más me emociona de este desafío diario es que parece que todos tienen la sensación de que existe una oportunidad de triunfar, de construir un futuro, de crecer y ser felices, entonces trabajan sin descanso para conseguirlo, venciendo todas las adversidades y desafíos, con un optimismo y una perseverancia a toda prueba… Y esto acaba resultando tremendamente contagioso, se siente con perfecta claridad al pasar delante de cualquier diminuta cafetería llena de gente comprando su desayuno, de las mesitas del restaurante que son estratégicamente distribuidas debajo de los inmensos plátanos orientales, de las tiendas y quioscos, de los vendedores ambulantes que acomodan sus mesitas o manteles en el pasto o la vereda y arreglan cuidadosamente sus mercaderías para atraer a los clientes… Todo bulle, se mueve, respira ese anhelo de conquistar, de superarse. No encuentro personas soñolientas en mi caminata, sino gente animada, despierta, lista para enfrentar otro día, y no sé por qué esta energía me deja feliz, orgullosa y con ganas de participar, de contribuir… El clima me envuelve mientras recorro el paseo, llena mis pulmones de un aire vigoroso y optimista, me invita a observar, a reflexionar e integrarme, pues parece que a mí también me espera algo grandioso, una sorpresa positiva a la vuelta de la esquina, algún encuentro importante –si bien todos lo son, en realidad- algún detalle que va a contribuir para que mi vida sea mejor y más feliz.

    Este es el efecto que mis compatriotas me producen, es la fuerza que tiene este país.