terça-feira, 29 de janeiro de 2013

"¿Y tú?"

    Bueno, ahora más o menos recuperada de una tremenda contractura en el cuello -que casi me dejó paralítica durante dos días- ocasionada por hablar en el celular sujetándolo entre la oreja y el hombro (¿han visto cosa más idiota? Me lo merezco) y mi histórico encuentro con el maestro de Butoh Ko Murobushi, aquí estoy, sentadita en la cama, con un enorme cojín en la espalda y otro en la falda haciendo las veces de mesa, lista para la crónica de esta semana... ¡Deberían escuchar cómo cruje toda mi espalda y mi columna cuando me estiro!... Anoche me tuve que tomar un relajante muscular, cosa que detesto porque amanezco totalmente podrida y me lo duermo todo, pero la cosa estaba tan fea que tuve que hacerlo... Esto, claro, no me impedirá postear mi crónica, ni pintar o desarrollar algunas inspiraciones, pero deberé ser cautelosa y tomarme unos descansos, salir para caminar, elongarme y todas esas cosas... Negocio de gente más vieja, ¿saben?... Pero hay que conformarse, adaptarse y seguir adelante con alegría y constancia. No podemos dejarnos abatir por estos pequeños inconvenientes, ¿no es verdad?.
    Entonces, aquí va la de esta semana, en el dia cierto, finalmente.


    Admiro profunda y reverentemente a esa gente que escoge servir, ayudar, facilitar la vida de los demás de cualquier forma. Y una cosa curiosa y común de estas personas es que buena parte de ellas no son ricas ni poderosas, no tienen contactos ni viven en lugares elegantes, sino que son humildes, con sus propias y a veces grandes necesidades, pero que consiguen postergarlas en pro de los que se encuentran en peor situación que ellas. Esto no es un capricho momentáneo, un arrebato religioso ni algún tipo de negociación con Dios, sino una verdadera vocación, de esas que a nada le temen, que en todo creen y esperan. Son éstas personas transparentes, siempre animadas y sonrientes, sin miedo al trabajo, al compromiso, a la entrega y al sacrificio que su tarea pueda imponerles. Normalmente hacen gala de una candidez y simpatía arrolladoras, de una rectitud y dedicación casi santas... Son éstas personas que, con sus anónimo esfuerzo y dedicación, hacen acontecer muchos milagros. Le dan de comer a los hambrientos, le enseñan a leer a los analfabetos, le dan dignidad a los viejos, consuelo a los enfermos, amparo a los olvidados, oportunidades a los marginalizados, luz a los descarriados. Les devuelven la esperanza a los fracasados, escuchan a las víctimas y les ofrecen soluciones, visten a los desnudos... Todo esto con la fuerza que anima su corazón, dejandose llamar e inspirar sin restricciones por esta vocación, por estas ganas de servir que son más fuertes que cualquier otra opción. Y lo mejor es que lo hacen todo con modestia y alegría, con verdadera pasión y misericordia. Cada día es como si fuera el primer día, cada persona como si fuera la única, cada gesto posee la misma emoción y calor del primero. Su fuerza nunca decae, su brillo no disminuye,  nada los desvia de su objetivo. Su propósito es servir, no promoverse, aparecer o recibir algo a cambio. No, estos ya tienen su recompensa asegurada.
    Y lo que más me conmueve es justamente ese anonimato, esa modestia y esa simplicidad con que actúan, porque no pretenden abrazar o convertir al mundo  entero. Les basta su cuadra, su barrio, la escuela, la parroquia, el lugar donde trabajan. ¿Y por qué esto es suficiente para ellos? ¿Por qué esta aparente falta de ambición? Pues porque saben que los buenos ejemplos se propagan y tienen  fé en que otros entrarán en su cruzada de servicio y que éste llegará a más y más personas. Prefieren hacer poco y bien hecho, para que la obra se multiplique a través de otros en muchos lugares, a tratar de alcanzar un mundo que es demasiado grande para sus fuerzas. Sí, son bondadosos, pero no tontos.
    Camino por la calle, cruzo con cientos de personas y siempre me pregunto, al verlas: "¿De dónde viene? ¿Quién es? ¿Cuál es su historia, su opcion de vida? ¿Será que estaría dispuesto a servir si alguien se lo pidiera, si viera el ejemplo?"... Entonces paso frente a una vitrina y veo mi propio reflejo en el vidrio. Me detengo durante algunos segundos y de repente me pregunto, mirandome a los ojos: "¿Y tú? ¿Estás dispuesta a servir?"...

segunda-feira, 21 de janeiro de 2013

"Editar"

    Bueno, tengo la disculpa perfecta para no haber escrito durante todo este tiempo: estaba poniendo mis apuntes -esto quiere decir mi diario, de donde vienen estos textos- al día para así poder empezar a trabajar en los nuevos y sentirme tranquila y con material para mis crónicas. Porque la lata de dejar pasar el tiempo es que a uno se le termina por olvidar por qué hizo tal apunte, cuál era la lección o la conclusión para el texto, cosa que me dá una rabia tremenda porque lo considero un desperdicio y una ingratitud de mi parte para con las inspiraciones que recibo cada día. A final de cuentas, no estoy taaaan ocupada así como para no tener media horita para sentarme aquí a digitar, ¿no es verdad?. Y como soy tan neurótica e llena de métodos para mis cosas, no conseguía ponerme a trabajar en los apuntes nuevos sin haber terminado todos los del año pasado, entonces, como ven, tenía que dedicarle un tiempo serio a este asunto... Pero ya está todo solucionado y ahora las cosas están en sus debidos lugares. Todas estas inspiraciones son demasiado importantes como para dejar que se acumulen y acaben perdiendose. ¡No puedo ser tan dejada!...
    Y después de este "mea culpa", aqui va la de esta semana, que tiene que ver con las crónicas que estoy enviando al diario en Brasil (¡volví a hacerlo y estoy súper feliz porque las están recibiendo y leyendo y le están gustando a la nueva editora!) porque me dijeron que están demasiado largas -perdí la costumbre de escribir corto- y que necesito editarlas para que puedan ser publicadas... Bueno, siempre es positivo aprender a abreviar las cosas... Sólo que no es el caso de este texto...  Hace apenas una semana que empecé a entrenar la edición de lo que escribo, comenzando con el concurso "Santiago en 100 palabras", que me hizo sudar frío de tan cortos que tenían que ser los cuentos. ¡Imagínenselo, para mí cien palabras son apenas un entremés!.. Pero lo conseguí, entonces estoy optimista respecto a mi capacidad de editar las p´roximas crónicas que mande al diario... Sólo que no es el caso en este texto...


   A veces me asusta y me preocupa el percibir cuántas porquerías pensamos que necesitamos para vivir felices y sentirnos satisfechos. Basta que nos establezcamos en cualquier lugar para que empecemos a juntar una lista interminable de cosas que normalmente nos mantienen endeudados, preocupados y eternamente insatisfechos, porque parece que mientras más tenemos, más necesitamos; parece que siempre nos está faltando algo más, mismo si hasta ese instante nunca nos había hecho falta. Tengo le impresión de que sufrimos -fuera el bombardéo mediático- de una especie de carencia territorial, o de status de posesiones, que necesitamos establecer con todo tipo de objetos. Es como un hambre de identidad, de inmediatismo, de aprovechar todo lo material que la vida puede ofrecernos antes de morirnos (y no llevarnos ninguna de estas cosas a la tumba) Entonces compramos, juntamos, exhibimos, nos andamos tropezando en equipos, carros, electrodomésticos, ropas, zapatos y muebles que, a veces, ni necesitamos. Pero están ahí y todos pueden verlos, eso es lo que importa.
    Pero, ¿y si un día tuviéramos que abandonar nuestra casa, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país, y fuéramos obligados a escoger qué llevar y qué dejar? ¿Y si nos dieran una cantidad determinada, una tabla de jerarquías materiales y sentimentales y no pudiéramos llevar nada más que eso? ¿Podríamos escoger? ¿Seríamos capaces de desprendernos? ¿Sabríamos distinguir qué es lo que es realmente importante?... ¿Y sabemos lo que es realmente importante en nuestra vida?
    Bueno, cuando mi hija y yo decidimos abandonar Brasil para regresar a Chile, pasamos por esta experiencia. No podíamos empacar la casa entera y enviarla para acá. No había espacio, no había dinero, no era razonable. Y ahí tuvimos que empezar a seleccionar, y luego a seleccionar de nuevo, y de nuevo, y una vez más, consultando a nuestro corazón y nuestra cuenta bancaria. ¡Hasta de nuestras perritas amadas tuvimos que deshacernos! (y crean que esto fué lo más difícil de todo. ¡Casi nos morimos!)... Pero, milagrosamente, la lista fué reduciendose, reduciendose, hasta que nuestra vida cupo en once cajas de cartón reforzado de 1,80m por 80cm. Y fué con ese equipaje, más el de las maletas, que llegamos a Santiago. Lo que quedó atrás podía ser nuevamente conquistado, adquirido, fabricado. Sin embargo, con el pasar del tiempo nos fuimos dando cuenta de que, en verdad, una buena parte de todo aquello no nos era necesario. Podíamos vivir perfectamente sin ello, era lastre, frescura, exageración, inseguridad, ostentación.
    Así, al escoger ahora nuestro futuro hogar, decidimos que lo queríamos simple, claro, minimalista casi. Un lugar sencillo, limpio, sin excesos, porque preferimos gastar nuestro dinero en museos, teatros, libros, películas y viajes para conocer todos los lugares maravillosos que este país tiene, junto con su gente, en buena comida y música, un buen plan de salud (sobre todo para mí) y una vida sana y sencilla en vez de gastarlo en una pila de objetos en los cuales vamos a andar topándonos más tarde y que nos van a robar espacio y tranquilidad. Nosotros tenemos que ser los dueños de lo que poseémos y no al contrario.
    Créo que una de las cosas más importantes y preciosas que aprendí después de esta experiencia es que en la vida debemos aprender a distinguir lo que es realmente importante. Debemos editar, simplificar, humanizar, para que volvamos la existencia fácil y leve, sencilla y pacífica. Tenemos que desapegarnos, resistir a los apelos de la publicidad, mirarnos recta y sinceramente y preguntarnos si realmente necesitamos esto o aquello, por más tentador que parezca. Tenemos que alejarnos un poco de lo material y acercarnos más a lo humano, a lo vivo, a lo escencial. Todo lo demás se quiebra, se echa a perder, se pone viejo y feo, se gasta, pasa de moda... Claro que tampoco se trata de irse a vivir a una caverna como un hermitaño, sin ninguna comodidad. Las cosas fueron creadas para ayudarnos y facilitarnos la existencia, pero eso no quiere decir que van a tomar cuenta de nuestra vida, de nuestra tranquilidad y nuestro dinero.
    Con certeza, esas once cajas me enseñaron a distinguir lo que era verdaderamente importante de lo fútil, lo inútil, lo substituible, lo pasajero en mi vida. Y esto es algo que jamás voy a olvidar.

quinta-feira, 27 de dezembro de 2012

"La santita"

    Una navidad preciosa junto a la familia, ¿podría querer más?... Tal vez que mi hijo  menor hubiera estado con nosotros, pero gracias a mi hermana recibí el mejor de todos los regalos, porque de su casa pude llamarlo por teléfono a Brasil y escucharle la voz... ¡ Ay, corazón de madre, que no se muere de emoción sólo porque tiene la fuerza de un titan!... Pero fuera esta tristeza, todo el resto fue simplemente perfecto, tal como me lo había imaginado y aún mejor. Familia, amigos, cena, risas, recuerdos, el arbolito reinando, iluminado, lleno de paquetes misteriosos, todos aguardando ansiosos la medianoche para abrirlos... Me sentí niña, hermana, madre, amiga, tía, todo al mismo tiempo, como una sinfonía llena de emociones que no pensé volver a sentir. No así. No junto a estas personas amadas... Sí, con certeza puedo decir que el niñito Jesús me trajo el regalo que le había pedido: felicidad.
    Y como estaba tan feliz, acabé olvidándome de postear la crónica de la semana pasada, entonces, antes de que me entusiasme de nuevo y la felicidad me deje inutilizada literariamente, aquí va la de esta semana. En todo caso, creo que siempre es mejor no escribir de tanta felicidad que no hacerlo de mucha tristeza, ¿no es verdad?...


    Indudablemente, esta es una santita muy milagrosa. Basta ver el altar donde un cuadro suyo está entronizado, en la nave izquierda de la iglesia centenaria: está siempre rebosante de flores -especialmente rosas- de todos los tipos y colores, en primorosos y caros arreglos dentro de cestillas o floreros, en ramilletes envueltos en celofán o en modestos dúos o tríos, o hasta una sola amarrada con una cintita. Hay también arreglos de flores falsas, que pretenden durar tanto cuanto el agradecimiento  del devoto, pero la mayoría son naturales y mueren al cabo de algunos días, recordándonos a la humanidad frágil y efímera que viene a pedir sus gracias... Y como son tantas -y para que la santita no se confunda ni se sienta agobiada- hay dos personas encargadas de ir cambiándolas, para que así todos tengan oportunidad de expresar su gratitud. En los bancos y reclinatorios colocados frente a su altar siempre hay gente sentada o arrodillada, expresión concentrada, fervorosa, mirando el rostro etéreo del cuadro con fe y adoración absolutas y desvergonzadas. Mirada de intimidad, de esperanza, de sinceridad. Son como niños alrededor de una madre que todo lo entiende y que por todos se sacrifica e intercede. Mamá poderosa esta, que casi se ahoga en los pétalos de agradecimiento de sus hijos porque siempre les alcanza el milagro, la cura, el trabajo, el préstamo, la carrera, la casa.
    No hay misa durante la cual yo no haya visto a por lo menos diez o quince personas entrar, acercarse al altar -con bicicletas, paquetes, niños, carritos de feria y hasta perros- y depositar emocionadamente allí una flor con un agradecimiento o una petición. El sermón del padre puede ser el más inspirado del mundo, pero yo no consigo dejar de prestar atención a esta pequeña y constante procesión que transita modestamente por la nave izquierda... Desde mi lugar (porque siempre trato de sentarme cerca del altar, desde donde puedo verla) sonrío, conmovida, y me quedo contemplando a la religiosa angelicalmente retratada, que parece que va a salir de ahí en un éxtasis interminable de felicidad y paz... Entonces la imagino en su época: una mujer simple, obediente, fervorosa, que no deseaba otra cosa a no ser encerrarse en un claustro para alabar y servir a su Dios, para sacrificarse por los que habían perdido el camino. En realidad, ella no quería ser santa, nunca soñó con un altar, un cuadro, una reliquia o un ejército de devotos. No era nadie, sólo una buena mujer, una religiosa vieja y humilde, que pasó sus últimos años desterrada en una celda apartada del convento por causa de lo que parecía algún tipo de enfermedad repugnante y que al final se reveló una marca divina. Una persona que, en su insignificancia histórica (en esa época) hacía el bien a su alrededor, hasta donde le era posible, sin mayores ambiciones, sin jamás sospechar que hoy tendría un altar lleno de flores y fieles agradecidos. No, definitivamente, la posibilidad de la fama futura no era lo que alentaba sus acciones, sino la conciencia clara de lo que era correcto, misericordioso, justo.. Y yo me pregunto: ¿será que nosotros necesitamos la publicidad, los elogios, los homenajes, los seguidores, el reconocimiento, para actuar correctamente? ¿Hacer el bien por el bien no es bastante? ¿Por qué pretender abarcar y convertir al mundo entero? ¿Por qué vivir esperando una gran señal para empezar a hacer el bien? ¿Por qué si no es grande parece que no vale la pena ni comenzar?... ¡Pero si es con un grano de cemento que se empieza un rascacielos! Esta santita no quiso conquistar el mundo sino, simplemente, hacer su parte, actuar con compasión y justicia allí en su conventito, entre sus hermanas. Ese era el entorno que tenía para hacer el bien y lo aprovechó al máximo. ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos en nuestro entorno? ¿O vivimos esperando algún tipo de evento sobrenatural que sea el fiador y motor de nuestras buenas acciones?... No, el mundo no es nuestro escenario, apenas un pedacito de él, pero si todos decidimos hacer el bien en el que nos toca, a lo mejor podemos empezar a vivir el paraíso aquí.




terça-feira, 18 de dezembro de 2012

"Neblina"

    "Otro día en el paraíso", como se dice por ahí, y se continúa luchando, creyendo, apostando, caminando al encuentro de las aventuras y sus desafíos, que parecen no terminar nunca. Unos son más fáciles, otros más difíciles, pero todos hay que enfrentarlos y pasar por ellos de la mejor forma posible. Es verdad que ni siempre salimos victoriosos, pero es preferible esto a decir que ni siquiera lo intentamos... Últimamente he tenido que reunir coraje para abrir algunas puertas  y enfrentar nuevas situaciones mucho  antes de lo que esperaba, pero el esfuerzo está valiendo la pena porque me está re-enseñando la libertad, la independencia, la iniciativa y el placer de una nueva soledad, ésta entre mis compatriotas en vez de en un país extraño, lo que la vuelve una experiencia totalmente nueva y emocionante, porque a pesar de tener referencias nada agradables sobre cambios y ambientación en lugares nuevos, esta vez no está siendo un proceso que asusta, sino una experiencia sorprendente y reveladora, que cada día me confirma que hice lo correcto y que, finalmente, estoy en casa. Y esta vez es para siempre.
    Y con este ánimo lleno de optimismo y una valentía, que no sentía hace mucho tiempo, aquí va la crónica de esta semana, ¡antes de que se acabe el mundo!...

     Hay días que empiezan extraños, grises y fríos, en los cuales parece que no somos nosotros mismos y nos vemos repentina e insistentemente asaltados por todo tipo de pensamientos y presentimientos sombríos o inquietantes, desconcertantes, que nos desestabilizan y nos quitan las ganas de salir de la cama para enfrentar el mundo. Son días en que despertamos como moviéndonos en una especie de neblina que nos da la impresión de que, en realidad, continuamos durmiendo... Recuerdo que esto me sucedía en la adolescencia, en los días de invierno, cuando para llegar al Liceo 9 debía atravesar un enorme  campo vacío y éste se hallaba totalmente tomado por la neblina de la mañana. Me acuerdo de que iba adentrando en ella lentamente, mientras todo el paisaje a mi alrededor se desvanecía a cada paso, como tragado por aquella nube blanca y movediza. Yo también me veía desaparecer, perdía la noción de dirección, de tiempo, de realidad... Era algo realmente surreal... A veces divisaba a lo lejos algunas siluetas - las de otros alumnos que se dirigían al liceo también- que se me antojaban fantasmas flotando en medio de aquella niebla fría que se movía como algo vivo a mi paso. Cuando llegaba al medio del terreno baldío me detenía, respirando hondo, y giraba sobre mí misma, con los ojos desorbitados y pestañeando sin parar, pero no conseguía distinguir absolutamente nada. Estaba solamente yo en el centro de ese océano blanco... Y era exactamente en ese momento que empezaba a preguntarme si estaba realmente allí o si continuaba durmiendo en mi cama y esto no pasaba de un sueño desagradable... Tenía recelo de continuar avanzando, porque algo terrible e inesperado podía surgir de esa nada, pero también me daba miedo quedarme parada ahí, pues tenía la sensación de que iba a ser engullida y que desaparecería para siempre dentro de aquella panza gaseosa...
    Entonces, de repente, la campana del liceo empezaba a tocar: sonido vibrante, imperioso, casi celestial, que atravesaba como una lanza la neblina paralizante y me arrancaba de su hechizo. Era el sonido de la realidad llegando hasta mí, de la rutina, del orden y la lógica... Mis pies volvían a  sentir el suelo y, percibiéndolo firme, volvía a caminar, sabiendo ahora qué dirección seguir, en busca del contorno familiar de la reja y los pabellones del liceo, las voces de mis compañeros, el olor de la leche con chocolate de la merienda, el saludo de los profesores. La campana llamaba y poco a poco el mundo volvía a sus  ejes, el día retornaba  a la normalidad y todo transcurría como tenía que ser.
    Cuando finalmente alcanzaba los peldaños de la entrada, se me salía una sonrisa de alivio y agradecimiento, pues ahora sí estaba segura de que todo acabaría bien. La travesía había terminado.
    Hoy, cuando abro los ojos y me doy cuenta de que es uno de esos días extraños en los cuales el miedo, las dudas y la inseguridad empiezan a rodearme como aquella neblina  en el campo vacío, respiro hondo y me enderezo, buscando inmediatamente el sonido de la campana, el tañido firme y claro que me mantendrá con los pies en el suelo y la mente enfocada en la realidad, que me pondrá frente a los pabellones de la vida, a los que no hay por qué temer, pues como en mi época de estudiante, sé que es allí que están las lecciones, los descubrimientos, los maestros, los amigos y los enemigos, las alegrías y tristezas, los triunfos y fracasos que serán la base de nuestro futuro. La vida no tiene neblinas ni campos vacíos que nos hacen creer que soñamos. La vida tiene certezas que podemos escoger o no, historias que podemos vivir o no, encuentros que podemos tener o no. Los campos vacíos y la neblina los creamos nosotros mismos, pero si buscamos una campana que nos llame hacia los contornos de lo que es verdaderamente real e importante, con certeza no permaneceremos mucho tiempo allí.

sexta-feira, 7 de dezembro de 2012

"Oportunidades"

    Hoy estoy sola en nuestro departamento porque mi hija se fué por el fin de semana a La Serena con su novio, entonces aproveché para salir a hacer las últimas compras de navidad, darme un pequeño baño de belleza, incluyendo manicure, poner la música que adoro y sentarme aquí para  escribir. Entre hoy y mañana quiero poner al día mis escritos, que han estado bien abandonados por culpa de nuestro pequeño maratón de compras de navidad antes de que, simplemente, no se pueda más entrar en las tiendas... Bueno, no es que el resto del tiempo la cantidad de gente disminuya, pero por lo menos los vendedores no están totalmente fuera de sí ni los productos desaparecen antes de que uno decida comprarlos. Fué así que perdí un precioso juego de bolas plateadas para el árbol de pascua... ¡Me dí vuelta para ver unas lucecitas en otro estante y cuando volví, mis bolas habían desaparecido! Entonces decidí agarrar y cargar todo lo que me fuera gustando, porque si no iba a perder el resto de las cosas también. ¡Pobre vendedor, cuando me vió con aquel montón de bolas, luces, angelitos, nacimientos, estrellas y guirnaldas pensó que había hecho la venta del año! Debían ver la cara del pobre cuando sólo puse menos de la mitad de la mercadería en el mesón de la caja... Bueno, es la ley de la selva, tenía que proteger lo que me había gustado para después poder escoger con calma. Pero tengo certeza de que el vendedor sacará una buena comisión de todas maneras, porque esa tienda vive absolutamente llena, entonces no me siento tan culpable por no haberme llevado todo. Además, nuestro departamento es tan pequeño que si le ponemos algo más nosotras vamos a tener que salir. Criamos nuestro "rincón navideño" en la mesita de arrimo con velas, un pequeño árbol -que ya viene con las lucecitas incluidas- y unas hojas brillantes que mezclamos con las flores naturales del florero. La lámpara tuvo que irse encima de uno de los pisos de la cocina, pero quedó bonita. También colgamos un adorno con palomas plateadas y una campanilla del riel de la cortina, y cuando hace viento, escuchamos su sonido suave y alegre... Claro que no podemos cerrar la cortina, pero no nos importa porque nos encanta la luz que entra por la ventana.
    Bueno, y dejando de lado tanto detalle sobre nuestra decoración navideña, es mejor que postée la crónica de hoy antes de la cena, porque es bien larga. En todo caso, espero que la disfruten. Dense un descanso entre las compras y el trabajo y léanla.


    Estoy segura de que ya me conocen. Casi todas las tardes aparezco en la fuente de la iglesia  con mi bolsa de pan añejo y me instalo allí, frente a la enorme puerta, a la sombra del água que refresca el aire. Si miro a mi alrededor no véo muchas de ellas, pero presiento que están por ahí, al acecho, haciendo cuenta que no están interesadas, pero sé que basta arrojar el primer puñado de migajas para que se lancen al aire en graciosos revolotéos y vengan a aterrizar a mis piés, emergiendo no se sabe de dónde, arrullando y abriendo las alas, inflando el pecho y posando de dueñas del pedazo... Y casi de inmediato, como una especie de efecto colateral, aterrizan los gorriones, tampoco sé de dónde, y se meten osadamente entre el enjambre que se agita para agarrar su parte del banquete. Las palomas les lanzan una ojeada de soslayo, algo incrédulas con su insolencia, y después de algunas cortas amenazas y persecusiones, parecen cansarse de su saltitante rapidez y los dejan robar su parte, ya que es mínima. Tal vez se den cuenta de que, con su tamaño, habrá lo suficiente para todos.
    Poco a poco, algunas palomas más osadas vienen rodeando, rodeando, van y vuelven, me observan furtivamente, de medio lado, y se van acercando con cautela, listas para huir a la menor señal de peligro, hasta que, más confiadas, terminan paseando entre mis zapatos para comerse las migajas que caen allí. Estas no se asustan con el ruido o el revolotéo de la bolsa de plástico en que traigo el pan, ni con los autos que salen del hotel, los niños que pasan y gritan entusiasmados e, impajaritablemente corren atrás de ellas, tentados al ver tanto pájaro junto. Inclusive desprecian olímpicamente a los turistas que aparecen para sacarles una foto y a los operarios que están arreglando la calzada... Sé que los buenos frailes las espantan a escobazos para que no ensucien los tejados, los portones y las esculturas, y ellas hacen como que se van, se esconden en los árboles y cornizas cercanas y siempre acaban volviendo, sobre todo si hay alguien como yo, que las tienta con sabrosas migajas de allullas, marraquetas y pan de molde...  Estoy convencida de que los franciscanos, a pesar de todo su cariño por los animales, deben odiarme.
    Sin embargo, y a despecho de toda la propaganda adversa que reciben (infecciones, piojillos, suciedad, plumas) las palomas, así como casi todas las criaturas que nos rodean y comparten con nosotros este planeta, tienen algunas lecciones que enseñarnos, si les prestamos un poco de atención.
    Yo ya había notado que existe una enorme cantidad de palomas mutiladas por causa de los cables de alta tensión, los aires acondicionados y las antenas -fuera los idiotas que se dedican a acertarlas con todo tipo de cosas- A muchas de ellas les falta una pata, o los dedos, o las tienen quebradas y atrofiadas, inclusive he visto zorzales y tordos que sufrieron el mismo injusto destino, pero esto no parece afectar su intimidad con los seres humanos y continúan acercandose a él y a sus restos de comida... Así, una tarde vino a aterrizar junto a la fuente una paloma café, de ojillos brillantes y unas divertidas plumas blancas erizadas en la nuca. Primero no entendí por qué, al llegar al suelo, lo hizo tan desgarbadamente, medio de lado, medio de punta, casi metiendo el pico en el cemento. Incluso algunas de las otras palomas se llevaron un susto ante aquel destartalado aterrizaje. El ave pareció quedar medio aturdida y permaneció algunos instantes echada en el suelo, mirando para acá y para allá, como para localizarse. Simpatizando inmediatamente con ella, le lancé un puñado de migas para tentarla, pero no se adelantó para pescarlas y las otras se abalanzaron ávidamente para robárselas... Desconcertada, esperé su próximo movimiento. Entonces, tomando aliento, se incorporó dificultosamente. Ahí lo ví: no tenía patas. Contuve una exclamación, horrorizada. La paloma avanzó un poco, tambaleandose sobre sus muñones, hacia el puñado de migas que yo había acabado de arrojar, pero las otras habían llegado antes y no había sobrado nada. Repetí la acción un par de veces más y sucedió lo mismo. La paloma inválida no tendría ninguna chance, nunca. La pobre miraba ansiosamente mi mano llena de pan y acompañaba su movimiento al lanzar las migajas, pero su discapacidad le impedía llegar a tiempo y pelear por algunas de ellas.
    Entonces, pensando que tal vez su limitación la hiciera diferente de las demás en algún otro sentido que no fuera una desventaja, se me ocurrió encuclillarme lentamente y extenderle la mano abierta llena de pan, muy despacio... Las otras palomas se revolucionaron inmediatamente, desconcertadas con mi movimiento, e iniciaron unas carreras y revolotéos desordenados, como si no supieran cómo reaccionar ante mi osadía. Pero yo sabía que ninguna de ellas tendría el valor de acercarse y comer en mi mano.
    Totalmente abstraida del mundo fuí aproximandome a la paloma inválida que, absolutamente inmóvil, me contemplaba fijamente, como preguntandose cuáles  serían mis intenciones. Sin embargo, no parecía estar con ganas de huir. Mi mano ya estaba a apenas algunos centímetros de ella cuando sus ojillos se desviaron de mí para posarse en las migajas blancas y esponjosas delante de ella. Pareció considerar el asunto muy seriamente por algunos instantes... Yo esperaba, anhelante, hecha una estatua... Hasta que por fin, hice un último y muy, muy suave movimiento y coloqué la mano bien debajo de su pico. La paloma me dió una última mirada, como si estuviera preguntandome: "¿De verdad puedo pescar esas migas? ¿No me vas a hacer nada?"... Y estoy convencida de que, delante de mi silencio y completa inmobilidad, decidió aceptar la oportunidad, que podría ser un riesgo mortal, dada  su deformidad... Pestañeó una vez más y, finalmente, estiró el cuello y comenzó a comer, todavía un poco nerviosa.
    Mientras tanto, las otras continuaban e completo alborozo, corriendo para acá y para allá, haciendo amagos de acercarse, aleteando y arrullando amenazadoramente, pero al final de cuentas, no tuvieron coraje y quien acabó dándose el banquete fué la paloma tullida pues, aprovechando sabia y arriesgadamente la oportunidad que se le ofrecía, ganó más que las otras que, a pesar del hambre y de las fanfarronadas, no se atrevieron a  acercarse, mismo viendo que nada de malo le sucedía a la otra.
    Y contemplando a esta paloma café con su tupete blanco erizado en la nuca y sus tristes muñones retorcidos, me pregunté cuántas veces nosotros, humanos, a despecho de nuestras limitaciones, tenemos el coraje, la sabiduría y la fé para aceptar y abrazar las oportunidades que nos ofrecen o aparecen delante de nosotros, y cuántas las dejamos pasar por ignorancia, porfía, preconcepto o miedo, por no creér en nosotros mismos ni en los demás... Pero tenemos que recordar que las oportunidades son únicas, singulares en su momento, que nos traen algo que necesitamos en esa hora exacta y que, si no las aprovechamos, no volverán a presentarse. Por lo menos no de la misma forma ni con los mismos resultados.

sexta-feira, 30 de novembro de 2012

"Escuchar el silencio"

    La primavera está reacia, un día muestra la cara y nos encanta, nos saca la ropa gruesa, parece que liberta algo dentro de nosotros, y al otro esconde ese precioso sol con nubes y ráfagas de viento helado... Nadie está entendiendo nada! Yo sé que nuestra primavera es como cabra chica, antojadiza, voluble, caprichosa, le encanta atormentarnos con sus cambios de humor y el suspenso por la llegada definitiva del calor, pero hace tanto tiempo que no la vivo que no me enojo con ella y prefiero tenerle un poco de paciencia, porque cuando definitivamente se instala uno ve que toda la espera y la indecisión valieron la pena... Así que me despierto toda mañana y miro altiro hacia la ventana para ver si hay nubes en el cielo, pero mismo que al principio hayan algunas flotando por ahí, me quedo con la esperanza de que más tarde abra y podamos disfrutar del calor del sol y del color con que pinta este escenario espléndido. Hoy amaneció bien nublado, después abrió y ahora se nubló de nuevo. Espero que el viento del atardecer se lleve estas nubes y que mañana haga un día de aquellos de cortar el aliento... Hasta porque voy a visitar a mi hermana en el Cajón del Maipo y no quería que el día estuviera feo. El paisaje allá arriba es simplemente deslumbrante y pretendo sacar algunas fotos para postear en mi facebook.
    Y con esta esperanza y los acordes medio desafinados de mi vecino en su saxofón tratando de interpretar Noche de Paz, aquí va la crónica de la semana.


    Bocinas, motores, campanas, sirenas, teléfonos, televisores, radios, perros, niños, grúas, chincoles, bocinas... Cierro los ojos y escucho todo esto -y mucho más- a mi alrededor, a veces harmonioso, a veces desafinado y estridente... Son las innumerables voces de la ciudad, su gama casi infinita de expresiones, los sonidos de su existencia, que a veces pueden confundirnos o asustarnos, irritarnos, desconcertarnos, y otras pueden alegrarnos, guiarnos e identificarnos, porque nos reconocemos en ellos. Altos y bajos, cercanos o distantes, nuevos o antiguos, esta identidad auditiva nos acompaña todo del tiempo... ¿Pero qué dicen los cascos de los caballos, los ladridos de los perros, las llamadas de los vendedores ambulantes, las campanas de la iglesia? ¿Qué es lo que nos murmuran el zumbido del metro o el arrullo de las palomas? Cada sonido tiene su significado, su apelo en nuestra alma, y nos provoca algún tipo de reacción, pues a veces este barullo externo encuentra eco dentro de nosotros, juntándose al universo acústico que bulle en nuestra mente y nuestro corazón.
    Recuerdo cuando llevaba a mis alumnos al parque, al zaguán del teatro, a la plaza o a alguna otra área de la fundación y les pedía que danzaran o expresaran de alguna forma corporal los sonidos que escuchaban: el viento, los regadores soltando agua, los motores, los gorriones, las voces de los otros alumnos, los instrumentos resonando en las otras salas de clases, la sierra del carpintero que construía los escenarios... Todo era posible de ser transformado en algún tipo de movimiento, pues había una conexión, una reacción, alguna emoción envuelta. Performances preciosas y conmovedoras resultaban de estas experiencias.
    Sin embargo, aquello era sólo el comienzo, porque después los llevaba de vuelta a la sala de clases y, cerrando puertas y ventanas, los exponía, ahora, al silencio total para que trataran de hacer la misma experiencia con el movimiento. ¡Dura prueba para ellos! ¡Abandonarse dócilmente a esta especie de "nada", a este tabú opresivo que es el silencio, a este vacío de muerte al que siempre es asociado!... La mayoría sufría angustias tremendas, se sentían abandonados, en peligro, perdidos, aterrados, y apenas conseguían hacer uno que otro movimiento... Con todo, después de algún tiempo, yo acababa con su suplicio y les pedía que trataran de escuchar los sonidos que sus propios cuerpos emitían: respiración, corazón, el roce de la ropa, el aire desplazándose, pies moviéndose en el suelo, pequeños sonidos involuntarios... Esto ya les resultaba más fácil y hasta eran capaces de darme una buena devolución al final del aula. Y para terminar, uno de mis ejercicios favoritos: producir los propios sonidos y crear una coreografía. Entonces eran chasquidos, suspiros, murmullos, palabras sueltas, exclamaciones, palmas, frases ininteligibles, músicas inéditas... Los acentos más íntimos y peculiares que un ser humano puede producir llenaban la sala silenciosa, y los cuerpos ejecutaban movimientos que semejaban rituales, oraciones, revelaciones. Algunos lloraban, otros sonreían, extasiados, unos pocos se quedaban inmóviles, como que iluminados. Esta era la experiencia completa, tras la cual ellos percibían que nuestro cuerpo posee un lenguaje único y peculiar, que normalmente no tiene mucho que ver con lo que el cerebro le ordena emitir. Esto les enseñaba a parar y prestar más atención a lo que este cuerpo tenía que decir, y que a veces podía ser mucho más coherente y sabio que la lógica académica que nos habían enseñado.
    Y hoy, rodeada por todo el bullicio fascinante y mareador de esta gran ciudad,  me pregunto si todavía conseguimos hacer silencio, escuchar el silencio (porque el silencio no es sólo la ausencia de ruido, sino más bien una actitud interior) danzarlo, vivenciarlo en toda su riqueza. Me pregunto si tenemos el coraje de callar y oír lo que nuestro cuerpo y nuestra alma tienen que decirnos. ¿Será que tenemos miedo de nuestros propios y más verdaderos sonidos? ¿Qué es lo que podrían revelarnos? ¿Serían un espejo de nuestra verdad, un reflejo de nuestra esencia? ¿Será que Dios se encuentra allí? ¿Y la divinidad tiene un sonido?...
    Lo primero que se escucha cuando la vida comienza es el latido del corazón, rápido, feroz, lleno de urgencia por ponernos en el mundo, y ese compás nos acompaña hasta nuestro último aliento, diciéndonos en todo instante que estamos vivos, conscientes, activos, que podemos escoger, actuar, decidir, crear, recibir, amar y ser amados... Y cuando ese sonido se apaga, la existencia también termina, porque ambos están indisolublemente ligados ¿Entonces por qué no aprovechamos para escucharlo en cuando tenemos la oportunidad?

quarta-feira, 21 de novembro de 2012

"La verdadera bienvenida"

    Los días continuan lindos, los árboles vistiendose de ese verde nuevo y vigoroso que nos trae aquella vieja y deliciosa sensación de renacimiento, de esperanza y pura felicidad, tanto así que yo retomo mis inspiradoras caminatas por el paseo Bulnes en la mañana temprano... Hay tanto que ver, tanta gente que descubrir, tantos rincones y paisajes dentro de este paisaje urbano inmenso, que créo que mismo que camine por allí el resto de mi vida siempre encontraré novedades, sorpresas, personajes e historias. Ya hasta reconozco a algunos: la tía que hace su jugo de naranja para los apresurados que no tuvieron tiempo de tomar desayuno, el señor que pasea sus poodles juguetones, la chica que riega el pasto del parque al final de paseo, el chico de mochila roja que, junto a su bicicleta, se sienta en el borde de un cantero a esperar a alguien, el gordito que llega en su moto azul espantando a las palomas y estaciona junto al poste, al cual encadena su vehículo. El señor y su mesita de hierbas y el fiel perro que se sienta en el pasto, sobre una frazada vieja, apoyandose en la espalda de su dueño... Y así, tantos rostros y gestos, tantas voces que van entrando poco a poco en mi propio mundo y de los cuales, con certeza, ustedes van a leer en un tiempo más. Aquí todo me inspira, mismo cuando no es un buen día (sí, porque a veces tengo unos días medio chatos) todo me dá fuerza, me llena de una felicidad inexplicable y verdadera que me deja con ganas de más. Me siento como un cabro chico en una tienda de dulces!...
    Y así escribo hoy, cómodamente instalada en el sofá de la sala, escuchando la Tribuna FM -mi radio preferida en Brasil- mientras los fideos se cocinan en la olla. ¿Quieren algo más casero y confortable?...
   Debo explicar que, en realidad, estas eran dos crónicas separadas, pero al leerlas nuevamente, me di cuenta de que tienen que ser publicadas juntas, porque no se puede separar una familia. Lean y van a entender.


    Ella no es muy alta, de piel blanca, algo quemada por el sol del campo, ojos claros, de mirada directa y aguda, cabellos completamente blancos, cortos, siempre un poco despeinados. Tiene una voz firme y un poco ronca, que expresa sus opiniones con suma clareza y autoridad, pero con un dejo de benevolencia y comprensión. Es delgada y erecta, de movimientos certeros y seguros -a no ser por un pequeño temblor en la mano derecha al cual no le concede la menor importancia- está siempre bien vestida, pero con modestia. Dueña de su cocina y de su jardín, capitana orgullosa de su prole -hijos, nietos, nueras, yernos, sobrinos- y de su casa acogedoramente desordenada. Viuda valiente, católica fiel, empresaria emprendedora, líder admirada en su comunidad  en la ya no tan pequeña Melipilla. Ochenta años de experiencia que no parecen pesarle ni en el cuerpo ni  en la salud, sino darle más disposición y energía para continuar con lo que asumió como la misión de su vida: educar, formar futuros ciudadanos tan rectos y empeñados como ella, hacer florecer en el corazón y la mente de los jóvenes de hoy algunos conceptos tachados de anticuados y severos, pero que son los que le dan dignidad y propósito a una vida.
    En su gran casa se juntan y se mezclan todas las tribus, las historias y los personajes sin conflicto ni discriminación, cada uno en su pequeño territorio, todo con orden y respeto, como a ella le gusta. Es una constante y fluyente diversidad bien alimentada física e intelectualmente, siempre bien recibida y acogida, porque en su hogar hay siempre oídos para escuchar, brazos para abrazar, palabras para aconsejar, una tacita de té, un pedazo de queque, una copita de vino para calentar la conversación... Pequeños y complejos universos orbitan alrededor de esta mujer exigente a quien no le gustan las quejas y las faltas de carácter, que es abierta pero severa, amiga y siempre maestra, directora de su propia existencia. Mujer plena, casa plena, vida plena.
    Así la veía yo desde la silla donde me había acomodado, debajo del parrón que ya mostraba las primeras hojas de un verde esplendoroso, en medio del jardín oloroso y todo adornado para la fiesta de aquella tarde. El cielo se mostraba caprichoso, una hora lleno de nubes obscuras  y amenazadoras, otra luciendo un sol cálido contra un azul glorioso. Docenas de volantines aprovechaban para hacer piruetas al viento caprichoso, el durazno florecido, perfumado, provocava nuestra envidia con su belleza. Mesas, sillas, el perro corriendo para acá y para allá, alborozado con el anticipo de los tutos de pollo, la carne y las longanizas chisporroteando sobre las parrillas, invitados llegando, carbón, costillar, globos y guirnaldas rojas, blancas y azules, Los Huasos Quincheros llenando el aire por los parlantes. Olor a vino, a chicha, a té, a habas y papas asadas, a empanadas. Conocidos y desconocidos llegando para formar una sola familia, el tiempo y las voces fluyendo, entrelazandose, envolviendome como una manta calientita y tan familiar...
    Inauguramos la "Fonda de la Tati" -como apodan a la dueña de la casa- entonamos el himno nacional, emocionados, y se danzó cueca de punta y taco, con gracia y corazón. Fué una tarde plena, repleta de emociones, de rencuentros, de recuerdos, de patria añorada, de lazos que se reataban con más fuerza que nunca, a pesar del tiempo y la distancia transcurridos... Y era esta mujer admirable, dura como una roca y tierna como una brisa, la que comandaba toda esta celebración que, para mí, iba mucho más allá de una fiesta patria: la tía Paty.
     Y luego venían, como partes indivisibles de ella, el Mando Javier, la Pachi, el Cristian y el Alberto, sus hijos, mis primos, hijos del hermano de mi mamá... Ah, abrazar a cada uno de ellos fué como zambullirse en el calor de la sangre, en la tierra, en una dulzura apretada largamente añorada. Sus voces y su manera de hablar permanecían las mismas de nuestra niñez, mas ahora con timbres de adulto... Era curioso, pero cuando los miraba no conseguía ver las canas, las arrugas o  cualquier otro indicio que el tiempo pudiera haber dejado en ellos. No, yo continuaba mirando a mis primos de Cholqui, de Melipilla, de la casa bulliciosa de mis abuelos y su garage mágico, en el que inventábamos mil aventuras.Y sus sonrisas continuaban inocentes, sus risas y gestos generosos, llanos, espontaneos, sin reservas ni juicios. Para mí, habían conservado intacta esa ingenuidad, ese espíritu siempre alegre, cálido, de gente buena, bien educada, trabajadora, sin frescuras, recta y abierta... Y en ese momento pensé, agradecida: "Ya no se hace más gente así, y yo tengo la suerte inmensa de pertenecer a esta familia". En la capital las personas también son acogedoras, simpáticas y abiertas, pero no tienen conmigo estos lazos, esta intimidad, las historias, el afecto puro y sincero, intocado, que tenemos con la  familia. Todos ellos son dignos descendientes de un soñador y una guerrera, reúnen en ellos lo mejor del tío Armando y la tía Paty y yo espero que consigan pasar esto a sus propios hijos para que así este río de cariño, alegría y calor se extienda por muchas y muchas generaciones. Eso sería el mejor de los legados que podrían dejarnos.
    Y así, fueron sus abrazos apretados y sinceros, sus voces bien chilenas y su cariño sincero y sin reservas los que en esa tarde de fiesta me dieron la verdadera bienvenida a mi patria.