sexta-feira, 7 de dezembro de 2012

"Oportunidades"

    Hoy estoy sola en nuestro departamento porque mi hija se fué por el fin de semana a La Serena con su novio, entonces aproveché para salir a hacer las últimas compras de navidad, darme un pequeño baño de belleza, incluyendo manicure, poner la música que adoro y sentarme aquí para  escribir. Entre hoy y mañana quiero poner al día mis escritos, que han estado bien abandonados por culpa de nuestro pequeño maratón de compras de navidad antes de que, simplemente, no se pueda más entrar en las tiendas... Bueno, no es que el resto del tiempo la cantidad de gente disminuya, pero por lo menos los vendedores no están totalmente fuera de sí ni los productos desaparecen antes de que uno decida comprarlos. Fué así que perdí un precioso juego de bolas plateadas para el árbol de pascua... ¡Me dí vuelta para ver unas lucecitas en otro estante y cuando volví, mis bolas habían desaparecido! Entonces decidí agarrar y cargar todo lo que me fuera gustando, porque si no iba a perder el resto de las cosas también. ¡Pobre vendedor, cuando me vió con aquel montón de bolas, luces, angelitos, nacimientos, estrellas y guirnaldas pensó que había hecho la venta del año! Debían ver la cara del pobre cuando sólo puse menos de la mitad de la mercadería en el mesón de la caja... Bueno, es la ley de la selva, tenía que proteger lo que me había gustado para después poder escoger con calma. Pero tengo certeza de que el vendedor sacará una buena comisión de todas maneras, porque esa tienda vive absolutamente llena, entonces no me siento tan culpable por no haberme llevado todo. Además, nuestro departamento es tan pequeño que si le ponemos algo más nosotras vamos a tener que salir. Criamos nuestro "rincón navideño" en la mesita de arrimo con velas, un pequeño árbol -que ya viene con las lucecitas incluidas- y unas hojas brillantes que mezclamos con las flores naturales del florero. La lámpara tuvo que irse encima de uno de los pisos de la cocina, pero quedó bonita. También colgamos un adorno con palomas plateadas y una campanilla del riel de la cortina, y cuando hace viento, escuchamos su sonido suave y alegre... Claro que no podemos cerrar la cortina, pero no nos importa porque nos encanta la luz que entra por la ventana.
    Bueno, y dejando de lado tanto detalle sobre nuestra decoración navideña, es mejor que postée la crónica de hoy antes de la cena, porque es bien larga. En todo caso, espero que la disfruten. Dense un descanso entre las compras y el trabajo y léanla.


    Estoy segura de que ya me conocen. Casi todas las tardes aparezco en la fuente de la iglesia  con mi bolsa de pan añejo y me instalo allí, frente a la enorme puerta, a la sombra del água que refresca el aire. Si miro a mi alrededor no véo muchas de ellas, pero presiento que están por ahí, al acecho, haciendo cuenta que no están interesadas, pero sé que basta arrojar el primer puñado de migajas para que se lancen al aire en graciosos revolotéos y vengan a aterrizar a mis piés, emergiendo no se sabe de dónde, arrullando y abriendo las alas, inflando el pecho y posando de dueñas del pedazo... Y casi de inmediato, como una especie de efecto colateral, aterrizan los gorriones, tampoco sé de dónde, y se meten osadamente entre el enjambre que se agita para agarrar su parte del banquete. Las palomas les lanzan una ojeada de soslayo, algo incrédulas con su insolencia, y después de algunas cortas amenazas y persecusiones, parecen cansarse de su saltitante rapidez y los dejan robar su parte, ya que es mínima. Tal vez se den cuenta de que, con su tamaño, habrá lo suficiente para todos.
    Poco a poco, algunas palomas más osadas vienen rodeando, rodeando, van y vuelven, me observan furtivamente, de medio lado, y se van acercando con cautela, listas para huir a la menor señal de peligro, hasta que, más confiadas, terminan paseando entre mis zapatos para comerse las migajas que caen allí. Estas no se asustan con el ruido o el revolotéo de la bolsa de plástico en que traigo el pan, ni con los autos que salen del hotel, los niños que pasan y gritan entusiasmados e, impajaritablemente corren atrás de ellas, tentados al ver tanto pájaro junto. Inclusive desprecian olímpicamente a los turistas que aparecen para sacarles una foto y a los operarios que están arreglando la calzada... Sé que los buenos frailes las espantan a escobazos para que no ensucien los tejados, los portones y las esculturas, y ellas hacen como que se van, se esconden en los árboles y cornizas cercanas y siempre acaban volviendo, sobre todo si hay alguien como yo, que las tienta con sabrosas migajas de allullas, marraquetas y pan de molde...  Estoy convencida de que los franciscanos, a pesar de todo su cariño por los animales, deben odiarme.
    Sin embargo, y a despecho de toda la propaganda adversa que reciben (infecciones, piojillos, suciedad, plumas) las palomas, así como casi todas las criaturas que nos rodean y comparten con nosotros este planeta, tienen algunas lecciones que enseñarnos, si les prestamos un poco de atención.
    Yo ya había notado que existe una enorme cantidad de palomas mutiladas por causa de los cables de alta tensión, los aires acondicionados y las antenas -fuera los idiotas que se dedican a acertarlas con todo tipo de cosas- A muchas de ellas les falta una pata, o los dedos, o las tienen quebradas y atrofiadas, inclusive he visto zorzales y tordos que sufrieron el mismo injusto destino, pero esto no parece afectar su intimidad con los seres humanos y continúan acercandose a él y a sus restos de comida... Así, una tarde vino a aterrizar junto a la fuente una paloma café, de ojillos brillantes y unas divertidas plumas blancas erizadas en la nuca. Primero no entendí por qué, al llegar al suelo, lo hizo tan desgarbadamente, medio de lado, medio de punta, casi metiendo el pico en el cemento. Incluso algunas de las otras palomas se llevaron un susto ante aquel destartalado aterrizaje. El ave pareció quedar medio aturdida y permaneció algunos instantes echada en el suelo, mirando para acá y para allá, como para localizarse. Simpatizando inmediatamente con ella, le lancé un puñado de migas para tentarla, pero no se adelantó para pescarlas y las otras se abalanzaron ávidamente para robárselas... Desconcertada, esperé su próximo movimiento. Entonces, tomando aliento, se incorporó dificultosamente. Ahí lo ví: no tenía patas. Contuve una exclamación, horrorizada. La paloma avanzó un poco, tambaleandose sobre sus muñones, hacia el puñado de migas que yo había acabado de arrojar, pero las otras habían llegado antes y no había sobrado nada. Repetí la acción un par de veces más y sucedió lo mismo. La paloma inválida no tendría ninguna chance, nunca. La pobre miraba ansiosamente mi mano llena de pan y acompañaba su movimiento al lanzar las migajas, pero su discapacidad le impedía llegar a tiempo y pelear por algunas de ellas.
    Entonces, pensando que tal vez su limitación la hiciera diferente de las demás en algún otro sentido que no fuera una desventaja, se me ocurrió encuclillarme lentamente y extenderle la mano abierta llena de pan, muy despacio... Las otras palomas se revolucionaron inmediatamente, desconcertadas con mi movimiento, e iniciaron unas carreras y revolotéos desordenados, como si no supieran cómo reaccionar ante mi osadía. Pero yo sabía que ninguna de ellas tendría el valor de acercarse y comer en mi mano.
    Totalmente abstraida del mundo fuí aproximandome a la paloma inválida que, absolutamente inmóvil, me contemplaba fijamente, como preguntandose cuáles  serían mis intenciones. Sin embargo, no parecía estar con ganas de huir. Mi mano ya estaba a apenas algunos centímetros de ella cuando sus ojillos se desviaron de mí para posarse en las migajas blancas y esponjosas delante de ella. Pareció considerar el asunto muy seriamente por algunos instantes... Yo esperaba, anhelante, hecha una estatua... Hasta que por fin, hice un último y muy, muy suave movimiento y coloqué la mano bien debajo de su pico. La paloma me dió una última mirada, como si estuviera preguntandome: "¿De verdad puedo pescar esas migas? ¿No me vas a hacer nada?"... Y estoy convencida de que, delante de mi silencio y completa inmobilidad, decidió aceptar la oportunidad, que podría ser un riesgo mortal, dada  su deformidad... Pestañeó una vez más y, finalmente, estiró el cuello y comenzó a comer, todavía un poco nerviosa.
    Mientras tanto, las otras continuaban e completo alborozo, corriendo para acá y para allá, haciendo amagos de acercarse, aleteando y arrullando amenazadoramente, pero al final de cuentas, no tuvieron coraje y quien acabó dándose el banquete fué la paloma tullida pues, aprovechando sabia y arriesgadamente la oportunidad que se le ofrecía, ganó más que las otras que, a pesar del hambre y de las fanfarronadas, no se atrevieron a  acercarse, mismo viendo que nada de malo le sucedía a la otra.
    Y contemplando a esta paloma café con su tupete blanco erizado en la nuca y sus tristes muñones retorcidos, me pregunté cuántas veces nosotros, humanos, a despecho de nuestras limitaciones, tenemos el coraje, la sabiduría y la fé para aceptar y abrazar las oportunidades que nos ofrecen o aparecen delante de nosotros, y cuántas las dejamos pasar por ignorancia, porfía, preconcepto o miedo, por no creér en nosotros mismos ni en los demás... Pero tenemos que recordar que las oportunidades son únicas, singulares en su momento, que nos traen algo que necesitamos en esa hora exacta y que, si no las aprovechamos, no volverán a presentarse. Por lo menos no de la misma forma ni con los mismos resultados.

sexta-feira, 30 de novembro de 2012

"Escuchar el silencio"

    La primavera está reacia, un día muestra la cara y nos encanta, nos saca la ropa gruesa, parece que liberta algo dentro de nosotros, y al otro esconde ese precioso sol con nubes y ráfagas de viento helado... Nadie está entendiendo nada! Yo sé que nuestra primavera es como cabra chica, antojadiza, voluble, caprichosa, le encanta atormentarnos con sus cambios de humor y el suspenso por la llegada definitiva del calor, pero hace tanto tiempo que no la vivo que no me enojo con ella y prefiero tenerle un poco de paciencia, porque cuando definitivamente se instala uno ve que toda la espera y la indecisión valieron la pena... Así que me despierto toda mañana y miro altiro hacia la ventana para ver si hay nubes en el cielo, pero mismo que al principio hayan algunas flotando por ahí, me quedo con la esperanza de que más tarde abra y podamos disfrutar del calor del sol y del color con que pinta este escenario espléndido. Hoy amaneció bien nublado, después abrió y ahora se nubló de nuevo. Espero que el viento del atardecer se lleve estas nubes y que mañana haga un día de aquellos de cortar el aliento... Hasta porque voy a visitar a mi hermana en el Cajón del Maipo y no quería que el día estuviera feo. El paisaje allá arriba es simplemente deslumbrante y pretendo sacar algunas fotos para postear en mi facebook.
    Y con esta esperanza y los acordes medio desafinados de mi vecino en su saxofón tratando de interpretar Noche de Paz, aquí va la crónica de la semana.


    Bocinas, motores, campanas, sirenas, teléfonos, televisores, radios, perros, niños, grúas, chincoles, bocinas... Cierro los ojos y escucho todo esto -y mucho más- a mi alrededor, a veces harmonioso, a veces desafinado y estridente... Son las innumerables voces de la ciudad, su gama casi infinita de expresiones, los sonidos de su existencia, que a veces pueden confundirnos o asustarnos, irritarnos, desconcertarnos, y otras pueden alegrarnos, guiarnos e identificarnos, porque nos reconocemos en ellos. Altos y bajos, cercanos o distantes, nuevos o antiguos, esta identidad auditiva nos acompaña todo del tiempo... ¿Pero qué dicen los cascos de los caballos, los ladridos de los perros, las llamadas de los vendedores ambulantes, las campanas de la iglesia? ¿Qué es lo que nos murmuran el zumbido del metro o el arrullo de las palomas? Cada sonido tiene su significado, su apelo en nuestra alma, y nos provoca algún tipo de reacción, pues a veces este barullo externo encuentra eco dentro de nosotros, juntándose al universo acústico que bulle en nuestra mente y nuestro corazón.
    Recuerdo cuando llevaba a mis alumnos al parque, al zaguán del teatro, a la plaza o a alguna otra área de la fundación y les pedía que danzaran o expresaran de alguna forma corporal los sonidos que escuchaban: el viento, los regadores soltando agua, los motores, los gorriones, las voces de los otros alumnos, los instrumentos resonando en las otras salas de clases, la sierra del carpintero que construía los escenarios... Todo era posible de ser transformado en algún tipo de movimiento, pues había una conexión, una reacción, alguna emoción envuelta. Performances preciosas y conmovedoras resultaban de estas experiencias.
    Sin embargo, aquello era sólo el comienzo, porque después los llevaba de vuelta a la sala de clases y, cerrando puertas y ventanas, los exponía, ahora, al silencio total para que trataran de hacer la misma experiencia con el movimiento. ¡Dura prueba para ellos! ¡Abandonarse dócilmente a esta especie de "nada", a este tabú opresivo que es el silencio, a este vacío de muerte al que siempre es asociado!... La mayoría sufría angustias tremendas, se sentían abandonados, en peligro, perdidos, aterrados, y apenas conseguían hacer uno que otro movimiento... Con todo, después de algún tiempo, yo acababa con su suplicio y les pedía que trataran de escuchar los sonidos que sus propios cuerpos emitían: respiración, corazón, el roce de la ropa, el aire desplazándose, pies moviéndose en el suelo, pequeños sonidos involuntarios... Esto ya les resultaba más fácil y hasta eran capaces de darme una buena devolución al final del aula. Y para terminar, uno de mis ejercicios favoritos: producir los propios sonidos y crear una coreografía. Entonces eran chasquidos, suspiros, murmullos, palabras sueltas, exclamaciones, palmas, frases ininteligibles, músicas inéditas... Los acentos más íntimos y peculiares que un ser humano puede producir llenaban la sala silenciosa, y los cuerpos ejecutaban movimientos que semejaban rituales, oraciones, revelaciones. Algunos lloraban, otros sonreían, extasiados, unos pocos se quedaban inmóviles, como que iluminados. Esta era la experiencia completa, tras la cual ellos percibían que nuestro cuerpo posee un lenguaje único y peculiar, que normalmente no tiene mucho que ver con lo que el cerebro le ordena emitir. Esto les enseñaba a parar y prestar más atención a lo que este cuerpo tenía que decir, y que a veces podía ser mucho más coherente y sabio que la lógica académica que nos habían enseñado.
    Y hoy, rodeada por todo el bullicio fascinante y mareador de esta gran ciudad,  me pregunto si todavía conseguimos hacer silencio, escuchar el silencio (porque el silencio no es sólo la ausencia de ruido, sino más bien una actitud interior) danzarlo, vivenciarlo en toda su riqueza. Me pregunto si tenemos el coraje de callar y oír lo que nuestro cuerpo y nuestra alma tienen que decirnos. ¿Será que tenemos miedo de nuestros propios y más verdaderos sonidos? ¿Qué es lo que podrían revelarnos? ¿Serían un espejo de nuestra verdad, un reflejo de nuestra esencia? ¿Será que Dios se encuentra allí? ¿Y la divinidad tiene un sonido?...
    Lo primero que se escucha cuando la vida comienza es el latido del corazón, rápido, feroz, lleno de urgencia por ponernos en el mundo, y ese compás nos acompaña hasta nuestro último aliento, diciéndonos en todo instante que estamos vivos, conscientes, activos, que podemos escoger, actuar, decidir, crear, recibir, amar y ser amados... Y cuando ese sonido se apaga, la existencia también termina, porque ambos están indisolublemente ligados ¿Entonces por qué no aprovechamos para escucharlo en cuando tenemos la oportunidad?

quarta-feira, 21 de novembro de 2012

"La verdadera bienvenida"

    Los días continuan lindos, los árboles vistiendose de ese verde nuevo y vigoroso que nos trae aquella vieja y deliciosa sensación de renacimiento, de esperanza y pura felicidad, tanto así que yo retomo mis inspiradoras caminatas por el paseo Bulnes en la mañana temprano... Hay tanto que ver, tanta gente que descubrir, tantos rincones y paisajes dentro de este paisaje urbano inmenso, que créo que mismo que camine por allí el resto de mi vida siempre encontraré novedades, sorpresas, personajes e historias. Ya hasta reconozco a algunos: la tía que hace su jugo de naranja para los apresurados que no tuvieron tiempo de tomar desayuno, el señor que pasea sus poodles juguetones, la chica que riega el pasto del parque al final de paseo, el chico de mochila roja que, junto a su bicicleta, se sienta en el borde de un cantero a esperar a alguien, el gordito que llega en su moto azul espantando a las palomas y estaciona junto al poste, al cual encadena su vehículo. El señor y su mesita de hierbas y el fiel perro que se sienta en el pasto, sobre una frazada vieja, apoyandose en la espalda de su dueño... Y así, tantos rostros y gestos, tantas voces que van entrando poco a poco en mi propio mundo y de los cuales, con certeza, ustedes van a leer en un tiempo más. Aquí todo me inspira, mismo cuando no es un buen día (sí, porque a veces tengo unos días medio chatos) todo me dá fuerza, me llena de una felicidad inexplicable y verdadera que me deja con ganas de más. Me siento como un cabro chico en una tienda de dulces!...
    Y así escribo hoy, cómodamente instalada en el sofá de la sala, escuchando la Tribuna FM -mi radio preferida en Brasil- mientras los fideos se cocinan en la olla. ¿Quieren algo más casero y confortable?...
   Debo explicar que, en realidad, estas eran dos crónicas separadas, pero al leerlas nuevamente, me di cuenta de que tienen que ser publicadas juntas, porque no se puede separar una familia. Lean y van a entender.


    Ella no es muy alta, de piel blanca, algo quemada por el sol del campo, ojos claros, de mirada directa y aguda, cabellos completamente blancos, cortos, siempre un poco despeinados. Tiene una voz firme y un poco ronca, que expresa sus opiniones con suma clareza y autoridad, pero con un dejo de benevolencia y comprensión. Es delgada y erecta, de movimientos certeros y seguros -a no ser por un pequeño temblor en la mano derecha al cual no le concede la menor importancia- está siempre bien vestida, pero con modestia. Dueña de su cocina y de su jardín, capitana orgullosa de su prole -hijos, nietos, nueras, yernos, sobrinos- y de su casa acogedoramente desordenada. Viuda valiente, católica fiel, empresaria emprendedora, líder admirada en su comunidad  en la ya no tan pequeña Melipilla. Ochenta años de experiencia que no parecen pesarle ni en el cuerpo ni  en la salud, sino darle más disposición y energía para continuar con lo que asumió como la misión de su vida: educar, formar futuros ciudadanos tan rectos y empeñados como ella, hacer florecer en el corazón y la mente de los jóvenes de hoy algunos conceptos tachados de anticuados y severos, pero que son los que le dan dignidad y propósito a una vida.
    En su gran casa se juntan y se mezclan todas las tribus, las historias y los personajes sin conflicto ni discriminación, cada uno en su pequeño territorio, todo con orden y respeto, como a ella le gusta. Es una constante y fluyente diversidad bien alimentada física e intelectualmente, siempre bien recibida y acogida, porque en su hogar hay siempre oídos para escuchar, brazos para abrazar, palabras para aconsejar, una tacita de té, un pedazo de queque, una copita de vino para calentar la conversación... Pequeños y complejos universos orbitan alrededor de esta mujer exigente a quien no le gustan las quejas y las faltas de carácter, que es abierta pero severa, amiga y siempre maestra, directora de su propia existencia. Mujer plena, casa plena, vida plena.
    Así la veía yo desde la silla donde me había acomodado, debajo del parrón que ya mostraba las primeras hojas de un verde esplendoroso, en medio del jardín oloroso y todo adornado para la fiesta de aquella tarde. El cielo se mostraba caprichoso, una hora lleno de nubes obscuras  y amenazadoras, otra luciendo un sol cálido contra un azul glorioso. Docenas de volantines aprovechaban para hacer piruetas al viento caprichoso, el durazno florecido, perfumado, provocava nuestra envidia con su belleza. Mesas, sillas, el perro corriendo para acá y para allá, alborozado con el anticipo de los tutos de pollo, la carne y las longanizas chisporroteando sobre las parrillas, invitados llegando, carbón, costillar, globos y guirnaldas rojas, blancas y azules, Los Huasos Quincheros llenando el aire por los parlantes. Olor a vino, a chicha, a té, a habas y papas asadas, a empanadas. Conocidos y desconocidos llegando para formar una sola familia, el tiempo y las voces fluyendo, entrelazandose, envolviendome como una manta calientita y tan familiar...
    Inauguramos la "Fonda de la Tati" -como apodan a la dueña de la casa- entonamos el himno nacional, emocionados, y se danzó cueca de punta y taco, con gracia y corazón. Fué una tarde plena, repleta de emociones, de rencuentros, de recuerdos, de patria añorada, de lazos que se reataban con más fuerza que nunca, a pesar del tiempo y la distancia transcurridos... Y era esta mujer admirable, dura como una roca y tierna como una brisa, la que comandaba toda esta celebración que, para mí, iba mucho más allá de una fiesta patria: la tía Paty.
     Y luego venían, como partes indivisibles de ella, el Mando Javier, la Pachi, el Cristian y el Alberto, sus hijos, mis primos, hijos del hermano de mi mamá... Ah, abrazar a cada uno de ellos fué como zambullirse en el calor de la sangre, en la tierra, en una dulzura apretada largamente añorada. Sus voces y su manera de hablar permanecían las mismas de nuestra niñez, mas ahora con timbres de adulto... Era curioso, pero cuando los miraba no conseguía ver las canas, las arrugas o  cualquier otro indicio que el tiempo pudiera haber dejado en ellos. No, yo continuaba mirando a mis primos de Cholqui, de Melipilla, de la casa bulliciosa de mis abuelos y su garage mágico, en el que inventábamos mil aventuras.Y sus sonrisas continuaban inocentes, sus risas y gestos generosos, llanos, espontaneos, sin reservas ni juicios. Para mí, habían conservado intacta esa ingenuidad, ese espíritu siempre alegre, cálido, de gente buena, bien educada, trabajadora, sin frescuras, recta y abierta... Y en ese momento pensé, agradecida: "Ya no se hace más gente así, y yo tengo la suerte inmensa de pertenecer a esta familia". En la capital las personas también son acogedoras, simpáticas y abiertas, pero no tienen conmigo estos lazos, esta intimidad, las historias, el afecto puro y sincero, intocado, que tenemos con la  familia. Todos ellos son dignos descendientes de un soñador y una guerrera, reúnen en ellos lo mejor del tío Armando y la tía Paty y yo espero que consigan pasar esto a sus propios hijos para que así este río de cariño, alegría y calor se extienda por muchas y muchas generaciones. Eso sería el mejor de los legados que podrían dejarnos.
    Y así, fueron sus abrazos apretados y sinceros, sus voces bien chilenas y su cariño sincero y sin reservas los que en esa tarde de fiesta me dieron la verdadera bienvenida a mi patria.

terça-feira, 13 de novembro de 2012

"El perrito blanco"

    Bueno, y como dicen por ahí: quien espera siempre alcanza. Y aquí estoy yo, cómodamente instalada en el sofá de la sala mientras mi hija está en el centro haciendo sus diligencias, tecleando por primera vez en nuestro nuevo, super, suave, veloz y liviano notebook absolutamente nuevo... Aaaah, ustedes no imaginan -aunque tal vez sí porque casi todo el mundo tiene algún tipo de computador- lo delicioso que es poder escribir cuando y donde quiera, sin tener que bajar hasta el hotel para congelarme o quedarme con dolor de espalda dos días a fin de enviar un e-mail o postar las crónicas. Fuera eso, ahora voy a estar bien más ocupada poniendo mi diario al día y produciendo todos los textos que se me están ocurriendo para que así no me lo pase el día entero viendo tele y comiendo porquerías. ¡Prometo que esta será la última crónica que saldrá atrasada!... Es que estaba aguardando la llegada de esta preciosura para postearla, y cuando ella finalmente entró por la puerta de nuestro departamento, discreta, elegante y blanquisima (ya la apodé de Blanca Nieves) casi salí saltando por el corredor. Menos mal que no lo hice, porque ya hay suficiente gente extraña en este edificio...
    Entonces, para hacerle justicia a esta pequeña ultra mega putz belleza, aquí va la de esta semana:


    El día amaneció glorioso, cálido, cielo azul, cerezos y almendros espiando la primavera con sus pequeños y aún tímidos botones que ya anhelan llenar de color y perfume las calles, plazas y parques... Salí a la calle a hacer una diligencia y se me llenaron los ojos de lágrimas delante de esta selva de concreto alucinada y voraz que también empieza a transformarse con el cambio de estación: banderas chilenas en todos los kioskos, vitrinas, taxis y balcones, los geranios de los postes echando su verde nuevo al viento, los chincoles, gorriones y tordos alborozando en las ramas todavía desnudas, como llamando a la savia para que corra más de prisa. Perros perezosos tendidos al sol, ropas más livianas y coloridas, voces animadas, sandalias, camisetas, helados, ventanas abiertas, cortinas danzando, gatos estirándose en los alfeizares...
    Caminaba por la calle sonriendo como una boba, sintiendo el viento que jugaba con mi pelo y mi ropa como si fuera la primera vez, con el pecho rebosante de esta felicidad gratuita y luminosa que tan a menudo toma cuenta de mí desde que llegamos... ¿Cómo podía ser tan bueno? ¿Cómo podía ser tan lindo? ¿Cómo podía sentirme tan bien?... ¿Soñaba? ¿Actuaba? ¿Me mentía a mí misma? ¿Cuánto tiempo más iba a durar esta magia? Pues a mí me parecía que no iba a acabar jamás. Estoy totalmente convencida de que nunca más voy a dejar de sentirme feliz, agradecida, llena de expectación por las aventuras que me aguardan todavía, valiente, optimista. Creo que nunca dejaré de ver lo bonito, lo bueno, lo especial, cada milagro que Dios pone en mi camino. Mis ojos no van a cansarse de esta cordillera, de estas calles, de las personas. Todo esto es como un constante milagro para mí, un descubrimiento permanente y pretendo hacer todo lo posible para que continúe así hasta mi último aliento.
    Y de repente, al llegar a este punto de mis cavilaciones, tuve un sobresalto, porque inesperadamente me pregunté: "¿Y hasta cuándo seré capaz de disfrutar todo esto?"... Pues la conciencia de que estoy envejeciendo se hace presente, amenazante, real. ¿Cuánto tiempo de esta salud física y mental me queda? ¿Será que algún tipo de invalidez me va a impedir continuar viviendo así? ¿Va a enajenar mi percepción o mi capacidad de expresarme y producir, de mantenerme activa y participativa? ¿Va a confinarme a una silla de ruedas, a la cama de un hospital, a un cuarto de casa de reposo?... Me cuido y me vigilo lo mejor que puedo, pero ¿quién sabe el mañana?... Dudas angustiosas, opresivas, sombras en un día de sol, preguntas sin contestación... ¿Cuánto tiempo voy a poder disfrutar de nuestro apartamento? ¿Por cuánto tiempo voy a poder trabajar todavía, valerme por mí misma?... Allí tenía el futuro incierto, implacable, fuera de control. Por un momento todo pareció parar, nublarse, perder el  sentido. "¿Entonces para qué tantos planes?", me pregunté, desanimada, "Cuál es la respuesta, la reacción, a no ser resignarse? ¡Pero resignarse no es vivir! ¡Es vegetar y esperar la muerte!"...
    Llegué al departamento cansada y triste, medio descorazonada y asustada, pues me había dado cuenta de que no se puede escapar de la vejez y sus consecuencias, y mucho menos de la muerte... Me tiré al sofá y prendí la televisión para ver si me distraía de estos pensamientos negativos. Pasé los canales una y otra vez. Nada interesante, nada diferente, si bien tenía la sensación de que, en aquella hora, ni el más entretenido de los programas me habría sacado de mi melancolía y pesimismo... Sí, estaba aquí, finalmente había regresado a casa, pero ¿por cuánto tiempo?... Debía haberlo hecho antes, ahora tenía certeza.
    De repente un perro galgo gris, flaco y con mirada huidiza llenó la tela de la televisión. Llevado por el "líder de la manada", César Millán, que tiene un exitoso programa donde se dedica a rescatar y dar un nuevo hogar a perros abandonados y problemáticos, se acercó a otro perro, éste pequeño y peludo, de un blanco inmaculado, con un collar rojo vivo. El dueño del perrito blanco, que estaba recibiendo al galgo gris mientras le encuentran  un nuevo hogar, dijo que no quería quedarse con ningún otro animal porque ya había sufrido lo suficiente con cada uno de los que se le habían muerto. Confesó que estaba siempre vigilando a su perro, angustiándose y deprimiéndose al notar cómo envejecía tan rápidamente, preocupándose con cualquier síntoma o cambio y ya sintiendo su pérdida... Entonces, César lo miró, sonriendo comprensivamente, y le respondió:
    -Mira, los perros viven cada día, un día de cada vez, porque para ellos no existe el mañana. En realidad, es el ser humano el que se preocupa y se aflige con el futuro y con la muerte. Al perro le basta el día de hoy.- y riendo suavemente, concluyó: -Nosotros deberíamos aprender de ellos, ¿no te parece?.
    Yo me quedé mirando la pantalla, con el control todavía suspendido en una mano. Sin darme cuenta, estaba prendiendo el aliento. Las imágenes continuaron: otros animales, otros casos... Pero yo me había quedado con la visión del perrito blanco tranquilamente echado en la alfombra, ojillos cerrados, respiración calma, cuerpo relajado. Era la imagen de la felicidad, de la paz y la despreocupación. El cuadro de la confianza, de la satisfacción y la gratitud por otro día, otra comida, otro paseo, un nuevo amigo...
    Bueno, si necesitaba alguna respuesta para sosegar mi angustia y mi desánimo y resolver mis dudas, este perrito blanco acababa de dármela.

quarta-feira, 31 de outubro de 2012

"Ventanas"

    Han sido dos semanas de mucha correría, pero todo el stress y las noches sin dormir valieron la pena porque, finalmente, conseguimos juntar el dinero para dar el pié de nuestro departamentito... ¡Ah, ustedes no imaginan -o tal vez sí- la felicidad y el alivio que nos invadió cuando entramos a la sala de la inmobiliaria con el comprobante de depósito en la mano!... Ahora me lo paso el día entero soñando con cada cuarto, cada mueble, cada adorno, cada planta que voy a colocar allí... Y de repente me pillo pensando: "¡ A mi edad, comprando sola mi primera vivienda!"... Les digo que esta señora todavía tiene gas para mucha cosa! Muchos desafíos, muchas aventuras, mucha felicidad y mucha creatividad, mucha realización.! Cada día me convenzo más de que algo magnífico me espera aquí, entonces estoy muy atenta e optimista, porque sé que no vá a demorar.
    Y antes de que me congele en esta sala, a pesar de que allá afuera hace un sol deslumbrante, aquí va la crónica de la semana, totalmente atrasada. Pero como ahora podremos comprarnos un notebook con algo de la plata que nos sobró, probablemente no volveré a faltar, ya que no tendré que bajar hasta el hotel para poder escribir... Bueno, tampoco voy a ser ingrata, porque por lo menos, no nos ha faltado computador para poder comunicarnos y hacer nuestras cosas,¿no es verdad?...


    Me siento en el borde de la cama, frente al ventanal, y permanezco allí por algún tiempo... La pieza está oscura y silenciosa. Mi hija vé televisión en el hall, al lado, y sé que se quedará hasta bien tarde, sin embargo, para mí ya es hora de irme a la cama... Miro hacia la ventana y está todo en sombra. Apenas distingo mi propio reflejo en el vidrio. Sé que estoy rodeada por tres bloques de edificios de departamentos, mas en esta negrura parece que sólo yo existo en este momento. Me siento en una especie de cápsula cálida y vibrante mientras el universo allá afuera está como suspendido en la nada... El peso de una soledad desconocida cae sobre mí, pues mismo sabiendo que estoy rodeada de edificios y de personas, estoy como en otra realidad sólo mía, donde mi cuerpo y mi mente son únicos, densos, donde no hay espacio para nadie más. Mi propia vida se vuelve pesada, tortuosa, aislada, como si no formara parte de la historia, como si no tuviera relevancia. Es como un eslabón perdido en la noche. Las angustias e incertidumbres de esta nueva vida me rodéan como polillas alrededor de una luz y me tocan con sus alas frías y aterciopeladas. Como no hay hacia dónde mirar, visiones de mi propia existencia pasan delante de mí y no tengo con quién compartirlas. Desconectada de todo y de todos, ella parece inútil y sin sentido...
    Sin embargo, he aquí que, de repente, la ventana del departamento al frente se enciende. El rectángulo de cortina café parece flotar en el frío nocturno. Percibo siluetas que se mueven atrás de él y, como cayendo en mí misma delante de esta imagen, me acuerdo de que allí vive una pareja de chinos jóvenes, y de que hace un par de días compraron una cama nueva... Estoy acordándome de la escena del colchón y el armazón de madera entrando a empujones por la pequeña puerta, cuando se encienden otras dos ventanas, casi al mismo tiempo. La de la cortina verde es del departamento del dueño de un mini market donde compramos el pan y el jamón, el água y aquellas paltas deliciosas. Don Fernando anda con un dedo vendado por causa de un accidente casero... La cortina roja esconde una pareja con un niño pequeño que adora andar por el hall empujando una silla. 
    Luego, otras tres ventanas se iluminan... "Todos están volviendo a casa", me digo, empezando a sonreír, "Los chilenos están trabajando hasta tarde"... El poodle allá abajo corre hacia la puerta que se abre, ladrando y cabriolando, y alguien entra y se agacha para acariciarlo. La mujer rubia abre la puerta de la terraza y sale a colgar una toalla en la baranda. El vecino al lado sale con su taza de café y su cigarro, quedandose en la penumbra con aire pensativo. El gordito de arriba se asoma a la ventana para hablar en el celular. La señora a mi izquierda aparece en el balcón con una jarra de água y riega generosa y delicadamente sus helechos y sus claveles y cardenales...
    Todavía sentada al borde de la cama, contemplo cada uno de estos cuadros a mi alrededor y no puedo evitar sonreírme. ¡Cuánta gente conozco! ¡Y qué cerca están de mí!... Y empiezo a hacerme la cuenta: la chica del gimnasio (Magdalena) el conserje (don Arturo), las señoras del aseo (María y Juana) el caballero rde la lan-house en la estación del metro, la dueña de la florería, la señora de la fiambrería (doña Teresa), el peluquero (Andrés) y su perrita ("Florencia") su amigo (Mario), el maestro del hotel (Carlos) la profesora de canto de mi hija (Paulina), los empleados de las tiendas, las cajeras del supermecado, el vendedor del kiosko de fruta, mi casera de La Vega... Pestañéo y suspiro, irguiendome, pues una multitud de rostros, de voces, de anécdotas y encuentros, de momentos compartidos desfila delante de mis ojos, y cada uno de ellos deja su huella en mi existencia, se entrelaza a mi historia de una u otra forma, agrega una experiencia a mi vida, así como yo misma debo agregar alguna a las de ellos.
    Dejo esas luces encendidas protegiendo mi obscuridad y me voy al baño a lavarme los dientes. Véo el água correr, dicharachera y poderosa, y me percato de que en verdad no estoy sola, de que hago parte de un todo, de que tengo mi papel. Y más, percibo que todos debemos hacer parte, todos debemos vivir nuestro papel, cumplir nuestro destino y dejar nuestro legado. Estamos rodeados de otros como nosotros, de aquellos con quienes cruzamos cada día por algún motivo. Necesitamos los unos de los otros y mismo que a veces parezca que estamos solos o que fuimos abandonados, debemos saber y creér que, escondidos en las sombras -inclusive las más negras- hay otros que, tarde o temprano, encenderán sus ventanas para iluminar nuestro  camino.
   
 

terça-feira, 9 de outubro de 2012

El cerezo

    A veces, las cosas parecen caminar tan despacio que dan la impresión de estarse arrastrando. Otras, van tan rápido que casi no nos damos cuenta de cómo suceden y de repente, ¡pam!, ya está todo solucionado y puedes seguir con tu vida feliz y tranquilo... Bueno, para nosotras el negocio anda más o menos así: un día intolerablemente lento, al otro sorpresivamente rápido. Es una verdadera montaña rusa -nada favorable para la glicemia o la presión- pero tengo certeza de que toda esta locura y esta ansiedad van a acabar valiendo la pena porque obtendremos nuestra recompensa, es decir, nuestro soñado departamentito propio... Falta poco, muy poco... Un profundo suspiro de paciencia y fé y ya estaremos allí.
    Y aprovechando esta onda veloz que se precipita sobre nosotros trayéndonos buenos augurios, junto con este sol radiante y la brisa perfumada, me siento aquí para postear la crónica de la semana, a ver si bajo la presión y la glicemia...


    -Encuadernación?...- preguntó la conserje del hotel, irguiendo las cejas, y tras pensar durante algunos instantes, sonrió y agregó: -Hay un lugar aquí cerca, en la calle Paris. Nosotros hacemos todos los anillados allá.
    Le agradecí la información con una sonrisa, pesqué la bolsa plástica con mis papeles y salí a la calle atrás de la tal imprenta. El día estaba precioso, soleado, el aire cristalino, a pesar de las ráfagas heladas que de repente barrían las esquinas y los recovecos, silbando por las paredes históricas y sus grietas y levantando  remolinos de hojas secas de las veredas de adoquines... Invierno con una amenaza de primavera, típico de Santiago... Me arrebujé en mi parca y subí por la calle que la mujer me había indicado, mirando bien para no perderme porque, como ella me había explicado, el lugar era chiquitito y medio escondido. Yo observaba los caserones de piedra con sus terrazas y balcones de rejas trabajadas, las ventanas primorosamente esculpidas, los garages imponentes, y no imaginaba dónde podría estar una imprenta, pues todo me parecía grande y majestuoso.
    Sin embargo, al poco tiempo de andar, divisé de lejos un letrero verde y blanco  en el que se leía: "Imprenta. GoGe fotocopias", apoyado en el costado de lo que parecía ser la cochera de aquel caserón. Me acerqué, percibiendo que otros pequeños establecimientos de todo tipo se habían instalado también en los garages o entradas de las casas, hasta llegar al lugar. Cuando lo ví, me quedé medio preocupada, pues pensé que la señora del hotel se había equivocado. Aquello no era más que un espacio minúsculo, sin mesón de atendimiento, apenas con una placa medio chueca de compensado separando al cliente de los funcionarios. Un escritorio arcáico, pesado, obscuro, un sillón probablemente rescatado de algún anticuario o de una casona en decadencia, estantes hechizas, paredes amarillentas, zurradas, manchadas. Era un espacio sombrío y estrecho, donde no había casi lugar para moverse entre aquela antigualla con cajones y el estante junto a la pared donde se amontonaban carpetas y hojas. Al fondo, después de un umbral medio cubierto por una cortina beige bastante sucia, podía verse la máquina impresora, enorme y anticuada, negra y extraña, como un gigante encarcelado. Un refrigerador, um computador viejo, papeles, máquinas menores, latas de tinta, trapos... Un desorden respetable y nada confiable... Un hombre alto y desgarbado, con un delantal manchado, anteojos y casi calvo, se inclinaba sobre la prensa, totalmente abstraido... Yo miré a mi alrededor, medio desconcertada, sin saber si debía irme o hacer algun tipo de ruido para que el hombre se diera cuenta de mi presencia. Y justo cuando estaba a punto de dar media vuelta y marcharme, apretando mis preciosos papeles contra el pecho como quien salva a un hijo de la muerte segura, una voz femenina surgió detrás de mí, desde algún rincón no muy lejano, y me saludó.
    -¡Buenos días, querida! ¿En qué puedo ayudarla?.
    Y juro que era una de las voces más amables y alegres que había escuchado en mucho tiempo, totalmente anacrónica com aquel ambiente lúgubre. Tanto, que me hizo detenerme como si me hubiera lanzado un lazo. Inmediatamente me dí vuelta,  curiosa por ver el rostro dueño de aquella voz casi mágica.
    -Buenos días.- repitió ella -¿Qué se le ofrecía?
   Me quedé mirándola durante algunos segundos antes de responder, totalmente sorprendida. Porque la imagen realmente no correspondía en absoluto al escenario: delante de mí estaba una señora de unos 50 y pocos años, de cabello rubio perfectamente peinado, piel clara y ojos brillantes, maquillaje discreta, labios rosados, unos aritos pequeños, collar de perlas, uñas pintadas, un par de anillos sobrios. Vestía con elegancia y sus botas brillaban bajo la falda lisa. Pequeña y delgada, lo que más llamaba la atención -fuera su voz- era su sonrisa, que mostraba unos dientes blancos, algo disparejos. Cuando sus labios se entreabrían parecía que todo allí dentro se iluminaba, se volvía cálido y acogedor. Tuve la sensación de que la conocía desde siempre,  deque podía confiar en ella, de que nos íbamos a entender muy bien...
    Sin dudarlo ni un segundo, volví atrás y le presenté mi bolsa.
    -Necesito hacer fotocopias y anillar estos papeles- le expliqué, sonriendo también.
    -¡Cómo no!- respondió, tomando las hojas con movimientos leves y diestros. En seguida les echó una ojeada, como para evaluaros -Queda listo en una hora..- concluyó, volviendo a mirarme.
    Y aquellos ojos eran tan sinceros, tan acogedores, tan envolventes, que yo no quería salir del frente de ellos. Su voz cantarina y animada, sus gestos claros y graciosos y aquella absoluta disponibilidad hacia mí y mis necesidades me habían conquistado por completo, instantáneamente.
    Entonces me pregunté:"¿Cómo será que se volvió así? ¿Cuáles fueron las experiencias que la transformaron un esta mujer tan cálida y positiva? ¿Qué era lo que la animaba? ¿Por qué tenía esa sonrisa?... ¿Será que fueron solamente vivencias buenas? ¿Suerte, una vida feliz, saludable, financieramente estable, próspera? ¿Alguna creencia religiosa? ¿Algún amor?"... Sin embargo, también se me ocurrió que tal vez fuese lo contrario: que el sufrimiento la había lapidado para que aprendiera a percibir y aprovechar cada momento positivo, cada encuentro, cada gota de felicidad que encontrara en su camino. Tal vez había aprendido a través del dolor que la sonrisa y la amabilidad son como semillas que, cuando lanzadas, se multiplican y dan flores y frutos que retornan a quien las plantó. Tal vez una imperecedera esperanza en los hombres, en el destino, en el buen combate, anidaba en su corazón y sostenía su cuerpo, de esa esperanza y gratitud que renacen cada mañana y se refuerzan a lo largo del día por la percepción y la asimilación de la belleza que nos rodéa, por la conciencia de cada pequeño milagro que sucede durante nuestra jornada. Quizás creía en ángeles, en el paraíso, en la buena fé, en la compasión. Quizás se sentía tan agradecida y afortunada que deseaba compartir su dicha con todos nosotros, quería que supiéramos cómo es bueno estar vivo, poder ver, escuchar, sentir, se comunicar, ser amable, sonreír, estar dispuesto a acoger... La imprenta era pequeña y féa, sí, pero en ese instante yo tenía la certeza absoluta de que mi encomienda sería ejecutada con total perfección, porque sería hecha con todo el amor y el brillo que esta mujer irradiaba.
    "¡Puchas!", pensé, mientras me alejaba "¡La sonrisa de esta señora podría hacer florecer un jardín en pleno invierno!"
    Y cuando levanté la cabeza ví, en la vereda bien al frente de la imprenta, un cerezo lleno de flores abiertas que embalsamaban el aire.

quarta-feira, 3 de outubro de 2012

El taxi y el paradero

    Después de algunos días bien fríos, aquí está nuevamente el sol, luminoso y cálido, dándonos ánimo y prometiéndonos días mejores. No sé por qué un cielo azul como el de hoy tiene el poder de levantarnos el ánimo, de renovar nuestra fé, de hacer que nos demos cuenta de lo lindo que es el mundo y de lo valiosa y rica que es la vida...
    Como pueden ver, hoy estoy poética (a pesar de estar preocupada y ansiosa por cuenta de esos terrenos que parecen estar demorando una eternidad para venderse) y créo que este espíritu lírico y la pequeña felicidad que revolotéa en mi alma se deben, justamente, a este cielo azul y al sol, que brilla con alegre insolencia, y tal vez también a mi nuevo corte de pelo, que me costó una fortuna pero que valió cada centavo... En un día como este, uno está convencida de que nada puede salir mal, ¿no es verdad?...
    Y aprovechando la temperatura  amena y la cabeza más liviana, me siento aqui en el salón del hotel antes de que se enfríe y postéo la crónica de la semana. Es otra larga, como verán. Ese negocio de no mandar más textos para el diario me está dejando muy suelta, pues no tengo más un límite de treinta lineas para desarrollar un tema... ¿O debería tenerlo?... Por favor, si me pongo muy latosa y extensa, avísenme!...


    A las seis y media de la tarde el taco era fenomenal, interminable... Bocinas, rugidos de motores, humo, impaciencia, insultos. Autos y buses se apiñaban, luchando por un espacio, por avanzar algunos centímetros, pero la cosa estaba tan féa que ni siquiera las motos y sus conductores contorcionistas conseguían pasar. Los transeúntes contemplaban a esta  multitud motorizada con una mezcla de horror y fascinación, algunos hasta se detenían para hacer comentarios y, probablemente, llegaban a la conclusión de que en ese momento era mejor tener dos piés que cuatro ruedas.
     Mi hija y yo, metidas en un taxi a camino de un ensayo con el coro de una escuela, nos sentíamos como sardinas en una lata, exprimidas por todos lados, viendo los minutos correr sin avanzar un metro siquiera. Con certeza íbamos a llegar atrasadas, ¡ y justo en el ensayo general antes de la presentación!... Pero no había caso, como refunfuñaba el taxista, entre un tirón y otro. A esta hora era el mismo infierno. Paciencia...
    El semáforo finalmente abrió allá adelante  y conseguimos adelantar un par de cuadras. En seguida, nuevo taco, nuevos bocinazos, insultos y caras furiosas. Menos mal que, por lo menos, el paisaje era bonito (Vespúcio hacia Vitacura) elegante, lleno de jardines y terrazas, de edificios modernos, de tiendas sofisticadas y canteros floridos. A nuestro lado, autos último modelo, rostros de facciones refinadas atrás del volante, ropas caras, un tenue aire de fastidio, de digna impaciencia estóicamente soportada con un cigarro, el celular o una água mineral. Del lado contrario, una fila interminable de buses verdes, naranjas y azules, y en la vereda los paraderos llenos de gente esperando.
    Llegamos a la última esquina antes de doblar hacia Vitacura, y la luz estaba roja. El taxista, que ya había tomado algun impulso, frenó en seco y soltó algunos improperios en voz baja. Mi hija y yo nos miramos y  dejamos escapar tan sólo un suspiro de resignación. Ya íbamos a llegar atrasadas de cualquier forma...
    Permanecimos estancadas allí por lo que pareció ser una eternidad, y durante ese tiempo se me ocurrió de repente prestar atención a lo que sucedía más allá de la ventanilla empañada del auto. Entonces, me fijé en las personas que se amontonaban en el paradero. Estábamos justo frente a él y realmente había una pequeña multitud aguardando allí: hombres, mujeres, adolescentes, niños de la mano de sus madres o en sus brazos, expresiones cansadas, grises, opacas. Ropas viejas, sobrepuestas sin ningún buen gusto, sólo para escapar del frío, botas, botines, zapatillas gastadas, chuecas, tristes, medias de lana, bufandas, gorros, guantes sucios y agujereados. Caras lavadas, rudas, cabellos de cualquier manera, sombreros viejos, abrigos zurrados... y bolsas, docenas de bolsas, paquetes, envoltorios, carritos, folletos con promociones de supermercados, cajas de cartón... Mirada así, mezclada con todos esos objetos, era una masa informe de cuerpos y facciones tan similares que parecían hermanos. Gente humilde, sufrida, sacrificada, porfiada, casi sin esperanza... Y al mirarlos, me pregunté, curiosa: "¿Qué es lo que hacen aquí?"... Miré a mi alrededor, a todos los edificios lujosos, cuyas terrazas daban la vuelta por todo el piso, con esos ventanales panorámicos a través de los cuales podìan vislumbrarse salas enormes llenas de plantas, espejos, lámparas de cristal, muebles y alfombras caras. Miré las veredas limpias, los jardines verdes, con un paisajismo inspirado, las calzadas sombreadas por árboles bien cuidados y frondosos. Ví los vidrios polarizados, el metal trabajado, el concreto caprichosamente moldeado, el fierro domado con tanta gracia y majestad... Todo allí era nuevo, impoluto, audaz, lleno de una insolencia y ostentación que intimidaban. En una palabra: caro. Miré nuevamente al grupo amontonado en el paradero: nadie alto, rubio, de ojos o piel claros, bien vestido, con joyas, ostentando ese aire de superioridad tan natural en aquellos que lo tienen todo... No, esta gente era lo opuesto y, definitivamente, no pertenecían a ese lugar. Pero, entonces, ¿quiénes eran? ¿Y qué hacían allí?.
    Ahí me dí cuenta: estos eran los que trabajaban para esos otros que vivían aquí. Nanas, meseras, jardineros, cocineras, porteros, lavanderas, ascensoristas, niñeras, secretarias... Por eso destonaban en medio del lujo, eran demasiado simples, incultos, feos, cansados, desesperanzados, contando las monedas para tomar el primero de los tres buses que los llevarían de vuelta a sus casas, alejandose cada vez más de ese mundo claro y perfumado donde pasaban la mayor parte de sus días. A las seis y media regresaban a la ración menguada, al espacio apretado, al jardín minúsculo, al barro, a la batéa de ropa sucia, al mantel de plástico, a sus cuentas, sus dolores, sus incertidumbres... Imaginé que debería ser como entrar y salir del mundo de Alicia en el país de las Maravillas, y esto no debía ser nada fácil, con certeza. Para mí, que estoy en el medio de estos dos mundos, ya me resultaba un choque esta diferencia, entonces imagino cómo sería para ellos...
    El semáforo abrió y el taxista, aprovechando una brecha, viró velozmente y dejó atrás el paradero y el pequeño universo que cobijaba debajo de él. Yo recosté la cabeza en el asiento y cerré los ojos porque, de improviso, toda esa opulencia me pareció de alguna forma insultante, porque no demostraba la menor conciencia de la existencia de esta otra "raza" que se movía todos los días en sus entrañas y a la que sólo le ofrecía -como una limosna- buses apiñados para que hicieran su travesía diaria atrás de su sustento... No, esto no podía ser justo...
    Entonces me pregunté, desconcertada, angustiada: " ¿Cuántos mundos existen  dentro de este en el que transcurren nuestras existencias? El mío, el del panadero, el del empresario, el de la profesora, del médico, del mendigo... ¿Y en cuántos de ellos somos capaces de existir, de producir, de aprender?"... Varios universos, varios papeles, muchas lecciones... No cerremos la puerta a las otras historias que acontecen paralelamente a la nuestra, pues nunca se sabe cuándo tendremos que entrar  en alguna de ellas o entrelazarnos con sus personajes, compartir experiencias con ellos, aprender su sabiduría y poner nuestro grano de arena para que juntos demos un paso más. Hoy estoy en el taxi. Mañana puedo estar en el paradero.