sexta-feira, 30 de novembro de 2012

"Escuchar el silencio"

    La primavera está reacia, un día muestra la cara y nos encanta, nos saca la ropa gruesa, parece que liberta algo dentro de nosotros, y al otro esconde ese precioso sol con nubes y ráfagas de viento helado... Nadie está entendiendo nada! Yo sé que nuestra primavera es como cabra chica, antojadiza, voluble, caprichosa, le encanta atormentarnos con sus cambios de humor y el suspenso por la llegada definitiva del calor, pero hace tanto tiempo que no la vivo que no me enojo con ella y prefiero tenerle un poco de paciencia, porque cuando definitivamente se instala uno ve que toda la espera y la indecisión valieron la pena... Así que me despierto toda mañana y miro altiro hacia la ventana para ver si hay nubes en el cielo, pero mismo que al principio hayan algunas flotando por ahí, me quedo con la esperanza de que más tarde abra y podamos disfrutar del calor del sol y del color con que pinta este escenario espléndido. Hoy amaneció bien nublado, después abrió y ahora se nubló de nuevo. Espero que el viento del atardecer se lleve estas nubes y que mañana haga un día de aquellos de cortar el aliento... Hasta porque voy a visitar a mi hermana en el Cajón del Maipo y no quería que el día estuviera feo. El paisaje allá arriba es simplemente deslumbrante y pretendo sacar algunas fotos para postear en mi facebook.
    Y con esta esperanza y los acordes medio desafinados de mi vecino en su saxofón tratando de interpretar Noche de Paz, aquí va la crónica de la semana.


    Bocinas, motores, campanas, sirenas, teléfonos, televisores, radios, perros, niños, grúas, chincoles, bocinas... Cierro los ojos y escucho todo esto -y mucho más- a mi alrededor, a veces harmonioso, a veces desafinado y estridente... Son las innumerables voces de la ciudad, su gama casi infinita de expresiones, los sonidos de su existencia, que a veces pueden confundirnos o asustarnos, irritarnos, desconcertarnos, y otras pueden alegrarnos, guiarnos e identificarnos, porque nos reconocemos en ellos. Altos y bajos, cercanos o distantes, nuevos o antiguos, esta identidad auditiva nos acompaña todo del tiempo... ¿Pero qué dicen los cascos de los caballos, los ladridos de los perros, las llamadas de los vendedores ambulantes, las campanas de la iglesia? ¿Qué es lo que nos murmuran el zumbido del metro o el arrullo de las palomas? Cada sonido tiene su significado, su apelo en nuestra alma, y nos provoca algún tipo de reacción, pues a veces este barullo externo encuentra eco dentro de nosotros, juntándose al universo acústico que bulle en nuestra mente y nuestro corazón.
    Recuerdo cuando llevaba a mis alumnos al parque, al zaguán del teatro, a la plaza o a alguna otra área de la fundación y les pedía que danzaran o expresaran de alguna forma corporal los sonidos que escuchaban: el viento, los regadores soltando agua, los motores, los gorriones, las voces de los otros alumnos, los instrumentos resonando en las otras salas de clases, la sierra del carpintero que construía los escenarios... Todo era posible de ser transformado en algún tipo de movimiento, pues había una conexión, una reacción, alguna emoción envuelta. Performances preciosas y conmovedoras resultaban de estas experiencias.
    Sin embargo, aquello era sólo el comienzo, porque después los llevaba de vuelta a la sala de clases y, cerrando puertas y ventanas, los exponía, ahora, al silencio total para que trataran de hacer la misma experiencia con el movimiento. ¡Dura prueba para ellos! ¡Abandonarse dócilmente a esta especie de "nada", a este tabú opresivo que es el silencio, a este vacío de muerte al que siempre es asociado!... La mayoría sufría angustias tremendas, se sentían abandonados, en peligro, perdidos, aterrados, y apenas conseguían hacer uno que otro movimiento... Con todo, después de algún tiempo, yo acababa con su suplicio y les pedía que trataran de escuchar los sonidos que sus propios cuerpos emitían: respiración, corazón, el roce de la ropa, el aire desplazándose, pies moviéndose en el suelo, pequeños sonidos involuntarios... Esto ya les resultaba más fácil y hasta eran capaces de darme una buena devolución al final del aula. Y para terminar, uno de mis ejercicios favoritos: producir los propios sonidos y crear una coreografía. Entonces eran chasquidos, suspiros, murmullos, palabras sueltas, exclamaciones, palmas, frases ininteligibles, músicas inéditas... Los acentos más íntimos y peculiares que un ser humano puede producir llenaban la sala silenciosa, y los cuerpos ejecutaban movimientos que semejaban rituales, oraciones, revelaciones. Algunos lloraban, otros sonreían, extasiados, unos pocos se quedaban inmóviles, como que iluminados. Esta era la experiencia completa, tras la cual ellos percibían que nuestro cuerpo posee un lenguaje único y peculiar, que normalmente no tiene mucho que ver con lo que el cerebro le ordena emitir. Esto les enseñaba a parar y prestar más atención a lo que este cuerpo tenía que decir, y que a veces podía ser mucho más coherente y sabio que la lógica académica que nos habían enseñado.
    Y hoy, rodeada por todo el bullicio fascinante y mareador de esta gran ciudad,  me pregunto si todavía conseguimos hacer silencio, escuchar el silencio (porque el silencio no es sólo la ausencia de ruido, sino más bien una actitud interior) danzarlo, vivenciarlo en toda su riqueza. Me pregunto si tenemos el coraje de callar y oír lo que nuestro cuerpo y nuestra alma tienen que decirnos. ¿Será que tenemos miedo de nuestros propios y más verdaderos sonidos? ¿Qué es lo que podrían revelarnos? ¿Serían un espejo de nuestra verdad, un reflejo de nuestra esencia? ¿Será que Dios se encuentra allí? ¿Y la divinidad tiene un sonido?...
    Lo primero que se escucha cuando la vida comienza es el latido del corazón, rápido, feroz, lleno de urgencia por ponernos en el mundo, y ese compás nos acompaña hasta nuestro último aliento, diciéndonos en todo instante que estamos vivos, conscientes, activos, que podemos escoger, actuar, decidir, crear, recibir, amar y ser amados... Y cuando ese sonido se apaga, la existencia también termina, porque ambos están indisolublemente ligados ¿Entonces por qué no aprovechamos para escucharlo en cuando tenemos la oportunidad?

quarta-feira, 21 de novembro de 2012

"La verdadera bienvenida"

    Los días continuan lindos, los árboles vistiendose de ese verde nuevo y vigoroso que nos trae aquella vieja y deliciosa sensación de renacimiento, de esperanza y pura felicidad, tanto así que yo retomo mis inspiradoras caminatas por el paseo Bulnes en la mañana temprano... Hay tanto que ver, tanta gente que descubrir, tantos rincones y paisajes dentro de este paisaje urbano inmenso, que créo que mismo que camine por allí el resto de mi vida siempre encontraré novedades, sorpresas, personajes e historias. Ya hasta reconozco a algunos: la tía que hace su jugo de naranja para los apresurados que no tuvieron tiempo de tomar desayuno, el señor que pasea sus poodles juguetones, la chica que riega el pasto del parque al final de paseo, el chico de mochila roja que, junto a su bicicleta, se sienta en el borde de un cantero a esperar a alguien, el gordito que llega en su moto azul espantando a las palomas y estaciona junto al poste, al cual encadena su vehículo. El señor y su mesita de hierbas y el fiel perro que se sienta en el pasto, sobre una frazada vieja, apoyandose en la espalda de su dueño... Y así, tantos rostros y gestos, tantas voces que van entrando poco a poco en mi propio mundo y de los cuales, con certeza, ustedes van a leer en un tiempo más. Aquí todo me inspira, mismo cuando no es un buen día (sí, porque a veces tengo unos días medio chatos) todo me dá fuerza, me llena de una felicidad inexplicable y verdadera que me deja con ganas de más. Me siento como un cabro chico en una tienda de dulces!...
    Y así escribo hoy, cómodamente instalada en el sofá de la sala, escuchando la Tribuna FM -mi radio preferida en Brasil- mientras los fideos se cocinan en la olla. ¿Quieren algo más casero y confortable?...
   Debo explicar que, en realidad, estas eran dos crónicas separadas, pero al leerlas nuevamente, me di cuenta de que tienen que ser publicadas juntas, porque no se puede separar una familia. Lean y van a entender.


    Ella no es muy alta, de piel blanca, algo quemada por el sol del campo, ojos claros, de mirada directa y aguda, cabellos completamente blancos, cortos, siempre un poco despeinados. Tiene una voz firme y un poco ronca, que expresa sus opiniones con suma clareza y autoridad, pero con un dejo de benevolencia y comprensión. Es delgada y erecta, de movimientos certeros y seguros -a no ser por un pequeño temblor en la mano derecha al cual no le concede la menor importancia- está siempre bien vestida, pero con modestia. Dueña de su cocina y de su jardín, capitana orgullosa de su prole -hijos, nietos, nueras, yernos, sobrinos- y de su casa acogedoramente desordenada. Viuda valiente, católica fiel, empresaria emprendedora, líder admirada en su comunidad  en la ya no tan pequeña Melipilla. Ochenta años de experiencia que no parecen pesarle ni en el cuerpo ni  en la salud, sino darle más disposición y energía para continuar con lo que asumió como la misión de su vida: educar, formar futuros ciudadanos tan rectos y empeñados como ella, hacer florecer en el corazón y la mente de los jóvenes de hoy algunos conceptos tachados de anticuados y severos, pero que son los que le dan dignidad y propósito a una vida.
    En su gran casa se juntan y se mezclan todas las tribus, las historias y los personajes sin conflicto ni discriminación, cada uno en su pequeño territorio, todo con orden y respeto, como a ella le gusta. Es una constante y fluyente diversidad bien alimentada física e intelectualmente, siempre bien recibida y acogida, porque en su hogar hay siempre oídos para escuchar, brazos para abrazar, palabras para aconsejar, una tacita de té, un pedazo de queque, una copita de vino para calentar la conversación... Pequeños y complejos universos orbitan alrededor de esta mujer exigente a quien no le gustan las quejas y las faltas de carácter, que es abierta pero severa, amiga y siempre maestra, directora de su propia existencia. Mujer plena, casa plena, vida plena.
    Así la veía yo desde la silla donde me había acomodado, debajo del parrón que ya mostraba las primeras hojas de un verde esplendoroso, en medio del jardín oloroso y todo adornado para la fiesta de aquella tarde. El cielo se mostraba caprichoso, una hora lleno de nubes obscuras  y amenazadoras, otra luciendo un sol cálido contra un azul glorioso. Docenas de volantines aprovechaban para hacer piruetas al viento caprichoso, el durazno florecido, perfumado, provocava nuestra envidia con su belleza. Mesas, sillas, el perro corriendo para acá y para allá, alborozado con el anticipo de los tutos de pollo, la carne y las longanizas chisporroteando sobre las parrillas, invitados llegando, carbón, costillar, globos y guirnaldas rojas, blancas y azules, Los Huasos Quincheros llenando el aire por los parlantes. Olor a vino, a chicha, a té, a habas y papas asadas, a empanadas. Conocidos y desconocidos llegando para formar una sola familia, el tiempo y las voces fluyendo, entrelazandose, envolviendome como una manta calientita y tan familiar...
    Inauguramos la "Fonda de la Tati" -como apodan a la dueña de la casa- entonamos el himno nacional, emocionados, y se danzó cueca de punta y taco, con gracia y corazón. Fué una tarde plena, repleta de emociones, de rencuentros, de recuerdos, de patria añorada, de lazos que se reataban con más fuerza que nunca, a pesar del tiempo y la distancia transcurridos... Y era esta mujer admirable, dura como una roca y tierna como una brisa, la que comandaba toda esta celebración que, para mí, iba mucho más allá de una fiesta patria: la tía Paty.
     Y luego venían, como partes indivisibles de ella, el Mando Javier, la Pachi, el Cristian y el Alberto, sus hijos, mis primos, hijos del hermano de mi mamá... Ah, abrazar a cada uno de ellos fué como zambullirse en el calor de la sangre, en la tierra, en una dulzura apretada largamente añorada. Sus voces y su manera de hablar permanecían las mismas de nuestra niñez, mas ahora con timbres de adulto... Era curioso, pero cuando los miraba no conseguía ver las canas, las arrugas o  cualquier otro indicio que el tiempo pudiera haber dejado en ellos. No, yo continuaba mirando a mis primos de Cholqui, de Melipilla, de la casa bulliciosa de mis abuelos y su garage mágico, en el que inventábamos mil aventuras.Y sus sonrisas continuaban inocentes, sus risas y gestos generosos, llanos, espontaneos, sin reservas ni juicios. Para mí, habían conservado intacta esa ingenuidad, ese espíritu siempre alegre, cálido, de gente buena, bien educada, trabajadora, sin frescuras, recta y abierta... Y en ese momento pensé, agradecida: "Ya no se hace más gente así, y yo tengo la suerte inmensa de pertenecer a esta familia". En la capital las personas también son acogedoras, simpáticas y abiertas, pero no tienen conmigo estos lazos, esta intimidad, las historias, el afecto puro y sincero, intocado, que tenemos con la  familia. Todos ellos son dignos descendientes de un soñador y una guerrera, reúnen en ellos lo mejor del tío Armando y la tía Paty y yo espero que consigan pasar esto a sus propios hijos para que así este río de cariño, alegría y calor se extienda por muchas y muchas generaciones. Eso sería el mejor de los legados que podrían dejarnos.
    Y así, fueron sus abrazos apretados y sinceros, sus voces bien chilenas y su cariño sincero y sin reservas los que en esa tarde de fiesta me dieron la verdadera bienvenida a mi patria.

terça-feira, 13 de novembro de 2012

"El perrito blanco"

    Bueno, y como dicen por ahí: quien espera siempre alcanza. Y aquí estoy yo, cómodamente instalada en el sofá de la sala mientras mi hija está en el centro haciendo sus diligencias, tecleando por primera vez en nuestro nuevo, super, suave, veloz y liviano notebook absolutamente nuevo... Aaaah, ustedes no imaginan -aunque tal vez sí porque casi todo el mundo tiene algún tipo de computador- lo delicioso que es poder escribir cuando y donde quiera, sin tener que bajar hasta el hotel para congelarme o quedarme con dolor de espalda dos días a fin de enviar un e-mail o postar las crónicas. Fuera eso, ahora voy a estar bien más ocupada poniendo mi diario al día y produciendo todos los textos que se me están ocurriendo para que así no me lo pase el día entero viendo tele y comiendo porquerías. ¡Prometo que esta será la última crónica que saldrá atrasada!... Es que estaba aguardando la llegada de esta preciosura para postearla, y cuando ella finalmente entró por la puerta de nuestro departamento, discreta, elegante y blanquisima (ya la apodé de Blanca Nieves) casi salí saltando por el corredor. Menos mal que no lo hice, porque ya hay suficiente gente extraña en este edificio...
    Entonces, para hacerle justicia a esta pequeña ultra mega putz belleza, aquí va la de esta semana:


    El día amaneció glorioso, cálido, cielo azul, cerezos y almendros espiando la primavera con sus pequeños y aún tímidos botones que ya anhelan llenar de color y perfume las calles, plazas y parques... Salí a la calle a hacer una diligencia y se me llenaron los ojos de lágrimas delante de esta selva de concreto alucinada y voraz que también empieza a transformarse con el cambio de estación: banderas chilenas en todos los kioskos, vitrinas, taxis y balcones, los geranios de los postes echando su verde nuevo al viento, los chincoles, gorriones y tordos alborozando en las ramas todavía desnudas, como llamando a la savia para que corra más de prisa. Perros perezosos tendidos al sol, ropas más livianas y coloridas, voces animadas, sandalias, camisetas, helados, ventanas abiertas, cortinas danzando, gatos estirándose en los alfeizares...
    Caminaba por la calle sonriendo como una boba, sintiendo el viento que jugaba con mi pelo y mi ropa como si fuera la primera vez, con el pecho rebosante de esta felicidad gratuita y luminosa que tan a menudo toma cuenta de mí desde que llegamos... ¿Cómo podía ser tan bueno? ¿Cómo podía ser tan lindo? ¿Cómo podía sentirme tan bien?... ¿Soñaba? ¿Actuaba? ¿Me mentía a mí misma? ¿Cuánto tiempo más iba a durar esta magia? Pues a mí me parecía que no iba a acabar jamás. Estoy totalmente convencida de que nunca más voy a dejar de sentirme feliz, agradecida, llena de expectación por las aventuras que me aguardan todavía, valiente, optimista. Creo que nunca dejaré de ver lo bonito, lo bueno, lo especial, cada milagro que Dios pone en mi camino. Mis ojos no van a cansarse de esta cordillera, de estas calles, de las personas. Todo esto es como un constante milagro para mí, un descubrimiento permanente y pretendo hacer todo lo posible para que continúe así hasta mi último aliento.
    Y de repente, al llegar a este punto de mis cavilaciones, tuve un sobresalto, porque inesperadamente me pregunté: "¿Y hasta cuándo seré capaz de disfrutar todo esto?"... Pues la conciencia de que estoy envejeciendo se hace presente, amenazante, real. ¿Cuánto tiempo de esta salud física y mental me queda? ¿Será que algún tipo de invalidez me va a impedir continuar viviendo así? ¿Va a enajenar mi percepción o mi capacidad de expresarme y producir, de mantenerme activa y participativa? ¿Va a confinarme a una silla de ruedas, a la cama de un hospital, a un cuarto de casa de reposo?... Me cuido y me vigilo lo mejor que puedo, pero ¿quién sabe el mañana?... Dudas angustiosas, opresivas, sombras en un día de sol, preguntas sin contestación... ¿Cuánto tiempo voy a poder disfrutar de nuestro apartamento? ¿Por cuánto tiempo voy a poder trabajar todavía, valerme por mí misma?... Allí tenía el futuro incierto, implacable, fuera de control. Por un momento todo pareció parar, nublarse, perder el  sentido. "¿Entonces para qué tantos planes?", me pregunté, desanimada, "Cuál es la respuesta, la reacción, a no ser resignarse? ¡Pero resignarse no es vivir! ¡Es vegetar y esperar la muerte!"...
    Llegué al departamento cansada y triste, medio descorazonada y asustada, pues me había dado cuenta de que no se puede escapar de la vejez y sus consecuencias, y mucho menos de la muerte... Me tiré al sofá y prendí la televisión para ver si me distraía de estos pensamientos negativos. Pasé los canales una y otra vez. Nada interesante, nada diferente, si bien tenía la sensación de que, en aquella hora, ni el más entretenido de los programas me habría sacado de mi melancolía y pesimismo... Sí, estaba aquí, finalmente había regresado a casa, pero ¿por cuánto tiempo?... Debía haberlo hecho antes, ahora tenía certeza.
    De repente un perro galgo gris, flaco y con mirada huidiza llenó la tela de la televisión. Llevado por el "líder de la manada", César Millán, que tiene un exitoso programa donde se dedica a rescatar y dar un nuevo hogar a perros abandonados y problemáticos, se acercó a otro perro, éste pequeño y peludo, de un blanco inmaculado, con un collar rojo vivo. El dueño del perrito blanco, que estaba recibiendo al galgo gris mientras le encuentran  un nuevo hogar, dijo que no quería quedarse con ningún otro animal porque ya había sufrido lo suficiente con cada uno de los que se le habían muerto. Confesó que estaba siempre vigilando a su perro, angustiándose y deprimiéndose al notar cómo envejecía tan rápidamente, preocupándose con cualquier síntoma o cambio y ya sintiendo su pérdida... Entonces, César lo miró, sonriendo comprensivamente, y le respondió:
    -Mira, los perros viven cada día, un día de cada vez, porque para ellos no existe el mañana. En realidad, es el ser humano el que se preocupa y se aflige con el futuro y con la muerte. Al perro le basta el día de hoy.- y riendo suavemente, concluyó: -Nosotros deberíamos aprender de ellos, ¿no te parece?.
    Yo me quedé mirando la pantalla, con el control todavía suspendido en una mano. Sin darme cuenta, estaba prendiendo el aliento. Las imágenes continuaron: otros animales, otros casos... Pero yo me había quedado con la visión del perrito blanco tranquilamente echado en la alfombra, ojillos cerrados, respiración calma, cuerpo relajado. Era la imagen de la felicidad, de la paz y la despreocupación. El cuadro de la confianza, de la satisfacción y la gratitud por otro día, otra comida, otro paseo, un nuevo amigo...
    Bueno, si necesitaba alguna respuesta para sosegar mi angustia y mi desánimo y resolver mis dudas, este perrito blanco acababa de dármela.

quarta-feira, 31 de outubro de 2012

"Ventanas"

    Han sido dos semanas de mucha correría, pero todo el stress y las noches sin dormir valieron la pena porque, finalmente, conseguimos juntar el dinero para dar el pié de nuestro departamentito... ¡Ah, ustedes no imaginan -o tal vez sí- la felicidad y el alivio que nos invadió cuando entramos a la sala de la inmobiliaria con el comprobante de depósito en la mano!... Ahora me lo paso el día entero soñando con cada cuarto, cada mueble, cada adorno, cada planta que voy a colocar allí... Y de repente me pillo pensando: "¡ A mi edad, comprando sola mi primera vivienda!"... Les digo que esta señora todavía tiene gas para mucha cosa! Muchos desafíos, muchas aventuras, mucha felicidad y mucha creatividad, mucha realización.! Cada día me convenzo más de que algo magnífico me espera aquí, entonces estoy muy atenta e optimista, porque sé que no vá a demorar.
    Y antes de que me congele en esta sala, a pesar de que allá afuera hace un sol deslumbrante, aquí va la crónica de la semana, totalmente atrasada. Pero como ahora podremos comprarnos un notebook con algo de la plata que nos sobró, probablemente no volveré a faltar, ya que no tendré que bajar hasta el hotel para poder escribir... Bueno, tampoco voy a ser ingrata, porque por lo menos, no nos ha faltado computador para poder comunicarnos y hacer nuestras cosas,¿no es verdad?...


    Me siento en el borde de la cama, frente al ventanal, y permanezco allí por algún tiempo... La pieza está oscura y silenciosa. Mi hija vé televisión en el hall, al lado, y sé que se quedará hasta bien tarde, sin embargo, para mí ya es hora de irme a la cama... Miro hacia la ventana y está todo en sombra. Apenas distingo mi propio reflejo en el vidrio. Sé que estoy rodeada por tres bloques de edificios de departamentos, mas en esta negrura parece que sólo yo existo en este momento. Me siento en una especie de cápsula cálida y vibrante mientras el universo allá afuera está como suspendido en la nada... El peso de una soledad desconocida cae sobre mí, pues mismo sabiendo que estoy rodeada de edificios y de personas, estoy como en otra realidad sólo mía, donde mi cuerpo y mi mente son únicos, densos, donde no hay espacio para nadie más. Mi propia vida se vuelve pesada, tortuosa, aislada, como si no formara parte de la historia, como si no tuviera relevancia. Es como un eslabón perdido en la noche. Las angustias e incertidumbres de esta nueva vida me rodéan como polillas alrededor de una luz y me tocan con sus alas frías y aterciopeladas. Como no hay hacia dónde mirar, visiones de mi propia existencia pasan delante de mí y no tengo con quién compartirlas. Desconectada de todo y de todos, ella parece inútil y sin sentido...
    Sin embargo, he aquí que, de repente, la ventana del departamento al frente se enciende. El rectángulo de cortina café parece flotar en el frío nocturno. Percibo siluetas que se mueven atrás de él y, como cayendo en mí misma delante de esta imagen, me acuerdo de que allí vive una pareja de chinos jóvenes, y de que hace un par de días compraron una cama nueva... Estoy acordándome de la escena del colchón y el armazón de madera entrando a empujones por la pequeña puerta, cuando se encienden otras dos ventanas, casi al mismo tiempo. La de la cortina verde es del departamento del dueño de un mini market donde compramos el pan y el jamón, el água y aquellas paltas deliciosas. Don Fernando anda con un dedo vendado por causa de un accidente casero... La cortina roja esconde una pareja con un niño pequeño que adora andar por el hall empujando una silla. 
    Luego, otras tres ventanas se iluminan... "Todos están volviendo a casa", me digo, empezando a sonreír, "Los chilenos están trabajando hasta tarde"... El poodle allá abajo corre hacia la puerta que se abre, ladrando y cabriolando, y alguien entra y se agacha para acariciarlo. La mujer rubia abre la puerta de la terraza y sale a colgar una toalla en la baranda. El vecino al lado sale con su taza de café y su cigarro, quedandose en la penumbra con aire pensativo. El gordito de arriba se asoma a la ventana para hablar en el celular. La señora a mi izquierda aparece en el balcón con una jarra de água y riega generosa y delicadamente sus helechos y sus claveles y cardenales...
    Todavía sentada al borde de la cama, contemplo cada uno de estos cuadros a mi alrededor y no puedo evitar sonreírme. ¡Cuánta gente conozco! ¡Y qué cerca están de mí!... Y empiezo a hacerme la cuenta: la chica del gimnasio (Magdalena) el conserje (don Arturo), las señoras del aseo (María y Juana) el caballero rde la lan-house en la estación del metro, la dueña de la florería, la señora de la fiambrería (doña Teresa), el peluquero (Andrés) y su perrita ("Florencia") su amigo (Mario), el maestro del hotel (Carlos) la profesora de canto de mi hija (Paulina), los empleados de las tiendas, las cajeras del supermecado, el vendedor del kiosko de fruta, mi casera de La Vega... Pestañéo y suspiro, irguiendome, pues una multitud de rostros, de voces, de anécdotas y encuentros, de momentos compartidos desfila delante de mis ojos, y cada uno de ellos deja su huella en mi existencia, se entrelaza a mi historia de una u otra forma, agrega una experiencia a mi vida, así como yo misma debo agregar alguna a las de ellos.
    Dejo esas luces encendidas protegiendo mi obscuridad y me voy al baño a lavarme los dientes. Véo el água correr, dicharachera y poderosa, y me percato de que en verdad no estoy sola, de que hago parte de un todo, de que tengo mi papel. Y más, percibo que todos debemos hacer parte, todos debemos vivir nuestro papel, cumplir nuestro destino y dejar nuestro legado. Estamos rodeados de otros como nosotros, de aquellos con quienes cruzamos cada día por algún motivo. Necesitamos los unos de los otros y mismo que a veces parezca que estamos solos o que fuimos abandonados, debemos saber y creér que, escondidos en las sombras -inclusive las más negras- hay otros que, tarde o temprano, encenderán sus ventanas para iluminar nuestro  camino.
   
 

terça-feira, 9 de outubro de 2012

El cerezo

    A veces, las cosas parecen caminar tan despacio que dan la impresión de estarse arrastrando. Otras, van tan rápido que casi no nos damos cuenta de cómo suceden y de repente, ¡pam!, ya está todo solucionado y puedes seguir con tu vida feliz y tranquilo... Bueno, para nosotras el negocio anda más o menos así: un día intolerablemente lento, al otro sorpresivamente rápido. Es una verdadera montaña rusa -nada favorable para la glicemia o la presión- pero tengo certeza de que toda esta locura y esta ansiedad van a acabar valiendo la pena porque obtendremos nuestra recompensa, es decir, nuestro soñado departamentito propio... Falta poco, muy poco... Un profundo suspiro de paciencia y fé y ya estaremos allí.
    Y aprovechando esta onda veloz que se precipita sobre nosotros trayéndonos buenos augurios, junto con este sol radiante y la brisa perfumada, me siento aquí para postear la crónica de la semana, a ver si bajo la presión y la glicemia...


    -Encuadernación?...- preguntó la conserje del hotel, irguiendo las cejas, y tras pensar durante algunos instantes, sonrió y agregó: -Hay un lugar aquí cerca, en la calle Paris. Nosotros hacemos todos los anillados allá.
    Le agradecí la información con una sonrisa, pesqué la bolsa plástica con mis papeles y salí a la calle atrás de la tal imprenta. El día estaba precioso, soleado, el aire cristalino, a pesar de las ráfagas heladas que de repente barrían las esquinas y los recovecos, silbando por las paredes históricas y sus grietas y levantando  remolinos de hojas secas de las veredas de adoquines... Invierno con una amenaza de primavera, típico de Santiago... Me arrebujé en mi parca y subí por la calle que la mujer me había indicado, mirando bien para no perderme porque, como ella me había explicado, el lugar era chiquitito y medio escondido. Yo observaba los caserones de piedra con sus terrazas y balcones de rejas trabajadas, las ventanas primorosamente esculpidas, los garages imponentes, y no imaginaba dónde podría estar una imprenta, pues todo me parecía grande y majestuoso.
    Sin embargo, al poco tiempo de andar, divisé de lejos un letrero verde y blanco  en el que se leía: "Imprenta. GoGe fotocopias", apoyado en el costado de lo que parecía ser la cochera de aquel caserón. Me acerqué, percibiendo que otros pequeños establecimientos de todo tipo se habían instalado también en los garages o entradas de las casas, hasta llegar al lugar. Cuando lo ví, me quedé medio preocupada, pues pensé que la señora del hotel se había equivocado. Aquello no era más que un espacio minúsculo, sin mesón de atendimiento, apenas con una placa medio chueca de compensado separando al cliente de los funcionarios. Un escritorio arcáico, pesado, obscuro, un sillón probablemente rescatado de algún anticuario o de una casona en decadencia, estantes hechizas, paredes amarillentas, zurradas, manchadas. Era un espacio sombrío y estrecho, donde no había casi lugar para moverse entre aquela antigualla con cajones y el estante junto a la pared donde se amontonaban carpetas y hojas. Al fondo, después de un umbral medio cubierto por una cortina beige bastante sucia, podía verse la máquina impresora, enorme y anticuada, negra y extraña, como un gigante encarcelado. Un refrigerador, um computador viejo, papeles, máquinas menores, latas de tinta, trapos... Un desorden respetable y nada confiable... Un hombre alto y desgarbado, con un delantal manchado, anteojos y casi calvo, se inclinaba sobre la prensa, totalmente abstraido... Yo miré a mi alrededor, medio desconcertada, sin saber si debía irme o hacer algun tipo de ruido para que el hombre se diera cuenta de mi presencia. Y justo cuando estaba a punto de dar media vuelta y marcharme, apretando mis preciosos papeles contra el pecho como quien salva a un hijo de la muerte segura, una voz femenina surgió detrás de mí, desde algún rincón no muy lejano, y me saludó.
    -¡Buenos días, querida! ¿En qué puedo ayudarla?.
    Y juro que era una de las voces más amables y alegres que había escuchado en mucho tiempo, totalmente anacrónica com aquel ambiente lúgubre. Tanto, que me hizo detenerme como si me hubiera lanzado un lazo. Inmediatamente me dí vuelta,  curiosa por ver el rostro dueño de aquella voz casi mágica.
    -Buenos días.- repitió ella -¿Qué se le ofrecía?
   Me quedé mirándola durante algunos segundos antes de responder, totalmente sorprendida. Porque la imagen realmente no correspondía en absoluto al escenario: delante de mí estaba una señora de unos 50 y pocos años, de cabello rubio perfectamente peinado, piel clara y ojos brillantes, maquillaje discreta, labios rosados, unos aritos pequeños, collar de perlas, uñas pintadas, un par de anillos sobrios. Vestía con elegancia y sus botas brillaban bajo la falda lisa. Pequeña y delgada, lo que más llamaba la atención -fuera su voz- era su sonrisa, que mostraba unos dientes blancos, algo disparejos. Cuando sus labios se entreabrían parecía que todo allí dentro se iluminaba, se volvía cálido y acogedor. Tuve la sensación de que la conocía desde siempre,  deque podía confiar en ella, de que nos íbamos a entender muy bien...
    Sin dudarlo ni un segundo, volví atrás y le presenté mi bolsa.
    -Necesito hacer fotocopias y anillar estos papeles- le expliqué, sonriendo también.
    -¡Cómo no!- respondió, tomando las hojas con movimientos leves y diestros. En seguida les echó una ojeada, como para evaluaros -Queda listo en una hora..- concluyó, volviendo a mirarme.
    Y aquellos ojos eran tan sinceros, tan acogedores, tan envolventes, que yo no quería salir del frente de ellos. Su voz cantarina y animada, sus gestos claros y graciosos y aquella absoluta disponibilidad hacia mí y mis necesidades me habían conquistado por completo, instantáneamente.
    Entonces me pregunté:"¿Cómo será que se volvió así? ¿Cuáles fueron las experiencias que la transformaron un esta mujer tan cálida y positiva? ¿Qué era lo que la animaba? ¿Por qué tenía esa sonrisa?... ¿Será que fueron solamente vivencias buenas? ¿Suerte, una vida feliz, saludable, financieramente estable, próspera? ¿Alguna creencia religiosa? ¿Algún amor?"... Sin embargo, también se me ocurrió que tal vez fuese lo contrario: que el sufrimiento la había lapidado para que aprendiera a percibir y aprovechar cada momento positivo, cada encuentro, cada gota de felicidad que encontrara en su camino. Tal vez había aprendido a través del dolor que la sonrisa y la amabilidad son como semillas que, cuando lanzadas, se multiplican y dan flores y frutos que retornan a quien las plantó. Tal vez una imperecedera esperanza en los hombres, en el destino, en el buen combate, anidaba en su corazón y sostenía su cuerpo, de esa esperanza y gratitud que renacen cada mañana y se refuerzan a lo largo del día por la percepción y la asimilación de la belleza que nos rodéa, por la conciencia de cada pequeño milagro que sucede durante nuestra jornada. Quizás creía en ángeles, en el paraíso, en la buena fé, en la compasión. Quizás se sentía tan agradecida y afortunada que deseaba compartir su dicha con todos nosotros, quería que supiéramos cómo es bueno estar vivo, poder ver, escuchar, sentir, se comunicar, ser amable, sonreír, estar dispuesto a acoger... La imprenta era pequeña y féa, sí, pero en ese instante yo tenía la certeza absoluta de que mi encomienda sería ejecutada con total perfección, porque sería hecha con todo el amor y el brillo que esta mujer irradiaba.
    "¡Puchas!", pensé, mientras me alejaba "¡La sonrisa de esta señora podría hacer florecer un jardín en pleno invierno!"
    Y cuando levanté la cabeza ví, en la vereda bien al frente de la imprenta, un cerezo lleno de flores abiertas que embalsamaban el aire.

quarta-feira, 3 de outubro de 2012

El taxi y el paradero

    Después de algunos días bien fríos, aquí está nuevamente el sol, luminoso y cálido, dándonos ánimo y prometiéndonos días mejores. No sé por qué un cielo azul como el de hoy tiene el poder de levantarnos el ánimo, de renovar nuestra fé, de hacer que nos demos cuenta de lo lindo que es el mundo y de lo valiosa y rica que es la vida...
    Como pueden ver, hoy estoy poética (a pesar de estar preocupada y ansiosa por cuenta de esos terrenos que parecen estar demorando una eternidad para venderse) y créo que este espíritu lírico y la pequeña felicidad que revolotéa en mi alma se deben, justamente, a este cielo azul y al sol, que brilla con alegre insolencia, y tal vez también a mi nuevo corte de pelo, que me costó una fortuna pero que valió cada centavo... En un día como este, uno está convencida de que nada puede salir mal, ¿no es verdad?...
    Y aprovechando la temperatura  amena y la cabeza más liviana, me siento aqui en el salón del hotel antes de que se enfríe y postéo la crónica de la semana. Es otra larga, como verán. Ese negocio de no mandar más textos para el diario me está dejando muy suelta, pues no tengo más un límite de treinta lineas para desarrollar un tema... ¿O debería tenerlo?... Por favor, si me pongo muy latosa y extensa, avísenme!...


    A las seis y media de la tarde el taco era fenomenal, interminable... Bocinas, rugidos de motores, humo, impaciencia, insultos. Autos y buses se apiñaban, luchando por un espacio, por avanzar algunos centímetros, pero la cosa estaba tan féa que ni siquiera las motos y sus conductores contorcionistas conseguían pasar. Los transeúntes contemplaban a esta  multitud motorizada con una mezcla de horror y fascinación, algunos hasta se detenían para hacer comentarios y, probablemente, llegaban a la conclusión de que en ese momento era mejor tener dos piés que cuatro ruedas.
     Mi hija y yo, metidas en un taxi a camino de un ensayo con el coro de una escuela, nos sentíamos como sardinas en una lata, exprimidas por todos lados, viendo los minutos correr sin avanzar un metro siquiera. Con certeza íbamos a llegar atrasadas, ¡ y justo en el ensayo general antes de la presentación!... Pero no había caso, como refunfuñaba el taxista, entre un tirón y otro. A esta hora era el mismo infierno. Paciencia...
    El semáforo finalmente abrió allá adelante  y conseguimos adelantar un par de cuadras. En seguida, nuevo taco, nuevos bocinazos, insultos y caras furiosas. Menos mal que, por lo menos, el paisaje era bonito (Vespúcio hacia Vitacura) elegante, lleno de jardines y terrazas, de edificios modernos, de tiendas sofisticadas y canteros floridos. A nuestro lado, autos último modelo, rostros de facciones refinadas atrás del volante, ropas caras, un tenue aire de fastidio, de digna impaciencia estóicamente soportada con un cigarro, el celular o una água mineral. Del lado contrario, una fila interminable de buses verdes, naranjas y azules, y en la vereda los paraderos llenos de gente esperando.
    Llegamos a la última esquina antes de doblar hacia Vitacura, y la luz estaba roja. El taxista, que ya había tomado algun impulso, frenó en seco y soltó algunos improperios en voz baja. Mi hija y yo nos miramos y  dejamos escapar tan sólo un suspiro de resignación. Ya íbamos a llegar atrasadas de cualquier forma...
    Permanecimos estancadas allí por lo que pareció ser una eternidad, y durante ese tiempo se me ocurrió de repente prestar atención a lo que sucedía más allá de la ventanilla empañada del auto. Entonces, me fijé en las personas que se amontonaban en el paradero. Estábamos justo frente a él y realmente había una pequeña multitud aguardando allí: hombres, mujeres, adolescentes, niños de la mano de sus madres o en sus brazos, expresiones cansadas, grises, opacas. Ropas viejas, sobrepuestas sin ningún buen gusto, sólo para escapar del frío, botas, botines, zapatillas gastadas, chuecas, tristes, medias de lana, bufandas, gorros, guantes sucios y agujereados. Caras lavadas, rudas, cabellos de cualquier manera, sombreros viejos, abrigos zurrados... y bolsas, docenas de bolsas, paquetes, envoltorios, carritos, folletos con promociones de supermercados, cajas de cartón... Mirada así, mezclada con todos esos objetos, era una masa informe de cuerpos y facciones tan similares que parecían hermanos. Gente humilde, sufrida, sacrificada, porfiada, casi sin esperanza... Y al mirarlos, me pregunté, curiosa: "¿Qué es lo que hacen aquí?"... Miré a mi alrededor, a todos los edificios lujosos, cuyas terrazas daban la vuelta por todo el piso, con esos ventanales panorámicos a través de los cuales podìan vislumbrarse salas enormes llenas de plantas, espejos, lámparas de cristal, muebles y alfombras caras. Miré las veredas limpias, los jardines verdes, con un paisajismo inspirado, las calzadas sombreadas por árboles bien cuidados y frondosos. Ví los vidrios polarizados, el metal trabajado, el concreto caprichosamente moldeado, el fierro domado con tanta gracia y majestad... Todo allí era nuevo, impoluto, audaz, lleno de una insolencia y ostentación que intimidaban. En una palabra: caro. Miré nuevamente al grupo amontonado en el paradero: nadie alto, rubio, de ojos o piel claros, bien vestido, con joyas, ostentando ese aire de superioridad tan natural en aquellos que lo tienen todo... No, esta gente era lo opuesto y, definitivamente, no pertenecían a ese lugar. Pero, entonces, ¿quiénes eran? ¿Y qué hacían allí?.
    Ahí me dí cuenta: estos eran los que trabajaban para esos otros que vivían aquí. Nanas, meseras, jardineros, cocineras, porteros, lavanderas, ascensoristas, niñeras, secretarias... Por eso destonaban en medio del lujo, eran demasiado simples, incultos, feos, cansados, desesperanzados, contando las monedas para tomar el primero de los tres buses que los llevarían de vuelta a sus casas, alejandose cada vez más de ese mundo claro y perfumado donde pasaban la mayor parte de sus días. A las seis y media regresaban a la ración menguada, al espacio apretado, al jardín minúsculo, al barro, a la batéa de ropa sucia, al mantel de plástico, a sus cuentas, sus dolores, sus incertidumbres... Imaginé que debería ser como entrar y salir del mundo de Alicia en el país de las Maravillas, y esto no debía ser nada fácil, con certeza. Para mí, que estoy en el medio de estos dos mundos, ya me resultaba un choque esta diferencia, entonces imagino cómo sería para ellos...
    El semáforo abrió y el taxista, aprovechando una brecha, viró velozmente y dejó atrás el paradero y el pequeño universo que cobijaba debajo de él. Yo recosté la cabeza en el asiento y cerré los ojos porque, de improviso, toda esa opulencia me pareció de alguna forma insultante, porque no demostraba la menor conciencia de la existencia de esta otra "raza" que se movía todos los días en sus entrañas y a la que sólo le ofrecía -como una limosna- buses apiñados para que hicieran su travesía diaria atrás de su sustento... No, esto no podía ser justo...
    Entonces me pregunté, desconcertada, angustiada: " ¿Cuántos mundos existen  dentro de este en el que transcurren nuestras existencias? El mío, el del panadero, el del empresario, el de la profesora, del médico, del mendigo... ¿Y en cuántos de ellos somos capaces de existir, de producir, de aprender?"... Varios universos, varios papeles, muchas lecciones... No cerremos la puerta a las otras historias que acontecen paralelamente a la nuestra, pues nunca se sabe cuándo tendremos que entrar  en alguna de ellas o entrelazarnos con sus personajes, compartir experiencias con ellos, aprender su sabiduría y poner nuestro grano de arena para que juntos demos un paso más. Hoy estoy en el taxi. Mañana puedo estar en el paradero.
   

terça-feira, 25 de setembro de 2012

Nubes

    Hoy día no voy a extenderme mucho en el preámbulo porque el texto de esta semana es enoooorme, lo que significa que mi inspiración está a todo vapor, lo que por su vez significa que estoy perfectamente insertada en este ambiente, lo que, finalmente, quiere decir que estoy maravillosamente feliz... ¿Para qué quieren saber más? Estoy llena de alegría, de buenas intenciones, de buenos presentimientos, de optimismo y serenidad y, a pesar de que dicen que los artistas trabajan mejor o producen más cuando son terriblemente infelices, tengo que discordar. Ya creí en esta "leyenda urbana", pero hoy véo que no es siempre así. Por lo menos, en este momento no se aplica a mí... Gracias a Dios!.
    Y sin más demoras, aquí vá la de la semana, sino va a quedar muy larga.



    Siempre he creído que a las nubes les gusta engañarnos, así como nos engañan los problemas que a veces se nos aparecen en el camino... ¿Y cómo fué que llegué a esta conclusión?, se preguntarán ustedes. Bueno, fué la primera vez que viajé en avión, ya adulta. Y fué así que ocurrió:
    Cuando llegué al aeropuerto el día estaba nublado y frío, un viendo gélido se colaba por todas las rendijas y nos hacía estremecer. La pista de aterrizaje parecía húmeda y todo el ambiente era extrañamente lúgubre y pesado, lento, preñado de silenciosos recelos.
    -Parece que tendremos turbulencia durante el viaje- anunció con aire sombrío una mujer sentada junto a mí, y se revolvió incómoda dentro de su abrigo.
    -Puchas, no hay nada más desagradable que tener turbulencia en el despegue. ¡Es terrible! Parece que el avión se va a desmontar!...- expresó el caballero en pié junto a su equipaje, con ojos grandes y temerosos.
    -Es verdad- acrecentó otra mujer, más lejos, escudriñándonos atrás de sus anteojos - Parece que te vas a venir al suelo ahí mismo!...- y soltando un suspiro quejumbroso agregó: -Yo agradezco a Dios toda vez que llegamos a tierra firme. ¡Imagínense, ya perdí tres parientes en accidentes aéreos!...- y se persignó devotamente.
    -Es lo que se puede hacer.- concordó el señor junto a las maletas, con aire fúnebre -Encomendarse a la Virgen y a los santos.- e hizo un gesto de resignación.
    Siguió un enorme silencio de mal agüero y todos nos quedamos mirando hacia el cielo cargado que en pocos momentos estaríamos cruzando. Tal vez algún chistoso habría soltado el típico comentario: "Y bueno, si nos caemos no tenemos de qué preocuparnos. Del suelo no pasamos!"... Pero créo que en aquel día ninguno de nosotros se habría reído.
    Yo, a cada minuto más rígida en mi asiento, preferí distraerme del ominoso silencio y de las caras sombrías (¿por qué siempre tiene que aparecer alguien para hacer comentarios lapidarios en los aeropuertos cuando el clima está malo? ¿No bastan nuestros propios e inconfesables terrores aéreos?) mirando las vitrinas de importados, aspirando los olores tentadores de las cafeterías, el va y viene de los pasajeros arrastrando o empujando equipajes de todos los tipos, formas y colores (¡lo que las personas transportan a veces puede ser absolutamente bizarro!) los afiches de las compañías aéreas, los uniformes de las azafatas, las noticias en la televisión... Pero mis ojos se negabam sistemáticamente a posarse en la pequeña pantalla que anunciaba los aterrizajes y despegues, porque nuestro fatídico vuelo era el próximo. Sabía que era inútil, una infantilidad de mi parte, pero la visión de aquel cielo gris e inmóvil sobre nuestras cabezas me hacía desear cualquier otra opción en vez de embarcar.
    Y como si no bastase esta preocupación externa, viajaba con bastante exceso de peso: disgustos, dudas, preocupaciones, algunos fracasos estruendosos, peléas, decisiones difíciles, pesimismo y una incierta tristeza por haber tomado algunos caminos errados y dicho cosas que podría haberme callado... Sí, definitivamente no sería un viaje placentero, pues no había nubes de tormenta solamente en el cielo, sino también en mi corazón, que estaba obscurecido por ellas.
    ¿Qué hacer entonces?... Respirar hondo, agarrar la maleta y entrar lo más dignamente posible en la fila de embarque y después por el finger hasta el interior del avión, donde encontraría mi asiento, me abrocharía el cinturón y me sumergiría en una espécie de auto-hipnosis hasta llegar a mi destino.
    Así pues, me senté, resignada, y le dirigí una última y suplicante mirada al cielo nublado. El avión empezó a carretear, viró, entró en la pista, se detuvo por algunos momentos y finalmente arremetió como una fiera furiosa, empezando a elevarse... Casi inmediatamente fuimos tragados por una neblina densa que hacía temblar las alas del avión (claro, mi ventanilla daba precisamente encima de una de ellas) y que borró todo el paisaje a nuestro alrededor... En seguida, mientras nos elevábamos, la aeronave era inmisericordemente zamarreada para arriba y para  abajo y todos mostraban sus peores y más blancas caras de pavor, a pesar de la sonrisa de Colgate de las azafatas, que conseguían moverse por el estrecho corredor como hadas bienhechoras.
    "Es un castigo", pensaba yo, aferrandome a los brazos de mi asiento. "Esto es como el resumen del desastre que es mi vida en este instante. No véo nada, parece que nada depende de mí y soy zarandeada sin piedad por las circunstancias y las personas. ¿Qué puedo esperar? ¡Este mal tiempo no pasará nunca!", y dejé escapar un resoplido de disgusto e impotencia.
    En ese momento, la voz del capitán, alegre y educada, nos dió la bienvenida ( ¿A ESTO?) se disculpó por la turbulencia (como si pudiera haberla evitado) y nos anunció que alcanzaríamos la altura para ir a velocidad de crucero, séa lo que ello significara... El avión arremetió nuevamente, en un esfuerzo que tapó mis oídos, y de repente, un rayo de sol fulgurante entró por mi ventanilla... Sorprendida, me enderecé y me atreví a mirar hacia afuera... Las nubes se deshacían velozmente y poco a poco empezó a aparecer un cielo azul, esplendorosamente despejado, cristalino; un horizonte infinito sembrado de rayos dorados se abrió delante de nosotros. Yo contuve el aliento. Aquel azul parecía penetrarme por completo y yo sentía que, literalmente, alguna cosa -aquel peso, aquella obscuridad en mi corazón- se trizaba, crujiendo, y empezaba a disolverse... ¡Entonces, más allá de las nubes negras y la turbulencia el sol brillaba e iluminaba todo! No podíamos verlo desde abajo porque el mal tiempo nos lo impedía, mas estaba allí, aguardando que subiéramos, que tuviéramos el coraje de ultrapasar la tormenta para volver a disfrutar su luz y su calor.
    Y mientras esbozaba una sonrisa, que se mezcló con algunas lágrimas furtivas, pensé: "Deve ser así con nuestros problemas también. Tenemos que pasar por ellos, no quedarnos parados o escondernos, llenos de malos presentimientos. Debemos tomar una actitud, tenemos que ultrapasar las sombras, las lluvias y vendavales, y alcanzar el sol nuevamente, pues él está ahí, siempre está. Ni las nubes ni las dificultades deben amedrentarnos, pues somos como aquel avión que, gracias a la potencia de sus turbinas y a la firmeza de sus alas, consigue elevarse por encima del mal tiempo y volar serenamente hacia su destino.
    Así, cada vez que el día amanece frío, con presagio de lluvias, o el viento helado sopla y no consigo ver mi cordillera amada; cuando los problemas, las incertidumbres, el desánimo o el miedo se ciernen sobre mi corazón, yo me acuerdo de aquel viaje, de aquel avión que, pasando incólume por la turbulencia anunciada, consiguió alcanzar altura suficiente como para reencontrar el sol.