Créo que nunca conocí gente tan patriota como la de mi país. Septiembre trae una transformación en las calles, los edificios, las vitrinas; inclusive en las tiendas más sofisticadas uno entra y están tocando una cueca o una tonada, todas músicas de mi infancia... Realmente, podemos ser -y con qué orgullo digo "podemos", porque soy uno de estos chilenos- medio pesados e reclamones, podemos tener estudiantes pendejos y encapuchados siniestros, ministras diciendo tonterías y horas de pic de enloquecer, pero parece que cuando llega el 18 nos volvemos una sola cosa y queremos bailar, comer empanadas y reírnos, celebrando esta patria hermosa y llena de porvenir...
Y antes de que me emocione demasiado, aquí vá la crónica de la semana. La iba a postear mañana, pero como soy una mera mortal, mañana nos vamos a pasar el día en Melipilla, con mis tíos y primos, comiendo asado y tomando sol en la plaza- eso si no amanece lloviendo, para desgracia de los que van a desfilar el 19...
Salgo a la calle y es todo una fiesta de rojo, azul y blanco: los autos, los balcones de los edificios, las vitrinas, los postes y paséos, las plazas, los quioscos en el Paséo Ahumada. Cuecas y tonadas resuenan en el aire, inclusive dentro de las tiendas del barrio alto, tiras de banderitas chilenas atraviesan veredas y portales, remolinos danzan al viento, volantines hacen piruetas contra el cielo azul, outdoors nos recuerdan que somos Chile... ¡Hasta los perros lucen pañuelos tricolores!... Respiro empanadas, chicha, pan amasado, pebre, la carne en la parrilla, la cazuela con cilantro fresco... Las fondas se erguen aquí y allá, disputandose los clientes con sus nombres ingeniosos y su atención esmerada, y huasos de espuelas cantarinas pasan por el corredor del edificio para el ensayo de fin de tarde. Hay banderas y guirnaldas de todos los tamaños y formas en las ventanas y balcones de los vecinos, globos y risas en el quincho de la terraza, pandero, guitarras y palmas...
Chile se prepara, hace las maletas, enfrenta taco, compra carne, vino, chorizo, pan, carbón, invita a los parientes y amigos, reza por un fin de semana soleado y cálido; abre la sonrisa, los brazos, el corazón para la patria de cumpleaños... Y yo estoy en medio de todo esto. Me cuesta creérlo todavía. Este 18 no soy una extranjera.
Me siento en nuestra pequeña sala y contemplo con una mezcla de satisfacción y emoción nuestra guirnalda de copihues rojos, azules y blancos colgada en la ventana, y el pequeño volantín en forma de bandera que adorna nuestra puerta de entrada... Suspiro hondo, muy hondo, para llenarme bien de esta sensación que no tiene precio. Porque por primera vez en 30 años puedo celebrar el 18 deSeptiembre, no sólo con una solitaria banderita asomandose a la ventana de mi casa en Brasil, sino con toda la fiesta, el orgullo y la felicidad a que tengo derecho. Porque no soy más una extranjera recordando a su patria, sino una ciudadana de este país con todo lo que él implica: cordillera, diversidad, modernidad, idioma, sabores, estudiantes en protesto, parques, museos, monumentos, metros llenos, alertas ambientales, mapuches descontentos, personas amables, alegres, bien dispuestas, risueñas, buenas para la talla, siempre optimistas, luchadoras, valientes... Mis compatriotas.
Ayer, después que colgamos nuestra guirnalda de copihues en la ventana y yo vestí mi delantal de cocina nuevo que tiene la bandera y una pareja bailando cueca, más un pícaro "¡Viva Chile mier...!" estampado al frente, nos sentamos mi hija y yo para almorzar, y de repente, al mirar a la ventana con su guirnalda, se me llenaron los ojos de lágrimas al recordar aquella modesta y solitaria banderita que le rendía homenaje a mi patria desde un país extraño cada 18 de Septiembre, con el corazón apretado y desesperado de nostalgia y el himno nacional lagrimeando en los labios...
Pero hoy estoy aquí, donde el 18 debe ser celebrado, y no tengo que hacerlo sola, sintiéndome fuera de lugar. No, hoy puedo salir a la calle, abrir los brazos y gritarle a todos sin vergüenza ni pena:
-¡Viva Chile, mierda!
Y sé que con certeza habrá un coro inmenso que me responderá.
segunda-feira, 17 de setembro de 2012
quarta-feira, 12 de setembro de 2012
El ciego
A pesar de que las tardes se ponen frías y de que me pesqué un tremendo resfriado, los días continúan gloriosos, tranquilos, felices y llenos de aventuras. Es verdad que tuve que quedarme una semana encerrada, tosiendo y estornudando, lo que significó una disminución de inspiración porque, sinceramente, los remedios que tienen aquí para la gripe son como medio fatales de tan fuertes. ¡Le descongestionan a uno hasta el pensamiento! Pero le adormecen la inspiración, literalmente, porque me lo pasaba las tres cuartas partes del día dormitando en el sofá, fuera dormir como tronco en la noche... Menos mal que ya estoy mejor, entonces pude bajar hoy para pasear y echarle pan a las palomas del Paséo Bulnes y después venir al hotel para postear la crónica de la semana. En todo caso, como la mitad de Santiago está también tosiendo y estornudando y tomandose tazas y tazas de té con miel y limón, no me siento tan abandonada en mi desgracia que, gracias a Dios, ya está en el fin.
Entonces, aquí vá, mientras la ciudad se llena de banderitas chilenas y los pajaritos vienen a comer migajas en la ventana de mi departamento...
Venía el ciego caminando en pleno Paséo Ahumada, cinco y media, seis de la tarde, cuando las oficinas terminan su trabajo y todos los funcionarios se lanzan a la calle, semejantes a una marejada ensordecedora y desordenada, para la happy hour o la cena en casa con la familia... Con su bastón blanco al frente, surcaba aquel océano de personas con una seguridad asombrosa. Nadie lo acompañaba, sin embargo, él parecía saber perfectamente hacia dónde se dirigía. Yo estaba en la esquina, junto con mi hermana, esperando el semáforo para atravesar, cuando lo ví surgir por detrás de un remolino de abrigos, bufandas, bolsas, maletines y carpetas, alto y delgado, vestido con unos bluejeans zurrados y vários sweaters, camisas, chalecos y chaquetas sobrepuestos, todos igualmente gastados. Sin embargo, el toque más original de su atuendo era ese gorro, mezcla de boné y pasamontañas, medio enrollado con una bufanda colorida (en realidad, no conseguí descubrir si la bufanda y el gorro formaban parte de una misma cosa) que le cubría el rostro hasta la nariz. Sólo podía adivinarse que era ciego por el bastón con que iba tanteando el suelo delante de él, pues sus ojos permanecían sombreados por la viscera del gorro.
Al reparar en él, le dí un codazo a mi hermana, señalandole al hombre, que se acercaba rápidamente:
-¡Mira a ese ciego!- cuchicheé - ¡Con qué facilidad y seguridad se mueve!...
Mi hermana no pareció impresionarse con mi comentario, pues estaba distraída con otras cosas, pero yo lo seguí con la mirada hasta que desapareció en medio de la multitud y no pude reprimir una silenciosa exclamación de admiración.
Lo que me dejaba tan atónita no era sólo su habilidad para desplazarse sin tropiezos en este mar humano que también se movía, sino la osadía con que lo hacía. Su andar era decidido y firme, sin miedo. Parecía saber perfectamente por dónde iba. Sabía hacia dónde iba. Las personas a su alrededor eran como "males necesarios" o "efectos colaterales", no conseguían desviarlo ni detenerlo. Al contrario, se apartaban de su camino, pero no solamente por causa de su bastón blanco, que les avisaba que debían hacerlo, sino por la actitud del ciego, por ese gesto imperativo, seguro, entero con que avanzaba por la calle... ¿De dónde venía? ¿Cuál era su destino? ¿Sería ciego hacía mucho tiempo? ¿Cómo parecía haber superado tan diestramente su discapacidad? ¿Cómo se sentiría caminando en medio de estas calles tumultuosas del centro? ¿Había alguien esperándolo en su destino? ¿Vivía solo?... Miles de preguntas revoloteaban en mi cabeza...
Cuando finalmente desapareció, percibí que éstas no eran realmente importantes, ya que no era su origen o su destino lo que había que notar o averiguar, sino su manera de recorrer el trayecto entre estos dos puntos: sin miedo.
Continuamos caminando por el Paséo Ahumada en dirección a nuestro departamento, esquivando la oleada que venía en sentido contrario, temiendo un encontrón, un pisotón, un tirón de la cartera, una mano tonta en el cuerpo; evitando miradas, escrutando el suelo para no tropezar o pisar algo desagradable, para no meter el taco en una rejilla... El tráfico rugía, feroz, desesperado para llegar a la casa, los edificios parecían árboles de pascua, en el aire danzaba el vaho desordenado de la multitud, abrazandonos hasta casi quitarnos el aliento...
En poco tiempo alcanzamos el edificio, tomamos el ascensor y ya estábamos en el departamento, sanas y salvas, exhaustas, hambrientas. Prendimos la tele y nos desparramamos en el sofá. ¡Cómo era bueno estar en la tranquilidad de nuestra casa, protegidas!...
Pero en la noche, tendida en mi cama, rodeada por el silencio y la penumbra, mis pensamientos se volvieron hacia el ciego. Y me pregunté por qué él no tenía miedo. Quise saber qué era lo que le daba ese coraje... Y nosotros, ¿a qué es lo que le tenemos tanto miedo? ¿Por qué tenemos miedo?.. ¡Nosotros vemos!... Y en ese momento deseé tener el valor de aquel ciego que, mismo no viendo la calle, a los autos, a las personas, solamente escuchando su fragor y percibiendo su calor y su movimiento, avanzaba osadamente, sin sentir pena de sí mismo, sin apocarse por los sonidos, los olores, los toques; sin perder el rumbo, cierto de su destino.
Sólo espero que después de este encuentro yo séa capaz de enfrentar los problemas, los desafíos y las aventuras que me aguardan tal como este hombre que, en su ceguera, parecía ver mucho más que todos nosotros.
Entonces, aquí vá, mientras la ciudad se llena de banderitas chilenas y los pajaritos vienen a comer migajas en la ventana de mi departamento...
Venía el ciego caminando en pleno Paséo Ahumada, cinco y media, seis de la tarde, cuando las oficinas terminan su trabajo y todos los funcionarios se lanzan a la calle, semejantes a una marejada ensordecedora y desordenada, para la happy hour o la cena en casa con la familia... Con su bastón blanco al frente, surcaba aquel océano de personas con una seguridad asombrosa. Nadie lo acompañaba, sin embargo, él parecía saber perfectamente hacia dónde se dirigía. Yo estaba en la esquina, junto con mi hermana, esperando el semáforo para atravesar, cuando lo ví surgir por detrás de un remolino de abrigos, bufandas, bolsas, maletines y carpetas, alto y delgado, vestido con unos bluejeans zurrados y vários sweaters, camisas, chalecos y chaquetas sobrepuestos, todos igualmente gastados. Sin embargo, el toque más original de su atuendo era ese gorro, mezcla de boné y pasamontañas, medio enrollado con una bufanda colorida (en realidad, no conseguí descubrir si la bufanda y el gorro formaban parte de una misma cosa) que le cubría el rostro hasta la nariz. Sólo podía adivinarse que era ciego por el bastón con que iba tanteando el suelo delante de él, pues sus ojos permanecían sombreados por la viscera del gorro.
Al reparar en él, le dí un codazo a mi hermana, señalandole al hombre, que se acercaba rápidamente:
-¡Mira a ese ciego!- cuchicheé - ¡Con qué facilidad y seguridad se mueve!...
Mi hermana no pareció impresionarse con mi comentario, pues estaba distraída con otras cosas, pero yo lo seguí con la mirada hasta que desapareció en medio de la multitud y no pude reprimir una silenciosa exclamación de admiración.
Lo que me dejaba tan atónita no era sólo su habilidad para desplazarse sin tropiezos en este mar humano que también se movía, sino la osadía con que lo hacía. Su andar era decidido y firme, sin miedo. Parecía saber perfectamente por dónde iba. Sabía hacia dónde iba. Las personas a su alrededor eran como "males necesarios" o "efectos colaterales", no conseguían desviarlo ni detenerlo. Al contrario, se apartaban de su camino, pero no solamente por causa de su bastón blanco, que les avisaba que debían hacerlo, sino por la actitud del ciego, por ese gesto imperativo, seguro, entero con que avanzaba por la calle... ¿De dónde venía? ¿Cuál era su destino? ¿Sería ciego hacía mucho tiempo? ¿Cómo parecía haber superado tan diestramente su discapacidad? ¿Cómo se sentiría caminando en medio de estas calles tumultuosas del centro? ¿Había alguien esperándolo en su destino? ¿Vivía solo?... Miles de preguntas revoloteaban en mi cabeza...
Cuando finalmente desapareció, percibí que éstas no eran realmente importantes, ya que no era su origen o su destino lo que había que notar o averiguar, sino su manera de recorrer el trayecto entre estos dos puntos: sin miedo.
Continuamos caminando por el Paséo Ahumada en dirección a nuestro departamento, esquivando la oleada que venía en sentido contrario, temiendo un encontrón, un pisotón, un tirón de la cartera, una mano tonta en el cuerpo; evitando miradas, escrutando el suelo para no tropezar o pisar algo desagradable, para no meter el taco en una rejilla... El tráfico rugía, feroz, desesperado para llegar a la casa, los edificios parecían árboles de pascua, en el aire danzaba el vaho desordenado de la multitud, abrazandonos hasta casi quitarnos el aliento...
En poco tiempo alcanzamos el edificio, tomamos el ascensor y ya estábamos en el departamento, sanas y salvas, exhaustas, hambrientas. Prendimos la tele y nos desparramamos en el sofá. ¡Cómo era bueno estar en la tranquilidad de nuestra casa, protegidas!...
Pero en la noche, tendida en mi cama, rodeada por el silencio y la penumbra, mis pensamientos se volvieron hacia el ciego. Y me pregunté por qué él no tenía miedo. Quise saber qué era lo que le daba ese coraje... Y nosotros, ¿a qué es lo que le tenemos tanto miedo? ¿Por qué tenemos miedo?.. ¡Nosotros vemos!... Y en ese momento deseé tener el valor de aquel ciego que, mismo no viendo la calle, a los autos, a las personas, solamente escuchando su fragor y percibiendo su calor y su movimiento, avanzaba osadamente, sin sentir pena de sí mismo, sin apocarse por los sonidos, los olores, los toques; sin perder el rumbo, cierto de su destino.
Sólo espero que después de este encuentro yo séa capaz de enfrentar los problemas, los desafíos y las aventuras que me aguardan tal como este hombre que, en su ceguera, parecía ver mucho más que todos nosotros.
segunda-feira, 3 de setembro de 2012
Un oasis
¡Ahora tengo tanto material para postear aquí que está empezando a resultarme difícil escoger qué texto colocar! ... Pero no me estoy quejando, porque mi inspiración está a mil por hora. Las historias y las reflexiones saltan delante de mí a cada paso, las lecciones, los personajes. Descubro que este país es altamente instigante e inspirador, no sólo por las novedades y la diversidad, sino también porque me hace sentir cómoda, relajada y muy perceptiva. Tengo todo el tiempo y la tranquilidad del mundo para parar y observar a mi alrededor y, como deben suponer, esta situación es el paraíso para un escritor.
Entonces, aquí vá la crónica de esta semana, el corazón latiendo, feliz y realizado, aguardando la próxima aventura.
Aprovechando el lindo día de sol en pleno invierno, mi hija y yo salimos a pasear por uno de los tantos parques que hay en Santiago. Pescamos el metro y nos bajamos en la estación Salvador, cuyas escaleras emergen hacia el Parque del Bicentenario... Fué casi una escena de película cuando terminamos de subir los peldaños: árboles, prados verdes, canteros llenos de flores coloridas, estatuas, bancos, senderos de arenilla y, coronando todo, la fuente rectangular, enorme, con sus magníficos chorros de água que parecían pugnar por alcanzar el cielo. A nuestro alrededor gorriones, chincoles, palomas, tórtolas y zorzales; familias sentadas en el pasto, estudiantes con sus notebooks, sus ropas estrafalarias y sus gestos exagerados, con ese aspecto de quien acabó de salir de la cama, parejas caminando lentamente, de manos dadas, respirando hondo el temprano aroma de los cerezos que amenazaban abrir como en una explosión... Perros, niños, globos, grupos danzando, saltando en skate, fiesta de cumpleaños improvisada, señoras sonriendo en los bancos, caballeros abstraidos leyendo el diario. Hasta quien parecía ocupado y con prisa ralentaba el paso cuando entraba en el parque y daba una ojeada a su alrededor como para percatarse y apreciar, ni que fuera brevemente, la belleza del lugar, su tranquilidad, su colorido y aquel relajamiento que invitaba a la reflexión, a la conciencia, a abrirse por algunos momentos y esperar algún tipo de milagro...
Yo, acomodada en uno de los bancos, preguntándome cuántos podría descubrir mientras estuviéramos allí, frente a la fuente que humedecía el viento, de repente, al mirar más allá, me percaté de la presencia insolente de los buses, los carros, los edificios modernos, las tiendas iluminadas, las veredas vertiginosas, barullentas, ocupadas por ese mar interminable de personas... Pestañeé un par de veces, sorprendida, porque el contraste entre ambos lugares me pareció realmente asombroso. ¿Cómo era posible que a cincuenta metros de este oasis verde y apacible en que me encontraba corriera esa especie de universo paralelo, voraz, acelerado, indiferente y agresivo? ¿Qué era lo que los separaba con tanta clareza? ¿Nosotros? ¿Los otros? ¿La calle? ¿El universo? ¿O tal vez algún tipo de ley divina o natural? ¿O entonces hombres geniales y altruístas que proyectaban, construían y nos regalaban estos oasis para que no enloqueciéramos ni olvidáramos nuestra condición humana, para que recordáramos cuál era el verdadero mundo?... Con certeza visionarios que deseaban que no perdiéramos el contacto con esta realidad, con lo natural, con lo vital. Los hombres idealistas e ingenuos que proyectaban y realizaban estos espacios para sus hermanos, los hombres pragmáticos y desconfiados... ¡Era mucha bondad de su parte!.
Entonces, poco a poco, se me fué ocurriendo que nosotros podríamos hacer lo mismo, pero dentro de nosotros mismos, o en algún rincón de nuestra casa: crear un oasis, un refugio, un santuario de descanso con todo lo que nos es más precioso. Un espacio de revigorización, de paz, de transformación. En medio de nuestra vida agitada y llena de problemas y angustias, necesitamos encontrar un lugar en el cual podamos proyectar y construir este oasis, este tiempo de reencuentro, de evaluación y retorno al equilibrio, a lo que verdaderamente importa, porque es solamente desde allí que podremos desarrollar una nueva mirada, es de allí que podremos sacar la fuerza, la alegría, la fé, la salud física y emocional, espiritual, es allí que nos renovaremos, nos reinventaremos, recomenzaremos después de cada caída. Porque así como la metrópolis monstruosa y devoradora nos ofrece indistintamente sus plazas, parques, fuentes y paséos que nos recuerdan nuestro derecho a parar, a cambiar, a disfrutar, así como la selva de concreto se compadece de sus habitantes brindandoles cuadros de la primavera, de globos y chiquillos inocentes, de esculturas poéticas, canteros de pensamientos y violetas, de árboles centenarios que renacen cada septiembre, así nosotros, nuestros mayores jueces y verdugos, debemos construir y preservar dentro de nosotros este oasis, estos canteros floridos, estas fuentes cristalinas, los perros, los globos, los chincoles, los senderos claros y los cielos azules. Así, cuando andemos abogiados, sombríos y resentidos por lo menos podremos zambullirnos en ellos y encontrar el coraje, la paz, la clareza y el optimismo que necesitamos para continuar adelante o, quién sabe, para perdonarnos y recomenzar.
Entonces, aquí vá la crónica de esta semana, el corazón latiendo, feliz y realizado, aguardando la próxima aventura.
Aprovechando el lindo día de sol en pleno invierno, mi hija y yo salimos a pasear por uno de los tantos parques que hay en Santiago. Pescamos el metro y nos bajamos en la estación Salvador, cuyas escaleras emergen hacia el Parque del Bicentenario... Fué casi una escena de película cuando terminamos de subir los peldaños: árboles, prados verdes, canteros llenos de flores coloridas, estatuas, bancos, senderos de arenilla y, coronando todo, la fuente rectangular, enorme, con sus magníficos chorros de água que parecían pugnar por alcanzar el cielo. A nuestro alrededor gorriones, chincoles, palomas, tórtolas y zorzales; familias sentadas en el pasto, estudiantes con sus notebooks, sus ropas estrafalarias y sus gestos exagerados, con ese aspecto de quien acabó de salir de la cama, parejas caminando lentamente, de manos dadas, respirando hondo el temprano aroma de los cerezos que amenazaban abrir como en una explosión... Perros, niños, globos, grupos danzando, saltando en skate, fiesta de cumpleaños improvisada, señoras sonriendo en los bancos, caballeros abstraidos leyendo el diario. Hasta quien parecía ocupado y con prisa ralentaba el paso cuando entraba en el parque y daba una ojeada a su alrededor como para percatarse y apreciar, ni que fuera brevemente, la belleza del lugar, su tranquilidad, su colorido y aquel relajamiento que invitaba a la reflexión, a la conciencia, a abrirse por algunos momentos y esperar algún tipo de milagro...
Yo, acomodada en uno de los bancos, preguntándome cuántos podría descubrir mientras estuviéramos allí, frente a la fuente que humedecía el viento, de repente, al mirar más allá, me percaté de la presencia insolente de los buses, los carros, los edificios modernos, las tiendas iluminadas, las veredas vertiginosas, barullentas, ocupadas por ese mar interminable de personas... Pestañeé un par de veces, sorprendida, porque el contraste entre ambos lugares me pareció realmente asombroso. ¿Cómo era posible que a cincuenta metros de este oasis verde y apacible en que me encontraba corriera esa especie de universo paralelo, voraz, acelerado, indiferente y agresivo? ¿Qué era lo que los separaba con tanta clareza? ¿Nosotros? ¿Los otros? ¿La calle? ¿El universo? ¿O tal vez algún tipo de ley divina o natural? ¿O entonces hombres geniales y altruístas que proyectaban, construían y nos regalaban estos oasis para que no enloqueciéramos ni olvidáramos nuestra condición humana, para que recordáramos cuál era el verdadero mundo?... Con certeza visionarios que deseaban que no perdiéramos el contacto con esta realidad, con lo natural, con lo vital. Los hombres idealistas e ingenuos que proyectaban y realizaban estos espacios para sus hermanos, los hombres pragmáticos y desconfiados... ¡Era mucha bondad de su parte!.
Entonces, poco a poco, se me fué ocurriendo que nosotros podríamos hacer lo mismo, pero dentro de nosotros mismos, o en algún rincón de nuestra casa: crear un oasis, un refugio, un santuario de descanso con todo lo que nos es más precioso. Un espacio de revigorización, de paz, de transformación. En medio de nuestra vida agitada y llena de problemas y angustias, necesitamos encontrar un lugar en el cual podamos proyectar y construir este oasis, este tiempo de reencuentro, de evaluación y retorno al equilibrio, a lo que verdaderamente importa, porque es solamente desde allí que podremos desarrollar una nueva mirada, es de allí que podremos sacar la fuerza, la alegría, la fé, la salud física y emocional, espiritual, es allí que nos renovaremos, nos reinventaremos, recomenzaremos después de cada caída. Porque así como la metrópolis monstruosa y devoradora nos ofrece indistintamente sus plazas, parques, fuentes y paséos que nos recuerdan nuestro derecho a parar, a cambiar, a disfrutar, así como la selva de concreto se compadece de sus habitantes brindandoles cuadros de la primavera, de globos y chiquillos inocentes, de esculturas poéticas, canteros de pensamientos y violetas, de árboles centenarios que renacen cada septiembre, así nosotros, nuestros mayores jueces y verdugos, debemos construir y preservar dentro de nosotros este oasis, estos canteros floridos, estas fuentes cristalinas, los perros, los globos, los chincoles, los senderos claros y los cielos azules. Así, cuando andemos abogiados, sombríos y resentidos por lo menos podremos zambullirnos en ellos y encontrar el coraje, la paz, la clareza y el optimismo que necesitamos para continuar adelante o, quién sabe, para perdonarnos y recomenzar.
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sábado, 25 de agosto de 2012
Nuevas historias
Las manifestaciones estudiantiles continúan, ensuciando y poluyendo la ciudad, llenándola de gritos, carteles, piedras y palos, de grupos que correm, escapando del gas lacrimógeno, de sirenas, guanacos e buses policiales. Nadie dá el brazo a torcer. "Negociación" parece una palabra obscena, "desorden e intransigencia" son las órdenes del día... Y nosotros aquí, pagando el pato, teniendo que quedarnos encerrados por causa de estas marchas -que más parecen ataques de hunos- tosiendo y estornudando, perdiendo paséos, películas, reuniones, exposiciones o simplemente, una linda tarde de sol en la Plaza de Armas... No entiendo, ¿cómo estos jóvenes esperan conseguir alguna cosa con ese tipo de comportamiento? ¿Cómo no toman cuenta de su propia gente, de sus propios ideales? ¿Por qué dejan que extraños los conviertan en villanos? ¿Por qué continúan si saben lo que vá a suceder?... Al final, con tanto jaléo, van a terminar ganándose el repudio de la ciudad. Créo que sería mejor que pensaran un poco más en sus métodos, para que puedan hacerse oír claramente y no en medio de sirenas, bombas, piedrazos y paredes rayadas...
Y después de haberme desahogado, y antes de que me explote una bomba en el trasero, voy a postear la crónica de esta semana, entre un estornudo y otro...
El hombre pasó por mí silbando alegremente, andando con pasos rápidos y enérgicos para espantar el frío, dejando un rastro tenue de colonia atrás de si. Vestía un abrigo negro, guantes y bufanda grises, un sombrero verde musgo y zapatos gruesos y brillantes. Tenía las mejillas rojas por el frío y a medida que silbaba, nubes de humo salían de su boca y sus pequeños ojos soltaban breves chispazos de luz... Inmediatamente, siguiendo mi costumbre, yo me pregunté: "¿De dónde será que está viniendo? ¿Por qué silba tan contento? ¿Tiene prisa para llegar a algún lugar o para encontrar a alguien importante? ¿O sólo está tratando de mantener el cuerpo caliente?"... Volví la cabeza para verlo alejarse y me dije, instintivamente: "Aquí debe haber alguna historia interesante"... Y cuando percibí esto, de repente fué como si un universo entero -que hasta ahora había estado medio intimidado- se abriera delante de mí. Pestañeé y me detuve, mirando a mi alrededor, percatándome de aquella multitud infinita, agitada y eclética que ocupaba las veredas, las ventanas, las tiendas, los restaurantes, los autos, los buses, que se sumergía en las escaleras del metro o emergía por ellas como un río interminable. Todos viviendo sus vidas, contando sus historias... ¿Cuántas de ellas habría en esta ciudad?... Tuve que cerrar los ojos y respirar hondo, tanto fué mi choque al darme cuenta de la respuesta. Los contemplé durante un largo momento, maravillada y espantada al mismo tiempo, tratando de identificarlos, de reconocerlos, pero ellos se alejaban y desaparecían como los granos de arena de un desierto. Más parecían pasajeros, visiones breves e inexpugnables, un enmarañado imposible de detener. ¡Cuántas vidas transcurrían al mismo tiempo! Todas distintas, especiales, originales, valiosas. ¿Cómo podría descubrir sus personajes? ¡Difícilmente encontraría dos veces a una misma persona en la calle!... Entonces me dí cuenta de que si pretendía continuar escribiendo -fuera en mi diario o en este blog- iba a tener que ejercitar y mejorar mucho mi percepción, mi atención, mi sensibilidad, mi caminar por entre este nuevo universo humano, pues las posibilidades que me ofrecía eran inconmensurablemente mayores, y la mayor parte de las veces dispondría de un solo encuentro para descubrir y deducir alguna cosa, para decifrar la enseñanza y llegar a una conclusión. ¡Caramba, iba a tener que esforzarme de verdad! ¡Sería un desafío tremendo!.
Primero me pareció una empresa medio absurda, más bien dicho imposible, pues todavía me sentía atropellada, vapuleada y medio asustada por esta sobredosis de "urbanidad", de modernismo y velocidad, por tantas opciones y tamaña diversidad. Todavía me mareaba tanta gente, tanta agitación, tenía recelo de perderme en medio de todo ese ruido y de esa variedad inagotable de rostros, voces, colores y olores (bueno, tengo que admitir que aún me aturde un poco) ¿Cómo, entonces, sería capaz de abrir mis sentidos hacia alguien en particular? ¿Podría distinguir a una sola persona y enfocarme en ella? ¿Qué es lo que me atrairía, si es que conseguía distraerme de todos los demás? ¿Y si, por fijarme en uno, perdía a otro? ¿Cómo sabría cuál escoger, quién me traería la mejor lección?... "Bueno", pensé "No puedo ser gananciosa y pretender prestarle atención a todos. Supongo que deberé dejar que mi instinto me guíe y así restringir mis opciones." Y también suponía -y esperaba- que el destino, como siempre, haría su parte destacando de alguna forma, interna o externa, y en el momento justo, a la persona de la cual debería extraer una enseñanza... Esto me tranquilizó bastante, pues entendí que lo que debía hacer era relajarme y volver a conectar mis "antenas" (que en este último tiempo anduvieron medio en cortocircuito) abrir los sentidos y, como siempre, mirar a mi alrededor. Los personajes aparecerían, junto con sus historias y sus lecciones. Todas las personas, en cualquier lugar o situación, merecen ser observadas, sin embargo, siempre existirán algunas que estamos destinados a encontrar y contemplar más detenidamente, que traen un mensaje sólo para nosotros que, inclusive, puede cambiar nuestra vida. Nosotros y los otros siempre tenemos algo que decirnos mutuamente, se los aseguro, sólo hay que prestar atención. Esto es lo importante, estar dispuesto y abierto, sin despreciar ninguna oportunidad, por más banal que parezca, para que estos encuentros acontezcan, sin y olvidar tampoco que tal vez otros tengan este mismo encuentro marcado con nosotros y que no podemos falar a él.
Ahora tengo certeza de que llegué, de que estoy aquí, porque nuevas historias están apareciendo, mis cuadernos están llenos de apuntes, siento que ellas me rodéan, me hablan, me invaden. Soy parte de estos acontecimientos, ya estoy entrelazada con esta vida, así como llegué a tener una intimidad todal con la vida en Brasil... Pero ahora me doy cuenta de que, definitivamente, salí de allá.
Y después de haberme desahogado, y antes de que me explote una bomba en el trasero, voy a postear la crónica de esta semana, entre un estornudo y otro...
El hombre pasó por mí silbando alegremente, andando con pasos rápidos y enérgicos para espantar el frío, dejando un rastro tenue de colonia atrás de si. Vestía un abrigo negro, guantes y bufanda grises, un sombrero verde musgo y zapatos gruesos y brillantes. Tenía las mejillas rojas por el frío y a medida que silbaba, nubes de humo salían de su boca y sus pequeños ojos soltaban breves chispazos de luz... Inmediatamente, siguiendo mi costumbre, yo me pregunté: "¿De dónde será que está viniendo? ¿Por qué silba tan contento? ¿Tiene prisa para llegar a algún lugar o para encontrar a alguien importante? ¿O sólo está tratando de mantener el cuerpo caliente?"... Volví la cabeza para verlo alejarse y me dije, instintivamente: "Aquí debe haber alguna historia interesante"... Y cuando percibí esto, de repente fué como si un universo entero -que hasta ahora había estado medio intimidado- se abriera delante de mí. Pestañeé y me detuve, mirando a mi alrededor, percatándome de aquella multitud infinita, agitada y eclética que ocupaba las veredas, las ventanas, las tiendas, los restaurantes, los autos, los buses, que se sumergía en las escaleras del metro o emergía por ellas como un río interminable. Todos viviendo sus vidas, contando sus historias... ¿Cuántas de ellas habría en esta ciudad?... Tuve que cerrar los ojos y respirar hondo, tanto fué mi choque al darme cuenta de la respuesta. Los contemplé durante un largo momento, maravillada y espantada al mismo tiempo, tratando de identificarlos, de reconocerlos, pero ellos se alejaban y desaparecían como los granos de arena de un desierto. Más parecían pasajeros, visiones breves e inexpugnables, un enmarañado imposible de detener. ¡Cuántas vidas transcurrían al mismo tiempo! Todas distintas, especiales, originales, valiosas. ¿Cómo podría descubrir sus personajes? ¡Difícilmente encontraría dos veces a una misma persona en la calle!... Entonces me dí cuenta de que si pretendía continuar escribiendo -fuera en mi diario o en este blog- iba a tener que ejercitar y mejorar mucho mi percepción, mi atención, mi sensibilidad, mi caminar por entre este nuevo universo humano, pues las posibilidades que me ofrecía eran inconmensurablemente mayores, y la mayor parte de las veces dispondría de un solo encuentro para descubrir y deducir alguna cosa, para decifrar la enseñanza y llegar a una conclusión. ¡Caramba, iba a tener que esforzarme de verdad! ¡Sería un desafío tremendo!.
Primero me pareció una empresa medio absurda, más bien dicho imposible, pues todavía me sentía atropellada, vapuleada y medio asustada por esta sobredosis de "urbanidad", de modernismo y velocidad, por tantas opciones y tamaña diversidad. Todavía me mareaba tanta gente, tanta agitación, tenía recelo de perderme en medio de todo ese ruido y de esa variedad inagotable de rostros, voces, colores y olores (bueno, tengo que admitir que aún me aturde un poco) ¿Cómo, entonces, sería capaz de abrir mis sentidos hacia alguien en particular? ¿Podría distinguir a una sola persona y enfocarme en ella? ¿Qué es lo que me atrairía, si es que conseguía distraerme de todos los demás? ¿Y si, por fijarme en uno, perdía a otro? ¿Cómo sabría cuál escoger, quién me traería la mejor lección?... "Bueno", pensé "No puedo ser gananciosa y pretender prestarle atención a todos. Supongo que deberé dejar que mi instinto me guíe y así restringir mis opciones." Y también suponía -y esperaba- que el destino, como siempre, haría su parte destacando de alguna forma, interna o externa, y en el momento justo, a la persona de la cual debería extraer una enseñanza... Esto me tranquilizó bastante, pues entendí que lo que debía hacer era relajarme y volver a conectar mis "antenas" (que en este último tiempo anduvieron medio en cortocircuito) abrir los sentidos y, como siempre, mirar a mi alrededor. Los personajes aparecerían, junto con sus historias y sus lecciones. Todas las personas, en cualquier lugar o situación, merecen ser observadas, sin embargo, siempre existirán algunas que estamos destinados a encontrar y contemplar más detenidamente, que traen un mensaje sólo para nosotros que, inclusive, puede cambiar nuestra vida. Nosotros y los otros siempre tenemos algo que decirnos mutuamente, se los aseguro, sólo hay que prestar atención. Esto es lo importante, estar dispuesto y abierto, sin despreciar ninguna oportunidad, por más banal que parezca, para que estos encuentros acontezcan, sin y olvidar tampoco que tal vez otros tengan este mismo encuentro marcado con nosotros y que no podemos falar a él.
Ahora tengo certeza de que llegué, de que estoy aquí, porque nuevas historias están apareciendo, mis cuadernos están llenos de apuntes, siento que ellas me rodéan, me hablan, me invaden. Soy parte de estos acontecimientos, ya estoy entrelazada con esta vida, así como llegué a tener una intimidad todal con la vida en Brasil... Pero ahora me doy cuenta de que, definitivamente, salí de allá.
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quarta-feira, 15 de agosto de 2012
Otro tipo de música
El invierno continúa, gana fuerza, y las lluvias se dejan caer sobre la ciudad, mansas, persistentes, dóciles. Aquí no es como Brasil, que cuando llueve parece el fin del mundo. La lluvia es más civilizada. El cielo está cerrado y las estufas encendidas, no dan muchas ganas de salir por ahí. Nos cambiamos de departamento para escapar del ruido infernal de la construcción que crecía junto a nuestra ventana, estuvimos casi una semana sin água caliente en el edificio y estoy empezando a resfriarme... Sin embargo, nada de esto disminuye mi felicidad y mi paz. Ni siempre tenemos días fáciles -en realidad, se dice que tenemos más días difíciles que fáciles- pero esto no debe desanimarnos porque ellos no son castigos, sino lecciones. Así como sabemos que la primavera llegará y transformará el paisaje, así también debemos recordar que nuestro espíritu se sobrepondrá a todas las dificultades y saldremos adelante... Por qué digo esto? Pues porque yo misma andaba medio angustiada con mis propios asuntos, medio escasa de fé y de optimismo y ahí, cuando pensaba que todo iba a salir errado... plim! el destino le dá la vuelta a la página y acá estoy, llena de aliento y optimismo nuevamente. Muchas fichas cayeron en estos dos últimos días y a pesar de que este momento fué bien difícil, tenía a mi hija para escucharme, sostenerme y enjugar mis lágrimas... Parece que una puerta se abrió y dimos otro paso en nuestro camino hacia la nueva vida definitiva.
Y aprovechando que no empezó a llover fuerte todavía, aquí postéo la crónica de la semana. Un poquitín atrasada, mas...
El papá abría lentamente el viejo mueble donde guardaba su preciosa colección de discos y permanecía durante algunos momentos escogiendo minuciosamente los LP que iría escuchar durante la próxima hora. Ojos fijos, entrecerrados, mirada concentrada, como tratando de acordarse del contenido de cada disco, sus dedos recorrían las filas e iban separando ceremoniosamente, casi con reverencia, los autores y sus obras inmortales: Beethoven, Mozart, Wagner, Madame Butterfly, Carmen, Ravel, Benny Goodman, Gershwin, Louie Armstrong... Una vez escogida la selección -siempre eclética y elitizada- colocaba los discos cuidadosamente, uno encima del otro, en el soporte del tocadiscos (lo que en esa época era una tremenda novedad, pues podían escucharse varios discos sin tener que levantarse para cambiarlos) ajustaba la velocidad y limpiaba la aguja en el brazo mecánico con movimientos suaves y meticulosos, dejaba el volumen en una altura agradable y finalmente se dirigía hasta el sofá de la sala, donde acomodaba los cojines, para tenderse cómodamente en él, cubierto por aquel viejo poncho de listas grises y blancas. El ritual había terminado... Entonces, cerraba los ojos y se quedaba en beatífica espera... El primer disco se desprendía del brazo con un leve zumbido y caía delicadamente sobre el plato que giraba. Mi papá soltaba un profundo suspiro de placer anticipado y esbozaba una sonrisa de la más pura felicidad.
La música empezaba a tocar, se elevaba, se abría, se deslizaba, invadiendo cada rincón de la casa. Pocos momentos después escapaba de allí y se esparcía por el resto de la casa como un perfume al que nadie conseguía quedar inmune.
Y yo, metida en mi pieza leyendo o escribiendo, lavandome los dientes en el baño, sentada en la escalera negra que daba al patio o mismo en el hall sin hacer nada en particular o jugando con el perro o uno de nuestros gatos, percibía esos sonidos tomando cuenta lentamente del ambiente, mientras mi papá parecía arrebatado en algún tipo de éxtasis totalmente incomprensible para mí. Porque, ¿qué tanto le encontraba a esa música? ¿Cuál era la gracia? ¿Por qué se quedaba como en transe tendido ahí?... Los acordes tristes y solemnes del "Claro de Luna", de Beethoven, o el modernismo de Gershwin y hasta la alegría llena de ritmo de Louis Armstrong, la grandiosidad de Wagner y el dramatismo de "Madame Butterfly" no hacían el menor sentido para mí. Peor, llegaba un momento en que se volvían completamente insoportables, pues para mis oídos vírgenes sonaban como un montón de acordes sin orden ni concierto, sin ninguna armonía o lógica. Parecían los delirios de algún alucinado a quien tenían el topete de llamar de "genio"... Al poco tiempo de estar oyendo estas cacofonías absurdas, me sentía tan irritada que cerraba la puerta de mi pieza, o me iba al fondo del jardín, o me largaba a la calle a dar vueltas hasta que ese concierto extraterrestre terminara... Pero antes de salir, cuando pasaba por el hall, le echaba una última mirada de curiosidad y desconcierto a mi papá, que continuaba tendido en el sofá, ajeno a todo y a todos, aparentemente abstraido por completo por esta música, y no podía dejar de preguntarme cómo era que ese montón de sonidos absurdos y desconectados podían proporcionarle semejante transe de felicidad y paz...
Bueno, durante mucho tiempo aún continué siendo obligada a escuchar pasivamente estas sesiones musicales de mi papá, sin entender el encanto, la serenidad y el placer que le provocaban... Las notas seguían flotando, chocando, mezclandose sin coherencia alguna, subiendo y bajando, instrumentos locos ecoando en mis oídos como una tortura... Hasta que un día -no sabría decir exactamente cuándo ni cómo, calculo que como el resultado de algún tipo de proceso inconciente y constante dentro de mi cerebro- así, sin más, la séptima sinfonía de Beethoven penetró por mis oídos y, voilá!: la combinación de los tonos y los instrumentos, de los acordes, tuvo sentido, empezó a mostrar alguna lógica. Súbitamente, la trompeta de Louie Armstrong o el piano de Lizst parecieron entrar en un misterioso y agradable acuerdo con el resto de los instrumentos. Los pasajes, las áreas, las armonías, los tonos, la delicadeza o la fuerza de algunos arreglos comenzaron a mostrar algo más, a tocar alguna fibra hasta entonces desconocida dentro de mí. Los caminos de las música se mostraron sorprendentes y deliciosos, y ella empezó a mostrarme sus sutilezas, sus trucos, sus intenciones... Entonces pasé a no huír más de ella. A veces haciendo un poco de esfuerzo inicial, ya no cerraba la puerta, no salía al patio, me quedaba en la sala con cualquier excusa e, imitando al papá, me sentaba en el sillón y cerraba los ojos, relajaba el cuerpo y vaciaba mi mente de todo lo demás que no fuera el sonido saliendo del tocadiscos, abría algún tipo de puerta, de túnel, construía un puente por el cual las notas se acercaban y entraban, invadiendome por completo. Respiraba hondo y entonces me decía, admirada y emocionada: "¡Entonces esto es la música! ¡Esto es lo que despierta dentro de quien la oye!"... Y no me cansaba del milagro constante e inagotable en su diversidad que algunos humanos habían sido capaces de, generosamente, crear para nosotros. Ahora entendía el ritual de mi papá, su expresión de paz, de felicidad. Hacía mucho tiempo que él había aprendido a escuchar. Yo estaba empezando ahora y, en un segundo, pude preveer cuánto podría crecer y aprender, cuánto podría compartir y enseñar gracias a este don recién descubierto: escuchar.
Después, cuando la música ya formaba parte indivisible de mi existencia, descubrí que no sólo poseemos la cualidad de oír y apreciar las melodías, mas también -a través de mi trabajo en el teatro- las palabras, el sonido y el desahogo de los otros. Podemos escuchar sus historias, sus idéas, sus planes, sus sueños. Podemos escuchar sus tristezas, sus frustraciones, sus resentimientos... Digamos que es otro tipo de música, a veces triste, a veces alegre, furiosa, divina, pero siempre verdadera, que necesita ser oída, así como prestamos atención al canto de los pájaros, al toque del teléfono, al silbido de un galanteador, al arrullo del mar. La voz del ser humano en todas sus tonalidades e idiomas forma parte de la sinfonía de la vida. No podemos ignorarla. Tenemos que aprender a oírla, a interpretarla, a asimilarla, pues si la música nos transmite y despierta en nosotros cosas tan profundas y verdaderas, ¿qué diversidad maravillosa podremos descubrir en la voz que nos habla?.
Aprendamos, pues, a escucharla, a acogerla, a comprenderla y abrazarla. Al principio puede parecernos desafinada, extraña, podemos no tener la paciencia y la sensibilidad para entenderla y aceptarla porque no estamos acostumbrados a prestarle la debida atención, sin embargo, y tal como me sucedió a mí con la música que mi papá oía, en algún momento, si insistimos y nos deshacemos de los preconceptos y de la pereza, llegaremos a comprender y disfrutar cada palabra, podremos sacarle provecho y -quién sabe- un día nuestras propias palabras, habladas, escritas, cantadas, serán apoyo, consuelo y ejemplo para los demás.
Y aprovechando que no empezó a llover fuerte todavía, aquí postéo la crónica de la semana. Un poquitín atrasada, mas...
El papá abría lentamente el viejo mueble donde guardaba su preciosa colección de discos y permanecía durante algunos momentos escogiendo minuciosamente los LP que iría escuchar durante la próxima hora. Ojos fijos, entrecerrados, mirada concentrada, como tratando de acordarse del contenido de cada disco, sus dedos recorrían las filas e iban separando ceremoniosamente, casi con reverencia, los autores y sus obras inmortales: Beethoven, Mozart, Wagner, Madame Butterfly, Carmen, Ravel, Benny Goodman, Gershwin, Louie Armstrong... Una vez escogida la selección -siempre eclética y elitizada- colocaba los discos cuidadosamente, uno encima del otro, en el soporte del tocadiscos (lo que en esa época era una tremenda novedad, pues podían escucharse varios discos sin tener que levantarse para cambiarlos) ajustaba la velocidad y limpiaba la aguja en el brazo mecánico con movimientos suaves y meticulosos, dejaba el volumen en una altura agradable y finalmente se dirigía hasta el sofá de la sala, donde acomodaba los cojines, para tenderse cómodamente en él, cubierto por aquel viejo poncho de listas grises y blancas. El ritual había terminado... Entonces, cerraba los ojos y se quedaba en beatífica espera... El primer disco se desprendía del brazo con un leve zumbido y caía delicadamente sobre el plato que giraba. Mi papá soltaba un profundo suspiro de placer anticipado y esbozaba una sonrisa de la más pura felicidad.
La música empezaba a tocar, se elevaba, se abría, se deslizaba, invadiendo cada rincón de la casa. Pocos momentos después escapaba de allí y se esparcía por el resto de la casa como un perfume al que nadie conseguía quedar inmune.
Y yo, metida en mi pieza leyendo o escribiendo, lavandome los dientes en el baño, sentada en la escalera negra que daba al patio o mismo en el hall sin hacer nada en particular o jugando con el perro o uno de nuestros gatos, percibía esos sonidos tomando cuenta lentamente del ambiente, mientras mi papá parecía arrebatado en algún tipo de éxtasis totalmente incomprensible para mí. Porque, ¿qué tanto le encontraba a esa música? ¿Cuál era la gracia? ¿Por qué se quedaba como en transe tendido ahí?... Los acordes tristes y solemnes del "Claro de Luna", de Beethoven, o el modernismo de Gershwin y hasta la alegría llena de ritmo de Louis Armstrong, la grandiosidad de Wagner y el dramatismo de "Madame Butterfly" no hacían el menor sentido para mí. Peor, llegaba un momento en que se volvían completamente insoportables, pues para mis oídos vírgenes sonaban como un montón de acordes sin orden ni concierto, sin ninguna armonía o lógica. Parecían los delirios de algún alucinado a quien tenían el topete de llamar de "genio"... Al poco tiempo de estar oyendo estas cacofonías absurdas, me sentía tan irritada que cerraba la puerta de mi pieza, o me iba al fondo del jardín, o me largaba a la calle a dar vueltas hasta que ese concierto extraterrestre terminara... Pero antes de salir, cuando pasaba por el hall, le echaba una última mirada de curiosidad y desconcierto a mi papá, que continuaba tendido en el sofá, ajeno a todo y a todos, aparentemente abstraido por completo por esta música, y no podía dejar de preguntarme cómo era que ese montón de sonidos absurdos y desconectados podían proporcionarle semejante transe de felicidad y paz...
Bueno, durante mucho tiempo aún continué siendo obligada a escuchar pasivamente estas sesiones musicales de mi papá, sin entender el encanto, la serenidad y el placer que le provocaban... Las notas seguían flotando, chocando, mezclandose sin coherencia alguna, subiendo y bajando, instrumentos locos ecoando en mis oídos como una tortura... Hasta que un día -no sabría decir exactamente cuándo ni cómo, calculo que como el resultado de algún tipo de proceso inconciente y constante dentro de mi cerebro- así, sin más, la séptima sinfonía de Beethoven penetró por mis oídos y, voilá!: la combinación de los tonos y los instrumentos, de los acordes, tuvo sentido, empezó a mostrar alguna lógica. Súbitamente, la trompeta de Louie Armstrong o el piano de Lizst parecieron entrar en un misterioso y agradable acuerdo con el resto de los instrumentos. Los pasajes, las áreas, las armonías, los tonos, la delicadeza o la fuerza de algunos arreglos comenzaron a mostrar algo más, a tocar alguna fibra hasta entonces desconocida dentro de mí. Los caminos de las música se mostraron sorprendentes y deliciosos, y ella empezó a mostrarme sus sutilezas, sus trucos, sus intenciones... Entonces pasé a no huír más de ella. A veces haciendo un poco de esfuerzo inicial, ya no cerraba la puerta, no salía al patio, me quedaba en la sala con cualquier excusa e, imitando al papá, me sentaba en el sillón y cerraba los ojos, relajaba el cuerpo y vaciaba mi mente de todo lo demás que no fuera el sonido saliendo del tocadiscos, abría algún tipo de puerta, de túnel, construía un puente por el cual las notas se acercaban y entraban, invadiendome por completo. Respiraba hondo y entonces me decía, admirada y emocionada: "¡Entonces esto es la música! ¡Esto es lo que despierta dentro de quien la oye!"... Y no me cansaba del milagro constante e inagotable en su diversidad que algunos humanos habían sido capaces de, generosamente, crear para nosotros. Ahora entendía el ritual de mi papá, su expresión de paz, de felicidad. Hacía mucho tiempo que él había aprendido a escuchar. Yo estaba empezando ahora y, en un segundo, pude preveer cuánto podría crecer y aprender, cuánto podría compartir y enseñar gracias a este don recién descubierto: escuchar.
Después, cuando la música ya formaba parte indivisible de mi existencia, descubrí que no sólo poseemos la cualidad de oír y apreciar las melodías, mas también -a través de mi trabajo en el teatro- las palabras, el sonido y el desahogo de los otros. Podemos escuchar sus historias, sus idéas, sus planes, sus sueños. Podemos escuchar sus tristezas, sus frustraciones, sus resentimientos... Digamos que es otro tipo de música, a veces triste, a veces alegre, furiosa, divina, pero siempre verdadera, que necesita ser oída, así como prestamos atención al canto de los pájaros, al toque del teléfono, al silbido de un galanteador, al arrullo del mar. La voz del ser humano en todas sus tonalidades e idiomas forma parte de la sinfonía de la vida. No podemos ignorarla. Tenemos que aprender a oírla, a interpretarla, a asimilarla, pues si la música nos transmite y despierta en nosotros cosas tan profundas y verdaderas, ¿qué diversidad maravillosa podremos descubrir en la voz que nos habla?.
Aprendamos, pues, a escucharla, a acogerla, a comprenderla y abrazarla. Al principio puede parecernos desafinada, extraña, podemos no tener la paciencia y la sensibilidad para entenderla y aceptarla porque no estamos acostumbrados a prestarle la debida atención, sin embargo, y tal como me sucedió a mí con la música que mi papá oía, en algún momento, si insistimos y nos deshacemos de los preconceptos y de la pereza, llegaremos a comprender y disfrutar cada palabra, podremos sacarle provecho y -quién sabe- un día nuestras propias palabras, habladas, escritas, cantadas, serán apoyo, consuelo y ejemplo para los demás.
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quarta-feira, 8 de agosto de 2012
Una de esas señoras
Este negocio de cumplir años no es fácil, créanme, sobre todo cuando uno pasa los 50. Cumplí 56 el sábado 4 y salí para celebrar con mi hija y mi hermana. Algo modesto, alegre y relajado. Nada de fiestas, regalos caros o un millón de amigos, tan sólo un almuerzo chino, una película y un paseo por estas calles fascinantes bajo un sol sorprendente para esta época del año. Menos mal, porque siempre llovía o hacía un frío tremendo en mis cumpleaños! Hasta en esto las cosas son mejores aquí!... Conversamos las tres, compramos algunos juegos -scrabble, dominó y sinónimos y antónimos- y así nos pasamos el resto de la tarde, jugando como cabras chicas, riéndonos y conversando tonterías y temas profundos. Uno de estos temas, claro, fué sobre la vejez y la muerte, que no pudo escapar de nuestras mentes porque, claro, uno se pone más sensible a medida que se hace vieja, porque se dá cuenta de los achaques y las limitaciones que empiezan a aparecer, de la falta de disposición, del estómago delicado... Sí, definitivamente, como dice mi hija, el tiempo pasa y uno no se pone más joven, esto es algo que hay que aceptar.
Cuando me fuí a acostar aquella noche, demoré para dormirme porque me quedé reflexionando sobre esto, y al día siguiente decidí escribir al respecto, cosa que me llevó a algunas conclusiones bien interesantes.
Vejez. Decadencia. Muerte... Cómo lidiar con estas perspectivas asustadoras que se acercan inexorablemente? Son verdades absolutas, naturales -mismo que luchemos tanto contra ellas y tratemos de disfrazarlas con un arsenal de cremas y cirugías- y nadie consigue escapar de ellas. Todos los días me cruzo con personas viejas en todos los lugares, las saludo, converso con ellas, las observo en sus actividades, y no puedo evitar preguntarme cómo será que están lidiando con esta situación, si están saludables como parecen, si tienen miedo, si algo las inquieta. Será que algunos, en verdad, no tienen -o no quieren tener- una conciencia real de que el tiempo pasó -y continúa pasando- y de que no son más los mismos? Será que se resienten de los achaques, las pérdidas, de tanto remédio, de la fragilidad, de la dependencia que vá instalandose subrepticiamente en sus existencias? Tienen noción de la lenta e inexorable decrepitud que se avecina?... Pues parece que algunos no, porque continúan sus vidas como siempre, alegres y dicharacheros, bien dispuestos, optimistas y llenos de planes para el mañana. Y yo estoy convencida de que soy uno de ellos porque, sencillamente, no consigo verme vieja, porque no me siento vieja y anticuada, averiada, separada de la sociedad. No niego que a veces me asaltan algunos relámpagos de conciencia (sobre todo desde que entré en la menopausia. Nadie se lo merece! Menos mal que existe la reposición hormonal!) sobre mi propio envejecimiento, sobre la muerte, las enfermedades que pueden aparecer todavía. Sin embargo esto no llega a angustiarme o a arruinar el placer, el optimismo y la felicidad que siento en estos momentos. Sé que la muerte es el fin, pero en realidad,es la forma en que vamos a llegar a ella lo que nos asusta. Sin embargo yo, personalmente, todavía no me siento lista para parar y pensar en ello. Para qué anticipar una angustia?
Por el momento, soy una de esas señoras que piensan que tienen toda la vida por delante para crecer, aprender, producir, disfrutar y compartir. Una de esas señoras que queren ser saludables, creativas, útiles, integradas, optimistas y muy activas. Señoras capaces de recomenzar después de los 50, capaces de continuar soñando y construyendo, ayudando, inventando, haciendo la diferencia. Esta señora soy yo, independiente y feliz, ansiosa por lo que el futuro me depara, sin importar si la vejez y la muerte me esperan. No pretendo detenerme para ponerme a rumiar esto. Quiero que estas cosas sucedan mansamente, de forma natural y serena,sin luchas, que vayan penetrando en mi día a día sin estruendo, sin aspavientos, como una caricia del tiempo y del destino, una llamada desde la eternidad que espera por mí. Quiero entrar en ella, sí (hasta porque es imposible no hacerlo) pero no pretendo irme antes de tiempo, porque no quiero vivir esperando la muerte, la decrepitud, el miedo. Quiero morir viviendo aquí, ahora. Solamente así estaré verdaderamente lista cuando mi hora llegue.
Cuando me fuí a acostar aquella noche, demoré para dormirme porque me quedé reflexionando sobre esto, y al día siguiente decidí escribir al respecto, cosa que me llevó a algunas conclusiones bien interesantes.
Vejez. Decadencia. Muerte... Cómo lidiar con estas perspectivas asustadoras que se acercan inexorablemente? Son verdades absolutas, naturales -mismo que luchemos tanto contra ellas y tratemos de disfrazarlas con un arsenal de cremas y cirugías- y nadie consigue escapar de ellas. Todos los días me cruzo con personas viejas en todos los lugares, las saludo, converso con ellas, las observo en sus actividades, y no puedo evitar preguntarme cómo será que están lidiando con esta situación, si están saludables como parecen, si tienen miedo, si algo las inquieta. Será que algunos, en verdad, no tienen -o no quieren tener- una conciencia real de que el tiempo pasó -y continúa pasando- y de que no son más los mismos? Será que se resienten de los achaques, las pérdidas, de tanto remédio, de la fragilidad, de la dependencia que vá instalandose subrepticiamente en sus existencias? Tienen noción de la lenta e inexorable decrepitud que se avecina?... Pues parece que algunos no, porque continúan sus vidas como siempre, alegres y dicharacheros, bien dispuestos, optimistas y llenos de planes para el mañana. Y yo estoy convencida de que soy uno de ellos porque, sencillamente, no consigo verme vieja, porque no me siento vieja y anticuada, averiada, separada de la sociedad. No niego que a veces me asaltan algunos relámpagos de conciencia (sobre todo desde que entré en la menopausia. Nadie se lo merece! Menos mal que existe la reposición hormonal!) sobre mi propio envejecimiento, sobre la muerte, las enfermedades que pueden aparecer todavía. Sin embargo esto no llega a angustiarme o a arruinar el placer, el optimismo y la felicidad que siento en estos momentos. Sé que la muerte es el fin, pero en realidad,es la forma en que vamos a llegar a ella lo que nos asusta. Sin embargo yo, personalmente, todavía no me siento lista para parar y pensar en ello. Para qué anticipar una angustia?
Por el momento, soy una de esas señoras que piensan que tienen toda la vida por delante para crecer, aprender, producir, disfrutar y compartir. Una de esas señoras que queren ser saludables, creativas, útiles, integradas, optimistas y muy activas. Señoras capaces de recomenzar después de los 50, capaces de continuar soñando y construyendo, ayudando, inventando, haciendo la diferencia. Esta señora soy yo, independiente y feliz, ansiosa por lo que el futuro me depara, sin importar si la vejez y la muerte me esperan. No pretendo detenerme para ponerme a rumiar esto. Quiero que estas cosas sucedan mansamente, de forma natural y serena,sin luchas, que vayan penetrando en mi día a día sin estruendo, sin aspavientos, como una caricia del tiempo y del destino, una llamada desde la eternidad que espera por mí. Quiero entrar en ella, sí (hasta porque es imposible no hacerlo) pero no pretendo irme antes de tiempo, porque no quiero vivir esperando la muerte, la decrepitud, el miedo. Quiero morir viviendo aquí, ahora. Solamente así estaré verdaderamente lista cuando mi hora llegue.
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segunda-feira, 23 de julho de 2012
Todavía viva!
Bueno, créo que ustedes ya deben estar pensando que fuí abducida por un ovni, que mi avión se cayó en alguno de los precipicios insondables de la cordillera, que me perdí en esta ciudad enorme o que, simplemente y enloquecida con tanta novedad, desistí de continuar escribiendo, no es verdad?... Pero no, mis amigos, aquí continúo, fuerte y firme y llena de anotaciones sobre toda esta experiencia que tengo que desenvolver para poder tener material que postear en el blog. Pero prometo retornar a las actividades a partir de hoy día, vencer la flojera de subir de mi apart hotel hasta este hotel para usar el computador -porque todavía no puedo comprarme uno propio- para postear mis crónicas y desde ya les pido disculpas por tan largo silencio, pero es que los acontecimientos fueron mucho más poderosos que cualquier atisbo de inspiración. Sin embargo, ya más calmada, siento que ella vá despertando de nuevo, medio perdida y asustada aún, pero generosa y fiel como siempre... Las cosas sucedieron tan velozmente -a pesar de planeadas con bastante anticipación- que mal tuve tiempo de respirar profundo desde el instante en que nos subimos al taxi y partimos hacia el aeropuerto de Londrina. Todavía me pillo no creyendo que estoy realmente aquí, que mi vida, a partir de ahora, va a transcurrir en estas calles, entre estas personas, hablando este idioma, lejos de todo lo que viví durante 28 años... Es tanta novedad, tanta felicidad y tanta paz que a menudo me encuentro con los ojos llenos de lágrimas y el corazón estallando de tanta dicha (Bueno, puede ser la menopausia también, pero créo que no). Me encuentro con las personas y sus gestos, sus rostros, empiezo a descubrir sus historias; camino por estos paisajes que creía olvidados y que, a pesar de esto, se muestran tan vivos y familiares; escucho los sonidos, respiro los olores de esta motrópolis tan grande y agitada, tan diversa, tan poderosa, con tantas posibilidades, que me recibe de brazos abiertos y empieza a contarme sus secretos con una gentileza inesperada... Mi patria. Mi hogar... Sólo quien vivió durante mucho tiempo lejos de su tierra sabe lo que esto significa. Regresar, reencontrar, recordar, perderse en la vida de todos, con todos... El frío cortante de este invierno me abraza, poniendome a prueba, la cordillera blanca y majestuosa se muestra cada día como un faro, una mole impresionante que me protege, me guía y me saluda como una madre cariñosa y llena de nostalgia. Cuánto echaba de menos esa montaña maravillosa! Cuánto echaba de menos la comida, el acento, los pájaros, los perfumes, los rostros de mis compatriotas! Solamente llegando aquí me dí cuenta del tamaño de mi nostalgia y de la falta que me hacían estos aires!...
Patria: he aqui que ahora sé perfectamente lo que quiere decir esta pequeña palabra que tanto abraza.
Patria: he aqui que ahora sé perfectamente lo que quiere decir esta pequeña palabra que tanto abraza.
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