Créo que nunca conocí gente tan patriota como la de mi país. Septiembre trae una transformación en las calles, los edificios, las vitrinas; inclusive en las tiendas más sofisticadas uno entra y están tocando una cueca o una tonada, todas músicas de mi infancia... Realmente, podemos ser -y con qué orgullo digo "podemos", porque soy uno de estos chilenos- medio pesados e reclamones, podemos tener estudiantes pendejos y encapuchados siniestros, ministras diciendo tonterías y horas de pic de enloquecer, pero parece que cuando llega el 18 nos volvemos una sola cosa y queremos bailar, comer empanadas y reírnos, celebrando esta patria hermosa y llena de porvenir...
Y antes de que me emocione demasiado, aquí vá la crónica de la semana. La iba a postear mañana, pero como soy una mera mortal, mañana nos vamos a pasar el día en Melipilla, con mis tíos y primos, comiendo asado y tomando sol en la plaza- eso si no amanece lloviendo, para desgracia de los que van a desfilar el 19...
Salgo a la calle y es todo una fiesta de rojo, azul y blanco: los autos, los balcones de los edificios, las vitrinas, los postes y paséos, las plazas, los quioscos en el Paséo Ahumada. Cuecas y tonadas resuenan en el aire, inclusive dentro de las tiendas del barrio alto, tiras de banderitas chilenas atraviesan veredas y portales, remolinos danzan al viento, volantines hacen piruetas contra el cielo azul, outdoors nos recuerdan que somos Chile... ¡Hasta los perros lucen pañuelos tricolores!... Respiro empanadas, chicha, pan amasado, pebre, la carne en la parrilla, la cazuela con cilantro fresco... Las fondas se erguen aquí y allá, disputandose los clientes con sus nombres ingeniosos y su atención esmerada, y huasos de espuelas cantarinas pasan por el corredor del edificio para el ensayo de fin de tarde. Hay banderas y guirnaldas de todos los tamaños y formas en las ventanas y balcones de los vecinos, globos y risas en el quincho de la terraza, pandero, guitarras y palmas...
Chile se prepara, hace las maletas, enfrenta taco, compra carne, vino, chorizo, pan, carbón, invita a los parientes y amigos, reza por un fin de semana soleado y cálido; abre la sonrisa, los brazos, el corazón para la patria de cumpleaños... Y yo estoy en medio de todo esto. Me cuesta creérlo todavía. Este 18 no soy una extranjera.
Me siento en nuestra pequeña sala y contemplo con una mezcla de satisfacción y emoción nuestra guirnalda de copihues rojos, azules y blancos colgada en la ventana, y el pequeño volantín en forma de bandera que adorna nuestra puerta de entrada... Suspiro hondo, muy hondo, para llenarme bien de esta sensación que no tiene precio. Porque por primera vez en 30 años puedo celebrar el 18 deSeptiembre, no sólo con una solitaria banderita asomandose a la ventana de mi casa en Brasil, sino con toda la fiesta, el orgullo y la felicidad a que tengo derecho. Porque no soy más una extranjera recordando a su patria, sino una ciudadana de este país con todo lo que él implica: cordillera, diversidad, modernidad, idioma, sabores, estudiantes en protesto, parques, museos, monumentos, metros llenos, alertas ambientales, mapuches descontentos, personas amables, alegres, bien dispuestas, risueñas, buenas para la talla, siempre optimistas, luchadoras, valientes... Mis compatriotas.
Ayer, después que colgamos nuestra guirnalda de copihues en la ventana y yo vestí mi delantal de cocina nuevo que tiene la bandera y una pareja bailando cueca, más un pícaro "¡Viva Chile mier...!" estampado al frente, nos sentamos mi hija y yo para almorzar, y de repente, al mirar a la ventana con su guirnalda, se me llenaron los ojos de lágrimas al recordar aquella modesta y solitaria banderita que le rendía homenaje a mi patria desde un país extraño cada 18 de Septiembre, con el corazón apretado y desesperado de nostalgia y el himno nacional lagrimeando en los labios...
Pero hoy estoy aquí, donde el 18 debe ser celebrado, y no tengo que hacerlo sola, sintiéndome fuera de lugar. No, hoy puedo salir a la calle, abrir los brazos y gritarle a todos sin vergüenza ni pena:
-¡Viva Chile, mierda!
Y sé que con certeza habrá un coro inmenso que me responderá.
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segunda-feira, 17 de setembro de 2012
terça-feira, 25 de agosto de 2009
Patria
Esta semana estoy usando prestado el computador de la Fundación para postear mis crónicas, ya que el monitor del mío se quemó el sábado en la mañana, justo en el momento en que me senté para escribir. De repente soltó un ruido tan horrible que pensé que iba a explotar. Casi me dió un ataque cardíaco!... Lo apagué inmediatamente y telefoneé a la asistencia técnica, que me dijo que con certeza era el monitor que se había quemado. Lo llevé para allá y hasta ahora no me dieron una respuesta sobre si será posible salvarlo o si tendré que darle un honroso funeral y salir para comprarme otro monitor, lo que, claro, está completamente fuera de mi presupuesto. Menos mal que mi hija se propuso a ayudarme, porque una escritora, como ustedes saben, no puede en hipótesis alguna, quedarse sin computador. No es que haya perdido la costumbre o el talento de escribir a mano -por señal, llevo un cuaderno y una ibreta de apuntes a mano, en los casos en que no e stoy cerca de mi computador- pero no se puede negar que un teclado suave y veloz ayuda bastante en la creación... En realidad, debería haberme comprado un computador nuevo hace tiempo, porque este que tengo está muuuuuy viejo, pero como ustedes saben, mis finanzas...
Y como el computador de la fundación tiene horario de trabajo limitado, sin más demoras vamos a la crónica de esta semana.
De lejos da para oír sus voces, mismo si están hablando en un tono bajo, cabezas inclinadas una hacia la otra, cuerpos menudos muy cerca, risitas y más comentarios... Las dos señoras japonesas, vistas así, conversando en la vereda delante del portón de la casa, escoba en la mano de una y bolsa de compras en la mano de la otra, parecen no estar realmente aquí, en esta ciudad, en este país. Parece que aquellos sonidos extraños y entrecortados que salen de sus labios finos y arrugados las transportan instantáneamente a su tierra natal, a otras épocas, a otra cultura. Se sienten en casa todas las veces que se expresan en su lengua materna, olvidándose por algunos minutos de que son extranjeras y que una distancia asustadoramente grande las separa de su hogar... Conozco a las dos, pues suelo encontrarlas con frecuencia durante mis caminadas matinales -hora en la cual ellas se dirigen a la academia- o cuando voy al mercado, que todos los martes y jueves ofrece unas aulas de gimnásia para la tercera edad. Allá están ellas, siempre juntas, riendo y conversando como dos gueishas, una muy delgada y de cuerpo ya curvado por los años, siempre apoyada en su bastón, y la otra, bajita y regordeta, habladora y risueña. Me quedo admirada al percibir cómo, a pesar de estar tan bien integradas al resto de las señoras brasileras que van a las clases, de alguna forma mantienen un tipo bien definido de frontera, de límite que las otras no consiguen transpasar. Hay algo especial, secreto, que es solamente suyo, que las hace diferentes y las separa de este universo donde el resto de los no-japoneses habita, y esta percepción es más acentuada cuando varios de ellos se reunen en algún local... Se crea entonces una atmósfera toda especial y nosotros, los de fuera, conseguimos vislumbrar algo de su mundo, de su herencia, de su comportamiento natural, ancestral. Nos llegan ecos de una historia muy antigua, de costumbres milenarias que hasta hoy son consideradas leyes y respetadas como tales, sobre todo por los más viejos. De alguna forma indefinida, pero muy clara, su fuerza nos toca, nos transpasa y nos impone respeto. Sin embargo, lo más curioso es que, delante de ellos, nosotros nos sentimos, repentinamente, los extranjeros, tal es la fuerza de la patria que ellos traen consigo y cultivan en este suelo extraño.
Y al percibir esta fuerza, esta especie de recreación de la tierra madre cuando se reúnen, o mismo estando solos, me pregunto si con todos los extranjeros sucede lo mismo o si son estos japoneses quienes poséen algún tipo de poder especial para hacer que esto ocurra. Será que yo misma conservo la idiosincracia, el idioma, las costumbres, los paisajes, sonidos y aromas de mi país con fuerza suficiente como para que se manifieste con semejante claridad delante de los otros? Será que, si nos reunimos, conseguiríamos recrear nuestra pátria sólo con el poder de nuestro amor por ella?... Cuándo somos, realmente, extranjeros?... Yo creo que si podemos llevar con nosotros la esencia de nuestro país, mismo a los lugares más remotos y diferentes, nunca nos sentiremos como tales, pues seremos capaces de integrarnos a la cultura y lenguaje de otros y al mismo tiempo conservar nuestras raíces, que serán alimentadas justamente con la recreación constante de la tierra natal en nuestro hablar, nuestras acciones y pensamientos, en el escenario en el cual nos movemos, en el tratamiento que dispensamos a los otros. Todo en nosotros puede mostrar quién somos y de dónde procedemos, sin por eso agredir a la tierra que gentilmente nos acoje.
Pienso que extranjero es, realmente, aquel que se olvidó de su patria y no se adaptó a la nueva tierra, permaneciendo así en una espécie de limbo cultural y afectivo en el cual se siente agredido y abandonado, sin un puerto donde atracar, un rumbo para seguir, alguien a quien acudir.
Podemos vivir en estos dos lugares al mismo tiempo, sin perjuicio para ninguno de ellos, porque lo que está en el corazón no estorba lo que está fuera de él, al contrario, sólo lo enriquece.
Y como el computador de la fundación tiene horario de trabajo limitado, sin más demoras vamos a la crónica de esta semana.
De lejos da para oír sus voces, mismo si están hablando en un tono bajo, cabezas inclinadas una hacia la otra, cuerpos menudos muy cerca, risitas y más comentarios... Las dos señoras japonesas, vistas así, conversando en la vereda delante del portón de la casa, escoba en la mano de una y bolsa de compras en la mano de la otra, parecen no estar realmente aquí, en esta ciudad, en este país. Parece que aquellos sonidos extraños y entrecortados que salen de sus labios finos y arrugados las transportan instantáneamente a su tierra natal, a otras épocas, a otra cultura. Se sienten en casa todas las veces que se expresan en su lengua materna, olvidándose por algunos minutos de que son extranjeras y que una distancia asustadoramente grande las separa de su hogar... Conozco a las dos, pues suelo encontrarlas con frecuencia durante mis caminadas matinales -hora en la cual ellas se dirigen a la academia- o cuando voy al mercado, que todos los martes y jueves ofrece unas aulas de gimnásia para la tercera edad. Allá están ellas, siempre juntas, riendo y conversando como dos gueishas, una muy delgada y de cuerpo ya curvado por los años, siempre apoyada en su bastón, y la otra, bajita y regordeta, habladora y risueña. Me quedo admirada al percibir cómo, a pesar de estar tan bien integradas al resto de las señoras brasileras que van a las clases, de alguna forma mantienen un tipo bien definido de frontera, de límite que las otras no consiguen transpasar. Hay algo especial, secreto, que es solamente suyo, que las hace diferentes y las separa de este universo donde el resto de los no-japoneses habita, y esta percepción es más acentuada cuando varios de ellos se reunen en algún local... Se crea entonces una atmósfera toda especial y nosotros, los de fuera, conseguimos vislumbrar algo de su mundo, de su herencia, de su comportamiento natural, ancestral. Nos llegan ecos de una historia muy antigua, de costumbres milenarias que hasta hoy son consideradas leyes y respetadas como tales, sobre todo por los más viejos. De alguna forma indefinida, pero muy clara, su fuerza nos toca, nos transpasa y nos impone respeto. Sin embargo, lo más curioso es que, delante de ellos, nosotros nos sentimos, repentinamente, los extranjeros, tal es la fuerza de la patria que ellos traen consigo y cultivan en este suelo extraño.
Y al percibir esta fuerza, esta especie de recreación de la tierra madre cuando se reúnen, o mismo estando solos, me pregunto si con todos los extranjeros sucede lo mismo o si son estos japoneses quienes poséen algún tipo de poder especial para hacer que esto ocurra. Será que yo misma conservo la idiosincracia, el idioma, las costumbres, los paisajes, sonidos y aromas de mi país con fuerza suficiente como para que se manifieste con semejante claridad delante de los otros? Será que, si nos reunimos, conseguiríamos recrear nuestra pátria sólo con el poder de nuestro amor por ella?... Cuándo somos, realmente, extranjeros?... Yo creo que si podemos llevar con nosotros la esencia de nuestro país, mismo a los lugares más remotos y diferentes, nunca nos sentiremos como tales, pues seremos capaces de integrarnos a la cultura y lenguaje de otros y al mismo tiempo conservar nuestras raíces, que serán alimentadas justamente con la recreación constante de la tierra natal en nuestro hablar, nuestras acciones y pensamientos, en el escenario en el cual nos movemos, en el tratamiento que dispensamos a los otros. Todo en nosotros puede mostrar quién somos y de dónde procedemos, sin por eso agredir a la tierra que gentilmente nos acoje.
Pienso que extranjero es, realmente, aquel que se olvidó de su patria y no se adaptó a la nueva tierra, permaneciendo así en una espécie de limbo cultural y afectivo en el cual se siente agredido y abandonado, sin un puerto donde atracar, un rumbo para seguir, alguien a quien acudir.
Podemos vivir en estos dos lugares al mismo tiempo, sin perjuicio para ninguno de ellos, porque lo que está en el corazón no estorba lo que está fuera de él, al contrario, sólo lo enriquece.
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