domingo, 7 de junho de 2009

Peripecias de una escritora de diarios

Esta será la crónca más larga que ya publiqué, con certeza, pero cuando la encontré, mientras recorría las páginas de mis diarios para escoger la de esta semana, me pareció lo suficientemente interesante como para correr el riesgo de postearla, a pesar de ser tan larga... Bueno, ustedes pueden leérla por capítulos y así tendrán lectura para todo el fin de semana!... Lo que me gustó de ella fué pensar que tal vez halla alguien con una aventura parecida y que, al leér esta, se sienta animada a dejar que otras personas conozcan sus dones y les saquen provecho. En realidad, es algo medio raro, sobre todo tratandose de textos personales, pero pienso que sabiendo elegir o haciendo pequeñas mudanzas, se pueden compartir experiências, revelaciones y conclusiones con mucha gente, con el objetivo de que todos salgamos ganando... Tú tienes la extraña pero certera sensación de que lo que haces tiene un destino especial, que tus dones podrían servir para ayudar a los otros, que el mundo necesita saber quién eres y lo que tienes para ofrecer? Entonces, sigue tu intuición! Sin embargo no esperes cambiar el mundo o salvar a la raza humana, porque nadie tiene este papel en la historia. Sim embargo, y a pesar de esto, cada uno de nosotros posée su exclusiva parcela de acción en el transcurso de esta historia. Esta puede ser mayor o menor, aquí cerca o lejos, eso no importa, lo vital es que la hagamos acontecer. Entonces, crée en tu destino y muéstrale al mundo tus tesoros!.
Bueno, entonces, aqui vá:
Estaba acordandome de la época en que empecé a escribir diarios, allá en mi adolescencia, influenciada por algunos libros que leyera, como "Papaíto, piernas largas", "Papelucho", "El diario de Ana Frank", "Pregúntale a Alice" y los cuadernos que Teresita de Lisieux escribió mientras vivió en el convento... No sé por qué saber sobre la vida íntima, los pensamientos y las experiencias de otras personas siempre me fascinó. Era como si esos diarios tuvieran algún tipo de mensaje especial para aquel que los leyera, como si desde la primera página estuvieran destinados a ser conocidos por el mundo, comentados, usados como ejemplo e inspiración para transformar vidas y enseñar nuevos caminos, o entonces, para prevenir actitudes que podían llevar a la desgracia y hasta a la muerte. Con certeza, quien los escribía no estaba imaginando que algún día alguien, fuera ellos mismos, pondría los ojos en ellos y, a pesar de esto, los acontecimientos se desarrollaran de tal forma que, por una casualidad o por las manos de terceros, estos cuadernos llegaron al conocimiento público y ocasionaron, en la mayor parte de las veces, verdaderas revoluciones.
Ahora, cuando yo empecé a escribir los míos tuve desde el principio aquella sensación indefinida de estar siendo llevada por algo más que las ganas de desahogarme en secreto o por algún tipo de intención futuramente literaria. Era una cosa muy rara, una especie de imperiosidad, de obligación, de deber no sólo para conmigo misma y mi salud mental y espiritual. Tenía algo que ver con personas, otras personas leyendo mis textos... Yo luchaba constantemente contra una voz interior, a veces dulce e insistente, a veces llena de urgencia y severidad, que me perseguia todo el tiempo, una hora pidiendo, otra hora mandando, otra obligandome, a escribir estos diarios.. De acuerdo, yo estaba pasando por algunos procesos bastante interesantes, pero sinceramente, no pensaba que fueran dignos de ser registrados, y menos todavía para la posteridad... Pero parecía que el papel quería guardarlos, quería ser testigo de mi camino rumbo a la madurez, de las etapas por las cuales habría de pasar, de mis experiencias y descubrimientos, de las conclusiones e interminables cambios que debería enfrentar... Obediente, mismo sin comprender el por qué, empecé a escribir religiosamente, registrando todo lo que me venía a la cabeza y releyéndolo después para analisarlo y sacar conclusiones. Pero en verdad, no eran textos así muy interesantes. Más parecían un entrenamiento que algo definitivo que valdría la pena ser guardado y aprovechado. Así, escribí decenas, centenas de cuadernos, la mayoría de los cuales terminé botando por las más diveras razones, incluso la de descubrir que mi marido los estaba leyendo escondido para saber si yo lo estaba traicionando (!)... Después de esto, perdí totalmente las ganas y la inspiración para continuar con este trabajo, pues me parecía inútil y hasta peligroso, dependiendo de la cabeza de quien inventase hurgar en lo que no debía.
Así, me quedé algunos años sin escribir, hasta venir a vivir a Brazil y ver una película de Nanni Moretti, un cineasta italiano que hizo tres películas basadas en sus diarios; la primera de las cuales trata sobre el cáncer que descubrió después de centenas de consultas con los más diversos diagnósticos y que finalmente consiguió curar, la segunda sobre la llegada de su primer hijo y todas las peripecias del embarazo y la paternidad de primer viaje, y la tercera, que narra el drama de una familia que pierde un hijo, basado en la muerte de su propio hermano... No sé por qué, pero ver esas películas y saber que habían sido realizadas a partir de sus diarios personales, me dejó muy inquieta y luego comencé a sentirme nuevamente invadida por aquella urgencia, aquella sensación de deber no cumplido. En algunas ocasiones llegaba a sentir que estaba traicionando algún tipo de plan divino trazado específicamente para mí al recusarme a llevar un diario, pero al mismo tiempo pensaba que era demasiada presunción creér que algo de lo que yo escribiese podría hacer alguna diferencia en la vida de alguien. Este exceso de humildad me paralizaba, llevandome a pensar que estaba empezando a tener delirios sobre mi talento literario, entonces, para no quedar totalmente en deuda con este don que me había sido dado gratis, ni con esta voz que ecoaba sin cesar en mi cabeza, comencé a producir otro tipo de texto: cuentos, novelas, piezas de teatro, monólogos, cosas que ya había experimentado antes y en las cuales me había ido muy bien. Quiero decir, también allí estaba implícito un mensaje, disfrazado es verdad, pero estaba ahí; de alguna manera yo estaba cumpliendo mi parte del plan!...
Por otro lado, estaba perfectamente conciente de que, de todos los talentos con que Dios me agraciara, la escritura era el más fuerte y enraizado en mi alma y el que me acompañaba desde hacía más tiempo y con mayor fidelidad. Era, sin duda, aquel con el cual más me identificaba y me sentía realizada y completa, a pesar del éxito que obtenía en las otras áreas en que trabajaba, todas relacionadas con las artes escénicas. Sin embargo, nada se comparaba a la intimidad y honestidad, a la sinceridad y fluencia que existía entre las palabras escritas y yo. Era casi mágico, instintivo, tan natural e inspirado que a veces dudaba que hubiese sido yo misma quien escribiera algunos de los textos (de hecho, en algunos momentos tenía esa extraña sensación de no ser yo quien sostenía la lapicera) pues a pesar de ser ellos bastante imperfectos y con exceso de lirismo, así mismo poseían algo que mis otros trabajos no tenían: un qué de verdad que era mucho más emocionante que historias ficticias, maquillajes, ropas, músicas o diálogos y movimientos de extremada belleza estética...
También, con el pasar del tiempo y la práctica, acabé por descubrir, no sin desconcierto y mucha simpatía, que era a través de la escritura que Dios había escogido comunicarse conmigo, y que era a través de ella que me enseñaba, me escuchaba y me respondía, guiandome gentilmente hacia el mundo y las personas para hacerme ver y reflexionar sobre ellos y así desenvolver la comprensión, la paciencia y la compasión por mis semejantes, pero, principalmente, para que yo aprendiera a ponerme en el lugar de ellos y de este modo me volviera capaz de escribir sobre la vida y su infinita diversidad de una manera que todos pudieran entender e identificarse, sintiendose así de alguna forma consolados, comprendidos y estimulados a continuar luchando, o a mudar, o a recomenzar... Lo curioso era que, a pesar de ser tan prolífica y de los esfuerzos y éxitos momentáneos como premios en concursos de cuentos, la cosa no iba adelante, pues parecía faltar algo que no sabía definir, que sujetaba mis ilusiones de conseguir algo en esa área. Mis textos eran buenos, estaban bien escritos y eran bastante originales, sin embargo, no conseguía que despegasen, atravesasen las puertas de alguna editora y revelasen este talento mío tan querido e importante. Continuaba llevando los diarios, claro, pero en ningún momento me pasó por la cabeza que éstos tuviesen alguna importancia en mis ambiciones literario/humanistas, por así decir. Pero, poco a poco, empecé a notar un cambio en su contenido, y esto aguzó todavía más mi curiosidad con respecto a su verdadero fin: de repente ya no eran más textos que hablaban sobre mí y mi vida doméstica, profesional o sentimental. Lentamente, sin que yo me diera cuenta, comenzaron a desarrollar pequeñas historias, a relatar experiencias simples, pero de profundos significados. Eran lecciones escondidas en visiones banales, en acontecimientos pequeños, vividos por personas comunes con las cuales me encontraba todos los días a camino de mi trabajo o de la academia. Lentamente, se abrió delante de mí un universo repleto de mensajes, de personajes y situaciones reales que ocurrían bien delante de mis ojos y de las cuales, de alguna forma -tal vez debido a mi sensibilidad aguzada- yo participaba intensamente, hecho que me inducía a la contemplación y a la reflexión, que me llevaba a una nueva conciencia sobre la vida y las personas que formaban parte de mi mundo -del mundo de todos- que podría ser compartida y que tal vez podría ser de algún provecho para la existencia de los otros. El tono de los textos, entonces, pasó a ser el de una crónica (pero yo no lo sabía todavía) dirigida a "alguien", fuera yo misma, que tendría la oportunidad de aprovechar las lecciones contenidas en ellas... Y mientras me envolvía más y más en esta taréa, alejandome de mis otros proyectos literarios, aquella extraña certeza que nunca me había abandonado, de que esas páginas tenían un destino ya determinado, crecía dentro de mí, haciendome madurar y ver con nuevos ojos todo lo que ya había escrito en estos diarios. Y durante esta evaluación percibí, de repente, que ellos tenían un inmenso potencial humano, que serían capaces de alcanzar a un lector y hacerlo pensar, identificarse y, tal vez, hasta cambiar alguna cosa en su vida... Fué cuando tuve la idea de montar "Los textos de la hamaca", una compilación de los mejores trabajos en una especie de libro que pretendía enviar a alguna editora o entonces, llevar a la Fundación Cultural donde trabajo, para que fuera estudiada la posibilidad de publicación a través de la Ley de Incentivo a la Cultura. Todos se quedaron muy entusiasmados -hasta porque no tenían idea de que yo escribía ese tipo de cosas- y prometieron ir atrás de patrocinio para conseguir la edición del libro. Yo no cabía en mí de felicidad, pues estaba convencida de que, finalmente, había alcanzado mi meta, dandole a mi don la finalidad deseada, aquel destino que, ahora tenía certeza, era el objetivo desde el comienzo. Todas las personas que conocí -a comenzar por mi profesor de castellano, Roberto Astudillo- y que de alguna manera me incentivaron o me guiaron por los caminos ciertos hasta llegar a este resultado, desfilaron delante de mí, y le agradecí a cada una de ellas por el papel, grande o pequeño, que habían jugado en esta historia, en este caso de amor entre las letras y yo, que ahora parecía haber llegado a su auge...
Sin embargo, mal sabía yo que aquello era solamente una previa y que, como en las ocasiones anteriores, saldría decepcionada, pues mis ambiciones todavía eran demasiado grandes... Las promesas de la Fundación fueron desvaneciendose con el tiempo -como todas las otras, dígase de pasaje- hasta transformarse en un escuáido: "Puchas, disculpa, pero no resultó", y yo volviendo a la estaca cero, preguntandome, de nuevo, dónde había errado o qué era lo que estaba faltando aún... Entonces, terriblemente frustrada, pero sin desanimarme, continué llevando los diarios, todavía convencida de que de ese arbusto saltaría un conejo y, para no quedarme parada, un día decidí pescar los viejos cuadernos y corregirlos (pues estaban en un "portuñol" insufrible) trabajar en los conceptos originales, la ortografía, el estilo, la claridad... Fué -y está siendo- una experiencia y tanto, pues a cada corrección surgía un nuevo texto, claro y ágil, profundo, otra crónica madura que me dejaba realizada y tranquila, pues cada vez estaba más convencida de que éste era el camino de mi don, de que estaba cumpliendo mi destino como escritora y de que estaba compartiendo con otros experiencias que podrían mudar sus vidas, así como la mía había mudado.
La publicación de mis trabajos en el diario es solamente un comienzo, tengo certeza, pero no pretendo apresurar los acontecimientos. Lo importante es que están siendo leídos por muchas personas -también en estos blogs- y que ellas están sintiendose identificadas, estimuladas y comprendidas a través de mis palabras. Siento que el momento llegó, que ahora estoy lista para empezar el verdadero trabajo (a los 52!). Todas las piezas se encajan y consigo ver casi la totalidad del puzzle que fué esta larga y ni siempre fácil jornada, consigo entender muchas cosas que un día me parecieron frustrantes e injustas, pero que jamás me llevaron a desistir; consigo apreciar la sensibilidad -a veces medio dolorosa- que desenvolví, el poder de observación y reflexión, la capacidad de colocarme en el lugar de los otros para poder llegar hasta ellos y describirlos con justicia y compasión y darles esperanza y motivación para que sean felices y continuen luchando, pues a través de mis crónicas pueden darse cuenta de que alguien sabe que ellos existen y de que sus historias son importantes y forman parte de la historia de la humanidad, volviendolos de alguna manera, inmortales. Y es por eso que estoy aqui y hago lo que hago, porque saber que existimos para alguien y que nuestras vidas tienen algún significado para los demás es la mejor forma de inmortalidad que podemos desear.

quinta-feira, 28 de maio de 2009

45 minutos

Y aquí vá la segunda de hoy. Espero que la disfruten tanto cuanto yo misma cuando la escribí, porque fué producto de una revelación que me dejó profundamente impresionada y feliz.

Como buena paciente que soy, así que el médico me dijo que debería hacer algún tipo de ejercicio diariamente, me programé para levantarme más temprano y salir a caminar todas las mañanas, antes de empezar con todo el jaléo de la cocina. No pensé en volver a la academia porque, en primer lugar -y para variar- estaba sin dinero( y todavía estoy, por lo menos para este tipo de lujo) y en segundo lugar, porque después de siete u ocho años yendo todos los días a trancarme allá para sudar en los aparatos, encontrar a las mismas personas, aguantar aquella música en el último volumen o la televisión en todos los noticieros y programas femeninos, y perder la concentración con las cabezas de pescado de algunos de los monitores que más querían conversar sobre sus romances que vigilar si estábamos haciendo nuestros ejercicios de la manera correcta para no rebentarnos la columna o las rodillas, simplemente, me cansé. De repente, esa rutina se volvió insoportable, aburrida, absolutamente poco atractiva. Tenía siempre la misma vista por el portón abierto, la misma peléa disimulada por las esteras, las mismas caras, los mismos aparatos, las mismas conversaciones. Era cómodo porque estaba todo en el mismo lugar -inclusive el baño, lo que es vital para mí- y había personas para decirnos qué hacer y cómo hacerlo, pero poco a poco las cosas fueron poniendose tan sin gracia, tan sin creatividad -a pesar del esfuerzo de los profesores y las dueñas, que vivían inventando maratonas, gritos de carnaval, asados, dinámicas sorpresa y aulas gratis de nuevas disciplinas- que simplemente yo acababa rezando para que amaneciera lloviendo y así tuviera una disculpa para no aparecer allá... Tenía certeza de que si no hubiera alguien encima de mí y dirigiendo el trabajo, yo dejaría los ejercicios de lado para quedarme un poco más en la cama (al final, me levantaba a las seis de la mañana para no encontrar la academia llena!) o hacer cualquier otra cosa más interesante. Sin embargo, sucedió que una de las señoras que frecuentaba las aulas, y que estaba aparentemente muy bien de vida, sufrió un revés y perdió buena parte de sus bienes y privilegios, lo que incluyó la academia, el auto y los empleados.Tuvo que conformarse, entonces, con quedarse en la casa para hacer limpieza, lavar ropa y cocinar, andar en micro y hacer sus caminadas en la calle, ya que la academia pasó a ser un lujo, dado su menguado presupuesto actual. Me entristecí con su ausencia, pues ella era una persona siempre alegre y positiva, pero al mismo tiempo, la desgracia de su situación me dió una idea: caminar en la calle. Era lo que ella siempre decía, bromeando, cuando alguien reclamaba sobre las mensualidades. "Caminar en la calle es gratis!", exclamaba mientras aumentaba la velocidad de su estera.... Bueno, ahora era el momento en que ella podía probar su teoría y en que yo podía adherir a ella, pues repentinamente empezó a parecerme sumamente atractiva: escoger el camino (todos los días podía ser uno diferente!) encontrar otras personas, respirar el aire fresco de la mañana, ver casas, tiendas, calles, estudiantes yendo al colegio, perros, ciclistas, operarios, árboles, pájaros, nubes, jardines... Estar en movimiento, pero no ese falso de la estera, sino el real; moverse por el paisaje, sentirse integrado a la vida que acontece a nuestro alrededor, esto sí era algo estimulante, diferente, verdadero!... Así que pesé las ventajas de la nueva rutina -fuera el dinero que iría a ahorrarme- decidí salir inmediatamente de la academia y empezar esta nueva aventura, llena de animación y optimismo. Qué era lo que me esperaba en las calles?A quién encontraría, qué es lo que vería, cuáles serían las opciones?... Había un mar infinito de posibilidades y experiencias abriendose delante de mí! Todo era imprevisto, nuevo, original. No estaba más interesada en perder peso o bajar mi glicemia (a pesar de que el ejercicio realmente, si no la baja, por lo menos mantiene los niveles de azúcar a raya) Lo que quería era experimentar esta nueva aventura. Tenía la sensación de que, finalmente, estaba saliendo de una serie de televisión y entrando en el mundo de verdad.
Camino todos los días desde hace tres años y, poco a poco, fuí percibiendo que este ejercicio me ha traído mucho más que beneficios para la salud o una disposición estupenda para el resto del día. Con el pasar del tiempo, empecé a observar con más atención el mundo que me rodea y a reflexionar sobre él. Sin darme cuenta fuí aprendiendo a conocer a las personas y sus rutinas, sus gestos, sus expresiones, fuí descubriendo lugares, presenciando situaciones, desvendando historias y apreciando todo tipo de novedades, pues cuando se sale de casa no se sabe lo que nos aguarda, entonces, el recorrido siempre es lleno de sorpresas, grandes y pequeñas, agradables o desagradables, de encuentros, lecciones, de imágenes, voces, aromas y colores que están siempre cambiando y dándole al mundo una nuena cara a cada amanecer... Y con certeza, sería un pecado que yo perdiera esto!
Entonces ayer, de improviso, mientras hacía mi camino de vuelta a mi casa por la movimentada avenida principal, me dí cuenta del verdadero motivo por el cual tengo que salir a caminar todos los días en la mañana (y también hacer casi todas mis diligencias a pié): este es el tiempo sagrado en que me encuentro con el mundo y con las personas en sus vidas, es el tiempo en que reflexiono, medito, aprendo, crezco. Es la hora de las revelaciones, de los recuerdos, de los descubrimientos, de la inspiración. Mi caminada diaria es como el renacer de mi alma, el recomienzo renovado de cada jornada, el despertar -una vez más- de la fuerza y de la alegría, de la fé y el optimismo que habitan en mí y son el motor de mi existencia. Es la retomada de la consciencia sobre mí misma y sobre los otros, sobre la historia que estamos viviendo... Esta caminada diaria de 45 minutos es la musa inspiradora de mis crónicas, pues tengo certeza de que no tendría nada que escribir si no fuera por este paséo.
Hace algunos años escribí en mi diario sobre la experiencia de ir andando desde mi casa hasta el convento de los franciscanos, en el centro de la ciudad, y volver de la misma forma, cuando todavía vivía en Chile. Era una distancia enorme, pero me acuerdo de que esto no me importó en absoluto y que hice esta caminada con especial alegría y disposición, llegando a mi casa con la extraña sensación de que había pasado por algún tipo de peregrinación en la cual tuve la oportunidad de aprender y conocer cosas que de ninguna otra manera conseguiría. Caminar por entre los edificios, los buses, taxis, ciclistas y personas, el ruido y el movimiento del mundo siempre fué algo que me fascinó, como si allí hubiese un universo de mensajes y lecciones, descubrimientos e inspiración que no podía ser despreciado y hoy, al entender el verdadero propósito de mis caminadas, percibo que, para mí, ellas funcionan como una verdadera meditación que me proporciona el mejor material para producir mis trabajos y llegar al corazón de los lectores, porque lo que sucede en la calle es lo que le sucede a todo el mundo, todo el tiempo; los personajes y sus historias están todas ahí, delante de mí, en la banalidad que encierra todas las grandezas y las miserias, todas las verdades y las mentiras. El cuadro que se me presenta -y del cual hago parte- contiene todos los elementos que necesito para dar mi mensaje y cumplir mi misión. No necesito paisajes distantes o utópicas para hablar con propiedad y sinceridad sobre los hombres y sus historias, pues ella acontece cada día, aqui mismo, a mi alrededor, mientras recorro las calles de mi ciudad cada mañana... Tenemos que salir al mundo y mezclarnos con él, sentirlo, tocarlo, escucharlo, ver sus infinitas caras, percibir sus tonos, descubrir sus secretos y contarle los nuestros.
No necesitamos dar la vuelta al mundo para aprender sobre el ser humano y su existencia, bastan 45 minutos de caminada todos los días por las calles cerca de nuestra casa.

Mañanas

Hoy día voy a empezar posteando la crónica que salió publicada esta semana en el diario, pero como es muy corta (porque ahora la exigencia es de 30 líneas máximo) en seguida voy a postear otra. No sé cómo conseguí la proeza de redactar un texto tan corto, pero fué interesante y probó que soy capaz de hacerlo, mismo si todavía prefiero los más largos. De hecho voy a tener que acostumbrarme a escribir corto si quiero continuar participando de la columna del diario. No tengo nada contra la brevedad, al final ni todo el mundo tiene el tiempo o la paciencia para leér un testamento cada semana!... Pero voy a postear la segunda porque estaba pensando que mis lectores pueden sentirse medio frustrados con un texto tan corto. Después de todo, esperaron una semana entera para leér mi crónica siguiente!... Entonces, no voy a dejarlos con água en la boca. (Esta es una frase de puro optimismo, pero en el fondo realmente espero que haya mucha gente queriendo leér más de lo que escribo)
Entonces, aquí vá la primera:

Las mañanas son, definitivamente, gloriosas. Gloriosas en cualquier lugar, en cualquier estación, en todas las edades. Mañanas significan nuevos comienzos, nuevas oportunidades, nuevas experiencias, promesas que van a cumplirse, esperanzas renaciendo. Son la luz del arrepentimiento, la acción reparadora, la palabra de aliento, la caricia de la fé, el perdón para nosotros mismos. Los ángeles se transforman en gorriones, zorzales, golondrinas, cuculíes y canarios que cantan al amanecer, llamandonos para que presenciemos otra aurora de expectativas. El sol invade nuestras vidas, hasta ayer miserables y obscuras, sin pedir permiso, y el aire frío renueva nuestros sentidos, remece nuestros sentimientos... Es como si todo sucediera por primera vez. Volvemos a ser niños, vírgenes, valientes, crédulos, alegres e inocentes como el cielo que se anuncia. Nada existe todavía fuera de los límites de nuestro corazón intocado, entonces es tiempo de crear, de planear, de aprender y asumir, de ver y comprender. De comenzar a amar y a ser amados.
Deberíamos vivir todos los días, el día entero, en la mañana, siempre atentos y optimistas, expectantes; deberíamos conservar la frescura, el vigor, la paciencia y la conciencia del amanecer... Cómo Dios y los ángeles están cerca en la mañana! Nada tenemos si no a ellos a esta hora. Si viviésemos en la mañana los sentiríamos siempre junto a nosotros, dentro de nosotros, en todo lo que nos rodea... Como sería morir cuando el día nace? Sería como decirle adiós a la noche, abrir las alas y volar hacia la vida que se avecina? O sería como entrar en el sol y desparramarse por el mundo junto con su luz?...

quinta-feira, 21 de maio de 2009

Alumnos

Y, por fin, la última crónica!.. De aquí en adelante, ellas estarán actualizadas con las que serán publicadas en el diario, si bien créo que cuando esto suceda voy a postear dos textos, porque como el límite de líneas para la columna es solamente de 30 (absurdo!), vá a resultar una crónica demasiado corta. Se dice que las cosas buenas vienen en paquetes pequeños, pero como soy golosa, no me voy a conformar con poco... Bueno, escribir no es nunca demasiado!...

Dá gusto verlos así, en silencio, concentrados, ojos fijos en la hoja de papel, la lapicera deslizando velozmente por las líneas, llenándolas de carácteres, de ideas, de personajes e historias... El sol se pone allá afuera, la ciudad se serena, toma un baño, arregla la mesa para la cena, las cocinas se llenan con los perfumes de la sopa, el bife, el arroz, de los porotos; el viento refresca, murmura. De improviso, un revuelo de gorriones pinta el cielo rosado de flechas obscuras que desaparecen en el palto de la casa vecina, haciendo su algarabía de costumbre, felices porque la jornada termina y preparandose para la siguiente... El móbil colgado en la ventana de la sala toca sutilmente, sin perturbar la tranquilidad del ambiente. Desde mi silla frente a la puerta abierta continúo observandolos y sonrío. Están creando, soñando, inventando, viajando, luchando con los adjetivos, las comas, los puntos suspensivos, los diálogos, la concordancia, la coherencia, la terrible hortografía.... Puedo percibir su esfuerzo por sus expresiones -como de quien penetra a sablazos en una selva espesa. No imagino cuál será el resultado de esta aventura, pero lo que realmente importa es que, por primera vez, están mostrandose, hablando de ellos mismos, osando entrar en el universo de la expresión personal, de los sueños, de las confesiones. Me encanta este coraje que demuestran en cada línea completa, así como me encanta este mismo valor de mis otros alumnos -los de teatro y dibujo- toda vez que aceptan y vencen los desafíos de cada aula. Y esto sucede siempre que su entrega a la disciplina es total y verdadera.
Unos demoran más para encontrarse, otros menos; unos pocos ya vienen listos. Algunos llegan lejos, otros no osan aventurarse más allá de los límites seguros, unos pocos desisten ( y yo me quedo esperando a que decidan intentarlo nuevamente, más adelante) derribados por sus propios fantasmas y expectativas exageradas... Sin embargo, más tarde o más temprano, todos tienen algo que decir, y lo dicen, ni que séa en una frase, pero lo hacen con toda el alma, y por eso su producción es buena y significativa, valiosa...
Los contemplo desde mi silla y aprendo con ellos.

Unión

Todavía no batí mi record diario, entonces aquí vá la tercera de hoy!...

Está habiendo un evento en el cine teatro y yo estoy en la cocina tomando mi desayuno (no tuve tiempo de tomar en casa porque mi despertador se botó en huelga y me hizo salir que ni una loca de la cama) sentada en el único rincón vacío de la mesa con mi vaso de té y mis galletas, y observando el afán a mi alrededor... Están las personas importantes que subirán al escenario para hacer su disertación. Están los organizadores, que corren atrás de las cosas burocráticas y prácticas para que el evento se lleve a cabo sin tropiezos. Está el iluminador, que se queda sentado en la cabina allá encima y pone toda la maquinaria del teatro a funcionar a fin de amparar al disertador. Están las recepcionistas en la puerta, elegantemente vestidas, maquilladas y peinadas, que tienen que entregar los programas y recibir y conducir a las autoridades hasta sus lugares con extremada educación y una sonrisa siempre a flor de labios. Está el decorador que pierde el sueño planeando el visual de los arreglos florales que irá a colocar en las mesas, el escenário y en lugares estratégicos del saguán de entrada, escogiendo el color de los manteles y la disposición de los paneles con fotos y posters. Está la nutricionista que confecciona el menú que será servido en el intervalo y supervisiona al personal de la cocina. También están las cocineras, que están aquí a mi lado, corriendo y sudando, de delantal blanco y toca, que cortan sin descanso panecitos, tomates, lechuga, queso y jamón; mezclan atún con mayonesa, cuelan café, hierven té, llenan jarros y más jarros de jugos coloridos y hielo, enjuagan vasos y tazas, platos, cuchillos, cucharas y bandejas. Y finalmente, están los celadores y fajineras cargando sus escobas, palas, mangueras, hazadones, baldes y traperos mojados, encargados de mantener el local brillante y perfumado, los baños con jabón y toallas limpias, papel higiénico y lavatorios secos... Todo el mundo parece tremendamente ocupado con las cosas que tienen que ver con su área del evento y cada una se vuelve la más importante para quien trabaja en ella. Las cocineras ni piensan en el nerviosismo de las recepcionistas. El disertador no imagina el dolor de cabeza que los organizadores están pasando para resolver los imprevistos que podrían arruinar su presentación. Nadie se preocupa con la agonía del decorador viendo sus arreglos deshechos y sus manteles de lino ensuciados por esa bandada de convidados muertos de hambre que aparentemente no tienen educación alguna. Nadie se acuerda de la espalda rígida y adolorida del iluminador, que está sentado hace horas en aquella silla incómoda...
Véo esta especie de guerra silenciosa y feroz que se desenvuelve a mi alrededor y me pregunto si esto es trabajar en equipo. Hacer solamente su parte, sin preocuparse con la de los otros, vá a facilitar el trabajo? Ocuparse únicamente de su área con eficiencia será lo bastante para que todo vaya bien? Dedicarse solamente a su objetivo hará que el evento tenga el éxito esperado? Núcleos actuando separados pueden ser llamados de un todo perfecto?... Y así mismo, al final, unos van a aprovechar el trabajo y la eficiencia de los otros para obtener el resultado ansiado por todos, entonces, están interligados, lo quieran o no. Unos dependen de los otros -a pesar de pelearse en el mismo campo de batalla- para que todo funcione armoniosamente. No importa cuánto deseémos separarnos, siempre permaneceremos ligados unos a los otros de alguna forma, dependeremos unos de los otros, necesitaremos unos de los otros, pues estar juntos no significa compartir un mismo espacio, mas sí el mismo objetivo y el mismo amor.

Casas

Acabé de escribirle a la editora de la Folha de Londrina que cuando me despierto inspirada soy peligrosa. Bueno, dicho y hecho: créo que, por fin, voy a poner al día las crónicas que salieron publicadas en el diario, entonces prepárense!... Vá a ser bueno para mí y bueno para ustedes porque van a tener lectura para todo el fin de semana. Yo me divierto escribiendo y ustedes se divierten leyendo, así la balanza queda equilibrada. Entonces, allá vamos!.

Las casas, así como nosotros, también van adquiriendo cicatrices a lo largo del tiempo. Se llenan de moho, hendiduras, manchas, descascados y remiendos; el corredor lateral o el pátio trasero van siendo tomados por cajas, muebles viejos, maceteros vacíos o trizados, soportes de metal, restos de material de reforma, herramientas y un montón de cachivaches que no sé por qué uno tiene pena de botar.
La construcción nueva y bien definida en la cual fuimos a vivir hace diez años fué transformandose, adquiriendo nuevos contornos, colores y olores por causa de nuestra permanencia en ella. Surgieron manchas, rincones, estantes, cuartitos, rejas, áreas, canteros y peldaños que poco a poco fueron cambiando su fisonomía original. Un plácido y condescendiente desorden se extendió por los cuartos, pues cada habitante fué arreglando sus cosas de acuerdo con sus necesidades o estados de espíritu (yo ya pinté la ventana de mi pieza con pintura acrílica para que pareciera un vitral!) Así, parece que cada parte de la casa tiene un pedazo de la personalidad de sus moradores, lo que le confiere un aire bien eclético y medio caótico que es tremendamente íntimo y lleno de significado.
La rutina doméstica impone rituales que van ocupando implacable y definitivamente los espacios, volviendolos por eso muy especiales y amados, como puertos seguros en medio de las mudanzas y correrías del mundo allá afuera. Todos los defectos y marcas que nuestra casa fué juntando con el tiempo -secuelas de nuestra existencia en ella- cuentan nuestra historia y muestran nuestra personalidad, uniendonos a ella con lazos de una fuerza que jamás imaginaríamos. Ni siempre son transformaciones planeadas o ocurridas de manera agradable, pero son, ciertamente, inevitables, pues nuestra casa -la construcción de cemento, fierro, madera y vidrio- no es insensible a nuestro existir. Si siempre dejamos nuestra marca por donde pasamos, imaginen cómo será entonces en el lugar en el cual vivimos por años y años!...
Me gustan las casas nuevas que huelen a pintura y argamasa, con sus jardines planeados y cada mueble y adorno en su lugar, pero, definitivamente, prefiero aquellas que tienen una historia que contar, que se enorgullecen -o no- de mostrar sus cicatrices, manchas y remiendos, sus hendiduras y cachivaches, sus puertas que crujen, sus terrazas desordenadas, sus cuartos llenos de personalidad y significado, de objetos queridos.
Hoy, cuando camino por mi casa, siento como si estuviera haciéndolo dentro de mí misma. Es mi territorio, mi refugio, parte de mi identidad, y me enorgullezco de cada marca que en ella dejé y aún voy a dejar, pues se trata de mi vida, de mi historia, que está transcurriendo entre estas paredes, transformándolas en un fiel reflexo de lo que soy. Casas nuevas están muertas hasta que su dueño les imprime su vivencia. Casas viejas están vivas porque ya existieron junto con el dueño y saben todo sobre él, volviendose el espejo de su alma.

El corazón de la rosa

Bueno, y al contrario de la semana pasada, hoy estoy absolutamente animada, lo que prueba que las situaciones negativas no duran para siempre. Solamente es necesario tener el valor de pasar por ellas en vez de huír, pues el dolor aceptado y vivido en la certeza de una mudanza positiva siempre nos enseña algo... Y tan animada estoy, que créo que voy a postear más que una crónica (inclusive porque la de hoy es bien corta) y así aprovecho también para terminar con ese negocio de las crónicas publicadas en el diario... Tengo el día entero para escribir, escuchar música, sentarme en el patio a disfrutar del sol y de la brisa, conversar con mi vieja perra, observar y escuchar este mundo que me rodea y meditar sobre todo un poco. En realidad, tengo hoy, mañana, después de mañana y el domingo para hacer esto, ya que mi semana de trabajo termina los miércoles (muéranse de envidia!), entonces dispongo de cuatro preciosos días para dedicarme exclusivamente a lo que más me gusta. Así compenso los tres primeros días que son medio agitados, razón por la cual no me sobra mucho aliento ni inspiración para sentarme aquí a escribir. Realmente, cada día que pasa me convenzo más de que mi actual situación en la Fundación es mucho más llena de cosas positivas de lo que imaginaba!... Bueno, Dios sabe lo que hace, no es verdad?...

Casa vieja, pobre, de muros descascarados y ennegrecidos por las cascadas de incontables lluvias e recalcitrantes días de sol, rejas enmohecidas, vidrios quebrados, jardín mezquino y sin paredes ostentando una triste huerta , rala y amarillenta, más hierba y piedras que lechuga o repollo. Latas retorcidas y resecadas con algunos raquíticos piés de cebollínes y perejil de hojas mústias y escasas... Ladrillos viejos, pedazos de metal, botellas plásticas, bolsas con basura, tablas, ramas secas, una pelota desinflada, que ya conoció días gloriosos de pichangas en algun campo de la vecindad, junto a un pote de yoghourt, hojas de diario con fotos descoloradas... No dan ganas ni de pasar delante de ella... Y de repente, sin aviso, así de la nada, una sorpresa: al recorrer el corto espacio ocupado por su muro arruinado y solitario, una ráfaga de perfume conocido me envuelve como una caricia.
Disminuyo el paso y miro a mi alrededor, curiosa, pues no imagino de dónde puede provenir aquel aroma. Entonces, mis ojos se topam con un botón de rosa que se yergue, firme y recto, junto a la reja carcomida. Paro bruscamente, totalmente sorprendida, pues ayer él no estaba allí, y me quedo mirando el rosal que despunta atrás de los ladrillos. En otra rama, una flor abierta, de un rosa intenso, fresco, nuevo, con aquella inocencia de quien todavía no vió lo que el mundo tiene de féo y triste. Pétalos de terciopelo, porte imperial, lleno de orgullo y coraje. La reina de las flores adorna gallardamente el jardín pobre y maltratado, cubierto de hierba y basura...
La brisa fresca trae de nuevo el perfume a mi nariz y mis ojos se maravillan con aquella imagen, incrédulos. Permanezco parada allí por un largo tiempo contemplando a esta reina misericordiosa y sin preconceptos, y me emociono con la magnanimidad de su belleza, con su majestuosa indiferencia delante de la fealdad que la circunda, pues pienso: " Y no es así mismo con las personas? Lo divino no reina en todos nosotros, dentro de nosotros, y nos embelleza a pesar de toda nuestra imperfección y miseria? Lo divino no está siempre escondido en cualquier lugar, aguardando para manifestarse y trasformar todo?"...
Podemos ser imperfectos la mayor parte del tiempo, pero esto no afecta nuestra divinidad interior. Ella continúa ahí, siempre, pues es nuestra. Basta tener un corazón como el de la rosa, magnánimo y sin preconcepto -especialmente contra nosotros mismos- que ella florecerá y embellezará hasta el más arruinado de los jardines.