Esperaba poder postear esta crónica el fin de semana pasada, antes de que empezara el maratón de presentaciones de la Páscua, pero no lo conseguí, porque acabé recibiendo un montón de visitas y teniendo que ir a la fundación para algunas reuniones no-planeadas (típico!) más que una vez, entonces... Ya vieron, no? Nada de crónica!... Menos mal que, a pesar de tener que quedarme todos los días hasta las diez de la noche hasta el dia 20, tengo la ventaja de que -para no hacer taaaanta hora extra- voy a entrar a las cinco de la tarde, entonces tengo la mañana entera y una parte de la tarde para poner algunas cosas al día con respecto a mis escritos. (Estoy empezando a parecer mi hermana, que vive ordenando los armários. Yo estoy siempre poniendo al día mis apuntes) Y después del maratón, voy a tener los 4 días de feriado de la semana santa para recuperarme... Pero, desgraciadamente, el descando no vá a durar mucho porque volviendo ya voy a tener que empezar con los ensayos de las piezas del medio del año y del musical, del cual tenemos dos presentaciones en Mayo. Tendré que usar parte de mi tiempo para reescribir dos de las piezas porque resulta que ahora tengo más alumnos que personajes, entonces voy a ser obligada a solucionar este problemilla. Pero créo que no tendré mucho trabajo porque las piezas ya están escritas, entonces es sólo agregarle algunos personajes y diálogos. Como el tema ya está especificado la cosa queda bien más fácil que si tuviera que empezar todo de cero.
Y aprovechando esta mañana de sol deslumbrante después de un día de diluvio y la primera presentación de Páscua -que fué um éxito, gracias a Dios- aquí vá la crónica de la semana pasada:
Es hora de almuerzo y las calles hierven, las personas salen de las tiendas y oficinas como una nube de langostas hambrientas, animadas y sonrientes. El aire está lleno de aromas que peléan entre sí para atraer a los clientes: porotos, pollo, bife, tallarines, costilla asada, puré, arroz blanco y humeante, sueltecito en la fuente... Los numerosos restaurantes de la calle principal abren sus puertas y exponen sus buffets desbordantes y olorosos y sus mesas con manteles de plástico a través de las ventanas mientras atareadas cocineras de delantal e toca se apresuran con fuentes y bandejas de la cocina al comedor, pues parece que la prisa y el hambre de los clientes no tiene fin... En uno de estos restaurantes, que tiene una puerta corredera de vidrio con una enorme vitrina que tenta a los transeuntes con la visión coloreada del buffet de ensaladas y platos calientes, el entra y sale es casi frenético. Las mesas mal son desocupadas cuando ya hay alguien sentándose en ellas; las cocineras casi no tienen tiempo de retirar los platos sucios y pasar un año húmedo. Hasta hay gente en pié, cerca de la caja, esperando con sus servilletas, cubiertos y platos vacíos en la mano, inquietos en la fila del buffet, con cara de quien empieza a pensar que la comida no vá a durar hasta que sua vez llegue... El dueño, sentado en su trono particular atrás de la caja, contempla el cuadro con ojos brillantes y una enorme sonrisa en su rostro gordinflón y pálido mientras dá el cambio o muestra alguna mesa libre.
Entonces, venido nadie sabe de dónde, aparece este hombrecillo, del tamaño de un niño, vistiendo aquel enorme abrigo negro y seboso que casi le llega al suelo, zapatones descosidos, cabello grasoso y mostrando algunas canas, manos sucias y de uñas largas y negras, la piel marcada por cicatrizes y heridas que no sanaron aún, un sweater que jamás vió água y jabón, y un pantalón amarrado con una cuerda inmunda de grasa, y se detiene justo en la puerta del restaurante, encogido y con los ojos húmedos de hambre, las manos en el aire como si quisiera agarrar esos aromas celestiales y llevárselos a la boca... Los clientes, con ese aire de realeza escandalizada, empiezan a toparse con él para entrar y el dueño, percibiendo la irritación de éstos, se vuelve hacia el hombrecillo y le escupe algunas palabras en tono áspero, acompañadas de un gesto parecido al que se hace para espantar a un perro. Pero el hombre casi no se mueve, poniendose en uno de los lados de la puerta. Los clientes pasan junto a él, esforzandose para no tocar su ropa asquerosa, y entran, suspirando aliviados y muy melindrados, haciendo comentarios. Desde dentro, algunos dan una mirada furtiva de desaprobación mientras mastican sus bifes o enrollan los tallarines en el tenedor... El dueño, impaciente y preocupado, se dirige nuevamente al hombre, mandándolo salir, y éste, obediente pero persistente, se aleja otro poco, saliendo de la puerta, pero continúa mirando hacia adentro, inclinando el cuerpo, cuello estirado y hombros encogidos, como para no perder ningún detalle de aquel banquete obsceno que acontece allí dentro. Curiosamente, nada responde y nada pide, sólo continúa parado allí, como uno de esos perros de la calle que se sientan cerca de las mesas de las fuentes de soda aguardando que, en un descuido, alguien deje caer una migaja o, conmoviendose, le arroje un hueso, un pedazo de carne o una papa frita meido quemada.
Estremecida, contemplo a aquel personaje de arriba a abajo, en toda su miseria y humildad, y me doy cuenta de cuán terriblemente conciente está de su insignificancia, cuán grotescamente resignado con su nada y, por eso mismo, convencido de que no merece abrir la boca y mendigar un poco de porotos con arroz., no importa si sus piernas flaquean de hambre o su estómago está hecho un nudo y sus manos tiemblan al limpiarse la saliva que comienza a escurrir de su boca mústia y desdentada... Miro a mi alrededor y me pregunto, espantada: "Nadie está viendo? Nadie se compadece de esta criatura? Nadie es capaz de compartir su comida? No tienen algunas monedas más para pagarle un almuerzo decente?.... Y el dueño, no tiene ollas rebalsando de arroz, tallarines o pollo en la cocina? Sus lucros son más importantes que aliviar el hambre de este infeliz que casi desmaya en su puerta? De qué tiene miedo? De que la noticia corra y en poco tiempo haya una fila de mendigos queriendo aprovecharse de su buena voluntad?"... Pero mi omnibus aparece e tengo que tomarlo, entonces me quedo sin saber el final de esa historia triste... A través de la ventanilla entierrada contemplo la silueta del hombrecillo todavía parado en la vereda frente al restaurante, y pienso que todos allí dentro -sobre todo el dueño- perdieron a oportunidad de ganar el día haciendo una buena acción. Una moneda menos en su tesoro en el cielo.
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quinta-feira, 14 de abril de 2011
sábado, 1 de maio de 2010
El dolor de la creación
Menos mal que mi jefe cambió de idea y decidió cancelar los ensayos de sábado, si no, no sé cuándo iría a tener tiempo para redactar y postear mis crónicas!... Durante la semana tengo algún tiempo libre, pero casi siempre surge algún imprevisto (tipo: reunión de última hora, ensayo extra, texto nuevo, el jardín que tiene que regarse antes de que empiece a ponerse amarillo, lo que toma una cantidad increíble de tiempo; una llamada telefónica que no tiene fin, una cuenta para ir a pagar o alguna cosa para salir a comprar con la cual no contábamos... Bueno, créo que ustedes deben conocer ese esquema) y termino no escribiendo tanto cuanto desearía, porque como soy tan metódica, si paso de una cierta hora sin haber conseguido sentarme delante del computador, mi inspiración, simplemente, no se digna dar el aire de su gracia y yo me quedo ahí, mirando la pantalla y soltando unos suspiros de agonía que me valdrían la entrada directa en el cielo, mientras voy siendo tomada por un desánimo absolutamente mortal. Fuera que, en realidad, para mí, la mejor hora para producir algo que valga la pena es en la mañana, entonces si tengo que salir o hacer otra cosa más urgente ya puedo dar cualquier intención de escribir como perdida porque sé que en la tarde no será igual. Si consigo algo, será después de mucho esfuerzo y perseverancia... Lo que comprueba, sin lugar a dudas, que soy una persona eminentemente matutina, al contrario de otros que se sienten más animados e inspirados en la noche. Entonces, aprovechando esta gloriosa mañana libre, en la que estoy sintiendome excepcionalmente contenta -a pesar de los disgustos y el stress de estos últimos dos días por causa de personas mezquinas y vengativas- ya voy a postear la crónica de esta semana y, quién sabe, hasta aquel cuento que todavía estoy debiéndoles en el otro blog.
Me dá pena arrancar y botar cualquier planta, por más vulgar y féa que séa, por más que destone en mi jardín. Me siento tomada por un dolor y una compasión que llegan a dolerme en algún lugar, allá en el fondo, cada vez que paso por un perro vagabundo que, carcomido por la sarna y con el espinazo apareciendo debajo del pelo inmundo, trata de calentarse y aliviar sus dolores tendido al sol. Los escrúpulos casi me consumen cuando boto un tallito que todavía está con raíz, pues estoy quitándole -igual a un dios inmisericorde- la oportunidad de vivir, de tener su momento, de cumplir su papel. Se me encoge el corazón al ver una mariposa muriendo y se me hace un nudo en la garganta cuando encuentro algún pajarito que cayó del nido, muerto en la vereda, cuando escucho el maullido de miedo y abandono de algún gatito, al ver un perro atropellado en la carretera... Los miserables rebuscando en las montañas de basura o peleándose por un puñado de arroz desparramado y pisoteado en la tierra sucia, un niño o un anciano siendo maltratados, los mendigos durmiendo en cajas de cartón o mirando con ojos hundidos y brillantes los platos de los clientes del restaurante, el caballo viejo y empapado de sudor tirando un peso mayor de lo que puede soportar y más encima siendo azotado por su dueño, todos cuadros que pasan desapercibidos para la mayoría, y que me llenan de una silenciosa e impotente desesperación que parece cortarme el pecho... Parece que no hay más compasión, voluntad ni eficiencia bastantes para abrazar todo el dolor de la creación, para amenizarla, para darle esperanza, consuelo, solidariedad!... Sé que el sufrimiento y la muerte forman parte de la dinámica de la existencia y que, de alguna forma, contribuyen para el equilibrio, la armonia y la transformación de la humanidad, pero cuando me doy cuenta de que alguna actitud podría ser tomada para evitar parte de este sufrimiento -aquel que no es necesario porque es ocasionado por nuestra indiferencia- mi tristeza es absoluta, desvastadora, pues véo la cobardía, la negligencia, la flojera, el egoísmo y la crueldad tomando cuenta de nuestras acciones, de nuestros pensamientos y decisiones, de nuestras conciencias, que adormecen en la comodidad del sofá de la sala o delante de la mesa pródiga y los cajones llenos de ropa. Cometemos un crimen a cada segundo!... En realidad, éstos acontecen con la misma prodigalidad que los milagros, no es espantoso?... Yo misma tengo conciencia de mi descuido, de mi flojera, de mi recelo, y alegar que no poséo los medios no es una disculpa decente, ya que cualquier acción es válida, no importa cuán pequeña o banal pueda parecer. Disculpa mucho peor es decir que yo sola no voy a salvar el mundo, porque sé que salvando ni que séa una parte microscópica de él, estaré ayudando a salvarlo en su totalidad... A veces me espanta comprobar cuánto amor somos capaces de desperdiciar por pura comodidad. Actuar no es tan sólo una cuestión de inspiración, de dinero o de patrocinio político o empresarial, sino de la determinación, de la fé y del optimismo de cada uno de nosotros. Nos engañamos si pensamos que compasión o voluntad por sí solas son suficientes para promover algún cambio. Para que ellos acontezcan, estos sentimientos tienen que venir acompañados de alguna actitud concreta e inmediata, porque fuera la mano de Dios, existe lo que nosotros mismos podemos realizar para que los milagros acontezcan.
Me dá pena arrancar y botar cualquier planta, por más vulgar y féa que séa, por más que destone en mi jardín. Me siento tomada por un dolor y una compasión que llegan a dolerme en algún lugar, allá en el fondo, cada vez que paso por un perro vagabundo que, carcomido por la sarna y con el espinazo apareciendo debajo del pelo inmundo, trata de calentarse y aliviar sus dolores tendido al sol. Los escrúpulos casi me consumen cuando boto un tallito que todavía está con raíz, pues estoy quitándole -igual a un dios inmisericorde- la oportunidad de vivir, de tener su momento, de cumplir su papel. Se me encoge el corazón al ver una mariposa muriendo y se me hace un nudo en la garganta cuando encuentro algún pajarito que cayó del nido, muerto en la vereda, cuando escucho el maullido de miedo y abandono de algún gatito, al ver un perro atropellado en la carretera... Los miserables rebuscando en las montañas de basura o peleándose por un puñado de arroz desparramado y pisoteado en la tierra sucia, un niño o un anciano siendo maltratados, los mendigos durmiendo en cajas de cartón o mirando con ojos hundidos y brillantes los platos de los clientes del restaurante, el caballo viejo y empapado de sudor tirando un peso mayor de lo que puede soportar y más encima siendo azotado por su dueño, todos cuadros que pasan desapercibidos para la mayoría, y que me llenan de una silenciosa e impotente desesperación que parece cortarme el pecho... Parece que no hay más compasión, voluntad ni eficiencia bastantes para abrazar todo el dolor de la creación, para amenizarla, para darle esperanza, consuelo, solidariedad!... Sé que el sufrimiento y la muerte forman parte de la dinámica de la existencia y que, de alguna forma, contribuyen para el equilibrio, la armonia y la transformación de la humanidad, pero cuando me doy cuenta de que alguna actitud podría ser tomada para evitar parte de este sufrimiento -aquel que no es necesario porque es ocasionado por nuestra indiferencia- mi tristeza es absoluta, desvastadora, pues véo la cobardía, la negligencia, la flojera, el egoísmo y la crueldad tomando cuenta de nuestras acciones, de nuestros pensamientos y decisiones, de nuestras conciencias, que adormecen en la comodidad del sofá de la sala o delante de la mesa pródiga y los cajones llenos de ropa. Cometemos un crimen a cada segundo!... En realidad, éstos acontecen con la misma prodigalidad que los milagros, no es espantoso?... Yo misma tengo conciencia de mi descuido, de mi flojera, de mi recelo, y alegar que no poséo los medios no es una disculpa decente, ya que cualquier acción es válida, no importa cuán pequeña o banal pueda parecer. Disculpa mucho peor es decir que yo sola no voy a salvar el mundo, porque sé que salvando ni que séa una parte microscópica de él, estaré ayudando a salvarlo en su totalidad... A veces me espanta comprobar cuánto amor somos capaces de desperdiciar por pura comodidad. Actuar no es tan sólo una cuestión de inspiración, de dinero o de patrocinio político o empresarial, sino de la determinación, de la fé y del optimismo de cada uno de nosotros. Nos engañamos si pensamos que compasión o voluntad por sí solas son suficientes para promover algún cambio. Para que ellos acontezcan, estos sentimientos tienen que venir acompañados de alguna actitud concreta e inmediata, porque fuera la mano de Dios, existe lo que nosotros mismos podemos realizar para que los milagros acontezcan.
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