Es divertido, y muy animador, cuando se espera que sucedan cosas buenas, y ellas suceden. Lo hace sentirse a uno como un niño que confía en que su padre nunca le va a faltar y que está siempre atento a nuestras verdaderas necesidades. Porque existen aquellas que nosotros nos imaginamos que necesitamos y esas otras que son las que verdaderamente nos hacen bien y que nuestro padre conoce perfectamente... La felicidad que nos trae la confirmación de nuestra fe en que estas cosas buenas ocurrirán parece que es más intensa, más profunda y verdadera (como un niño que recibe un regalo que deseaba mucho) pues es inmediatamente acompañada por un profundo y sincero sentimiento de gratitud e infantil alegría... Pero ahora yo me pregunto: ¿Cuántos de estos regalos recibimos sin darnos cuenta? ¿Cuántos olvidamos agradecer, disfrutar, compartir?.... No seamos mezquinos con lo que recibimos y permanezcamos atentos, optimistas y abiertos a todo lo bueno que la vida nos ofrece cada día, pues podemos terminar perdiendo las cosas buenas por estar demasiado pendientes de las malas.
Siempre hablo -y creo que nunca voy a dejar de admirarme- sobre cómo Dios es encantador y se adapta a nuestras particularidades de formas tan creativas y simpáticas, totalmente faltas de ceremonia y reglas. Todo para mantenerse cerca (y, ojo, que no digo "mantenernos", sino "mantenerse") para que podamos comunicarnos con El a nuestra manera y sentirlo realmente como el padre que es.
Siempre me acuerdo de esos dos relatos -ambos de monjas carmelitas en las biografías de santa Teresita de Lisieux y santa Teresa de Los Andes- que dan una muestra de esta diversidad tan tolerante y empática de Dios para con sus hijos: La primera monjita sufría de un trastorno de déficit de atención (creo yo, por la descripción que da de su problema) y no conseguía concentrarse a la hora del Oficio y las oraciones, lo que le causaba gran angustia y culpa. Muy afligida, fue a conversar con la madre superiora, creyendo que hasta podría ser expulsada del convento por este problema. Sin embargo, Dios ya sabía todo y conocía la virtud y la vocación de su corazón y decidió actuar a través de esta madre superiora que, al escuchar a la compungida religiosa, en vez de llamarle la atención, le sugirió, contra cualquier expectativa o regla, que a la hora de los oficios y rezos, ella se dedicara a pasear con los perros -las carmelitas siempre tienen uno o dos perros en sus claustros- y pensara en Dios y sus maravillas... ¡La monjita no podía creerlo!... La superiora había encontrado una forma de sacarle provecho a su situación, claro, guiada por la misericordia y la comprensión infinita de Dios. Sólo podía ser obra Suya.
Así también sucedió con otra religiosa que, por ser muy simple, no conseguía acompañar las oraciones en latín y le confesó a la superiora que lo único que hacía en esos momentos era rezar el "Padre Nuestro" muy lentamente, con todo su corazón... ¿Respuesta? La madre la felicitó y la puso como ejemplo delante de la comunidad, pues afirmó que había descubierto la forma más perfecta de oración.
Y así van las historias -algunas verdaderamente asombrosas- de cómo Dios se adapta, busca, respetando nuestra identidad, nuestras limitaciones y defectos, y encuentra una forma de estar en nuestra vida, de mantener la comunicación sin importar quién somos, dónde estamos, lo que hacemos, qué defectos tenemos, cuáles faltas cometemos. Si somos sinceros y deseamos realmente que El esté con nosotros, nada se lo impedirá, porque para El basta nuestro querer, por menor que sea. Todo lo demás, todo, viene de Su parte.