Es lo que sucede cuando se está de vacaciones: los días no tienen horas, sino que se transforman en largos espacios de tiempo de sosiego, libertad y "viajes" de todo tipo. Es el momento de soñar, de evaluar, de meditar, de revigorizar el alma, la mente y el cuerpo en la paz y seguridad de nuestro hogar; es nuestra oportunidad de olvidarnos de los jefes, las reuniones, los proyectos, de picar el cartón y del salário ridículo... Ah, cómo es rico sentarse en la hamaca para contemplar el paisaje -cuando no hace un calor de matar, claro- balanceandose lentamente, el cuerpo relajado, aquella pereza tomando cuenta, cuchicheando en nuestros oídos que no hay prisa, no hay rutina, no existen obligaciones ni responsabilidades profesionales! Nadie está mirando por encima de nuestro hombro, a no ser aquella paloma gorda en el borde del techo del garage... Y qué es lo que sucede con tanto ócio, tanta falta de compromiso, tanta pereza? Uno termina olvidándose de que tiene un blog y que este blog tiene lectores que aguardan un nuevo postéo cada final de semana. No es que el mundo se vá a acabar si dejo de publicar un texto -mi blog no es TAAAAN importante así- pero encuentro una falta de respeto dejarlos esperando. Al final de las cuentas hay personas a las que les gustan mis crónicas e hicieron del hecho de leérlas una rutina agradable durante la semana. Entonces, voy a dejar de ser floja y voy a retomar el saludable hábito de escribir alguna cosa todos los días, lo que incluye este blog. Por suerte, el año pasado anduve escribiendo un montón, entonces créo que no voy a necesitar más usar textos antiguos y voy a aprovechar estos últimos. Parece que con toda esta reviravuelta en mi vida mi inspiración está a mil por hora y, ya que, mismo regresando al trabajo el dia 8 de febrero, lo haré con una actitud totalmente sin compromiso, créo que voy a poder continuar produciendo con más frecuencia y gusto. En realidad, voy a permanecer en la fundación hasta abril por una pura cuestión de conveniencia, para poder renunciar con algunas pequeñas ventajas, entonces, en verdad, no tendré ninguna ligación con ella o sus actividades, lo que me dejará libre y tranquila para escribir... Y tal vez, brevemente, tengan algunas sorpresas... Desgraciadamente, todavía no puedo contar todos los planes que tengo para este nuevo año porque temo que si las noticias escapan antes de tiempo alguien puede ponerme dificultades para que cumpla mis proyectos. Entonces, como la discresión es un tesoro inestimable para el éxito de nuestros planes, van a tener que esperar un poco más para saber lo que vá a pasar. Mi divorcio está casi saliendo, pero todas esas cosas burocráticas son sumamente demorosas y sólo nos roban la plata y atrasan la definición del proceso. Es duro tener que aguantar una situación por cuestiones legales cuando, en realidad, ella ya terminó hace tiempo... Pero como las cosas funcionan así por aquí, es mejor armarme de paciencia, optimismo y perseverancia. Lo que importa es que el nudo se desate, y que lo haga suavemente, no es verdad?...
Bueno, y después de dadas las debidas disculpas y hecha la promesa de mantener el blog actualizado, voy a la crónica de esta semana. También la envié al diario, pero estoy medio desanimada con ellos porque hace mucho tiempo -desde agosto del año pasado- que no me publican nada. No sé si se aburrieron de mí o si no le gusté a la nueva editora, el caso es que, por descargo de conciencia continúo enviando textos, pero con bastante menos frecuencia. No pretendo desperdiciar mi trabajo enviándolo si no vá a ser publicado. Quién sabe no termino publicando sólo en este blog... Después de todo, hay que ponerse práctica en ciertos asuntos, no es verdad?...
Hay gente que está de vacaciones -como yo- y anda por ahí de shorts y camiseta, condoritos y una expresión sonriente, casi atontada, en la cara. Abren el portón de la casa y salen a la calle con un aire de total deslumbramiento, caminan despacio, mirando el paisaje a su alrededor como si fuera la primeira vez que lo ven; saludan a los vecinos, llevan a los niños al parque y hasta se divierten con ellos, van al mercado sin reclamar y aprovechan para recorrer largamente cada corredor descubriendo todas las novedades que no tienen tiempo de ver el resto del año, van a la fuente de soda a jugar billar y tomarse unas cervezas con los amigos en plena tarde. Se levantan a la hora que quieren y comen porquerías que no son permitidas en época de trabajo, ven el partido de football o la novela desparramados en el sofá como gatos al sol, sin prepocuparse de la barba, el peinado, el maquillaje, la corbata. Se dan el lujo de sentarse en el porche al atardecer, de salir a pasear con el perro, de conversar con aquellos vecinos con los cuales raramente se cruzan durante el resto del año. Le dan una cortada al pasto, lavan en auto en día de semana o marcan hora en la peluquería... Respiran hondo y cuando se van a acostar esbozan una sonrisa beatífica al percibir que al día siguiente no van a tener que saltar de la cama cuando el despertador toque -sobre todo porque éste NO vá a tocar- para ir a la oficina, a la escuela, a la tienda, al mercado...
Pero también hay gente que todavía está trabajando y que entrará de vacaciones cuando los otros retornen a sus labores. Pues la ciudad tiene que continuar funcionando, prestando servicios, vendiendo, transportando, construyendo, creciendo... Y éstos andan por las calles con caras malhumoradas y sombrías, en una mezcla de desesperación y rabia, sudando a torrentes bajo el sol inclemente de este verano, con pasos rápidos y firmes, como queriendo acelerar la jornada, o entonces, con un andar descorazonado y lento, conformados con la eternidad absurda de cada día. Parecen cargar el peso del mundo sobre los hombros y no consiguen ser simpáticos, optimistas o serviciales porque se sienten injusticiados, despreciados, castigados por las fuerzas divinas, que parecen conspirar para estirar el año sólo para atormentarlos. Pasan el día llenos de envídia y frustración al ver a aquellos otros afortunados que pasean de bermuda y alpargatas, sin reloj en la muñeca, ni corbata o uniforme estrangulandoles el corazón, los sueños, el cansancio... Y cuando sus miradas se cruzan, uno en la tienda tratando de agradar a un cliente, o digitando en el computador de la oficina de contabilidad, cargando cajas en el depósito o aguantando jefes delirantes y sin ninguna consideración; el otro en la vereda mirando las vitrinas o conversando relajadamente como no consigue hacerlo el resto de año, vestido desaliñadamente, tomando sus propias decisiones, sin reglas, inspecciones, reuniones, sermones ni reloj punto ahorcando su día, hay un segundo, una fracción de segundo, en la cual cada uno consigue verse en el lugar del otro: el que está de vacaciones siente un escalofrío recorrerle la espina dorsal y una debilidad en el estómago y las piernas al imaginarse de vuelta al trabajo. El otro, al contrario, se siente tomado por una onda de esperanza, de alivio, un temblor de revancha al imaginarse allí, en la calle, sin rutinas ni stress, sin horario de almuerzo ni omnibuses llenos... Ambos saben que en poco tiempo más ocurrirá el cambio de lugares y, mientras uno continúa sus vacaciones con una puntada de angustia por la repentina certeza de que su descanso y su libertad serán encarcelados cuando llegue el final de mes, el otro se esmera en un trabajo cansador y mal remunerado con la certeza gloriosa de que su propio tiempo de descanso y libertad llegará brevemente, y entonces será él quien se detendrá a contemplar con ese aire de superioridad y compasión a aquellos otros que están de vuelta a la rutina.
Sin duda, tener la oportunuidad de estar de un lado y del otro de la historia nos dá siempre la dimensión exacta de los acontecimientos, de las reacciones, sensaciones y sentimientos, tanto de los otros cuanto de nosotros mismos. Por eso, no sólo debemos aprovechar el lado bueno de una situación, también tenemos que aprender nuestra lección del lado malo.
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quarta-feira, 11 de janeiro de 2012
quinta-feira, 29 de julho de 2010
Aprender
Fin de semana triste, corazón apretado, ojos enrojecidos de tanto llorar, el más completo desánimo. La inspiración huyó, solidária con mi dolor... Mi amiga de 15 años, mi amada perra "Talita" murió el domingo. Gracias a Dios fué así, en cinco minutos, sin sufrimiento ni despedidas dolorosas. Salió al patio y cuando demoró para volver, le pregunté a mi esposo si la habia visto allí fuera. El fué a llamarla, pero ella ya estaba tendida en la despensa -su otro "cuarto"- encima de su colcha preferida, y se había ido... Fué un choque, mismo habiendo pasado el dia con esa sensación rara y de mal agüero que me hizo volver corriendo para la casa después del ensayo. Ella parecía bien, sólo un poco decaída por no haberse alimentado bien los últimos cuatro días, pues estaba con algún tipo de crisis hepática seria, pero no pensé que fuera a partir así, de repente, e tan pacíficamente... Pero gracias a Dios fué así y eso se lo quedo debiendo a san Francisco, porque le había pedido especialmente que tomara cuenta de ella cuando su hora llegara e hiciera que se fuera sin dolor y rápidamente... Como siempre, me atendió prestamente y, a pesar de la nostalgia y de todo lo que lloré y pensé que el corazón se me iba a despedazar, agradezco por su partida rápida e indolora... Y hoy, tal como me había prometido a mí misma, ya estoy con dos nuevas perritas, rescatadas de las calles por una Ong, que están devolviendole la sonrisa a mi rostro y la alegría a mi corazón. También hay algo de ansiedad y expectativas por la aproximación y el descubrimiento mútuos. Una de ellas fué extremadamente maltratada en la calle y es muy recelosa, tiene miedo hasta de su propia sombra, pero tengo certeza de que la voy a conquistar... Para qué negar? Para qué resistir?... Yo no vivo sin perros!.
Entonces, todavía en recuperación y muy atrasada por razones totalmente justificadas, aquí vá la crónica de la semana pasada.
Encuentro realmente increíble el hecho de que jamás paramos de aprender, de crecer, de descubrir, de cambiar. Siempre sabemos menos de lo que pensábamos e, incluso lo que ya aprendimos, vá cambiando con el tiempo y la madurez, pues las experiencias que vivimos nos traen nuevos ángulos, nuevas percepciones, otra comprensión de los hechos y de las personas que encontramos. Aprender y cambiar es lo que nos vuelve mejores, más sabios y diligentes, más compasivos. Y ni siempre -casi nunca, en realidad- es necesario algún tipo de acontecimiento de gran magnitud para enseñarnos cosas importantes. Al contrario, usualmente, las enseñanzas están contenidas en pequeños gestos, palabras, personas e acontecimientos que podríamos considerar hasta insignificantes, pero que nos precipitan en el infinito mar del aprendizaje con su presencia y son capaces de transformarnos, a veces, por completo. Es por eso que hago de esta actitud de constante aprendiz, atenta a todo lo que me rodéa, un ejercicio diário, sobre todo cuando estoy enseñando, pues en muchas ocasiones es de mis propios alumnos y de la convivencia con ellos de donde saco buena parte de mis lecciones. La percepción y la certeza de que en todo se esconde una lección valiosa, una palabra de lo divino que enriquecerá mi existencia -y por consecuencia la de los que están a mi alrededor- es lo que me mantiene siempre ligada y abierta, en íntima comunicación con lo natural e lo sobrenatural. A veces créo que ya ví y comprendí plenamente algo, sin embargo, algún tiempo después, de repente, me encuentro con la misma cosa, pero ahora bajo un nuevo ángulo -proporcionado por mi actual madurez- y descubro que hay un tono diferente, un movimiento sutil, una circunstancia que no había notado la vez anterior, y que abre un poco más las ventanas de mi alma para ella... Es así que aquella regla de la vida que dice que nada es en vano y que todo posée un propósito se confirma en cada instante, mismo que estos hechos pasen desapercibidos. La vida acontece, se mueve, se mostra, se dona, sin importar si uno se dá cuenta o no. La vida es una lei -la mayor de todas- y como toda ley se aplica todos, todo el tiempo. Cabe a nosotros aprender a adquirir la conciencia plena de su interacción con nosotros y la percepción de las lecciones que vá dejando en nuestro camino para que las aprovechemos y nos volvamos seres humanos mejores. Ni siempre son visiones alegres o inspiradoras; a veces son obscuras y perturbadoras, pero eso no quiere decir que no tienen el mismo valor y que tenemos que descartarlas porque no nos gustan. Se aprende tanto del bien cuanto del mal, de los aciertos y de los errores, de las victorias y los fracasos, y ellos acontecen uno por uno, en su debido momento, para que pasemos por ellos, aprendamos la lección y continuemos adelante más maduros y fuertes. Si no estamos preparados y atentos y dejamos pasar estas oportunidades -que funcionan como una escalera hacia el perfeccionamiento- la próxima vez seremos pescados desprevenidos y con certeza sufriremos el dolor de no saber cómo reaccionar, ya que perdimos la "lección anterior", y ella no será repetida sólo para nosotros y nuestro beneficio.... Hay una cosa que nunca podemos olvidar: la vida no se detiene por nadie.
Entonces, todavía en recuperación y muy atrasada por razones totalmente justificadas, aquí vá la crónica de la semana pasada.
Encuentro realmente increíble el hecho de que jamás paramos de aprender, de crecer, de descubrir, de cambiar. Siempre sabemos menos de lo que pensábamos e, incluso lo que ya aprendimos, vá cambiando con el tiempo y la madurez, pues las experiencias que vivimos nos traen nuevos ángulos, nuevas percepciones, otra comprensión de los hechos y de las personas que encontramos. Aprender y cambiar es lo que nos vuelve mejores, más sabios y diligentes, más compasivos. Y ni siempre -casi nunca, en realidad- es necesario algún tipo de acontecimiento de gran magnitud para enseñarnos cosas importantes. Al contrario, usualmente, las enseñanzas están contenidas en pequeños gestos, palabras, personas e acontecimientos que podríamos considerar hasta insignificantes, pero que nos precipitan en el infinito mar del aprendizaje con su presencia y son capaces de transformarnos, a veces, por completo. Es por eso que hago de esta actitud de constante aprendiz, atenta a todo lo que me rodéa, un ejercicio diário, sobre todo cuando estoy enseñando, pues en muchas ocasiones es de mis propios alumnos y de la convivencia con ellos de donde saco buena parte de mis lecciones. La percepción y la certeza de que en todo se esconde una lección valiosa, una palabra de lo divino que enriquecerá mi existencia -y por consecuencia la de los que están a mi alrededor- es lo que me mantiene siempre ligada y abierta, en íntima comunicación con lo natural e lo sobrenatural. A veces créo que ya ví y comprendí plenamente algo, sin embargo, algún tiempo después, de repente, me encuentro con la misma cosa, pero ahora bajo un nuevo ángulo -proporcionado por mi actual madurez- y descubro que hay un tono diferente, un movimiento sutil, una circunstancia que no había notado la vez anterior, y que abre un poco más las ventanas de mi alma para ella... Es así que aquella regla de la vida que dice que nada es en vano y que todo posée un propósito se confirma en cada instante, mismo que estos hechos pasen desapercibidos. La vida acontece, se mueve, se mostra, se dona, sin importar si uno se dá cuenta o no. La vida es una lei -la mayor de todas- y como toda ley se aplica todos, todo el tiempo. Cabe a nosotros aprender a adquirir la conciencia plena de su interacción con nosotros y la percepción de las lecciones que vá dejando en nuestro camino para que las aprovechemos y nos volvamos seres humanos mejores. Ni siempre son visiones alegres o inspiradoras; a veces son obscuras y perturbadoras, pero eso no quiere decir que no tienen el mismo valor y que tenemos que descartarlas porque no nos gustan. Se aprende tanto del bien cuanto del mal, de los aciertos y de los errores, de las victorias y los fracasos, y ellos acontecen uno por uno, en su debido momento, para que pasemos por ellos, aprendamos la lección y continuemos adelante más maduros y fuertes. Si no estamos preparados y atentos y dejamos pasar estas oportunidades -que funcionan como una escalera hacia el perfeccionamiento- la próxima vez seremos pescados desprevenidos y con certeza sufriremos el dolor de no saber cómo reaccionar, ya que perdimos la "lección anterior", y ella no será repetida sólo para nosotros y nuestro beneficio.... Hay una cosa que nunca podemos olvidar: la vida no se detiene por nadie.
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