sábado, 25 de janeiro de 2014

"¡Puchas que nos pusimos viejos!"

Pensé que me iba a quedar algún tiempo fuera del área, pero los tipos de la movistar fueron terrible y encantadoramente rápidos y vinieron el mismo día en que nos mudamos para instalarnos la internet. Pero de todas maneras me lo he pasado la semana entera sacando cosas de cajas y ordenando cuartos, cajones y closets, armarios, estantes y bolsas enormes llenas de ropas, zapatos, objetos -todos mezclados- libros, etc. Estamos llenas de containers llenos de no sé qué que tendríamos que sacar y poner en algún lugar, pero como todavía nos faltan algunos muebles, se van a tener que quedar ahí no más. Mi futura oficina va a ser "la pieza del desorden" por el momento y yo me voy a arreglar en un pequeño escritorio que hay en el corredor... En fin, son las peripecias de quien se muda a una nueva residencia, pero nada de esto me importa porque estoy feliz, tranquila e inspirada. Y ahora que tenemos a nuestras dos perritas -dos quiltritas que adoptamos de una ong- que son dos angelitos que no dan ningún trabajo, entonces todo está perfecto.
   Y en este clima delicioso, con la vista maravillosa de nuestra cordillera y de la ciudad a nuestros pies, estoy lista para continuar, para empezar, para re-inventarme, para tener otra aventura, todas las aventuras que la vida me tenga reservadas todavía. Ánimo, coraje, alegría y creatividad no me faltan para eso... Entonces, volviendo a las rutinas, pero completamente renovada, aquí va la de la semana:


   ¡Puchas que nos pusimos viejos de repente!... Se que han pasado treinta años desde que vi por última vez a mis parientes, mi hermana y mis amigos, pero realmente me he llevado unos tremendos sustos en cada uno de los reencuentros que he tenido... Pero me imagino que todos ellos deben haberse llevado el mismo susto cuando me vieron... El problema -si es que lo es- es que yo me miro en el espejo y no me encuentro tan vieja así. Quiero decir, están esas arruguitas, la flaccidez, la miopía, las canas y manchas en las manos, los dolorcitos antipáticos y aquella disminución de la resistencia física, pero todavía tengo la figura erecta y no arrastro los pies al caminar, estoy delgada, hago ejercicio todos los días, no se me andan olvidando las cosas y tengo bastante aliento para acompañar a los más jóvenes en sus actividades. Puedo conversar con ellos y hacerme entender, soy creativa y tengo ánimo para un montón de cosas... Y yo me pregunto, ¿será que la gente que conocía también se ve a sí misma así, como si el tiempo no hubiera pasado tanto? No sé si el hecho de mirarse todos los días en el espejo hace que uno esté acostumbrada con la imagen y no se dé cuenta de los cambios que va sufriendo con el pasar de los años, pero de cualquier forma no se pueden dejar de notar las limitaciones que van apareciendo junto con la decadencia física, entonces no es que esté tan alienada al respecto. ¿Pero cómo será que los otros me ven? ¿Será que soy yo la que estoy teniendo un problema con mi imagen? (en este caso, positivo) ¿Será que me veo tan vieja cuanto ellos , pero no quiero aceptarlo?... Mis primos están canosos y llenos de arrugas, engordaron y tienen hijos y nietos. Sus hijos son como los recordaba a ellos. Bueno, tal vez cuando ven a mi hija piensen lo mismo respecto a mi. La diferencia entre ellos y otras personas que he reencontrado es que los primeros mantuvieron la chispa, la vitalidad, el brillo de los ojos, ese ánimo siempre positivo, esa especie de ingenuidad encantadora y siempre tallera que tenían cuando éramos chiquillos. Ya estas otras personas se transformaron realmente en unos viejos de mierda, mal cuidados, maniáticos, negativos, aburridos, que parecen cavar hacia abajo y hundirse cada vez más en conceptos atrasados, deprimentes, en mentiras y manipulaciones que no hacen más que alejar a las personas de ellos.
   ¿Cómo nos pusimos tan viejos de repente?... Pues porque el tiempo pasó, mismo si algunos de nosotros no lo sentimos mucho, o lo sentimos benignamente, y creo que no le tuvimos miedo, lo dejamos venir, bailamos con él, jugamos con él, mantuvimos largas y sinceras conversaciones y llegamos a acuerdos sabios que ambos respetamos para que las cosas no fueran tan duras... Me pregunto, ¿será que es así que se debe envejecer?.

sábado, 11 de janeiro de 2014

"Aquí, ahora"

   La cosa está fea por aquí con todo el humo de los incendios forestales cercanos a Santiago. Está invadiendo la ciudad y dejándonos a todos con las narices y gargantas irritadas, la boca seca, sin poder hacer ejercicio al aire libre y echando a perder la vista de nuestra maravillosa cordillera... Justo ahora que vamos a mudarnos finalmente y vamos a tener ese paisaje incomparable todos los días desde todas nuestras ventanas... Pero en fin, supongo que los bomberos van a conseguir controlar los focos (eso si los terroristas paran de andarle tirando gasolina y fósforos a los bosques) y toda esta situación pasará... De todas maneras, hoy nada puede echar a perder mi felicidad. Estamos a una semana de estrenar nuestro departamento propio, nuestras perritas y todas las cosas nuevas que compramos -y las que nos faltan todavía... ¿Quién podría sentirse infeliz en estas circunstancias, mismo con la nariz doliendo y los ojos ardiendo? ¡Esos son detalles para la felicidad!... Ah, y hablando de felicidad: ¡este fin de semana hay cuento nuevo!
   Y aquí va la de la semana, entre estornudos, toses y gotitas lubricantes:


   Es increíble como nosotros tenemos un problema tan grande para entender y vivir el "aquí, ahora". No sé por qué no conseguimos asimilar la noción de "presente", que en verdad es lo único que poseemos si de tiempo se trata, y nos obstinamos en angustiarnos por el futuro o lamentarnos por el pasado. A veces estamos tan preocupados por estas dos cosas que simplemente no vivimos el presente, lo dejamos pasar con la vista en el mañana o en el ayer sin darnos cuenta ni aprovechar lo que tenía para ofrecernos. Se habla tanto de este famoso "aquí, ahora" y se ofrecen mil fórmulas para aprender a apreciarlo y a tener consciencia de él, pero hasta el momento, ninguna de ellas nos ha hecho entenderlo y hacerlo parte de nuestra existencia. Somos criaturas ansiosas e impacientes, controladoras, muy dadas a la auto-compasión, entonces no conseguimos desprendernos de la sensación de poder que nos da planear un futuro y vivir en él a partir de ahora. Pero se nos olvida que ese futuro se construirá de todos los presentes que seamos capaces de vivir y y asimilar y que cada momento del hoy es un paso en esa dirección, un paso que carga su lección, su dirección, su pista para que construyamos ese futuro sobre cimientos firmes y reales. Así también, el pasado no es para ser lamentado, sino tomado como lecciones que necesitábamos aprender para que nos ayudaran en el presente. Lo que pasó, pasó. Todavía no existe una máquina que nos pueda hacer regresar al ayer para concertar nuestros errores; y mismo que existiera, su resultado sería el caos absoluto, pues el presente y el futuro serían moldeados y re moldeados constantemente según nuestros arrepentimientos, caprichos o conveniencias.
   "Aquí, ahora", palabras misteriosas, que más semejan una cábala, una fórmula mágica casi inalcanzable. ¿Qué es "aquí"? ¿Cuál es el "ahora"? ¿Cómo se viven? ¿Son tiempos nuevos, conceptos ideales, imposibles para nosotros?¿Son algún tipo de perfección?¿El ser humano podrá alguna vez librarse de sus ansiedades, de su impaciencia, de su necesidad de controlar? Pues si no lo hace le será realmente imposible vivir "aquí" y "ahora", pues esto implica entrega, fe, confianza, serenidad, constante expectativa y aceptación delante de lo desconocido... Pero no sé si a nosotros nos gustan esos términos.

sábado, 4 de janeiro de 2014

"Todos los días"

   La semana pasada todo era "el último". Último domingo, última compra, última película, último programa, último noticiero... Y esta es todo lo contrario: primer diario, primer sábado, primer espectáculo, primera crónica, y parece que todo es realmente nuevo y está cargado de fuerza y optimismo, de coraje, de ganas. Todo lo que era viejo y estaba desgastado el año pasado, agonizante el 31 de diciembre, hoy ha resucitado y se nos muestra lleno de promesas. Es como si tuviéramos otra oportunidad, esa que deberíamos darnos todos los días; como si todo estuviera perdonado y nuestro corazón se hubiera limpiado de todas las heridas, resentimientos y decepciones, de la carga que acumuló a lo largo de los 365 días que pasaron y ahora estuviera como un campo recién arado. Tenemos que sembrarlo con cosas nuevas, arrancar la cizaña que vaya apareciendo, tenemos que abonarlo, regarlo y tener paciencia para esperar los frutos. Y después  tenemos que repartir esos frutos, para que no se pudran en el árbol, porque así todo nuestro esfuerzo habrá sido inútil. Repartamos para que así tengamos espacio para las otras cosas buenas que vendrán.


   Todos los días, cada día. Horas, minutos, recorridos, entradas, salidas encuentros. Otro día en la vida. Instantes que corren uno después del otro, decisiones, palabras, acciones, miradas, percepciones... Paso por toda esa gente apresurada observando y analizando sus gestos y expresiones. La mayoría de ellos no se fija en mí, pero yo los conozco bien a fuerza de encontrármelos todos los días y de preguntarme para dónde van, cómo amanecieron, si tienen hijos, si les gusta su trabajo, si tienen colegas simpáticos, si ganan un buen sueldo. Su andar me dice mucho, así como la ropa que visten, lo que cargan (maletines, bolsas, carritos, chales, carteras, mochilas, sacos de papel) sus zapatos, a veces sus bicicletas o skates. Son empleados de oficinas, de restaurantes y cafeterías, de farmacias, militares, vendedores ambulantes, lustrabotas, ejecutivos, jubilados, enfermos, ciegos, atletas, mendigos con sus perros y su hediondez, todos viviendo su día de hoy, cumpliendo sus rutinas, encarando el tedio o la novedad, contentos o entristecidos por lo que el destino les depara. Miran los relojes, cuentan las horas que les faltan para regresar a casa mismo si acabaron de salir. ¿Quieren estar ahí, o necesitan estar ahí? ¿Saben lo que les espera o solamente lo suponen de acuerdo al humor con que despertaron? ¿Sueñan, planean, tienen ganas de seguir luchando? ¿Están luchando en este instante, cuando pasan a mi lado con el rostro endurecido por el frío?... ¿Este es otro día, un día cualquiera, o es un día especial?... Pero nada me lo revela, entonces parece otra hilera de horas que corren o se arrastran mientras el sol hace su recorrido, tan imperturbable cuanto el tiempo. Y todo día igual. Cada día, cada semana, cada mes. Todos tenemos nuestro día, nuestro trabajo, nuestras esperanzas y secretos que tejemos a lo largo de estos días, uno a uno, hasta verlos cumplirse o desvanecerse entre las horas que dejamos pasar vacías.
    Por eso cada día, todo día, depende de nosotros que éstos sean productivos, positivos, felices, que hayan valido la pena y que nos dejen con ganas de que llegue el siguiente.

sábado, 28 de dezembro de 2013

"Esos inmensos problemas"

    La navidad ya se fue, con sus aglomeraciones, paquetes y cintas de regalos, lucecitas parpadeantes, pesebres e villancicos. Ahora nos queda el año nuevo con la champaña, los fuegos artificiales, las lentejas, la ropa interior amarilla y muchos, muchos deseos y propósitos... Después, hay que empezar a vivir de nuevo, día a día, el resto del año, tratando de cumplir lo que prometimos, de ser mejores, de crecer, de aprender, de querernos más y de comprometernos un poco más, entre todos nuestros quehaceres y preocupaciones, en hacer de este planeta y sus habitantes algo mejor para todos. No, no digo que tenemos que salvar al mundo nosotros solos, pero con certeza si todos hacemos nuestra parte, podemos empezar a acercarnos a esta meta... ¡Ese sí va a ser un feliz año nuevo!
Les recuerdo que mañana hay cuento nuevo, esta vez mío, porque ustedes están muy flojos y no me han enviado nada... Pero, bueno, están disfrutando las fiestas y los primeros días de vacaciones, entonces, los perdono. Pero después...
Y luego del reto, aquí va la de la semana:


Cuando me siento triste y acobardada salgo a la calle, mismo que no tenga ganas, que haga frío o que los estudiantes estén en otro de sus protestos, bombas, piedras y encapuchados... Me voy a la calle para encontrarme con esas otras personas, aquellas que realmente tienen problemas, a observarlas luchar, persistir e inventar para que sus vidas sean mejores, para progresar y alcanzar sus metas -o por lo menos intentarlo. Es su ejemplo lo que me devuelve el coraje y la fe, el optimismo y la alegría para continuar con mi propia batalla, para no renunciar ni echarme a morir. ¡Tengo tantos proyectos y sueños! ¡Quiero realizar tantas cosas todavía! !Me queda todo este ánimo, esta creatividad, esta salud!... ¿Y estoy pensando desistir?... Es verdad que a veces las cosas se ponen medio difíciles y parece que no se van a resolver nunca, o entonces que no van a resultar para nada; la espera puede volverse insoportable, es verdad, pero caminando entre esta multitud que cada día se levanta cuando todavía está obscuro y hace frío y encara la calle, la micro, el metro, que empuja o arrastra sus carritos cargados de mercaderías hasta la esquina o la cuadra donde ha de quedarse el día entero, llueva o haga sol, esté sintiéndose bien o no, comiendo su marmita fría y vigilando al hijo pequeño para que no se pierda o sea atropellado, empiezo a sentirme avergonzada de estas, mis penas y dificultades, porque comparadas a las que ellos tienen, no son nada, parecen berrinches de niña mimada... Es verdad que cada uno considera sus problemas de acuerdo a su propia experiencia y situación, pero hay unas cosas que no se pueden ignorar y, en vez de maldecir y auto compadecerse, uno debería bajar la cabeza, encogerse y darle gracias a Dios porque tenemos esos "inmensos problemas" de que preocuparnos y que, con certeza conseguiremos solucionar, y no las dificultades de estas otras personas con las que nos cruzamos a cada día sin siquiera dedicarles un pensamiento de soliariedad, que sería lo mínimo que podríamos hacer por ellas.
    Salgamos a la calle para mirar a los lados, para escuchar, para sentir a este universo real que está ahí, como nosotros,  y darnos cuenta así de que no somos los únicos que luchamos.

domingo, 22 de dezembro de 2013

"Mis cinco minutos"

    La navidad está tocando a la puerta, entonces es hora de prepararse para la renovación, las promesas -pero no aquellas de fin de año como empezar la dieta o comprar menos zapatos- el renacimiento. Una vez más tenemos esta oportunidad de recomenzar, de volver a cero, de ser niños junto con Jesús y rever el mundo, a las personas, nuestras actitudes y decisiones, nuestras opciones y oportunidades. No importa dónde estemos ni lo que hagamos, es momento de celebrar y renovar la fe... A mí me encantaría ya estar instalada en mi nuevo apartamento, pero el hecho de que aún no sea posible no quiere decir que me voy a amargar la navidad y el año nuevo. Al contrario, sucede que mi propio cambio va a coincidir con el comienzo del nuevo año, entonces, ¿qué más apropiado?... Ya adorné nuestra cajita de fósforos con un pesebre, un arbolito de pascua chiquitito y unos adornos de pared y estoy lista para pasarlo muy bien con mi hija y agradecer todo lo que hemos recibido a lo largo de nuestra aventura aquí. Hemos sido descaradamente bendecidas con todo tipo de pequeños y grandes milagros, personas, situaciones y encuentros que nos han facilitado las cosa y nos han demostrado que Dios está siempre junto a nosotros, cuidándonos y allanando nuestros caminos, cumpliendo nuestros sueños y dándonos todavía mucho más de lo que pedimos o esperamos. Por eso, ¡vamos a celebrar esta navidad! Jesús se lo merece...
 Y después de este arranque de agradecimiento y esperanza, aquí va la de la semana:


    Cada día me convenzo más de que son los pequeños gestos los que pueden promover la verdadera y definitiva transformación de este mundo. No tengo nada contra aquellos que realizan grandes obras y fundan movimientos, ordenes religiosas, esparcen filosofías de unión y hermandad, aquellos que movilizan multitudes en pro de causas humanitarias o destinan buena parte de sus bienes a ayudar a los desvalidos; no, son actitudes admirables y realmente efectivas, estas personas indudablemente son necesarias, pero ahí me pregunto: ¿Y nosotros? ¿Nosotros los pobres mortales recursos, contactos, seguidores ni medios de divulgación? ¿Cómo lo hacemos? ¿Cuál es nuestro campo de batalla? ¿Quiénes son nuestros soldados? ¿Cuáles nuestras luchas?... ¡Somos tan ínfimos y descalificados, tan atormentados por las cosas de nuestra existencia! Cuentas, colegio, oficina, arriendo, mercado, jefes, horarios, plazos... Todo nos acosa y nos angustia de tal forma que mal tenemos tiempo para sentarnos y hacer consideraciones sobre  los males de este planeta. ¡Tenemos nuestros propios conflictos para resolver!... Y normalmente no sabemos ni siquiera por dónde empezar.
    Es entonces que yo me digo: ¿y si empezáramos por los de los otros?... No, no hablo de pagarles las cuentas o pelearse con el jefe tirano, sino de realizar pequeñas cosas, gestos, detalles que podrían darles alguna alegría, algún descanso, mismo que parezcan banales o insignificantes... ¿Y qué es lo que me dio esta pista?... Bueno, hoy en la mañana estaba en la fila del mercado - ya saben, aquella locura descontrolada antes del día 24- con mi carrito lleno, cuando vino a pararse atrás de mí un joven que tan sólo traía una botella de bebida y un pan. Yo estaba con prisa y bastante cansada, pero al verlo pacientemente parado allí con su botellita y su marraqueta, mirando con ojos largos mi carro lleno de mercadería que, con certeza iba a demorar para pasar por la caja, me dio un impulso y de repente le pregunté de sopetón si era sólo eso lo que había comprado, pensando que de pronto podía aparecer una esposa o un amigo con un carrito rebosando de mercadería. Cuando me dijo que sí, un poco desconcertado, continué siguiendo aquel impulso y le ofrecí pasar antes que yo. Más sorprendido aún, respondió que sí, y vino a colocarse delante de mí, medio tímido. Pasó su bebida y su pan y me dio una ojeada de lado, sin poder evitar sonreír.
    -Muchas gracias... Puchas, se pasó.- y sonriendo más abiertamente comentó con la cajera - Así vale la pena empezar el día, encontrando a alguien que tiene un gesto amable con uno.- y tornando a mirarme concluyó -Bien que podría encontrar gente como usted todos los días.- recibió su vuelto y se alejó, todo contento.
    Al verlo irse yo sentí una deliciosa ola de calor y felicidad invadirme y de inmediato pensé: ¿qué me había costado este pequeño regalo? ¿Quizás los cinco minutos que demoró para pasar sus cosas por la caja?... Pero el hombre había sonreído, se había sentido tomado en cuenta, importante, aliviado, sorprendido, agradecido. Y quién sabe a lo largo del día no repetiría  esta amabilidad con otras personas: le ayudaría a alguien a cargar un paquete pesado, a otro a atravesar la calle, le cedería el asiento a un tercero en el metro, a otro más le recogería algo que se le cayó y se lo devolvería... Y así por delante, mis cinco minutos empezarían a rendir dividendos, a esparcirse, a ser contagiosos.
    Es de ese tipo de gesto que hablo: cosas mínimas, triviales, que indican que estamos atentos y dispuestos, que formamos parte de un todo, que podemos dar un ejemplo y esperar que éste se multiplique (y con certeza lo hace, igual que en esa propaganda del chico que lleva un porrazo en el skate) Hacer esto una y otra vez, todos los días, siempre con una sonrisa, porque queremos de corazón ver a los otros felices, con gentileza y buen humor, sin pensarlo dos veces. Es bueno para los demás, mejor para nosotros.
    Estoy absolutamente convencida de que este comportamiento, junto con el de las grandes águilas, hará que nosotros, humildes gorrioncillos, causemos una revolución y una mudanza radical y completa en el mundo.

sábado, 14 de dezembro de 2013

"La mejor tarjeta de presentación"

    Continúo afirmando que la última parte de la espera  -cualquiera que ésta sea- es siempre la más difícil. ¡Cómo demora en pasar el noveno mes de embarazo, la última semana de clases, el último tramo del viaje! Creo que es ahí que somos realmente probados en nuestra fé, paciencia y persistencia. Mucha gente desiste justo en esa hora y después sale reclamando contra Dios y el diablo porque las cosas nunca le resultan. Es como morirse ahogado al llegar a la playa, después de todo el esfuerzo nadando para alcanzar la orilla y salvarse. Desistir en la última parte del camino, sobre todo cuando tenemos a la vista nuestra meta, prueba que no creemos en nosotros mismos ni en lo que queremos conseguir. Nuestros objetivos no son verdaderos, ya que no luchamos por ellos hasta el fin y, en el fondo, empezamos el camino seguros de que no llegaríamos... Nada peor que esto, pues despercidiamos nuestra energía, nuestra creatividad y, más importante, nuestro tiempo y el tiempo y la fé de otras personas involucradas en nuestra caminada. Entonces pensemos bien antes de iniciar el trayecto, porque una cosa es cambiar de idea y recomenzar y otra muy distinta desistir a pasos de la meta. Eso no es justo para nadie.
    Y después de este pseudo-sermón -dirigido tambiém a mí misma, que a veces tengo unos ataques de desánimo cuando veo que la cosa no anda- aqui va la crónica de la semana... ¡No se olviden de que mañana hay cuento nuevo en el otro blog!... Estoy tan contenta con el aumento de las visitas en todos ellos, que hasta les perdono la falta de comentarios, pero si quieren escribir algo, también se les agradece...


    A veces es de lo más curioso la forma en que llegamos a hacer amistad con otras personas. Hoy estaba acordándome de aquella señora en la iglesia, siempre muy seria y compenetrada, vestida con ropas discretas, cabellos sin teñir y nada de maquilaje o joyas, que estaba sentada en el banco atrás de mi hija y yo ese domingo. Era una de las primeras veces que íbamos a misa desde que volvimos, entonces todavía estábamos tratando de acomodarnos al esquema, al idioma, a las canciones, intentando recordar la secuencia de gestos y oraciones y, como siempre, de vez en cuando comentábamos sobre alguna cosa, sobre lo que el padre estaba diciendo o sobre alguien que nos parecía interesante, los detalles de la iglesia, etc. No era lo más apropiado, pero no podíamos evitarlo estando,como estábamos, en plena etapa de "todo es novedad"... Sin embargo, mientras cuchicheábamos, yo podía sentir la presencia de esta señora creciendo sobre nuestras espaldas. Percibía su molestia ante nuestros murmullos y escuchaba sus carraspéos de irritación, como queriendo llamar nuestra atención... En realidad, mi hija y yo comentábamos el sermón del padre, que nos estaba pareciendo muy bueno, pero supongo que, después de pasar tanto tiempo sin pisar una iglesia, habíamos perdido la costumbre de mantenernos quietas y calladas durante la ceremonia. En realidad, casi nos sentíamos como si estuviéramos en la sala de nuestra casa viendo algún programa de televisión. No nos parecía mal hablar, ya que lo hacíamos sobre lo que estaba sucediendo y en voz baja... Sin embargo, al parecer nuestra vecina no lo veía así. Imagino que trató de ser paciente durante algún tiempo, pero finalmente se cansó e, inclinándose hacia nosotras, susurró ásperamente:
    -¿Será que podrían quedarse calladas? ¡Pero que falta de respeto!- y en seguida metió la cara atrás del panfleto.
    Nosotras nos llevamos un susto y nos encogimos, dándonos cuenta de que tal vez hablábamos demasiado alto, pero no nos viramos ni le respondimos nada. Nos quedamos medio picadas y mantuvimos un silencio sepulcral hasta el final de la misa.
    Sin embargo, no sé por qué, sentí que no podría salir del templo sin pedirle disculpas a  nuestra vecina, porque realmente la habíamos perturbado y, quién sabe, también habíamos molestado a otros sin saber. Entonces, después de la bendición final, esperé algunos minutos para engullirme mi orgullo y girando sobre mí misma busqué a la mujer. Allá estaba ella, dirigiéndose por el corredor hacia la salida con pasos firmes y rápidos. Sin pensarlo más, troté hasta ella y la toqué en el hombro. Ella se detuvo y se volvió. Cuando se encontró conmigo, su expresión sufrió un sobresalto de sorpresa y echó la cabeza un poco hacia atrás, enderezándose. A lo mejor pensó que le iba a armar algún escándalo.
    -Por favor, discúlpeme.- le dije, antes de que pudiera reaccionar -No quisimos molestarla. Le prometo que no volverá a pasar. 
    Hubo un instante de total silencio. Entonces la mujer -de quien todavía no sé el nombre- pareció relajarse, como derretirse, y su cara seria y tensa se distendió en una sonrisa luminosa y sincera. No sé quién estaba más sorprendida, si ella o yo. Me puso la mano en el brazo y se aproximó como si fuera a abrazarme.
    -No se preocupe, a todos nos pasa.- murmuró con los ojos brillantes atrás de las gafas. Apretó levemente mi brazo y sonrió una vez más, asintiendo con la cabeza.
     En seguida dió media vuelta y se alejó, desapareciendo por la puerta lateral de la iglesia. De alguna forma curiosa, me parecía más leve y erecta.
    Mi hija y yo nos miramos y sonreímos. No nos había costado nada, ¿no es cierto? Aún continuábamos enteras y teníamos la boca en el mismo lugar. Y lo mejor de todo, habíamos hecho una amiga.
    Desde ese Domingo, nada me complace más que, a la hora de desearle la paz a quien está cerca de uno, buscar a esta señora con la mirada y aproximarme a ella para para abrazarla y estamparle un beso en la mejilla, deseándole de todo corazón la paz y la  felicidad, al mismo tiempo que agradecerle la lección que me enseñó. A veces está lejos y tengo que cruzar el pasillo y algunas personas se me quedan mirando, pero no me importa, pues pienso que una amistad nacida de un acto de humildad debe ser cultivada y disfrutada. Porque, ¿existe mejor tarjeta de presentacion que la humildad?. No necesito saber su nombre ni ir a tomar el té a su casa, me basta sentir su sinceridad y simpatía en el instante en que me abraza y me desea la paz.
    Aquel domingo me avergoncé de mi falta de educación y consideración, pero no me avergoncé de admitirla ni de pedir disculpas... Y valió la pena.

sábado, 7 de dezembro de 2013

"Regalos"

Es lo siguiente: esto ya lo escribí en mi facebook, pero como a lo mejor no todos ustedes están en mi red, lo repito: Este fin de semana haay cuento nuevo en mi otro blog (pazaldunate-historias.blogspot.com), pero también quiero aprovechar para proponerles una especie de desafío. Cuando yo daba clases de redacción en Brasil, hacíamos cada cierto tiempo este ejercicio, para demostrarles el potencial que tenían para crear buenos textos si sabían cómo desarrollar sus ideas. Entonces les daba como tarea traerme algunos apuntes sobre una historia que se les ocurriera, dos o tres personajes, unos escenarios y época determinados. En resumen, algo básico para que yo lo desarrollara a mi manera para mostrarles lo que podría ser hecho con su material. Así, luego de leer lo que yo había creado encima de sus ideas, ellos repetían el ejercicio, pero esta vez con algo que yo les daba a ellos. Y les aseguro que, con algunos tips, análisis y orientaciones los resultados eran sensacionales... Bueno, lo que se me ocurrió fue, justamente, repetir este proceso ahora pidiéndoles a ustedes que me enviaran ideas, en forma de elementos básicos, para que yo escriba historias basándome en ellos, que voy a ir publicando en este blog. Si lo desean, también puedo enviarles bosquejos de historias que se me ocurran para que ustedes las desarrollen y me las manden más tarde o creen su propio blog de historias. Va a ser una especie de clase de redacción a distancia y un excelente ejercicio para ustedes y para mí (¡sobre todo!). De hecho, los cuentos que van a leer estas semanas en mi blog fueron producidos de esta manera, a veces no tienen nada que ver con lo que yo escribo, pero ahí está la gracia: desafiarse a trabajar  en algo diferente y hacer que funcione para mí y para los otros.
Bueno, si les interesa enviarme algo, háganlo a mi mail: pazaldunatearte@hotmail.com. Pueden hacerlo desde cualquier país de habla hispana o portuguesa (desde que no se usen muchos modismos) Me va a  encantar trabajar en esto con ustedes.
Y, continuando nuestra rutina, aquí va la crónica de esta semana. El cuento lo publicaré mañana.

    ¿Ya han notado que cuando las personas envejecen y les preguntamos qué es lo que les gustaría recibir de regalo en su cumpleaños, la navidad o el día de las madres o padres, se quedan un buen rato pensando y terminan por responder que no lo saben, que cualquier cosa estaría bien porque, a final de cuentas, lo que les importa es nuestra intención, lo que realmente vale es que nos hayamos acordado? Los otros piensan que es una cuestión de modestia o de no querer hacer pedidos caros ni molestar, pero realmente, ellos no saben qué pedir... Esto lo sé porque a mí está empezando a pasarme lo mismo (¡sí, me estoy poniendo vieja!) Es que a uno le gustaría poder pedir salud, tiempo, lucidez, el cariño sin restricciones de los otros a medida que nos vamos volviendo más frágiles, participación, contribución, cuidados y respeto, pero desgraciadamente no se venden en ninguna tienda, entonces lo que queda es confiar en que hayamos hecho lo suficiente como para que los demás nos den esto por iniciativa propia.
    A partir de una cierta edad y experiencia de vida, realmente ya no se desean  más cosas materiales, pues uno se va dando cuenta de que ellas no tienen tanta importancia así. Claro que es bueno y agradable tener comodidades y mimos, pero poco a poco esto va perdiendo el valor, tal vez porque nos damos cuenta de que nada material nos podremos llevar de aquí. Todas las cosas se van a quedar, no nos van a pertenecer más, no importa cuánto afecto les tengamos ni cuánto significado tengan para nosotros. Es entonces que empezamos a apreciar y a buscar lo intocable, los sentimientos, la calidad de vida física , mental y espiritual, porque esto sí se vuelve algo valioso que sí puede acompañarnos en nuestros últimos momentos, que puede hacer que el tiempo que nos queda sea agradable y lleno de cariño, puede hacernos sentir seguros y amparados, y cuando se ha vivido mucho y se ha disfrutado de las cosas materiales en mayor o menor grado, entonces llega el momento de disfrutar de las espirituales, porque un cuerpo viejo y cansado, plagado de achaques y limitaciones, no necesita un zapato último modelo, un computador nuevo, un auto más veloz o una casa más grande o lujosa. No, este cuerpo, este corazón, necesitan acogida,  abrazo, paciencia y respeto. Nuestro legado, al final, no serán los objetos que acumulamos a lo largo de nuestra existencia, sino los ejemplos que dimos.